El Evangelio Americano

El Evangelio Americano

PRIMERA PARTE

LA VERDAD-PRINCIPIO


EL MENSAJE

I

AL PRETENDER escribir un libro para el pueblo, humilde me inclino ante ti, luz soberana, ¡humilde te invoco, palabra divina! ¡Oh quién pudiera reunir todo lo bello, todo lo grande que agita al corazón, purificarnos de la historia, del peso de la tradición traidora de los siglos, desenterrar el genio, el espíritu, el alma, la persona humana sepultada por la cobardía de cada uno y la fuerza social embrutecida, para revelar al hombre en toda la grandeza y la fuerza de su destino sublime y creador del bien!

¡Quién pudiera convocar al concilio de mi libro, todos los presentimientos inmortales, todos los dolores sagrados del hombre y de los pueblos, todas las alegrías del alma humana en posesión de la integridad de sus facultades! Fortificar la afirmación de la verdad-principio, respirar las armonías de la creación, comunicar directamente con el Eterno, en luz, en fuerza, en amor; ¡presentarte pueblo, todas las virtudes, todos los heroísmos, todos los sacrificios de los hombres libres, para que seas libre; y en fin emitir del fondo de nuestro ser incendiado por la pasión del bien universal, la palabra de enseñanza, la palabra de verdad que debe encarnar el pueblo soberano! He ahí mi deseo, mas no realizado.

Lo pido al hombre ante todo, que me siga con el espíritu al desierto. No hay revelación, ni verdad regeneradora, que no exija del lector, del oyente, un momento al menos de absoluta soledad e independencia. Olvidemos por un momento el movimiento del día, desatendamos por un momento la rutina diaria, olvidemos el murmullo del pasado que nos acusa como enemigo inexorable. Sepamos el nombre de Dios; os conjuro hermanos míos, a escucharnos nosotros mismos.

Tengamos audacia para conocemos, audacia para atravesar las tinieblas. Rompamos la piedra que impide nuestra resurrección, y libres en nosotros mismos, trasfigurados sobre las ruinas del mundo envejecido, recibamos directamente, sin intermediarios o mediadores fementidos, el testamento puro, la palabra viva de la eterna vida, la centella de la fuerza y el inmenso amor.

Mi libro es evocación de esa palabra, hermano mío.

II

REVELE, pues, el hombre la palabra del hombre.

Esa palabra, en virtud de la esencia de la humanidad, brilla desde el principio en la conciencia y en la inteligencia de cada uno. La primera palabra del hombre en conciencia de su yo, de su persona: es la revelación de la soberanía del hombre.

A todos se dirige. Sea recibida por todos como el germen de luz lanzada por la Potencia Suprema, para encarnar en todos el esplendor de la verdad.

Sea trasmitida por cada uno en su palabra y con sus actos. Resuene en los clubes permanentes de los pueblos.

Sea proclamada en los grandes meetings de la democracia. Que se enseñe en las escuelas; que tome las alas de la prensa, y sea la inspiración y la ley de todo magistrado.

Que el artesano en su taller, el mercader en su tienda, el peón en su faena, el campesino en su soledad, le presten un momento diario de atención. Permita el cielo que las filantropías de las Repúblicas y el interés de todos los gobiernos, haga llegar esa palabra al salvaje en el desierto, al bárbaro en su tribu, al proletario en el seno de su prole desgraciada. El letrado y el roto tenebroso, el rico y el pobre, el sano y el enfermo, el feliz y el desgraciado, vean en ella la unidad de esencia, la fraternidad de la especie, la identidad del derecho y la gloria del deber.

Sea recibida y aceptada esa palabra, y prometo remunerar la hospitalidad que reciba, dando inteligencia al lerdo, ideas al ignorante, corazón al rico, y bendición del Soberano a la conciencia de todo hombre soberano.

Porque esa palabra no es mía, sino de todos, y no sólo de todos, sino del Todo, del gran Dios que presencia el desarrollo de la creación. No es de hoy, ni de ayer, sino eterna. Ella resplandecía en el principio, porque es la virtud inteligente de la potencia divina iluminando el yo, la personalidad del hombre.

Y es de luz, no de tinieblas.

Es la palabra que funda la distinción del bien y del mal, del amor y del odio.

Es la palabra que hace de la fraternidad humana el egoísmo de cada uno.

No es sólo la palabra del derecho heroico, sino también la del deber santificante.

III

Tú, que vives sin más horizonte que el desierto de la pampa o la inmovilidad de la montaña, y que no esperas el bien, ni el bienestar, ni la justicia de los hombres;

Tú, que te ves rodeado de tus hijos y que al besar sus frentes infantiles, invocas al Padre con angustia, por la garantía de su vida y de sus almas;

Tú, que al contemplar a la virgen, o a la mujer sin mancha, quisieras cambiar con el aliento de tu pecho la atmósfera enviciada que la envuelve;

Tú, al contemplar a tu Patria, la ves, como la túnica de Jesús, disputada y destrozada por los traficantes y soldados;

Tú, que amas la justicia, y ves a la injusticia especialmente cargando sobre el débil, sobre el pobre, sobre el ignorante, y a la maldad triunfante ostentar su impudor, y arrastrar su carro sobre la ley burlada;

Tú, que amas ante todo la verdad, y tienes que vivir presenciando el reinado de los fariseos hipócritas, y escuchar la más escandalosa prostitución de la palabra yo; espero que, aunque indirectamente, ha de llegar la buena nueva para todos.

