El Evangelio Americano

SEGUNDA PARTE

LA CONQUISTA

Aversus Hostem astenia autoritas.
Garantía eterna contra el enemigo.

VIII

MALA HORA DE COLON

TODO EL MAL se desprendió sobre la América. Pero el mal, así como todas las cosas, reviste el sello del agente. El mal no sólo fue la conquista, sino además la conquista española.

Colón, lleno de sublimes esperanzas, no descubre sino que encuentra la tierra de América. Es necesario no olvidar que una de las intenciones de Colón (quizás la principal), fue encontrar un camino más fácil para llegar a la conquista del sepulcro de Jesucristo. Esta funesta pretensión, ese error, esa intención de revivir las absurdas y terribles cruzadas (en las que hasta hoy han sido vencidos los cristianos, pues el sepulcro, Jerusalén, Palestina y aun casi todo el Oriente están en poder de Lamistas, Mahometanos, Porasis, Brahmistas y Budistas) , produjo malísimos resultados.

Colón no descubrió ese camino, y entregó el continente descubierto al poder español que le había habilitado para acometer la empresa. El doctrinarismo podría sacar estas dos terribles consecuencias; primera, era necesario que así sucediera, para que un día los americanos supiesen estimar la libertad; segunda, la Providencia castigó a Colón por su intentona de cruzada y por haber entregado el Mundo Nuevo a la rapacidad y al fanatismo de la más cruel y atrasada de las naciones de aquel tiempo. En efecto. Colón fue el más desgraciado de los hombres.

Tremenda fue su caída, pues cayó desde la altura de su genio.

Comprendió la responsabilidad en que había incurrido. Así lo atestiguan las palabras de su tribulación. Pocas veces escucha la tierra semejantes acentos:

«¡Que el cielo tenga piedad de mí! ¡llore sobre mí la tierra! ¡llore sobre mí todo el que conoce la caridad, la verdad, la justicia!».

¿Quién no ve en esas palabras, la visión de los horrores que se van a desprender sobre la América?

En efecto, había entregado, puede decirse, una tercera parte de la tierra, con sus riquezas, con sus razas, con sus ideas, con sus idiomas, con sus monumentos, con sus instituciones al poder más forajido y a la raza más supersticiosa de la Europa.

La España conquistó a América.

Los ingleses colonizaron el norte.

Con la España vino el catolicismo, la monarquía, la feudalidad, la inquisición, el aislamiento, el silencio, la depravación, y el genio de la intolerancia exterminadora, la sociabilidad de la obediencia ciega.

Con los ingleses vino la corriente liberal de la reforma: la ley del individualismo soberano, pensador y trabajador en completa libertad.

¿Cuál ha sido el resultado?

Al norte, los Estados Unidos, la primera de las naciones antiguas y modernas.

Al sur los Estados Des-Unidos, cuyo progreso consiste en desespañolizarse

IX

DISTINCIÓN ENTRE EL DOGMA Y LA MORAL.
LA VIDA DE LOS PUEBLOS ES LA ACCIÓN DE SUS DOGMAS

¿QUÉ ES LO QUE DETERMINA la voluntad? El pensamiento.

Los pensamientos del hombre son muchos, varios, diferentes y aun contradictorios.

En medio del torbellino de ideas, de móviles, de motivos, de atracciones que acosan a la voluntad y la solicitan con sentidos diferentes ¿cuál es el más profundo de los pensamientos, el más poderoso de los motivos que en la mayoría de los casos y en la mayoría de la especie humana determina la dirección de sus acciones?

La creencia religiosa.

La religión es pues, el elemento principal que debe tomarse en cuenta para comprender la historia o dirigir la vida de los pueblos.

La religión consta principalmente del dogma, de la moral, de un culto.

De esos tres elementos, el dogma es el principal, porque es la creencia fundamental, la razón de la moral y la explicación del culto.

Hay religiones que contienen muchos dogmas, verdaderos los unos, falsos los otros.

Estas son las religiones que llevan la contradicción en su esencia. Por ejemplo:

Mi Dios es el Dios de la Gracia. Entonces no es el Dios de la Justicia. Mi Dios es el Dios de la Justicia. Entonces la Gracia es inútil y contradictoria.

Pero siempre hay en todas las religiones, a pesar de las contradicciones que contienen, un dogma o principio superior que somete (sin resolver) las dificultades y aun contradicciones, a la unidad del dogma supremo. Por ejemplo, al frente de una contradicción entre dos dogmas, digo: tu primer deber es creer sin examen. Es claro que así se puede imponer lo que se quiere sin temblar ante la lógica y la sinceridad de la conciencia.

Una religión puede ser falsa en sus dogmas, y verdadera en las leyes de la moral que proclama.

Si la contradicción entre el dogma y la moral se presenta, ¿cuál es más fuerte en la conciencia de los pueblos? El dogma.

Hay religiones, como el Catolicismo, el Mahometismo y el Protestantismo en la gran mayoría de sus sectas, que viven en la contradicción; y esa es la lucha sorda o manifiesta que trabaja a los que piensan y aun a los pueblos; obedeciendo con esa lucha y examen a una ley de la razón que exige la armonía de la moral y el dogma.

Aclaremos con ejemplos estas diferencias, pues su inteligencia resolverá esta tremenda interrogación: Si la moral es la misma, ¿cómo es que hay guerras religiosas y prácticas de moral contradictorias? Vamos a probar que la diferencia de los dogmas es lo que decide como causa principal, la suerte o condición de los pueblos. Son numerosos y sublimes los preceptos de amor, de fraternidad, de igualdad que la religión Brahmánica proclama; y entonces ¿cómo explicar la profunda miseria de unas castas, el despotismo de las otras y el privilegio entronizado?

Es porque el dogma establece como verdad fundamental, la existencia de las castas. Brahma dice que la raza sacerdotal nace de su cabeza, la militar de su brazo, la comerciante de sus muslos y la servil de sus pies (1).

Y este dogma mantiene hasta hoy su imperio sobre trescientos millones de habitantes.

La gran revolución Budhista, tuvo por objeto la abolición de las castas y cuenta desde hace tres mil años con quinientos millones de creyentes que practica la caridad más pura.

Dice la moral musulmana:

«¡Oh, creyentes! dad limosna de los bienes que os hemos repartido, antes de que llegue el día en que no habrá ni contratos, ni amistad, ni intercesión. LOS INFIELES SON LOS MALVADOS» (2).

Este ejemplo reúne en un texto las pruebas de la contradicción entre el dogma y la moral. Caridad, limosna; pero viene la declaración dogmática de que los infieles han de ser malvados. ¿Quién no ve en esa declaración un semillero de guerras interminables?

Dice la moral: la virtud consiste en acciones, en la práctica constante del bien.

Dice el dogma católico: «¿Dónde está pues el motivo de la gloria?». Excluida queda. ¿Por qué ley? ¿De las obras? No: sino POR LA LEY DE LA FE.

Y así concluimos que es justificado el hombre por la fe sin las obras de la ley (3).

En virtud de este principio dogmático, es que se ve ese furor de practicar todas las ceremonias del culto y repetir creo, creo, en bandidos de campaña, y en los grandes bandidos de ciudad.

Los hombres más licenciosos que he conocido, y aún conozco, hacen ostentación de su fe.

Si la fe salva ¿hay algo más acomodaticio al egoísmo? ¿Qué cuesta creer"! Escuchad esta terrible confirmación de lo que venimos demostrando. Hago observar que es un católico el que toma la palabra, pero cuya virtud no podía explicarse la corrupción de la moral, porque no podía creer en el error del dogma y en la supremacía del dogma sobre la moral. Dice así:

«Esta corrupción práctica de la moral cristiana, mantenida por la ignorancia, no de los dogmas de la fe, sino de los principios del Evangelio, su relación con las acciones humanas, asociadas a preocupaciones caprichosamente supersticiosas, es la gran llaga del catolicismo en España. Se permite todo contra los preceptos refugiándose al abrigo del culto, del culto mal comprendido. Las compensaciones imaginadas por ciertas conciencias entre tal crimen y tal devoción, el poco horror que los atentados más enormes les inspiran, su sencilla seguridad en lo habitual del vicio o en resoluciones de venganza, los extraños motivos de esta seguridad, la mezcla indefinible de un desarreglo a veces extremo de una aparente piedad, esas almas llenas de infierno tranquilas ante el altar, esas manos sangrientas que se juntan para orar, sin que ningún temblor las agite; todo esto asombra y consterna. Una falsa confianza en la protección de tal santo, de tal virgen, en el efecto mismo de los sacramentos que no justifican sino con el concurso de la voluntad convertida, han alterado profundamente la noción del bien y del mal y aun la noción del arrepentimiento. Hay en esto, uno debe decirlo, un deplorable debilitamiento del sentido interior cristiano, una clase de vuelta a las ideas paganas. Sólo en algunos cantones de Italia se encuentra algo semejante, particularmente en los Abruzos en donde el vandalaje no tiene nada que choque y aun se practica devotamente. Reflexionando en estos prodigiosos extravíos de la imaginación, uno se pregunta lo que es el hombre y uno se espanta de sí mismo» (4).

Creemos de la mayor importancia la transcripción que acabamos de hacer, por lo que justifica nuestra tesis, aun contra la voluntad del autor, y por su aplicación al estado religioso de las masas en América. Observaremos sí, a nuestro maestro, que lo que en la conciencia de católicos entonces, se les presentaba como «prodigiosos extravíos de la imaginación», era nada más que la deducción lógica del dogma, de la superioridad de la fe para salvarse, deducción brutal si se quiere, pero que en el sentido común y las pasiones de los fanáticos ponían y aún ponen en vergonzosa práctica.

Dice el mahometano: mi moral es la más pura, es la misericordia, la limosna, la beneficencia y el amor.

Dice el católico: mi moral es la del Evangelio.

Todos los protestantes juran por la moral de Jesús.

Un sectario de Confucio dice que no hay moral más pura que la del perfeccionamiento, el sacrificio y la práctica de todas las virtudes.

Sin entrar aquí en la razón de obediencia a esa moral universal, porque unos dicen que debo obedecer por la gloria, por la salvación del alma, por la posesión del cielo, por interés en una palabra, y otros, los más puros, los estoicos, por ejemplo, que debo obedecer por la razón pura del deber, es claro que los principios son los mismos.

Pero viene el dogma y adiós identidad de la moral.

Igualdad. Pero el dogma funda el privilegio.

Libertad. Pero viene el dogma fatalista.

Fraternidad. Pero el dogma funda la distinción de la jerarquía, la preferencia de razas, de naciones, de religiones y determina castas o pueblos escogidos.

Responsabilidad personal dice la libertad y la moral. ¿Qué significa entonces aquello de un pecado original, que destruye la noción de la justicia?

Tu moral es caridad. ¿Pero qué significa aquello de atormentar y quemar por caridad? ¿Qué significa aquello de la fe salvar!

La Moral dice: No mentirás.

Pero hay un dogma que el fin legitima los medios para la mayor gloria de Dios.

Es claro que puedo mentir, pues la razón de la ley me autoriza para ello.