Tú, que amas la gloria, y sólo ves el sacrificio como digno; y vosotros todos los que queréis y trabajáis porque el hombre tenga su pan, su hogar, su honor y su derecho garantidos; vosotros los que amáis, mantenéis al Sol vivificante a despecho de los indiferentes, de los indolentes, de los egoístas que cifran su felicidad en «preparar un festín a los gusanos del sepulcro», pensamiento sino en el cuerpo y para el cuerpo.

Vosotras almas selectas que sentís la misión del apostolado de la justicia y libertad, y a quienes atormenta el insaciable deseo, la sed inextinguible del infinito, vosotros «sal de la tierra», institutores de la personalidad, soldados de la causa de la Providencia, apoderaos del divino testamento, anunciad el Evangelio Americano, arrancad el fuego sagrado del altar para incendiar los corazones e iluminar la inteligencia de todos los que esperan el día de justicia, el fin de toda tiranía, y la santa alegría de la paz.

II

EL SOBERANO

I

HOMBRE DE AMÉRICA, tu honor es ser republicano, tu gloria es haber conquistado la República, tu derecho a gobernarte a ti mismo es la República, y tu deber es serlo siempre. No permitir jamás otro gobierno, ni otra autoridad sobre ti mismo que la propia autoridad de la conciencia, el propio y personal gobierno de la razón individual, he ahí la República, he ahí la democracia, he ahí la autonomía, he ahí lo que se llama el Self Government.

Y no hay otro gobierno verdadero.

¿Por qué? Porque el hombre es soberano.

Si el hombre es soberano, no puede haber otra forma legítima de gobierno que la que consagre e instituya y realice la soberanía del hombre.

Si el hombre no es soberano, entonces la monarquía, el imperio, la teocracia, la aristocracia, la feudalidad, las castas sacerdotales, militares, propietarias, toda forma de tiranía o despotismo es no sólo posible, sino justa.

Metafísica o teología, moral o religión, política o administración, sistema de economía sobre la propiedad, el trabajo, el crédito, la producción, repartición y consumo de la riqueza, tienen que resolver del mismo modo la cuestión: o reconocer la soberanía del hombre o negarla.

La metafísica o teología que niegue la libertad, es la raíz de la esclavitud.

La moral o religión que niegue la libertad, es moral y religión de esclavos. La política o administración que niegue el derecho de gobierno y de administración de todos, es política y administración de explotación y privilegio. Distribución de la propiedad, organización del trabajo, repartición de los productos que niegue la libertad y el derecho al crédito de todos, es feudalismo y proletariado, despotismo y miseria.

La soberanía es pues, el criterio de todas las ciencias sociales. Examinemos lo que es soberanía. Veamos si es el principio humano por esencia. Demostremos el axioma si es posible.

El hombre es individuo. Como individuo es él y no otro. Como individuo no se puede dividir. La individualidad es condición fundamental de su existencia.

¿Qué es lo que constituye la individualidad del hombre? Su pensamiento, su conciencia, su razón, su voluntad.

Un individuo cuyos atributos esenciales son la razón y voluntad, es una persona. La personalidad es la conciencia de la propia individualidad.

Sé que soy yo, por mi propio pensamiento. Si otro pensase por mí, no sería yo, sería otro o parte de otro; y está probado que soy indivisible, e impartible.

Sé que soy yo y no otro, por la conciencia de mi propia voluntad. Si otra voluntad operase en mí, no sería yo, sino instrumento de otro, sería cosa de otro, que es lo que se llama esclavitud.

Si yo soy individuo, persona, propiedad consciente de mí, yo soy porque yo soy el que pienso, el que ejecuto los actos de mi personalidad, yo soy soberano.

Es decir que soy libre. La libertad es mi soberanía. Soberanía es pues, autoridad propia. Yo me mando, yo me gobierno. El gobierno verdadero del hombre es pues, la soberanía del hombre. El gobierno falso es el que niega o no conoce la igualdad de todo lo soberano.

El fondo, la esencia del verdadero gobierno, es pues la libertad. La forma, la organización, la manifestación del verdadero gobierno es la igualdad.

La libertad sin la igualdad es el privilegio. La igualdad sin la libertad es la nivelación de los esclavos. La libertad es la fuerza, es el elemento fundamental e indestructible de la asociación.

La libertad es el derecho individual.

La libertad como fuerza necesita dirección, es decir, que tiene una ley de su acción o movimiento.

La igualdad es la ley o determinación de esa fuerza. Puede formularse la ley de libertad de este modo:

Ser libre en todo hombre. Yo soy el hombre, todos los hombres. Mi libertad es la libertad de todos.

Si ser libre es mi derecho, ser libre en todos, es lo que se llama mi deber.

Aspecto positivo. Conciencia práctica, desarrollo, vida libre e íntegra de la personalidad: goce pleno y perfectible del derecho. Gobierno absoluto de mí mismo.

Aspecto negativo. Privación o negación de todo lo que pretenda dividir mi individualidad, apropiarse mi personalidad, someter la independencia ingénita de mi propio pensamiento. Negación de toda autoridad pública o individual, de todo gobierno extraño o extranjero que pretenda usurpar la propiedad de mi gobierno propio.

Aspecto legal: Gobierno de cada uno: Independencia de cada ciudadano. Personalidad de todo hombre. Razón individual sobre todo. Este es el derecho, que no tiene derecho de suicidio. Esta es la base de toda constitución. Este el dogma que ningún hombre, ni partido, ni pueblo, ni sacerdocio, ni gobierno, puede negar.

La soberanía: Es la verdad del hombre, por la que el hombre es. Si la humanidad se conjurase para negarla, la misma negación sería la prueba de la blasfemia y de la mentira y de la cobardía de la especie humana; porque al negarla, diría que esa humanidad envilecida hacía un acto de soberanía para negar la soberanía; así como el hombre que negase el pensamiento al negar que piensa, está probando que piensa.

Y como esa individualidad, esa personalidad, esa soberanía propia, ese derecho del hombre, ese gobierno de sí mismo, esa libertad realizada en mi conciencia, en mi voluntad y en lo exterior que me rodea, depende de mi razón individual, del pensamiento propio, de la conciencia que se da cuenta de la verdad que preside sus determinaciones, es evidente que el derecho, la libertad y la soberanía dependen del libre, propio y personal ejercicio de la razón individual en cada uno.

Si creo porque otro cree, no soy soberano.

Si creo, si pienso lo que se me manda pensar, sin juicio propio, no soy soberano. En la independencia de tu juicio, en el pensamiento libre, en la razón pura, está pues la esencia de tu soberanía. El soberano es Libre Pensador. No lo olvides.

Y no olvides que la condición del pensamiento libre, es juzgar por nuestra propia razón lo que debemos creer, lo que se nos dice que creamos, y en no ejecutar ningún acto sin la conciencia de lo que creemos verdadero.

Esto quiere decir también que siendo por esencia soberano. Dios ha constituido la razón del hombre con principios necesarios que nadie inventa, que nacen con el hombre. Esos principios forman la soberanía, y nos hacen jueces de todas las ideas, conocimientos o principios que se nos quieran enseñar.

Un ejemplo. Si te dicen a ti, pobre e ignorante plebeyo, y quieren hacerte creer que Pedro o Juan o el santo tal han estado y se les ha visto, al mismo tiempo, en el mismo instante en Buenos Aires y en Santiago de Chile, tú dirás que eso es imposible, y dirás bien.

Has juzgado, has hecho un acto de libre pensamiento, un acto de soberanía, y has declarado con incontrastable verdad que es imposible.

¿En virtud de qué principio has dicho ser imposible que un hombre esté aquí y allí al mismo tiempo?

En virtud del principio innato, ingénito, que viene con tu razón, aunque no puedas explicarlo, principio que se formula de este modo: una cosa no puede ocupar dos espacios a la vez; lo que está aquí no está allí; o de otro modo: todo movimiento se verifica en el tiempo, el antes no puede ser ahora ni después. Todo movimiento supone pasado, presente y futuro; todo movimiento supone posición, es decir, un lapso de tiempo. Luego es imposible que un objeto, aunque sea la luz, recorra al mismo tiempo dos puntos diferentes. Tú no te darás cuenta de estos principios, pero son esos principios los que te hacen juzgar y razonar y gobernarte a ti mismo.

Ahora. Suponte que no juzgarás, que no pensarás. Entonces te puedo hacer creer lo que quiero. Y si gobierno tu pensamiento, ¿podrás gobernarte a ti mismo? Imposible. El que no piensa tiene que ser esclavo. Para ser libre y soberano, es pues necesario pensar por sí mismo, porque pensando por nosotros mismos, juzgamos según los principios eternos de verdad y de justicia que constituyen la razón del hombre. Pensando te gobiernas, y eres libre.

No pensando, te gobiernan y eres siervo de ajeno interés o pensamiento. Es por esto que la justicia, la libertad y el derecho, son el gobierno de sí mismo (self-government), la soberanía individual de cada uno.

El gobierno de sí mismo, es pues el gobierno de la verdad en cada uno (1). Y como la verdad es la ley, pensando y gobernándonos, gobierna la ley. El self-government puede ser llamado monocracia.

¿Comprendes ahora por qué todos los despotismos religiosos y políticos condenan y persiguen el libre pensamiento?

¿Comprendes ahora que no puede haber libertad, derecho ni justicia, sin la libertad absoluta del pensamiento propio y que la libertad de pensamiento y de conciencia es la base de toda libertad?

Comprendes ahora que pensando por ti mismo y teniendo derecho de gobernarte por tu razón propia, juzgarás si hay justicia en tomarte a la fuerza para soldado, en hacerte trabajar por necesidad o por fuerza sin la justa retribución de tu salario; juzgarás si hay derecho para que tu trabajo enriquezca al más rico, cuidándole sus ganados a toda intemperie, labrando la tierra, derribando los bosques, cavando las rocas en las minas, sin que tú puedas acumular lo necesario para mantener a tu familia y no vivas esclavo del hombres.

Entonces comprenderás que tú, igual al rico, al poderoso, al sabio en derecho de soberanía, debes ocuparte, interesarte, en todo lo que se llama el ejercicio de los derechos del ciudadano. Tienes el voto. Con el voto puedes nombrar al que conozcas como hombre honrado que te represente para hacer la ley. Es por esto que debes votar con pensamiento propio, porque de otro modo, será otro el que haga la ley que te hará soldado, que te impondrá contribuciones, que te hará justicia o injusticia. Hoy tienes el voto para nombrar hombres que te representen, pero no olvides que debes aspirar a ser tú, el que se vea representar a sí mismo, que eres tú el que ha de llegar algún día a ser legislador.