Ama a tu prójimo. Exterminad a los herejes. Y el dogma de la exterminación prevalece sobre el santísimo principio de moral.

Hablas de libertad. ¿Pero qué significa aquello de la obediencia ciega, y la esclavitud del pensamiento?

Sois hermanos, hijos del mismo padre; sois hijos de Cam, de Sem o de Jafet. Los hijos de Jafet han de dominar a los hijos de Sem y de Cam.

Guerra a los moros. Entre moros y cristianos «ha de haber guerra eterna» (5).

No penséis que soy yo, es la España de hoy, la que habla todavía con el corazón de la Edad Media (6).

Así pues, para conocer y juzgar a un pueblo preguntad por su dogma. No os dejéis alucinar con las palabras evangelio, el crucificado, caridad, humanidad, sacrificio, martirio. Preguntad por su dogma sobre Dios, sobre la naturaleza humana, sobre la razón de la obediencia y la libertad del pensamiento y veréis cómo todo cambia. Así tendréis el secreto de la vida de ese pueblo.

Creemos, pues, haber demostrado:

1º Que el dogma domina a la moral.
2º Que el dogma constituye las diferencias radicales.
3º Que la vida de los pueblos debe ser dominada por la acción de sus dogmas.

Vamos a aplicar esto a la España que conquistó a la América.

¿Qué era la España?

X

DEFINICIÓN DE LA ESPAÑA. FILOSOFÍA DE SU HISTORIA

NO HAY PUEBLO que presente una historia más lógica y fácilmente inteligible que la España.

La España es la encarnación del catolicismo.

El catolicismo es su inteligencia, su amor, su pasión, su tradición, su presente y su esperanza.

Hay analogías entre las razas, los climas y ciertas creencias. ¿Quién no ve una analogía entre la naturaleza portentosa de la India y el Panteísmo? ¿Entre la Arabia, el árabe, el desierto, y el mahometismo solitario y sombrío de Mahoma?

Pues esa analogía parece presentarse con más fuerza entre el país, la raza y el clima de la España y el catolicismo.

No se crea que, siguiendo a Montesquieu, demos al clima una influencia suprema y decisiva, pero es innegable que hay razas que se adaptan a tal clima o tal forma de territorio, y que sus creencias religiosas se resienten de esa influencia. ¿No es verdad que en un país en que la tierra tiembla, como en Chile, y en donde se siente con frecuencia la acción terrible y desconocida de los elementos, debe haber una predisposición a la superstición? Y si la educación religiosa explota pérfidamente esos hechos ¿no es verdad que la ignorancia, el terror y el fanatismo serán las consecuencias directas e inmediatas?

La España por su clima es ardiente, y esto hace predominar en el carácter nacional la pasión. La raza española es inferior en inteligencia a las razas europeas; o si se quiere, su superstición ha hecho .que lo sea. La forma de su frente revela más bien la fortaleza de la tenacidad que la habitación de la inteligencia. El español es dado a la sensación, a la pasión, a la imaginación, no a la razón. No cuenta un solo gran nombre en filosofía, en la gran poesía, en la política, en las ciencias. La humanidad no le debe un sistema a no ser el de Ignacio de Loyola; una escuela, una teoría, ni ninguno de los grandes descubrimientos industriales o científicos. No ha dado una institución, a no ser la Inquisición. La España puede tener todas las buenas cualidades morales que sus hijos le atribuyen, pero no se puede negar que es la raza europea más limitada en cuanto a desarrollo intelectual. No se crea que exageramos.

Todo lo que hace doscientos años ha pasado en el mundo científico e intelectual, es casi como si no existiese para este pueblo cuyo genio fecundo y original hubiese podido contribuir tan poderosamente a los progresos del espíritu humano y de la civilización en general. En vez de esto, nada en Europa iguala a su apatía, como tampoco a su ignorancia (7).

Son hoy sus estudios lo que eran hace tres generaciones, después de Carlos V. Ningún cambio, ningún adelanto; todo por el contrario, ha ido decayendo día a día. La inteligencia, que vive de movimiento, se ha aletargado con un pesado sueño. Eclesiásticos, laicos, todos, a pesar de los esfuerzos de algunos hombres inútilmente celosos del bien de su patria, están aún en el siglo XV. Un poco de filosofía y teología escolástica, un poco de derecho civil y de derecho canónico, todo apoyado sobre un poco de latín, he ahí el fondo de la enseñanza.

Inmóviles en los viejos métodos, en las viejas opiniones, en las viejas ideas. Aristóteles reina aún entre los descendientes de los Cántabros y de los Visigodos. Por otra parte, sin recursos para el estudio de las lenguas, de la filología, de la historia, de las ciencias positivas y naturales; sin escuela donde puedan formarse nuevos artistas; la poesía misma apagada. ¿Qué le queda, pues, a la España? Su fe, la espada del Cid, y con ellas la esperanza de renacer (8).

Cae sobre ese país, sobre esa raza, la religión católica, eminentemente conservadora, inmovilizadora, enemiga del pensamiento libre, del trabajo de la investigación, y soberanamente supersticiosa; la raza española la recibe como la expresión de su genio, como la fórmula de sus aspiraciones. El catolicismo es la religión para la España. La España es la tierra predilecta para el catolicismo. Ambos géneros, el de la religión y el de la raza, se comprenden, se estrechan, se abrazan. El catolicismo es eminentemente español.

La España es eminentemente católica. La tenacidad del carácter nacional recibe el sello de la fe; La fe recibe la energía que le da el carácter. No pienses, le dice la Iglesia. No pensaremos dicen los pueblos. Obedece, manda la religión. Obedeceremos y obedeceremos por los siglos de los siglos. El pacto ha sido terrible, pero ha sido y es popular. La España baja al abismo: ha pasado por la tribulación de la historia más cruenta; y no ve el abismo, porque la fe le prohíbe examinarlo. La historia de sus desgracias en vez de corregirla, es un timbre que ofrece a la «.mayor gloria de Dios». Entretanto es el país más atrasado y esclavizado de la Europa. «Erudimini».

El estudio y el conocimiento de la España es de la mayor importancia, no sólo para el filósofo y el historiador que ve desarrollarse los principios de una religión en todas sus consecuencias, sino especialmente para los pueblos de América. La España nos educó para la muerte y para la servidumbre.

Conozcamos esa educación para rechazarla y entrar a la vida y a la libertad.

II

VOY A CORROBORAR la importancia de este estudio, citando a dos notables escritores de la filosofía de la historia, que aunque de educación y de nacionalidades diferentes, convienen perfectamente en este punto.

Decía el señor Edgardo Quinet en la cátedra del Colegio de Francia en 1844:

«¿Qué es la España desde hace dos siglos y medio? Es un país que ha sido reservado para servir de teatro a la experiencia más decisiva que uno pueda imaginarse sobre la eficacidad de las doctrinas ultramontanas abandonadas a sí mismas. Todo proyecto particular de reacción desaparece ante esta reacción de una raza de hombres.

A la faz de la Europa moderna, del protestantismo, de la filosofía, el genio del pasado se concentra en el siglo diez y seis y se arraiga en España, toro acosado en el circo encara a la multitud.

El pueblo y el rey se entienden. Durante doscientos años, este país jura que ninguna idea nueva, que ningún sentimiento nuevo pasará sus fronteras, y ese juramento es cumplido. A fin de que las doctrinas del ultramontanismo y del Concilio de Trento revelen lo que pueden hacer por sí solas para la salvación de los pueblos modernos, este país les es entregado, abandonado sin reserva; los ángeles mismos de Mahoma, velarán desde lo alto de las torres árabes de Toledo y de la Alhambra para que ningún rayo del verbo pueda penetrar en el recinto. Se preparan las hogueras; todo hombre que llame al porvenir será allí reducido a cenizas. Sevilla se vanagloria de haber quemado ella sola diez y seis mil hombres en veinte años.

¡No basta esto! es necesario que este país así recluso sea ocupado por un gran rey, Felipe II, un alma imperturbable, en quien se personifica el genio de la reacción. Los pinceles del Ticiano y de Rubens no han podido iluminar con un solo rayo de sol esta pálida, esta siniestra figura, este espectro en el monarca inflexible de una sociedad muerta» (9).

Escuchemos ahora al sabio autor de la Historia de la civilización europea, Enrique Tomás Buckle, en su famoso capítulo sobre la Civilización en España (10).

«Según el plan anteriormente bosquejado y con el fin de dilucidar los principios a que la historia de Inglaterra no facilita sino una insuficiente e inadecuada explanación, el resto de la Introducción contendrá un examen de las historias de España, Escocia, Alemania y los Estados Unidos de América. Y así como yo creo que España es el país en que de un modo más flagrante se han violado las condiciones fundamentales de la ley del progreso nacional, así también encontraremos que es el que más terriblemente ha pagado la violación de la ley, y por lo tanto que él es el más a propósito para servir de estudio, y para justificar la idea de que la influencia de ciertas opiniones causa la ruina del pueblo en que predominan» (11).

Es pues, el estudio de la filosofía de la historia de España, uno de los más útiles y necesarios, porque tenemos en ese pueblo el cuerpo muerto de una nación que se presta de una manera admirable a la autopsia del filósofo. Es la encarnación de una religión, de un sistema político, social, económico en perfecta consonancia con su dogma.

Así es que podemos preguntar al catolicismo: ¿qué has hecho de tu pueblo idolatrado? Y al pueblo idolatrado podemos preguntarle: ¿qué te ha dado el catolicismo en ciencia, en costumbres, en progreso, en moral, en poderío, en simpatía de los pueblos, en bienes físicos, morales e intelectuales?

No se ocultará a los americanos, la importancia de este estudio, para conocer las causas de la vida o de la muerte, del atraso o progreso, de la servidumbre o libertad.

Volvamos a la definición de la España.

Los hechos de su vida local, individual y nacional son de una uniformidad terrible a favor de la obediencia ciega. Inductivamente podemos pues, elevarnos a este principio que se desprende de los hechos de su historia.

La España, el español, ha abdicado el pensamiento, su soberanía primitiva, en manos de la Iglesia y Monarquía.

Bajad después deductivamente y veréis el principio de la abdicación explicando los hechos, revelando la razón de la ley de su historia. Ambos métodos me dan el mismo resultado: la servidumbre intelectual y moral del pueblo español, impuesta como dogma ha producido su terrible historia y decadencia.

Expongamos algunos ejemplos que corroboren lo que afirmamos.

¿Por qué son enemigos del pueblo español, o por qué el pueblo detesta, persigue o mata a todo el que agita una reforma? Porque se le ha dicho que la novedad es el mal, y debe creerlo, y lo cree.

¿Por qué adora a sus reyes más crueles y tiranos, hasta declararlos inviolables y castigar con arrancar los ojos al que hubiese dicho que deseaba ver al rey muerto? Porque se le ha dicho que es el representante del poder de Dios y que toda desobediencia es pecado.