Estos ejemplos te harán comprender la importancia del derecho del pensamiento. Hay hombres de religión que te dirán que debes creer sin razonar. Estos son tus principales enemigos. ¿Por qué temen tanto que pienses? porque no serás gobernado, ni explotado, ni vejado, ni humillado; porque no serás instrumento de nadie, sino verdadero soberano. Detesta pues, como se debe detestar la mentira, a esa doctrina que llaman de obediencia ciega. La obediencia ciega es la decapitación de la libertad.

Ser soberano es pues, la ley de tu esencia humana, es tu derecho. No hay soberano si no piensas libremente por tí mismo. No hay soberano si no te gobierna tu propio pensamiento.

Tu propio pensamiento es la revelación o visión de la verdad que Dios encarnó en todo hombre. Abdicar tu pensamiento es abdicar tu soberanía.

De modo que el gobierno de ti mismo es el gobierno de la verdad o de la ley.

Y como esa ley brilla en todos, todos son soberanos. Esto es lo que se llama igualdad. Atacar la soberanía de otro, es violar la ley por la cual eres soberano. Respetar la soberanía de tus semejantes es tu deber.

Y como tú te amas, así debes amar a los hombres, pues son como tú, soberanos y hermanos. Hijos del mismo Padre, iluminados por la misma ley, los hombres deben amarse como se ama el bien y la belleza de la existencia propia. La fraternidad es el complemento del derecho y del deber, la corona de bendición que el Eterno ha colocado sobre la frente de la humanidad.

Conoces la ley. No hay felicidad sin ella, hay degradación. Riqueza sin la posesión de esa ley, es podredumbre. Vida sin la ley de soberanía viviendo en cada uno, es vilipendio. Ser siervo por ignorancia es perdonable, pero no te absuelve de tu negligencia para pensar, del olvido de la dignidad nativa.

Ser esclavo voluntario es merecer servir como presidiario. Ser esclavo y legitimar su propia esclavitud con sofismas, disculpas cobardes o mentiras, es hacerse digno de ser bestia.

Así pues, hermano mío, no olvides tu soberanía, no te abatas bajo el peso de la conjuración de todos los intereses de los malvados. Tu causa es la de Dios que te hizo soberano. Tu soberanía es la religión sacrosanta, que te hace digno de recompensa o castigo, de gloria o ignominia, de ser agente y cooperador del Ser Supremo para la felicidad de la tierra, o agente y cooperador de los malvados, para la degradación y esclavitud de la especie humana. Y un día tendrás que responder a la Justicia eterna del uso de tu soberanía. Y esa Justicia te juzgará con la ley de tu propio pensamiento, diciendo: vosotros los libres, los que habéis sufrido por la libertad ¡a mi derecha! y sed los bendecidos del Padre; vosotros los esclavos, instrumentos de toda tiranía, ¡a mi izquierda! y recibid el castigo de la purificación.

III

DEL ORIGEN DE LA SOBERANÍA
(Continuación)

EMPEZAD a comprender la importancia de la existencia republicana de la América. Mucho hay que hacer todavía, pero jamás en la historia se ha visto a todo un gran continente consagrado a realizar la República, a despecho del mundo conjurado.

¿Cuándo apareció esa ley de la soberanía, en dónde brilló esa palabra? Esa ley, ese gobierno, esa república fundamental y primitiva, esa soberanía, ese self-government, aparecieron con el hombre, desde el primer momento de su conciencia: es por esto que la República es eterna. Así como todo cuerpo realiza las tres dimensiones, por el hecho solo de existir, y en su esencia, desarrollo, transformación o movimiento, realiza las leyes de la atracción, de la afinidad, y de la mecánica; así como el ave nació para el vuelo, el pez para nadar, así el hombre por su esencia racional y libre, nació para la soberanía, realizando en su ser la ley de la moralidad o del gobierno propio.

Así pues, la República domina a los tiempos, y desprecia o maldice lo que los tiempos pudieran engendrar para negarla. Siendo la República al hombre lo que la atracción es a los cuerpos, lo que la dirección es al movimiento, lo que la luz a la visión, es pues la República la esencia y forma gubernamental constitutiva e inmortal de la humanidad. Aun suponiendo al universo esclavo, el nacimiento de todo hombre es una revolución en germen. El pensamiento de todo hombre, es la posibilidad de la revolución, porque todo hombre que nace, todo pensamiento puro, llevan el sello y atributo de la ley del Eterno Soberano.

En consecuencia, si te preguntan ¿cuándo se dio o promulgó la ley de la República? ¡dirás que se dio en el principio!

Y si te preguntan, en dónde se dio o promulgó, dirás que en todo punto de la Tierra en donde el hombre apareciera. La República se dio en el principio, para todo lugar y tiempo.

Es así como deben ser interpretadas aquellas palabras: «Yo era en el principio». ¿Quién las dijo? El hijo del hombre.

Todos somos el hijo del hombre, así como todos somos el hijo de Dios. Todos éramos en el principio soberanos por la virtud típica de la eterna esencia de la humanidad. Eso mismo significan aquellas palabras con las cuales Jesús desmintió a los Judíos que le decían que blasfemaba porque había afirmado que Dios y él eran una cosa. «Dioses sois», les repitió con sus libros sagrados. Y si Dios llamó dioses a los buenos, ¿por qué no me he de llamar «hijo de Dios», por qué no hemos de decir: Dios y nosotros somos uno?

En efecto, hijo de Dios es el que vive con la ley eterna: «Dioses sois». Atributo y calidad divina es la soberanía. Somos dioses en el sentido de que somos soberanos, es decir, participantes de la esencia soberana; y Dios mismo para hacerse oír y obedecer de los mortales, tiene que aparecer en el pensamiento propio del hombre bajo las leyes de la razón del hombre. Se ve que Dios sublima nuestra soberanía. Se ve que nuestra soberanía y razón independientes son condiciones fundamentales, no sólo para obedecer a Dios, sino hasta para conocerlo. Sin soberanía propia, ni el deber existe, ni el conocimiento de Dios se verifica.

IV

LA CAÍDA

¿COMPRENDES AHORA que ese hijo del hombre, es decir, cada uno de nosotros; que esos Dioses hijos de Dios, es decir, cada uno de nosotros; que el hombre reuniendo así lo que se llama naturaleza humana, con sus apetitos, instintos, pasiones y deseos, y lo que se llama naturaleza divina con su razón, amor y libertad; que el hombre realizando en sí la encarnación de la palabra divina para ser soberano, pueda ser esclavizado?

No, me diréis. Y en verdad, imposible sería, si todos creyesen en su origen, si todos no olvidasen su ausencia, si todos escuchasen su razón o pensamiento puro.

¿Comprenderéis que ese hijo del hombre, hijo de Dios, es decir cada uno de nosotros, pueda ser crucificado?

¿Comprenderéis que pueda ser embrutecido, domado, esclavizado, engañado, pervertido, y explotado a nombre del Soberano, a nombre de Dios, cuya visión es nuestro pensamiento, es la visión de la justicia?

¿Comprenderéis que el fuerte con su fuerza, el rico con su riqueza; el malvado con su inteligencia al servicio de su interés; que el sacerdote con su mentira, con su farsa, o con la complicidad del fuerte, que es el tirano y toda tiranía con el terror político y religioso, presente y futuro hayan podido conjurarse contra la soberanía del hijo de Dios?

Así ha sucedido. Esta es la tragedia de la historia. Ha habido eclipse de la luz, tergiversación del pensamiento, trastorno radical de la razón.

Antes de hablaros de cómo cayó el hombre, de cómo la razón se oscurece y el derecho se pierde, queremos recordarte el primer día de la humanidad, que es lo mismo que la visión de la soberanía, para todo hombre que vuelve a sí mismo en su razón. En su razón pura, en su corazón puro brilla el primer día de la humanidad con la sublimidad de la revelación divina, y con toda la originalidad del más grandioso y permanente prodigio de los espectáculos creados.

V

LA LUZ

IMAGINAOS LA PRIMERA mañana del primer día de la humanidad.

Acompañadme con vuestra imaginación y vuestro amor. Despertad todas las ideas de bondad y de belleza que dormitan en nosotros. Recordad todas las visiones, y los puros y grandiosos deseos de los años de juventud e inocencia. Fijad las ideas del infinito que como rayos atraviesan la región del pensamiento.

Dad palabra a vuestro amor inmenso, cuando agitaba, sin desengaños y sin cálculos y sin egoísmo, los magníficos días de vuestra iniciación a la vida; y veréis como yo, en vuestra alma, y en el fondo del pasado sin memoria, levantarse la primera mañana de la humanidad, como si la hubieseis presenciado. La razón pura y el amor, arrancan del sepulcro de la historia sin anales, la revelación de la ley que fue, y la permanencia incontrastable de esa ley que es la visión de la soberanía del hombre desbordante de amor y libertad.

Sólo así en ese estado moral, os pido, me acompañéis para que asistamos, unos a la resurrección del primer día, y otros a su revelación inmediata.

Y presento este cuadro porque la inocencia y las instituciones de la juventud, son corroboradas por la experiencia y por la ciencia, de tal modo a juicio mío, que he creído que hay una ecuación o identidad entre las visiones, ambiciones, petulancias y amores de los primeros años de todo joven que piensa, y las visiones y amores de la humanidad primitiva, con las ideas de la razón pura, con el producto de la reflexión más austera, con la conciencia en fin del derecho, del ideal y del destino del hombre. Así es que para mí, primer día de la humanidad, o de la conciencia de todo hombre, revelación primitiva o filosofía del sentido común, forman un todo, una misma cosa, diferentes tan sólo por la forma más o menos perfecta de su manifestación.

Justificando de este modo la evocación de la intuición primera, y la resurrección del primer día, de ese día que puede brillar y levantarse todos los días para la conciencia humana, dándonos diariamente un destello de la alegría de los cielos y del pan sustancial del espíritu, entremos en el recinto de nuestro templo interno para contemplar la aurora.

II

¡DÍA DE LA APARICIÓN del hombre! Los siglos sobre los siglos trabajaban al estrépito de los cataclismos que se sucedían en medio del universo sin oídos.

Todos los resplandores del éter inmenso fulgurante, en ausencia de todo ser inteligente se apagaban. Los ruidos, la creación sin límites, desde el vegetal arraigado hasta el pájaro viajero con sus alas, formaban el murmullo o el sonido sin determinación, como elementos dispersos de la palabra futura. La música de las esferas se fatigaba en las órbitas del firmamento.

La creación quiere ser escuchada y contemplada: he ahí su deseo; quiere ser comprendida y se prepara como entraña maternal para la incubación del hombre.

El inmenso caos agitado por la mano omnipotente se apacigua. Ya la corteza terrestre con la atmósfera purificada, y bajo la bendición del calor y de la luz, ha construido la cuna que va a mecer los inmortales átomos humanos, que vagaban esperando la hora y la condición de aparecer sobre la tierra.