¿Por qué ninguna de las grandes instituciones de la libertad ha podido arraigarse en ese pueblo, que hasta hoy persigue a los herejes? Porque toda institución de libertad es en el fondo una rebelión contra la Iglesia y la Monarquía, que exigen obediencia pasiva en la religión y en la política.

¿Por qué se persigue a la ciencia? Porque la investigación es libre. ¿Por qué se persigue a la prensa? Porque es el movimiento de la inteligencia.

¿Por qué se proscribe al disidente, y se prohíbe la libertad de propaganda? Porque tiemblan ante la libertad de la palabra.

¿Por qué se ha visto en España este fenómeno inaudito: «los diputados de las ciudades conspiran contra las mismas libertades que representan? (Sempere y Antequera, citados por Buckle). Porque inmolar la soberanía en aras de la monarquía o de la Iglesia, es obra meritoria y religiosa.

¿Por qué el pueblo español ha festejado con alborozo el restablecimiento de la Inquisición? ¿Por qué ha apoyado y cooperado a que se quemen vivos millares de seres humanos? ¿Por qué ha aplaudido y cooperado y justificado el tormento de los judíos, la atroz expulsión y exterminación de los moriscos, la sin ejemplo conquista de la América, la esclavitud y tráfico de negros hasta hoy día, la inmolación de Santo Domingo? Porque un pueblo sin razón es una fiera. Y en fiera lo ha convertido su iglesia y monarquía siempre que se trataba de herejía o libertad. Que responda la religión de la obediencia ciega.

Bastan estos hechos.

En todos los años de su historia, la vida es en el fondo la misma.

Una analogía revela estos hechos: la abdicación de la razón, de la justicia, de la humanidad, de la nobleza del hombre.

III

Los hechos legitiman la proposición inductivamente presentada. Ahora, decidme, cuál es el dogma de ese pueblo, y todos esos hechos reciben la autoridad y la explicación deductiva de un silogismo irreprensible. Creemos haber preparado la demostración de nuestro principio de filosofía de la historia. la vida de los pueblos es la acción DE SUS DOGMAS.

Los hechos culminantes y trascendentales de su historia la precipitan al catolicismo y el catolicismo a su vez engendra la vida, la costumbre, la tradición, el pensamiento, la pasión dominante, las instituciones idólatras de la monarquía. Inquisición e Iglesia, confiscando hasta sus deseos y esperanzas para el porvenir.

Su porvenir es confundirse más y más con su religión y su gobierno. Esta pasión de la obediencia ciega se ha elevado en España a la categoría de virtud: se llama lealtad-fidelidad.

Hay dos grandes hechos en su historia que prepararon y contribuyeron de una manera poderosa a la abolición de la libertad, a la identificación del patriotismo con la religión, y en fin al régimen absoluto de la teocracia y monarquía.

Después de la avalancha de las razas septentrionales que destruyeron al imperio romano, los visigodos pudieron establecerse en España, y sobre los elementos celto-ibéricos y aun romanos que quedaban, pudieron organizar una nación. Ya el catolicismo había sido introducido.

Los visigodos eran arríanos. El arrianismo fue esa gran herejía de la unidad de Dios, contra el dogma católico de la Trinidad de las personas divinas, herejía que casi dominó a la Europa, si no hubiese sido la acción de la política, de la diplomacia y de la fuerza.

La iglesia arriana puede decirse que gobernaba a la nación. Los reyes estaban bajo su dependencia. Sus concilios eran también asambleas legislativas.

La iglesia católica consiguió levantar a los francos católicos para exterminar la herejía de los visigodos. Se siguió una guerra que duró cien años.

Los visigodos perdieron la Galia. ¿Qué fenómeno moral se produjo? La independencia de la patria amenazada haría causa común con la religión atacada. El pueblo visigodo, el rey, el noble, el sacerdote se unieron bajo ese vínculo que puede llamarse indestructible.

La iglesia arriana fue patria. La patria fue la iglesia. El gobierno fue pueblo, el pueblo visigodo fue espontáneo en la obediencia y entusiasta en la defensa. Esta vida, esta educación, este ejemplo y durante cien años de combate, sembraron en el pueblo visigodo el germen terrible de la obediencia ciega hacia la Iglesia.

La supremacía del clero arriano, y su superioridad en el Estado, engendra los males subsiguientes. La abdicación del individuo, la supremacía de la Iglesia.

«Ya aun en aquel período eran terribles en España los mandatos de la Iglesia o las leyes obtenidas por su influencia. Los males desplegaban un carácter altanero que degradaba a las clases bajas y las arrastraba a la rebelión contra su propio rey.

El pueblo se complacía en la efusión de sangre y sólo manifestaba energía y constancia en el desenfreno de sus pasiones. Los ministros del culto conseguían arraigar en sus conciudadanos el odio a los herejes con tanta más facilidad cuanto las volcánicas imaginaciones de los españoles habían engendrado en España varias opiniones que introducían la confusión en el dogma.

Adoptose un culto penoso por la multitud de sus minuciosas ceremonias, imponente empero por su magnificencia y pompa. «Las leyes de los visigodos», dice con mucha razón Montesquieu, pueriles, inoperantes y necias, estaban llenas de figuras retóricas y vacías de sentido, y eran por último tan frívolas en su tenor como gigantescas en su lenguaje» (12).

Después de esa guerra, el arrianismo de los visigodos, tuvo que luchar con el catolicismo de la mayoría de la nación. La monarquía visigoda aspirando a la conservación de su dominio sobre la España ya católica, y perdido el arrianismo en el resto de la Europa, comprendió la necesidad y utilidad de convertirse.

Es sabida la influencia que han ejercido las mujeres en las conversiones de los reyes bárbaros. Y cómo en aquel tiempo convertir al rey era convertir a la nación, o la tribu, o a la raza, además de los milagros que inventaban los obispos para someter la inteligencia de los bárbaros, los obispos, prelados, confesores o papas, negociaban ante todo la amante o la mujer del rey que querían convertir. Así pasó con Clodoveo, en la Galia, y así pasó con Recaredo en la España el año 586. Educado en la fe católica, convierte voluntariamente a su nación (13).

«Nació en él, el Padre de la patria, la delicia de los Españoles, la piedad y la religión católica; pues logró desterrar la manía y frenesí del arrianismo que dominaba a los Godos» (14).

No sorprenda la facilidad de las conversiones.

Un interés, una presa de territorio a conquistar, una donación de tierras a condición de combatir a los herejes o paganos, la seducción del culto materialista del catolicismo, la superioridad intelectual de la Iglesia, la invención de milagros, las grandes recompensas en este y en el otro mundo presentadas, todo esto era más que suficiente para trastornar las rudas inteligencias de los bárbaros.

Se convertían a millones en un día de bautismo por la túnica blanca de que los vestían.

Agregábase también el terror, la fuerza de las armas, las guerras exterminadoras. Tenía pues, gran interés la monarquía visigoda en convertirse, porque corría el peligro de perder la España y no tener a dónde ir, o someterse. ¿No hemos visto a Enrique IV de Francia, el jefe de los protestantes, entrar triunfante en París, y abjurar su fe y tomar la fe de los vencidos? Esto prueba que la traición es uno de los elementos de la monarquía o de todo poder legítimo. Esto es lo que hoy se llama diplomacia.

Ya está la España unificada en su fe. El Hijo es consubstancial al Padre y el Espíritu Santo procede de ambos. Después de completada la divinidad, la tarea del pueblo español consiste en unificar, en arrancar toda disidencia de su suelo.

«Recaredo abjuró la herejía arriana, y concedió a los ministros de la Iglesia una influencia en el gobierno del Estado, que vino a ser en adelante ilimitada y absoluta» (15).

La Iglesia gobierna, legisla, juzga, pero deja al brazo secular el privilegio de cumplir sus decisiones de muerte, de proscripción y de tormento, porque ella no puede derramar sangre: ¡La inocente!

La Iglesia omnímoda se enriquece. Celosa de la pureza de la fe debe purgar el territorio de todo elemento disidente, aprovechando, sí, de la confiscación de bienes. Los judíos eran ricos y numerosos. Se decreta su persecución. Es necesario conocer la escuela de lo atroz desde su origen. Oigamos a la historia:

«Se obligó a noventa mil judíos a recibir el sacramento del bautismo; los que rehusaron fueron despojados de su fortuna, se les aplicó el tormento, y parece que no obtuvieron la libertad de salir de su país. Fue tan excesivo el celo de Sisebuto, que el clero de España quiso moderarlo, y pronunció la sentencia más inconsecuente. No se debía, decían ellos, forzar a recibir los sacramentos; pero era necesario para el honor de la iglesia, que los judíos que habían sido bautizados perseverasen en la práctica exterior de una religión que creían falsa, y que les era odiosa. Sus frecuentes apostasías determinaron a uno de los sucesores de Sisebuto a desterrar a toda la nación de sus estados; y el decreto de un Concilio de Toledo decidió que todos los reyes de los godos jurarían mantener este edicto saludable. Pero los tiranos no consintieron en alejar las víctimas a quienes se complacían en perseguir, ni en privarse de esclavos industriosos, cuya opresión satisfacía su avaricia. Los judíos permanecieron en España bajo la férula de las leyes civiles y eclesiásticas, que han sido fielmente transcritas en el Código de la Inquisición. Los reyes de los godos y los obispos conocieron en fin que la injusticia y las injurias engendran el odio, y que el odio aprovecha ansiosamente la ocasión de vengarse. La nación enemiga del cristianismo se multiplicó en la esclavitud y las intrigas de los judíos facilitaron la conquista rápida de los Árabes» (16).

Y vino en fin esa conquista, el hecho culminante de la historia de España y que ha decidido hasta hoy de sus creencias, de su literatura, de sus instituciones, de sus hábitos serviles, de sus odios inveterados a las razas o creencias diferentes.

Apareció el Islamismo. . . y en tres años arrolló, mató, sometió y se apoderó de casi toda la Península.

Dos razas, dos religiones, dos nacionalidades se disputan durante más de setecientos años el dominio de la tierra de España.

El catolicismo era la intolerancia y juraba la exterminación del moro.

El islamismo mucho más humanitario, pedía tan sólo el sometimiento a su gobierno.

El cántabro, el ibero, el godo, el vasco, forman en la comunidad del peligro la unidad del castellano o español. Sus razas se unifican bajo el credo lidiador del catolicismo.

Sus clases se amalgaman en la identidad de interés, de situación, de fe y de salvación. La tierra debe ser arrancada a los infieles para tener una patria. La patria debe ser el santuario de la religión. La religión debe ser la batalla de la fe. Todo amor a Dios. La Iglesia es Dios sobre la tierra. El brazo de la Iglesia es la monarquía. Todo odio al musulmán. El odio es santo. La guerra es sagrada. Todo hereje es enemigo, y de aquí la consecuencia: que todo enemigo es hereje. Iglesia, rey y pueblo, todo es uno para la santa cruzada. No hay otro pensamiento, ni otra educación, ni otro deseo, ni otra pasión que la guerra. Las generaciones se suceden y se trasmiten el mismo legado, el mismo deber. El honor es la fe y la obediencia. La gloria es el triunfo de esa fe. Patria, independencia, soberanía, se confunden en la mente del español con la religión, con la guerra y con la condición del sometimiento individual para vencer. La España es un campamento. La ley del campamento es la obediencia.