Y al fin apareciste, tú, resultante de todas las fuerzas, de todas las formas, de todos los amores, bendito del cielo y de la tierra: ¡Gloria in excelsis Deo!. ..

Coronación de la obra, cabeza del inmenso organismo, verbo del lenguaje mudo de las cosas, iluminación de la esencia de los seres, pensamiento de Dios comunicado como explicación y ley del universo en la conciencia, tal es el hombre.

III

LA NOCHE PRECURSORA que ha cobijado con sus tinieblas la transformación progresiva del género humano, hasta llegar en su completo desarrollo a manifestar la humanidad en la cima de la serie de los seres, llega a su fin. Ya los hombres sembrados en los continentes, por la mano del que derramó los bosques en la tierra y las estrellas en los cielos, despiertan, al anuncio precursor de una diana de la creación entera. Extáticos ante el firmamento indefinido con sus astros; casi sin conciencia ante la maravilla de ese asomo de conciencia que al universo estrellado en el yo embrionario se refleja, una interrogación sublime de alegría y de misterio, bulle en su verbo impaciente que crea la primera palabra callada del pensamiento. Y sus ideas que se iluminan vagamente, a medida que las estrellas se eclipsan, acompañan con su luz creciente, la creciente luz del horizonte. . . Luz de luz, lumen de lumine, el pensamiento, ese día del alma, y el día, ese pensamiento de la creación, se levantan, se unen, aparecen, y confundiendo las luces de la materia y del espíritu prorrumpen en el himno fundamental y sacrosanto de la alegría, del amor y de la libertad.

¿Soy yo ese todo? ¿Ese todo es yo? ¡Somos uno! Y la humanidad repite «El Padre y yo somos una cosa». Somos uno, somos una cosa, pero el yo se distingue sintiéndose nadar en el océano de los seres.

¡Oh, momento sublime, cuando las últimas sombras disipándose, como los velos misteriosos que encubren las obras de la naturaleza en el momento de la generación, la luz del cielo emerge por los espacios del Oriente!

Una bendición infinita penetra en las criaturas que se ven, se aman y se admiran.

Las cumbres de las cordilleras con sus nieves perpetuas, reciben ese bautismo, y se coloran, como sonrosadas por un ósculo divino. Los mares se transforman en una cristalización estupenda que refleja los cielos y montañas. Ya el valle, como evocado del abismo tenebroso, se revela por la dispersión de la luz. Los bosques sacuden sus húmedas melenas colosales.

Los ríos delinean sus corrientes al través de los valles y montañas, cavando el cauce al torrente de las futuras sociedades. Ya el calor ha puesto en movimiento las masas atmosféricas, para producir el círculo perpetuo de los vientos. Los ruidos de la creación, desde la vida microscópica y la germinación de las plantas, hasta el de la voz de los torrentes, se unen al canto de las aves y la palabra del hombre, que en grito estalla estupefacto a la vista del Sol que se levanta como soberano del espacio. ¡Y tiembla la naturaleza sacudida por la fibra del amor que la suspende al seno fecundo del Padre de las cosas!

¡Es el primer día! ¡Es la luz!

Es la conciencia de todo lo que existe, que en la medida de iluminación relativa a cada objeto, se despierta, como palabra de todo ser, colocando en la frente de cada uno su número de orden en la serie, con la significación en el encadenamiento de las partes y elementos que componen la armonía universal.

¡Es la luz! Es el esplendor visible de la faz divina, iluminando al mundo.

¡Es la luz! Es lo sublime-eterno derramado con la prodigalidad inmensa e inagotable del que posee la inmensidad como lugar de su existencia. Ver a la inmensidad palpitante como un latido de amor y de esplendor, he ahí, mortales, el espectáculo que Dios extiende a la contemplación del hombre soberano. Y la luz es la ley en movimiento. La geometría delinea su camino. Y el pensamiento es la luz con conciencia. La geometría del pensamiento es la ley de la soberanía, el derecho a la luz con conciencia, o pensamiento libre, la geometría de la justicia que desde el primer día delinea la ciudad del bien.

Luz de luz, revelación del yo, de Dios, de la creación. La humanidad recuerda por momentos el éxtasis del primer día, y cree escuchar en el fondo de la tumba de los siglos, el eco de las estrofas del primer himno del Sol mensajero, a la tierra revestida, y al Arquitecto de los mundos.

¡He ahí la revelación primitiva! Belleza, amor, fuerza, conciencia, del yo que se revela en las entrañas mismas del Infinito. Y ese infinito que lo atrae con su amor y lo sublima con su inteligencia, lo consagra soberano por la encamación de la razón adecuada a la verdad.

Es la paz en la integridad de todas las facultades satisfechas. Tal es el Edén, el Paraíso, o la gloria que indican los libros que se llaman sagrados; y ese es el ideal del filósofo y poeta.

Es la armonía en el amor. El dolor y el mal no se conciben. Es la justicia: todos son libres. Es la fraternidad, pues el yo es el y es el nosotros.

Es la intención del destino, porque es la alegría del bien presente, prolongándose al futuro y afirmando la felicidad como principio y fin de la existencia; y en una palabra que todo lo resume: es la afirmación de la bondad de Dios por la personalidad del hombre.

IV

TAL ES LA REVELACIÓN del primer día. Tal es también la visión intuitiva de toda inteligencia. Idéntica palabra es la de toda razón independiente. El primer día vive en ti, hombre, cualquiera que tú seas. Si vives en las tinieblas, ¡pensar es iluminarse!