Es así como el dogma ya arraigado de la obediencia, viene a ser remachado en la esencia del español por las necesidades de la guerra.

Y hasta hoy la España no ha podido salir de esa confusión, de esa obediencia. La Iglesia para ella es el santuario de la Patria y la Monarquía su guardián.

Ese tiempo funesto, origen de pestes, de miserias, de calamidades, de pobreza, sin otra idea que la guerra, acabó por paralizar el pensamiento y extender la más profunda ignorancia en todas las clases. La ilustración, el trabajo, la industria, eran despreciados. ¿Para qué quiere ciencia un caballero de la fe? ¿Ni qué otro trabajo digno del soldado de Dios que el ejercicio de las armas?

De aquí nacen todas esas preocupaciones estúpidas que con la conquista nos legaron: el desprecio al trabajo, la nobleza de la ociosidad.

Después de cerca de ochocientos años de guerra, el Islamismo es expulsado.

La España celebra en las mezquitas sus victorias. Empieza la ruina de la civilización de los árabes en odio a la herejía. Es en este momento del paroxismo que producía la victoria del catolicismo y de la monarquía, que Colón se presenta para ofrecer una nueva ruta por el occidente para reconquistar el sepulcro de Cristo. Colón, en mala hora, se encuentra un continente.

Lo ofrece a la España en el momento de la mayor exaltación del fanatismo victorioso. La conquista se explica.

XI

EL NUEVO MUNDO. POR QUE LA RAZA ESPAÑOLA
HA PERDIDO EL SENTIMIENTO POÉTICO DE LA NATURALEZA

¡AHÍ ESTÁ en fin ese mundo! ¡Oh, paisajes del mar de las Antillas! Navegando entre las islas, revestidas de la vegetación más poderosa, que sombrea sus canales con sus palmas y montañas, y llevados por el soplo de las brisas tropicales, hoy y todos los días la imaginación del viajero deslumbrado, reciente las emociones de los primeros días. Costas de Venezuela descubiertas por Colón, él dijo que creía encontrar allí el Paraíso.

Méjico y Nueva Granada descritos por Humboldt y me callo; Istmo de Panamá, una de las travesías más grandiosas y fantásticas del mundo; navegación interior del Orinoco, del Magdalena, del Amazonas y sus afluentes, del Plata y sus afluentes hasta las entrañas de la América del Sur; soledades asombrosas en que se escucha bajo el imperio del sol el murmullo de la creación infatigable; aspecto de los Andes, desde la cadena secundaria de las montañas de Chile, encajonando los valles que habitan los descendientes de los Aucas, cuántas veces al contemplaros no he creído sentir la huella sublime, intacta, de los cataclismos más grandiosos del planeta, revelados por la mano del que lanza los planetas a sus órbitas.

Mesetas andinas de Bolivia donde están las poblaciones más altas de la Tierra, al pie del Illimani o del Sorata, distribuyendo las aguas del Sur del continente; todos los climas, todos los matices del colorido, todos los grados del calórico, todas las densidades atmosféricas; todos los ruidos de las aguas desde el arroyo hasta la catarata, todas las voces de las selvas vírgenes, todos los aspectos, desde lo risueño hasta lo sublime en nuestros valles y montañas, nada de eso vio el conquistador.

Su himno, su palabra, su admiración, su indagación se reducían a una sola palabra: ¿dónde hay oro?

Es una nueva creación. Nuevas plantas, nuevos alimentos, nuevos frutos exquisitos, nuevos productos magníficos para la alimentación, la medicina y la industria; aves desconocidas, animales nuevamente descubiertos, riquezas arrojadas a manos llenas para todas las ciencias naturales: nada de esto ve el conquistador. ¿Dónde hay Oro?

Razas inocentes, hospitalarias, nuevos hombres, nuevos hermanos que abren sus brazos a los recién venidos. El conquistador los esclaviza o asesina.

Pero éste es un fenómeno extraordinario de estupidez o de maldad. ¿Cómo explicarlo? Vamos a intentarlo, porque creemos no se le ha dado la importancia que merece, y creemos además que este es un punto trascendental para comprender la devastación de España, la devastación de América, y la tendencia a la devastación que existe en los americanos que descienden de España.

Es necesario no olvidar (permítasenos esta interrupción) que la mayoría de la población de América es indígena y resultante de americana y español. Entre los españoles que vinieron hay que distinguir, los descendientes de los godos, de los moros y de los flamencos, predominando el tipo árabe-andaluz en la República Argentina, el flamenco y vizcaíno en Chile, el andaluz en el Perú, el godo en Méjico.

Volviendo al asunto, formulamos en esta proposición, de ese fenómeno moral que presenta la conquista:
LA RAZA ESPAÑOLA HA PERDIDO EL SENTIMIENTO POÉTICO DE LA NATURALEZA.

Veamos modo de probarlo: hay una razón metafísica, profunda. Cuando un sistema de creencias sobre Dios, la creación y el hombre, subordina todo a la noción de un Dios arbitrario, que puede hacer y deshacer, contradecirse, pulverizar sus obras en un momento de su ira, sin que las leyes establecidas por él mismo tengan el carácter eterno -de una verdad que no pueda variar porque es ley de las existencias, entonces la creación y sus maravillas, la creación y sus leyes inmutables, el hombre mismo con su libertad y noción de lo justo y de lo injusto, todo esto bambolea en la inteligencia, pues lo habéis despojado del carácter eterno de la ley.

Si el dogma declara a la materia, a la creación, al hombre mismo como miseria, y nada más que miseria con el objeto de hacer resaltar más y más la noción de la omnipotencia, que ha de ser representada por la Iglesia, ¡cómo queréis que el hombre o pueblos educados en esa creencia, aprecien y sepan apreciar la creación, la belleza, la justicia! ¿Quién no ve ya en germen el odio al bosque, la crueldad con los animales, el desprecio por las maravillas de la creación?

Sí. Empieza la devastación de la inteligencia. De allí bajará a las costumbres, a las instituciones, a los hechos.

Es esto tan cierto, que siempre el catolicismo ha sido enemigo jurado de las ciencias naturales. No puede por su dogma dar consistencia científica a las ciencias naturales. Después, en este ramo, como en otros, copia, plagia, acepta, y siendo ilógico, pretende presentarse con algún sistema. Pero el catolicismo tan fecundo en teología especulativa, es lógica y naturalmente estéril en las ciencias. La religión que no pueda unir de una manera necesaria a la creación con Dios, no puede tener lógicamente ciencia de la creación. El catolicismo dice que Dios quiso y «fue la luz». Nada más. Todo depende en esa creencia de la voluntad omnipotente y sin leyes del eterno. ¿Cómo queréis que se funde una ciencia sobre la noción de un arbitrario omnipotente? Toda ciencia se apoya en la inmutabilidad de las leyes, de los seres.

Yo bien sé que el pueblo no se da cuenta de esto; pero es así como se verifica el fenómeno moral que procuramos explicar. El pueblo no conoce la mecánica, pero va en ferrocarril.

Dada la razón metafísica del fenómeno, los hechos y reflexiones siguientes confirmarán lo que decimos.

II

VOLVAMOS AHORA al encuentro de la España y de la América.

Ya el conquistador ha zarpado. El conquistador español es el súbdito fiel del Rey y de la Iglesia. Su inteligencia no tiene más ideas que el credo bárbaro y sangriento del exterminador de los herejes. Su corazón anida las pasiones ardientes del aventurero codicioso, que no reconoce valla ni regla. Su imaginación sólo busca medios de ser rico, o de propagar la fe por la espada. El español de la conquista y el español en general habiendo abdicado su inteligencia, abdica hasta la facultad de ser impresionado por lo bello, por lo original, por lo grandioso. Es por esto que el desierto se extiende en España; porque el espíritu del español es de devastación y ociosidad. Es por esto que predomina el pastoreo sobre tierras incultas. Es por esto que es enemigo de la naturaleza, y que ha trasmitido ese instinto a casi todos sus descendientes en América. El español es enemigo del árbol. Casi me atrevo a decir lo mismo del americano descendiente de español.

No tiene un gran poeta. Vedlo llegar a América. Su impasibilidad ante tanta maravilla, ante esa naturaleza virgen y variada, impasibilidad ya observada por el mismo Colón, ante esas razas inocentes y afectuosas que los recibieron como a hermanos, ¿qué prueba todo eso?

Y esa crueldad, y traición y matanza desde los primeros días en la primera colonia, tan pronto como Colón regresó a España, ¿qué prueba todo eso?

Ese silencio de sus cronistas, legistas, informadores, historiadores, versificadores, de sus cartas privadas, de sus documentos públicos, ese silencio sobre tanta maravilla, ¿qué prueba?

Prueba todo eso que es una raza disecada, una raza avezada al instrumentalismo de la opresión; con su corazón seco, sin amor, infecundo, muerto para lo grande, vivo tan sólo para la explotación y el odio.

Perdida su imaginación en las regiones del infierno, sin haber igualado al Dante, ya no hay receptividad para la belleza de la creación que es amor y movimiento. En cuanto a raciocinio, es pueblo verdaderamente muerto.

Colón en su cuarto viaje, y costeando las tierras de lo que hoy se llama Venezuela y entonces Paria y Cumaná, se imaginó «haber encontrado el Paraíso que el Todo-Poderoso ha elegido para la residencia del hombre». Pero el español no siente. El historiador Robertson pintando las causas que podían entusiasmar al hombre, en todo lo que veía en América, lanza esta frase únicamente: «The Europeans were hardly less amazed at the scene now be f ore them». (Los Europeos se sorprendieron muy poco del espectáculo que presenciaron) (17).

El Sr. Edgardo Quinet, dice con la profunda elocuencia que acompaña a su genio para la filosofía de la historia:

«En vez de esa grande alma de Cristóbal Colón, que parecía salir de las entrañas del universo, ¿sabéis qué espíritu llevó el catolicismo? Hernán Cortés juzga en sus relaciones a los sacerdotes españoles muy abajo de los sacerdotes mejicanos. Que esto sea una exageración de vencedor, quiero creerlo; pero en fin, lo que hay de incontestable, es que una creación entera surge del Océano; y, esta maravilla de las maravillas no dice nada, no inspira nada a la Iglesia. El Papa Borgia se contenta en señalar con su dedo el meridiano que separa las factorías de los españoles de las de los portugueses: he ahí todo. Por lo demás, ni un cántico celebra esta última jornada del creador. Los abismos se entreabren; reaparecen los días del Génesis; nadie se apercibe de ello. El ruido de la política de los pequeños príncipes de Italia cubre el murmullo del universo naciente. . . Nadie mostrando un signo de porvenir en esta ocupación de una tierra nueva, empleó, en exprimir ese suelo para sacarle el oro, el entusiasmo que debía haber producido el descubrimiento. En lo que debía ser una comunión entre Europa y América, los españoles no ven ya sino una ocasión de despojar en una noche a todo un universo. Parecía que ese continente fuese a desaparecer en su antiguo abismo, tan apurados estaban por arrancarle su más pura sustancia. De grado o de fuerza, los sacerdotes tomaban el alma, los soldados tomaban el oro; lejos de celebrar esta creación nueva, no se ocupaban sino en agotar la fuente.

Si hay algo de evidente para mí, es que la España de la Edad Media ha faltado, en el tiempo del descubrimiento de la América, a la más grande misión de los tiempos modernos. Ha maldecido la tierra inocente que no había conocido otra mancha que el rocío del Edén; ha herido hasta la muerte a las razas que salían del abismo pidiendo el bautismo del porvenir. Cuando todo invocaba, por la boca de los indígenas, en el fondo de las selvas, al grande Espíritu, no ha traído con ella sino al más pequeño de los Espíritus del pasado. A una naturaleza nueva vinculó un alma envejecida: todo se ha esterilizado. Debe pues la España haber cometido sobre este mundo nuevo algún gran atentado por haber sido tan duramente castigada por su propia conquista. Esta confesión constituye la principal belleza poética de La Araucana de Ercilla. Aún hoy las piedras de Chile sangran (18) y claman contra los Godos. Si preguntáis en España desde cuando ese llano está inculto, despoblado ese valle, casi siempre la primera causa refluye a la conquista de la América. El oro arrancado por la violencia ha arruinado a los saqueadores; sale del Nuevo Mundo engañado una voz de condenación contra sus conquistadores. ¡Compensación sorprendente!» (19).

Humboldt, a quien la América debe las páginas más brillantes que sobre su territorio, su aspecto, su geografía, y riqueza se han escrito, en su juicio sobre la poesía española de aquel tiempo, se sorprende del silencio de los hombres sobre la naturaleza que a cada paso les presentaba las más sorprendentes maravillas. Pero no explica la causa de esta esterilidad; y en su juicio sobre Ercilla (20) se le escapa el lado profundamente moral que contiene ese poema, que Quinet supo apreciar, y que es la causa de que sea el libro favorito de los chilenos.

Pero ni Ercilla mismo, que es un héroe, y de inteligencia notable, ve tampoco la naturaleza. Digo lo mismo de toda la poesía española que conozco. Hay pues, en este hecho permanente y constante de una raza que cuenta versificadores por millares, algo más que un hecho: una ley se desprende, y esa ley, es que la educación y vida de la España ha muerto el sentimiento de la naturaleza en su raza.

Con esta ley, podéis explicar su literatura, y aun en gran parte la literatura de la América.

La raza educada en esa religión, fortalecida en sus creencias por la guerra de 800 años por la misma causa, ha producido la esterilidad poética, la esterilidad de la ociosidad. Toda la educación, todo trabajo convergía a la guerra. El trabajo fue naturalmente despreciado, por un pueblo que se instituye en caballero de la Inmaculada Concepción y en soldado de la fe. El trabajo fue despreciado. ¿Cómo enriquecerse? Haciendo trabajar a los otros: he aquí el origen de la servidumbre de los indígenas y de la introducción de la esclavatura.

El desprecio al trabajo, la idea de nobleza unida a la idea de ociosidad, ¿qué resultados debían producir? Los palpa la España con su pobreza, los palpa la América con la conquista: los palpamos hasta hoy día en nuestro atraso del cual vamos saliendo a medida que nos desespañolizamos.

Un pueblo acostumbrado a obedecer en todo, pierde la iniciativa individual que es la salvación, la vida y el vigor de los Estados. Se acostumbra a ver venir toda idea, toda la iniciativa de la autoridad; y ésta es otra de las causas de nuestros males, que cada día combatimos.

Y si sobre todo esto agregáis la estúpida reglamentación de la unidad centralizante, ¿qué más queréis para explicar a priori los trescientos años de atraso de la América?

Abdicada la razón, paralizado el pensamiento, muerto el sentimiento de la naturaleza, el trabajo despreciado, la centralización en todo su poder, la muerte de la iniciativa personal reposando sobre el crimen de la explotación del continente, he ahí el conquistador y la conquista. Tal causa, tal efecto: esclavitud del ciudadano, esterilidad física y esterilidad intelectual.

¿No explica esto hasta la evidencia, por qué no tenemos ciencias, ni industrias, ni poesía, en el mundo del paraíso de Colón? No ciencias, porque el pensamiento ha sido mal dirigido y sometido. No industrias, por el desprecio al trabajo y la inseguridad. No poesía, porque la raza ha perdido su unión con la naturaleza.

XII

LA CONQUISTA. HECHOS PRINCIPALES

LAS CRÓNICAS y las historias están llenas con todos los horrores, con todos los atentados, con todos los crímenes cometidos por los españoles en la conquista de América.

No presenta la historia de la humanidad, aun saliendo de la barbarie, un sistema de barbarie más sostenido que el de la conquista de América, y esto sólo dista cuatrocientos años de nosotros.

Los romanos conquistaron, ¡pero qué diferencia! El país conquistado, convertido en provincia romana, era respetado en sus creencias, aceptada su población, poblados los lugares incultos o desiertos: no exterminaban. Los griegos eran civilizadores y fueron los menos conquistadores. Honor eterno a esa raza, la más grande lumbrera de la humanidad, del pueblo revelador por excelencia, el pueblo de la filosofía y de la democracia.

¡Pero la España! Ni los Cimbrios, ni los Hunos han sido más bárbaros que los exterminadores de los moriscos, de los herejes y conquistadores de la América. ¿Cómo explicar ese fenómeno? Creemos haberlo hecho. El dogma de la intolerancia. El catolicismo encarnado en el español todo lo explica.

Violación de la palabra, engaños, violación de tratados, perjurio, matanza de millares a traición.

La Española, hoy Santo Domingo, tenía un millón de habitantes. En diez y seis años sólo había setenta mil habitantes. Es decir que los españoles mataron novecientos cuarenta mil individuos en 16 años, lo cual hace una matanza por año de 58.750 personas, esto en una isla, en la misma isla en que hoy a nuestra vista está renovando los mismos horrores. Es el mismo pueblo «Adversus hosten esterna auctoritas esto».

Se descubren riquezas y les dicen que hay oro en las montañas de Puerto Rico, otra de las grandes islas descubiertas por Colón. Se expediciona.

Servidumbre de los habitantes, y cuál sería el tratamiento, que la raza, «fue pronto exterminada».

Se descubren perlas en la isla de Cubagua. Se obliga a los indios de las Islas Lucayas a hacer el oficio peligroso de buzos, y esto contribuye a la extinción de la raza.

Hay un hecho que puede servir de símbolo, para manifestar la reprobación que siempre debe excitar la conquista en todo corazón honrado. Es muy conocido, pero no está de más exponerlo de nuevo.

Es el suplicio del cacique Hatuey, hombre heroico que combatió y, tomado prisionero, fue condenado a las llamas.

A ningún español se le ocurre preguntar con qué derecho se hacía todo esto.

Llevado al suplicio, un fraile franciscano le promete el cielo.. . si se hace cristiano. Hatuey le pregunta: «¿hay allí españoles?».

«Sí, pero sólo los dignos y buenos». «Los mejores de ellos no son ni dignos, ni buenos: no quiero ir a un lugar en donde pueda encontrar alguno de esa execrable raza». Este cacique era de la heroica raza de los Haitianos, pero fue supliciado en Cuba, donde se había refugiado para continuar la guerra.

En fin la conquista como incendio alimentado por los elementos vírgenes de un mundo desborda sobre Méjico, para de allí continuar triunfando sobre la América del Sur hasta que llegó a estrellarse, atónita de verse retroceder ante el empuje del corazón de Arauco.

Méjico valía más y era más civilizado que la España. Se perdió por la inferioridad de las armas y traición explotada de unos pueblos contra otros.

Se perdió por las mismas razones que hoy se pierde: la traición y la inferioridad militar. Pero Juárez, que es de la misma raza que Moctezuma, no tendrá la misma suerte. ¡Quién sabe si su pujante brazo no arroja un día la cabeza de Maximiliano a la Europa, a través del Atlántico asombrado. . .! (21).

Sobre la civilización de Méjico, leed a Prescott, y os convenceréis de la superioridad de su civilización.

Pero llega la conquista: sus monumentos magníficos, testimonios silenciosos del origen del culto, de la peregrinación de las razas, de la cronología de su historia, son arrasados; sus bibliotecas incendiadas.

Ciudades admirables, por su comodidad, belleza, policía, ricas, florecientes, tan bien administradas que en Europa no había nada comparable, son arrasadas. Sobre las ruinas se arrojan algunos millones de cadáveres, y la civilización mejicana es arrancada de la superficie de la tierra.

Para iluminar este espectáculo y como ejemplo de la luz que traía España al Nuevo Mundo, se introduce la Inquisición, recién autorizada por Fernando el Católico. Al terror de la fuerza bruta se agregó el furor del terror religioso por quemar vivos a los hombres. Este ha sido el estreno de la civilización española para ilustrar a los habitantes esclavizados. El crimen queda autorizado; la crueldad permanente se instituye en costumbres, códigos y leyes. Se anonada el alma de los dueños de la tierra y sobre el derecho asesinado y la caridad vilipendiada, la España se sienta a gozar de su conquista a nombre de la fe.

Y tú, dulce tierra de los Incas, ¿cuál fue tu crimen?

Vastísimo imperio poblado, rico, organizado y en camino de progreso, desaparece con seis millones de sus hijos. Hasta hoy se llora en el Perú cuando se recuerda la conquista. Todo esto para enriquecer a España.

Preguntad después por las causas de la despoblación de América.

En el Río de la Plata, en el territorio hoy de Buenos Aires, ha sido exterminada la raza de sus habitantes primitivos. ¿En dónde están los valientes Querandís? Preguntadlo al desierto y a la llanura de Matanzas.

Los que habitaban los territorios de Paraguay y Corrientes, se salvaron.

Los Guaraníes, quizás la raza que cubría toda la zona oriental (22) de América desde el Plata hasta el Orinoco, no tuvieron minas que explotar en aquel tiempo, y el ensayo pacífico de los jesuítas surtió un efecto terrible, pues era como un sistema de castración de la humanidad. Salvaron la raza, pero dejaron una colmena gigantesca de siervos, un seminario de fecunda hipocresía, un espíritu de comunismo, una educación servil que ha irradiado e irradia aún sobre estas regiones en donde vuelven a presentarse hoy día. Los jesuítas avanzan en Buenos Aires.

Triunfa la conquista en el vasto continente, desde California hasta Valdivia, desde Venezuela hasta el Río Negro.

Solo, en medio de la devastación y de la muerte que lo envuelve, el Arauco indómito sostiene trescientos años la guerra y salvó su independencia. Tú, Auca de Chile, eres monumento vivo del heroísmo americano.

Nada pudo domarte. Ni las matanzas, ni los prisioneros a quienes los españoles cortaban los puños para escarmiento. Los mutilados volvían al combate, animando a los suyos con los troncos de sus brazos mutilados (23).