Piensa y ama, y poseerás la revelación del primer día, que es la revelación integral de la verdad: derecho, deber, amor, gloria, aspiración del infinito, deseo insaciable del bien, acción y práctica de la fuerza libre del hombre autónomo, del hombre soberano. ¡Oh, América! yo busco, y evoco el día de la revelación.

Puedes crear ese día y lanzarlo en la historia como el mensajero del Edén. En ti se anida la identidad de la palabra-acción. Tú puedes preparar la muerte del siglo más mentiroso y más sofista. Sea tu palabra pura, la purificación de la atmósfera de hipocresía y falsía que corrompe el aliento de las generaciones nuevas. Tú puedes principiar la historia de la humanidad regenerada. Callen las educaciones del Viejo Mundo, y con el esplendor, con la juventud, con la pureza de tu día, reciba el mundo la inspiración de la virtud perdida.

VI

DIFERENCIA ENTRE AMÉRICA Y EUROPA. EL DOCTRINARISMO. EL MAL

¡LA ALEGRÍA HA DESAPARECIDO! La paz no existe. La revelación ha sido negada, como revelación universal, y suplantada por una multitud de llamadas revelaciones, hijas del egoísmo, del error, de la mentira y del odio; ¡y en la historia, como institución permanente de la humanidad, levanta su trono la injusticia! He ahí la caída. la caída es LA MENTIRA.

Es por esto que una de las grandes diferencias que caracteriza el espíritu, el ingenio, el modo de raciocinar y de sentir del hombre americano digno de ese nombre, es su rebelión contra la historia. ¿De cuándo acá, doctrinas falaces de espíritus decrépitos del Viejo Mundo, han de venir a consagrar como ley fatal del humano desarrollo, EL CONTINUO, PERMANENTE Y UNIVERSAL MATRIMONIO DE LA especie? ¡No! Tal doctrina es la pretensión de justificar la cobardía, o la torpeza, o la perversión de las sociedades bastardas que doblan el cuello a todo yugo, el pensamiento a todo error, el corazón a toda falsía. Tal doctrina hace al Ser Supremo cómplice de la tiranía, e institutor soberano del despotismo sobre la superficie de la tierra. Tal doctrina, afirma que el despotismo es necesario para fundar la libertad; y que toda libertad que sucumbe, todo derecho que se sostiene con la sangre de sus héroes, es libertad prematura, y es derecho dudoso hasta no recibir la confirmación del éxito. Si no hubiésemos triunfado en Maipú y Ayacucho, no hubiéramos tenido justicia según ellos. Raza imbécil de escritores sin pensamiento propio, que mantienen la infamación de la Europa en la injusticia, ¡afuera! Pedagogos serviles de tiranos y de pueblos siervos, ¡no vengáis a mancillar la inteligencia americana! ¡Nosotros conocemos la historia para saber maldecirla, para apreciar nuestra civilización americana, para despreciar la satisfacción del error en que vive y para venerar sus mártires!

El Viejo Mundo ha coronado su pensamiento con la doctrina del éxito. El Viejo Mundo ha llenado su corazón con el amor predispuesto a todo lo que triunfa; y practica en sus instituciones, doctrinas, costumbres y en sus actos la doctrina de la fuerza, la del egoísmo nacional como ley suprema, la de la centralización, como forma administrativa del despotismo, porque cree de ese modo, producir más fuerza. ¡Su palabra falaz se llama Estado La fuerza del Estado es su religión. Y la palabra americano, la religión americana se llama self-government.

He ahí el fin de eso que se llama civilización Europea. ¡Ya ha abierto su marcha coronada de estrellas, la civilización americana! Si la Europa quiere regenerarse, deje esos antiguos observatorios en donde se adoraba el sol de la monarquía, y venga a observar, a amar, a comprender, ese firmamento de soles que se llama self-government, pléyade de soberanos que se extiende por todas partes, y siembra con su palabra las nebulosas futuras de la historia, esos gérmenes de futuras sociedades para transformarlas en sistemas armoniosos de mundos que se equilibran a sí mismos. Tal es la ley de la omnipresencia de la libertad. Allí donde ve el átomo humano, cobija al hombre; donde ve al hombre, consagra al soberano; y en donde vive el soberano se tiende una mano a los mundos misteriosos de la inmortalidad.

¡Hijos de América, no olvidéis que lleváis la responsabilidad de la civilización americana!

No olvidéis que lo distintivo, lo característico de esa civilización es el gobierno propio, según nuestra propia razón, en todo acto de la vida. Tenéis pues, que ser jueces, legisladores, ejecutores. Tenéis que vivir como jueces y legisladores Con la visión permanente del derecho universal, que consiste en ser siempre libre en todo el hombre.

No olvidéis, porque ha sido el olvido de nuestra calidad de soberanos, lo que aún perpetúa el mal sobre la tierra. Ha sido el olvido.

¿Cómo ha sido posible? ¿Por qué ese eclipse de luz? ¿Quién se interpuso entre el hombre y Dios? ¿De qué infierno ha salido ese cuerpo opaco que descarga sobre la humanidad esa lluvia de tinieblas?

¡Hombre! ¡de ti mismo! cuando por vez primera acariciaste en tu mente la mentira, cuando por vez primera diste entrada en tu corazón a la codicia del bien ajeno o a la envidia.

Es decir, cuando ya no viste tu soberanía y tu derecho, en la soberanía y derecho de tu hermano.