La conquista reina, administra, legisla, juzga, enseña, explota. La España es dueña absoluta de un mundo.

¿Qué hace de ese mundo? ¿Es para devorarlo o hacerlo desaparecer en su sangre que Dios lo ha creado? ¿No hay alguna responsabilidad para un pueblo que roba, mata, tortura, humilla y despoja de su patria a todas las razas que la mano de Dios sembrara en las regiones antes felices de América la bella? ¿Bastará un sofisma, una doctrina, el pretexto de la fe, o una mentira, para justificarse?

Eso es lo que se llama civilización española. No se crea que hemos recargado el cuadro. Si fuésemos a citar a Las Casas, a Ercilla, a Ulloa, a los cronistas, al historiador Garcilaso, al mismo Colón, y puede decirse a casi todos los que han escrito sobre la conquista, se vería tan espantosa acumulación de crímenes y una barbarie tan sostenida y sistemada como no tienen ejemplo las historias. Para corroborar lo que digo, voy a terminar este capítulo con las palabras de un historiador americano, y las del primer poeta de la España. «Bajo el mando de Cortés, de los Pizarro y varios otros aventureros de la más execrable memoria subyugaron partes del Norte y del Sur de América. Mataron atrozmente muchos millares de sencillos naturales de estos países, y exhibieron tales escenas de horror y crueldad, como jamás sin duda se cometieron en el viejo continente; mostrando ellos mismos, en todas ocasiones, ser una raza de monstruos en figura humana, privados de humanidad, misericordia, verdad y honor. Fue demasiado vejatorio que la tierra soportase su iniquidad o que los cielos la mirasen sin enfado.

La mano de la Providencia los ha perseguido con varias maldiciones, y ha castigado a la misma España con la consunción e irreparable decadencia, por haber consentido y perpetrado tan horribles y enormes crueldades» (24).

Escuchad al gran Quintana, el insigne poeta y patriota español.

El poeta se dirige a la América:

«Óyeme: si hubo una vez en que mis ojos,
Los fastos de tu historia recorriendo
No se hinchasen de lágrimas; si pudo
Mi corazón sin compasión, sin ira
Tus lástimas oír, ¡ah! que negado
Eternamente a la virtud me vea,
Y bárbaro y malvado
Cual los que así te destrozaron sea.

Con sangre están escritos
En el eterno libro de la vida
Esos dolientes gritos
Que tu labio afligido al cielo envía
Claman allí contra la patria mía,
Y vedan estampar gloria y ventura
En el campo fatal donde hay delitos»

-Yo soy parcial, yo me siento herido por la conquista, pero qué decir de la indignación de Quintana, el hombre de virtud, el poeta coronado, el mejor de los ciudadanos españoles.

He ahí la civilización española.

Hemos visto cómo se introdujo; veamos ahora cómo se organiza y perpetúa.

XIII

LA ORGANIZACIÓN DE LA CONQUISTA

MONARQUÍA ABSOLUTA era la España. Natural era que su poder al extenderse aplicase el brutal absolutismo que la constituía. En España no había ninguna institución, ninguna costumbre, ninguna creencia, y lo que es más, ninguna esperanza de lo que se llama derecho, garantías, soberanía, libertad. Bajo Felipe II entra esta nación, cuerpo y alma, en el sepulcro tenebroso de todas las abdicaciones. Mucho hablan de sus fueros y Cabildos. Los fueros eran concesiones de los reyes a las ciudades que reconquistaban para atraer allí la población y avanzar con privilegios la frontera sobre los musulmanes, como hoy hacemos aquí, cuando queremos alentar la población en el camino del desierto, al frente del peligro. Sus Cabildos o instituciones municipales fueron superfetaciones contrarias a la índole y tendencias del pueblo español.

¿Cómo explicar esta contradicción: instituciones libres que se inutilizan y abdican?

El sabio Buckle dice que era porque «en lugar de nacer tales instituciones en España de las necesidades del pueblo, fueron hijas de un acto político de sus reyes, siendo más regaladas que solicitadas» (25) y a más agrega: «aunque tales instituciones tengan el poder de conservar la libertad, no tienen el de crearla. España tuvo la forma y no el espíritu de la libertad, y de aquí que la perdiera fácilmente, a pesar de lo mucho que prometía. En Inglaterra, por el contrario, el espíritu precedió a la forma, siendo por consecuencia, duradera".

Sólo agregaremos una palabra a tan sabia explicación, y es que ese espíritu de libertad que faltaba, había sido arrebatado por el catolicismo, arrebatando al hombre el principio de toda libertad del pensamiento.

No olvidemos los americanos la lección. Poco vale tener instituciones libres y magníficas denominaciones como democracia, sufragio universal, etc., si no las vivifica el espíritu de libertad, la religión de la soberanía individual del hombre. Es por eso y para esa religión, para fundar, desarrollar, ese espíritu que nosotros escribimos. Porque sin ese espíritu por base, los tiranos, las sectas, las iglesias, las castas nos pueden esclavizar democráticamente con el sufragio universal prostituido: ved la Francia.

Volviendo a nuestro asunto, esas instituciones municipales, fueron destruidas por la corona y aquí hay que citar dos hechos terribles.

El primero, «es que los diputados de las ciudades que debían haber sido los más celosos defensores de sus derechos, conspiraron abiertamente contra el Tercer Estado, y procuraron anonadar los restos de la antigua representación nacional» (26). ¡Qué más prueba! El pueblo aquí se precipita al despotismo como a la forma esencial de su ser.

La monarquía recoge la abdicación y de este modo es el absolutismo más popular que se conoce. El despotismo está pues, en la esencia de la España, tal cual lo ha formado la religión de sus hijos.

El otro hecho es la parte que tomó la monarquía para acabar o prostituir las formas municipales. «Al fin la autoridad real logró alcanzar un gran predominio en el gobierno municipal de los pueblos, porque los corregidores y alcaldes mayores llegaron a eclipsar la influencia de los adelantados y alcaldes elegidos por los pueblos» (27).

No había pues ninguna libertad en la nación que conquistaba.

De aquí se deduce, que la organización de la conquista no debe ser sino la jerarquía de poderes explotadores que tiene su origen en el rey. En efecto, las autoridades emanaban de él. El territorio conquistado fue dividido en Virreinatos y Capitanías Generales. Estos en provincias gobernadas por intendentes o gobernadores.

Virrey, capitán general, gobernador, eran nombrados por el rey. Era una escala de servilismo al servicio de la opresión. Escoltaban a ese poder el ejército, la escuadra, las milicias, los frailes, el terror de las matanzas, de los patíbulos frecuentes, coronando todo la Santa Inquisición y el terror del infierno, pues la desobediencia al rey o a su representante era un pecado.

Los Cabildos eran compuestos de regidores que compraban sus empleos.

Ellos elegían a los alcaldes y otros jueces que administraban justicia civil y criminal. Como se ha metido tanta bulla con los tales cabildos, oigamos a uno que conoce la materia:

«El poder municipal español había sufrido el primero los redoblados y sordos ataques del trono, y en la época a que me refiero había sido despojado de su independencia y de sus atribuciones: no existía entonces sino como un simulacro ridículo. Antes estaba reconcentrada en él la soberanía nacional, era el órgano legítimo de la expresión de los intereses sociales de cada comunidad, y al mismo tiempo el mejor custodio de estos intereses; pero la fusión de las diversas monarquías y señorías, en que estaba dividida la Península y el plan de centralización desarrollado por Fernando el Católico y consumado por Carlos V, completaron al fin la ruina de aquel poder precioso, de manera que al tiempo de la conquista de Chile no quedaban siquiera vestigios de él en los cabildos que antes eran sus depositarios. La legislación de Indias posteriormente redujo estas corporaciones a una completa nulidad e invirtió el orden de sus funciones sometiéndolas del todo al sistema absoluto y arbitrario de gobierno adoptado por la metrópoli y sus representantes en América. De consiguiente, los cabildos de las poblaciones chilenas no tenían otra esfera de acción que la jurisdicción cometida a los alcaldes y los cuidados de policía encomendados a los regidores en los casos marcados por la ley o por el capricho del funcionario que gobernaba la colonia, a nombre y por representación del monarca. No era por tanto esta institución en manera ninguna ventajosa al pueblo, antes bien estaba consagrada al servicio del trono, del cual dependía su existencia, era propiamente un instrumento, aunque muy secundario, de la voluntad del rey y sus intereses. Podemos, pues, establecer como fuera de duda que la monarquía despótica en toda su deformidad y con todos sus vicios fue la forma política bajo la cual nació y se desarrolló nuestra sociedad, porque ésta fue su constitución, su modo de ser durante toda la época del coloniaje.

Esta forma política desenvolvió su influencia corruptora en nuestra sociedad con tanta más energía, cuanto que a ella sola estaba reservado crear, inspirar y dirigir nuestras costumbres, y cuanto que se hallaba apoyada en el poder religioso, formando con él una funesta confederación de la cual resultaba el omnipotente despotismo teocrático que lo sojuzgaba todo» (28).

La justicia era administrada por tribunales llamados Reales Audiencias. Los virreyes y capitanes generales administraban justicia, y se podía apelar a las Audiencias, y de las Audiencias al Consejo de Indias en Madrid. En todo esto, ni sombra de pueblo, ni aun los americanos eran Oidores. ¿Qué justicia podría esperarse de esa organización?

Agregad a la legislación, amalgama de leyes contradictorias, la multitud de códigos, pues había Leyes de Partida, Recopilación castellana, Alisto acordados. Código de Indias, Ordenanza militar, las ordenanzas de Bilbao, las reales cédulas, las ordenanzas del ministerio (29). Agregad el monstruoso código criminal, impregnado por la barbarie de la Edad Media, prescribiendo el tormento, la mutilación de miembros, la pena de muerte aun por delitos leves. Agregad la chicana, la rutina, las estúpidas formalidades dispendiosas que aun hoy día nos aquejan, para prolongar los pleitos, «los traslados, rebeldías, términos probatorios, consultas con letrados", y la embrolla de escribanos, de procuradores y abogados. La justicia arruinaba y aún arruina. El pobre no puede luchar en ese terreno. Desigualdad monstruosa, que aún existe y que los legisladores no se cuidan de arreglar.

¿Qué era el pobre ante la ley y la justicia? Nada. ¿Cómo había de obtener justicia contra el rico que era el noble? Imposible. El pobre, el plebeyo, el hijo de la raza mixta, el indígena, eran hombres de otra esfera, de otra creación, y hacerle justicia contra el rico, el español o el noble, hubiera sido un escándalo, una injusticia, que pudiera conmover la organización de la conquista. Justicia legal en su origen, torcida en sus procedimientos, bárbara en sus códigos, torpe, criminal, prolongada, absurda en su laberinto de fórmulas, ¿cómo podía ser justicia? Don José Joaquín de Mora, refiriéndose a la organización de la justicia en España, exclama: «Qué cosa tan injusta es la justicia».

¿Y no explica este antecedente el poco respeto con que se mira entre nosotros la justicia? íbamos a decir el odio.

Y sobre todos estos tribunales, se cernía casi omnipotente, el nombre terrible del tribunal de la Inquisición. No se conocía al delator. Incomunicación del acusado. El tormento era de ley para arrancar la confesión. Sin apelación, sin recurso, sin esperanza. El fuego terminaba el proceso. El reo era quemado vivo, a nombre de la caridad, para el bien de su alma, por el dogma de la comunión de los santos, solidaridad católica que obligaba al creyente a quemar a su semejante por el bien de todos.

A más de estas desigualdades, de estas ilegítimas y bárbaras instituciones y leyes, había los fueros: fuero eclesiástico, de real hacienda, de comerciantes y fuero militar que administraba hasta la justicia civil a los militares.

educación de la conquista. La educación limitada a la teología, la jurisprudencia y el latín. Ignorancia de las ciencias físicas. En filosofía, una miserable escolástica, que se servía del silogismo de Aristóteles para procurar dar una apariencia de raciocinio al dogma supremo y soberano, que era indiscutible. Se educaban charlatanes ergotistas, que bien caro cuestan a la América hasta hoy día.

A esa educación no llegaba sino los pocos privilegiados.

En cuanto al pueblo, ninguna educación, sino la del culto, el rito, la ceremonia, la forma, la palabra interminable del rezo sin sentido. La ignorancia de las masas en América, en campos y ciudades, ha sido una de las herencias más trascendentales de la España. Pero la educación fundamental de la conquista ha sido la enseñanza y la encarnación de la religión de la conquista. Hubo medios de enseñar a todos la obediencia. Aprendamos hoy a enseñar a todos la rebelión sublime del derecho.

La educación de la conquista, era la religión de la conquista; la religión de la conquista era el catolicismo. Los dogmas fundamentales del catolicismo y que lo constituyen en la más apta y favorable de las religiones para conservar perpetuamente una conquista, son la obediencia a la autoridad en lo que debo creer, en lo que debo amar, en lo que debo hacer. Se impone la creencia sin juicio ni raciocinio, sin atender al convencimiento.

El sacerdote debe pensar por todos en materia de religión. Es por eso que el catolicismo es el mayor enemigo del libre pensamiento.

Se teme toda espontaneidad del alma humana, como se teme un acto de rebelión; y de ahí nace que es necesario sofocar los instintos, los sentimientos y las grandiosas pasiones de la humanidad. Es necesario aislar, separar, no sólo a los pueblos, sino a los individuos. Para ello se introduce el espionaje, la delación, el terror en el hogar. El movimiento, la asociación, el trabajo intelectual son declarados enemigos. Los libros no existen, se prohíben. La lectura es castigada. No hay prensa. No hay enseñanza, sino la doctrina de la obediencia y del terror.

Las inteligencias inmovilizadas se embrutecen. Los corazones estancados se corrompen. El vicio campea desde las altas clases hasta los plebeyos. La ociosidad, la espantosa ociosidad de la raza española decapitada de su pensamiento, se extiende, se hace hábito, costumbre, orgullo, ley social.

El catolicismo que comprendía el inmenso vacío que deja en las almas, se apresura a ocupar la vida con el culto, con las fiesta religiosas, con las novenas, las procesiones, la vía sacra, las oraciones para todas las horas, con el somnoliento rosario. Es así como se apaga el espíritu, es así como la brutal conquista se reclina durante trescientos años sobre América.

Y la Iglesia desde su trono de terror y de misterio dice a los pueblos de América: obedeced. Y el Estado desde España por medio del virrey hasta el alcalde en su barrio y el propietario en su tierra, dicen a los hombres: obedeced. Y la madre en el hogar, el maestro en la escuela, el fraile en el confesionario y en el púlpito, el doctor en su cátedra, el juez en su tribunal y el verdugo sobre la víctima, todos en coro repetían: ¡obedeced, obedeced!

Proscripción del pensamiento. La América no hablará. No hay derecho a la palabra. La América será ciega. No hay derecho al libre estudio, a la lectura, a la visión de lo que pasa en el mundo. La América será sorda. No hay derecho a escuchar la palabra libre, ni aun las noticias del exterior. No hay prensa. No recibirá libros, ni periódicos.

No se imprimirá ningún libro. Pena al que imprimiese o circulase algún libro sin permiso.

Nuestros padres se escondían para leer. No se enseña sino lo que la Iglesia autorizare.

No olvidéis que la América recibió esa educación durante trescientos años, para ser civilizada por la España.

No olvidéis que había ejércitos permanentes, fortificaciones poderosas que hiciesen efectiva la reclusión de América.

No olvidéis que había clases interesadas y divisiones fomentadas para conservar ese régimen.

Los empleos en manos de los españoles. Aristocracia, por el hecho solo de haber nacido en Galicia o en etc.

Los americanos, aun los hijos de españoles, considerados inferiores y despreciados. Los hombres y pueblos sin pensamiento, sin palabra, sin voto, sin voluntad. Esta es la civilización que la España introdujo a sangre y fuego en América.

No olvidéis, en fin, que se había identificado en las creencias, la religión y el Estado, el catolicismo y la monarquía: Dios Y el rey.

He ahí la fórmula. El pecado, según la Iglesia, debía ser crimen según la ley. No pensar como la Iglesia era un crimen que el Estado debía reprimir.

Y pensar mal del Rey o de la autoridad, o del régimen, era además de rebelión, un pecado que la iglesia castigaba.

¡Y en medio del aislamiento en que vivíamos, separados del movimiento del mundo, sin noticias, ni viajeros, ni comercio, ni papeles, ni libros, ni enseñanza, en medio de ese espantoso silencio tenebroso, comprended, americanos, el prodigio de la intuición del derecho que vive en todo hombre, pues llegó a hacerse escuchar, llamándose la Revolución de la Independencia!

Comprendamos la magnitud de la obra y el mérito de nuestros padres.

Para mitigar la sofocación espantosa que tal orden de cosas debía producir, el catolicismo enseña el dogma de la gracia, promete el resarcimiento en otra vida, y procura inocular en las multitudes el principio de que todo en la tierra es vanidad, e impone el dogma de que la fe salva.

Con el dogma de la gracia se dice que muchos son los llamados y poco los escogidos. Si tú eres de los llamados ¿por qué te inquietas?

Y si no eres escogido, aguanta, pues te rebelarías contra la predestinación divina.

Con el resarcimiento de la otra vida y de que todo en la tierra es vanidad, hago mirar con desdén el derecho, la justicia; y el deseo de mejorar, base del adelantamiento y del progreso de los pueblos, viene a ser despreciado por los pueblos católicos.

Esto también explica un atraso y ociosidad. ¿Todo es vanidad? Tu noble orgullo, tu autonomía, es la más grande de las vanidades.

¿Por qué te agitas? «En polvo te has de convertir».

¿Y mi derecho, mi individualidad, mi pensamiento, se convertirán también en polvo, santísimos padres? A esto no contestáis, ¿o aplicáis a la libertad la calificación de vanidad?

Pero el rico, el noble, el gobernante, el fraile, el canónigo, no miran las cosas de esta vida como pura vanidad.

Con esas máximas se hacía afluir las riquezas a la Iglesia, y la Iglesia las gozaba antes de que se convirtieran en polvo. ¡Y hasta hoy día hay imbéciles que legan sus bienes a la Iglesia!

Si el rico, el poderoso, el fraile gobernaban, atrapaban y gozaban, era porque así estaba predestinado. El pobre buscará su revancha en la otra vida; pague entretanto su matrimonio, su bautismo, su entierro, sus misas, las bulas, las licencias, etc. Contribuid con vuestras dádivas al esplendor del culto.

Esta es la fe. Ella os salvará aunque robéis o matéis, o mintáis todos los días.

Y vosotros, plebeyos, no os cuidéis de nada. Vivid tranquilos. Eso de derecho, de remuneración del trabajo, qué importa, si Dios que se ocupa en abatir a los soberbios y en ensalzar a los humildes, os ha de ensalzar (en la otra vida se entiende).

No cuidéis, pues, del día de mañana. La vida es corta. Dejad a vuestros amos tranquilos y sobre todo. Dios ha dicho, y lo garantimos bajo nuestra palabra: «obedeced a todo poder y a todo amo por duro que sea» (30). Obedeced. La salvación eterna es a ese precio. Hemos creído exponer claramente el espíritu, el medio, el fin, la índole y el genio de la conquista.

¡Genio de América! ¿Cómo pudo hacerse la revolución en medio de ese infierno, y con esa educación? Comprendamos el prodigio del siglo.

Después de esa educación que mataba la personalidad, después de esa organización política que era la usurpación monárquica del derecho de los pueblos, de esa legislación embrollada que anulaba la justicia e instituía crímenes permanentes, como las encomiendas, la repartición, la mita, la capitación, venía el régimen económico, el sistema de contribuciones a coronar la obra condenando a la América a la reclusión perpetua.

Incomunicación comercial. Prohibición de trabajar y producir en América lo que la España produjera, para obligarnos a consumir sus productos o miserables artefactos.

Puede decirse que no había en América más industria que la de las minas y una atrasadísima agricultura. Sin exportación posible, más que las de algunos ramos privilegiados, sin más importación que la española, con las tarifas que querían imponer; sin estímulo a la industria y muchas de ellas perseguidas, estancando las producciones naturales de los diversos climas, he ahí la civilización económica de la España. Gremios para los oficios y patentes. Contribución sobre casi todo lo explotable. Contribución para el Rey, para la Iglesia, para la santa cruzada, para redimir cautivos, para el Papa, y contribuciones directas e indirectas, sobre el capital, sobre la renta, sobre el consumo, sobre la venta y traspaso de propiedad. Bienes mostrencos, vinculaciones de una gran parte del territorio a manos muertas, destinados a conventos de monjas y de frailes, a los canónigos, al culto.

Mayorazgos, títulos de nobleza vendidos, y en medio de todo esto, las masas, el pueblo en la feraz América, hambriento, rotoso y sin hogar.

Más he aquí la lista de las contribuciones.

LAS CONTRIBUCIONES.

Nos referimos a la América en general, porque algunos países en razón de su clima no produciendo los mismos productos, no recibían el azote de todas las contribuciones. Algunas subsisten en algunas de las Repúblicas, que por eso mismo necesitan desespañolizarse.

EL ESTANCO. Especies estancadas: el tabaco, el aguardiente, la caña, el guarapo, los naipes, la pólvora (31).

DERECHOS DE IMPORTACIÓN Y EXPORTACIÓN.

LA ALCABALA, derecho de dos por ciento sobre las compras y ventas de toda clase de mercaderías, bienes muebles y raíces, que se pagaba siempre por el vendedor.

LOS QUINTOS Y METALES. Impuesto sobre los metales que se extraían.

LA AMONEDACIÓN.

EL PAPEL SELLADO.

DERECHOS SOBRE LA VENTA DE TERRENOS BALDÍOS.

COMPOSICIÓN Y VENTA DE TIERRAS.

DERECHO SOBRE LAS MIELES.

DERECHO DE PULPERÍA.

DERECHO DE LANZAS. Esta era una contribución sobre los tontos y podía disculparse. Este derecho consistía en la venta de títulos de marqueses, condes, etc. Ha habido imbéciles que sacrificaron su fortuna por un título.

MEDIAS ANATAS DE EMPLEOS. Obligación de entregar la mitad del sueldo de un año de cualquier empleo.

VENTA DE OFICIOS. Se vendían los empleos de los cabildos, o las plazas de regidores perpetuos, los de escribanos, notarios, procuradores, receptores, tasadores, etc.

RENTA DE SALINAS.

LOS DIEZMOS.

LOS DERECHOS PARROQUIALES, Matrimonio, bautismo, entierro, etc. «Los excesos de los curas en el cobro de los derechos parroquiales, absorbiéndose los bienes de los indios moribundos, o reduciendo a esclavitud a los hijos de éstos que no tienen con qué pagar los entierros" (32).

LOS REPARTIMIENTOS. Distribución de indios a los conquistadores.

LAS ENCOMIENDAS. Distritos de grande extensión distribuidos con sus habitantes y entregados a la rapacidad de los poseedores; «to gratify the olmost extravagance of their wishes, many seized districts of great extent, and held them as encomiendas» (33).

LA MITA. «Consistía (en el Perú) en la obligación impuesta a cada pueblo de proporcionar para el laboreo de las minas y cultivos de los campos un individuo de cada siete. . .

Cuando se agotaba el número de operarios se repetía el sorteo y de este modo, los desgraciados naturales, seguros de perecer al entrar en el turno, se despedían de las familias como si marchasen para el otro mundo» (34). "En la Nueva España (Méjico), donde los indios eran más numerosos, estaba fijada a cuatro en el ciento» (35).

CAPITACIÓN. Tributo anual sobre cada varón desde los diez y ocho hasta los cincuenta. «Variaba desde tres pesos hasta seis anuales por cabeza» (36).

LAS BULAS. Eran cinco y aún algunas subsisten en Chile. Esta es una contribución sobre la estupidez del fanatismo: que la pague el estúpido. Las cinco que se introdujeron en América dice Restrepo, y que aún subsistían en tiempo de la revolución eran: la bula común de vivos, la de lacticinios, la de dispensa para comer carne en los días de abstinencia, la de difuntos, y la de composición. Esta contribución sobre el fanatismo, arroja tal desprecio sobre la imbecilidad humana, que si no fuese una pérfida explotación de la ignorancia, era de desear se aumentase y se hiciere sentir con más fuerza sobre la torpeza de los creyentes. Los pobres sacrificaban y en algunas partes todavía sacrifican el fruto de su trabajo para comprar una bula de difuntos, porque creen sacar con ella, con un poco de oro, a sus amigos o parientes del purgatorio. En Chile es un ramo aceptado, tolerado, admitido.

Las beatas y beatos compran las bulas para comer carne, para indulgencias de pecados, etc.

¡Esto existía, americanos! Podéis perdonar, si queréis, pero olvidar es propio de seres que no sienten la dignidad de la justicia. Es necesario que comprendáis a la conquista para odiarla, y para amar la revolución. Era necesario que supieseis, pues, cuál era esa civilización de España. No le debemos sino males. ¿Ha cambiado por ventura? ¡Vedla en Cuba, en Santo Domingo, en el Perú, hoy día! Y en su propio suelo suprimiendo la libertad de la palabra y enviando los protestantes a galeras.

¿Quién al leer ese cuadro de una veracidad inferior a la realidad de la crueldad (porque quién podría exponer todos los atentados, todos los crímenes consuetudinarios, instituidos como cosas justas y legales que han cubierto de llanto, de sangre, de devastación y oprobio a la América durante tres siglos de conquista), quién es aquel que no se pregunta, si ha sido posible bajo el sol, tanta infamia hidalgamente practicada por una nación para explotar sin misericordia un continente? Es de dudar, pero es indudable.

Ved de dónde hemos salido, americanos ¿y creéis por ventura, que reconozcan el crimen de sus antepasados? No, se vanaglorian, y creen que nos han traído la civilización y absuelven (37) la conquista. Se hacen pues, los españoles de hoy, que no protestan, solidarios del crimen de sus antepasados. Ya sabemos cuál debe ser nuestra conducta: continuar la obra de Desespañolización que empezó con la revolución de la independencia. Pero es necesario que la obra de la desespañolización no consista solamente en abolir las leyes e instituciones de la conquista. No es sino una parte, que podemos llamar la desespañolización exterior. La grande obra, el trabajo magno, consiste en el nuevo espíritu que debe animar a la nueva personalidad del americano. La desespañolización del alma es pues, lo principal. Si la religión, las creencias, las costumbres, las supersticiones, los malos hábitos de abdicación, obediencia, servilismo, ociosidad, formaban el espíritu, constituían la índole, la ley de la conquista, determinando el carácter de los colonos, es pues necesario ante todo el cambio, la reforma, la revolución en el espíritu, en el pensamiento, en la creencia radical, que es lo que forma la esencia de la personalidad y funda la verdadera autonomía del hombre soberano. Así: nada de España en religión, en política, en hábitos sociales, en enseñanza, en costumbres y creencias relativas a la sociabilidad del Nuevo Mundo.

La España es la Edad Media.

Nosotros somos el porvenir.

¡Adelante! Y «dejemos a los muertos que entierren a los muertos». La revolución no ha terminado. Arrojamos a la España a punta de lanza. Hoy se trata de arrancarla del organismo para que no quede vestigio de conquista.


Notas:

1. «Para la propagación de la raza humana, de su boca, de su brazo, de su muslo, de su pie, produjo el Brahma, al Kchatriva, al Vaisya y al Soudra». (Leyes de Manú, libro I).

2. El Koran, cap. II, v. 255. Traducción del árabe por Kasimirscki. París, 1862.

3. Pablo, Epístola a los Romanos, cap. III, v. 27, 28.

4. Lamennais: Des maux de 1'Eglise. Bruselas, 1837.

5. E. Castelar.

6. En el Senado español, un Molins, marqués de la ignorancia y de la torpeza, ha sostenido que los españoles siendo hijos de Jafet, deben dominar a los moros porque son hijos de Cam o de Sem. Esto ha pasado como teoría en aquel recinto, en este año de 1864, y con motivo de la cuestión del Perú.

7. Ha quedado de tal modo extraña al movimiento intelectual que empezó en el siglo XVI, que ningún español se ha creado un nombre en las matemáticas, la astronomía, la física, la química, la fisiología, la medicina, la filología, en una palabra en ninguno de los ramos de la ciencia. (Nota de Lamennais)

8. Lamennais: Des maux de l'Eglise. - Y obsérvese que cuando Lamennais escribía esto era católico, y que siempre ha manifestado simpatías por la España. Es claro que poco tiempo después no hubiera podido fundar esperanzas en la España por su fe, pues es esa fe la causa de sus males. He ahí mi diferencia de opinión con el maestro.

9. Edgardo Quinet. L'Ultramontanisme. Premiére leçon.

10. Buckle es uno de los más grandes historiadores de este siglo. Se publicó su obra en Londres en 1860, y desgraciadamente el autor no pudo terminarla, pues la muerte lo atacó en Siria donde había ido en busca de salud. Si mal no recuerdo, tenía 36 años. ¡Qué porvenir perdido para la ciencia de la historia! El capítulo sobre la Civilización en España, forma un tomo de cerca de 200 páginas, y ha sido traducido al español. Han llegado a Buenos Aires varios ejemplares y recomendamos mucho su adquisición.

11. Buckle. Historia de la Civilización en España.

12. Historia Universal por Juan Muller, traducción de A. Calderón de la Barca. Tomo II, pág. 155 (Boston, 1843).

13. La conversión voluntaria de los Visigodos restableció la fe católica de España (Gibbon, cap. XXXVII. Historia de la Decadencia del Imperio Romano).

14. Fray Enrique de Flores. Clave Historial, pág. 108. Madrid, 1769.

15. Antequera. Historia de la legislación, pág. 31, citación de Buckle.

16. Gibbon. Cap. XXXVIII.

17. Robertson. History of America. London, 1835.

18. El resentimiento de la América contra las rapiñas de la España y del catolicismo de los inquisidores estalla de una manera casi oficial en una Memoria eminentemente dirigida a la Universidad de Chile. Véase: Investigaciones sobre la influencia social de la conquista y del sistema colonial de los Españoles en Chile, por J.V. Lastarria, p. 11, 22, 113, 134. (Nota de Quinet).

19. E. Quinet. El Cristianismo y la Revolución Francesa, oncena lección, 1845.

20. But in the whole epic poem of the Araucana, by Don Alonso de Ercilla, the aspect of volcanoes covered with eternal snow, of torrid sylvan valley, and of armatthe sea extending far into the land has not been productive of any descriptions which may be regarded as graphical.

Humboldt, Cosmos.

21. En este pensamiento, como en otras de sus obras, Bilbao fue profeta. Su predicción se cumplió en Méjico y el usurpador austriaco Maximiliano fue ajusticiado en el cadalso de Querétaro, a pesar de las peticiones de los reyes de Europa que solicitaban su perdón a Juárez.

Nota del Editor de esta publicación (1897).

22. Magallanes sólo encontró en Río Janeiro, entonces cabo frío, «indios Tupinambos, tribu pacífica de la raza Guaraní que poblaba aquellas costas». Barros Arana. Vida de Magallanes. Chile, 1864.

23. Ercilla, testigo ocular, episodio de Galvarino Molina, Historia de Chile. Góngora Marmolejo, cronista de aquel tiempo, citado por M. L. Amunátegui en su Historia de la Conquista de Chile.

24. Samuel Whelpley. A Compend of History. New York, 1856.

25. Buckle. La civilización en España, pág. 104.

26. Sempere. Historia de las Cortes de España, citado por Buckle.

27. Antequera. Historia de la Legislación Española. Madrid, 1849, página 287. Cita de Buckle.

28. Lastarria. Memoria sobre la influencia social de la conquista y del sistema colonial de los españoles en Chile. Impresa en los Anales de la Universidad de Chile, correspondientes al año 1844.

Esta obra es, a juicio mío, el mejor ensayo de historia filosófica americana que conozco. Quizás es también el timbre más brillante del ilustre Lastarria, autor de la declaración de la Cámara de Diputados de Chile para no reconocer ningún gobierno debido a influencias europeas. Ha perfeccionado la doctrina de Monroe. Reciba nuestro aplauso y el de la América entera.

29. Véase: Restrepo y Lastarria, obras citadas.

30. Epístolas de Pablo y Pedro.

31. Restrepo. Historia de Colombia. I, pág. 230, 260. París, 1827

32. Manuel Bilbao. Compendio de la Historia del Perú. Lima, 1852, libro aprobado por el Gobierno para las escuelas

33. Robertson. History of America. Lib. VIII.

34. M. Bilbao, id.

35. Robertson, id.

36. Restrepo, Hist. id.

37. D. Emilio Castelar contra F. Bilbao, en La Democracia de Madrid, con motivo de mi artículo sobre la desespañolización.


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