Cuando el hombre dijo: ¿si pudiera hacer que el hombre me sirviese, me obedeciese, me evitase el trabajo y trabajare por mí, y me colmare de bienes que en toda mi vida no podré aglomerar?

Si pudiera llegar a dominar una familia, una tribu, un pueblo, y con este pueblo a otros pueblos, ¿hasta dónde llegaría mi poder? ¿Si llegare a ser Rey? ¿Y si después de dominar con la fuerza, consiguiese ser adorado como un Dios? ¿Si llegare a poder decir: El Estado soy Yo, la ley es mi voluntad, la tierra es mi herencia, el dominio universal es mi misión? ¡Una cabeza para el mundo!

He ahí la tentación que sometió al primero que mintió.

No todos llegan al ideal del mal, pero lo practican en la limitada escala de su inteligencia y de sus fuerzas.

Y esa historia, es en gran parte el deseo y la idea de esas cabezas que pretenden ser la cabeza del mundo. Y lo que es peor, es que hay pueblos en que para decapitarlos, se les ha propuesto la reyecía, o ser la cabeza de otros pueblos. E imbéciles han caído en el lazo de los tiranos, abdicando su libertad para dominar con la fuerza de la unidad a los otros pueblos. Pero lo han pagado. Se han quedado sin libertad y sin monarquía universal, o sin teocracia universal. Dicen que se contentan con la gloria. ¿Sabéis lo que es la gloria?: el haber muerto mayor número de nuestros semejantes. He ahí otro de los caracteres del Viejo Mundo: el culto de la gloria que mata o asesina. Y he aquí otro de los contrastes de la civilización americana: la gloria para los americanos no es más que el esplendor que proyecta la práctica de la justicia y del amor.

Volvamos a indicar el mal existente.

VII

CUADRO RÁPIDO DEL MAL. INDICACIÓN DE REFORMAS

¡Y la alegría ha desaparecido! La paz no existe. La revelación ha sido eclipsada. La injusticia se levanta sobre la humanidad a la vista de ese sol que nos revela diariamente la alegría y la soberanía del primer día de la humanidad.

Oh, hijos de la América, oh, hermanos todos que conserváis el recuerdo. ¿Cómo ha sido posible semejante olvido?

Entre las multitudes de seres humanos que habitan la superficie de la tierra, el dolor se llama millones; y el bien, uno, quizás, por un millón.

La tierra gime desde los siglos de los siglos. Y si las lágrimas humanas pudieran reunirse, formarían ríos; y si la sangre injusta y torpemente derramada pudiera reunirse, la superficie entera de este globo aparecería como un mar de sacrificios y martirios. ¡Oh, cómo sufre la humanidad del frío y del hambre, en una tierra que tiene pan y fuego para muchas veces el número de hombres que la pueblan! Y cómo sufre del látigo del amo, pues hay millones de esclavos, y del Knut (2) de los emperadores.

Pueblos enteros conquistados en su sangre. ¡Cáucaso, India, Argelia, Habana, Santo Domingo, Polonia, Hungría, y tú, Méjico, Méjico!

¡Y conquistados para robarle sus bienes materiales y morales, su hogar, su patria, su nombre y hasta el idioma de sus padres! ¡Continentes enteros sometidos a la voluntad de familias que se trasmiten como herencia divina el poder del robo, del asesinato y de la usurpación!

Generaciones y generaciones de masas humanas, a quienes se les educa para que besen la mano del que maneja la cuchilla del Estado. Educación religiosa de obediencia ciega al poder cualquiera que sea; ella es la que eclipsa el primer día de la humanidad en los pueblos, haciéndoles creer que la soberanía de cada uno es la tentación del demonio.

Prostitución de la palabra al servicio de todas las tiranías y a nombre del Dios que os hizo soberanos. La soberanía tiene dogma.

Perversión de la razón trastornada en sus nociones esenciales, imponiéndole a nombre del terror, del infierno, las creencias más absurdas que sirvan para confundirlo, humillarlo y entregarlo a disposición de los sacerdocios, de las cortes, de los reyes y de todos los caudillos.

Degradación del noble carácter del hombre soberano, enseñándole a mentir, propagando la ciencia del engaño.

Inmoralidad sancionada en los actos y costumbres, para confundirse en ella y nivelarlo todo con el envilecimiento de la personalidad indómita del hombre.

Y éstos son los males permanentes. No puedo referiros los tormentos, peculiares a cada siglo, con los que la teocracia, la inquisición, la conquista, las castas, el feudalismo, los reyes, los emperadores, han martirizado a la especie humana.

Todas las heridas dolorosas que imaginarse puedan; todos los tormentos del hambre y del frío en generaciones extenuadas; todas las llamas del infierno en los autos de fe de los católicos; todas las argucias imaginables para enloquecer la humanidad y desesperarla ante un Dios implacable que la revelaba; todos los crímenes, asesinatos, engaños, terrores y persecuciones contra el libre pensamiento, todo eso cuya exposición exigiría volúmenes, todo eso poco a poco la filosofía lo ha ido haciendo desaparecer con sus pensadores y mártires.

Pero, no ha desaparecido el dominio del hombre sobre el hombre; no ha desaparecido la explotación del hombre por el hombre; no ha desaparecido la educación del engaño. Las teocracias y sacerdocios caducos del Dios de ira implacable, aún pesan sobre la frente de una gran parte de la humanidad.

La soberanía del pueblo proclamada en nuestras constituciones, aún no ha proclamado la soberanía integral del hombre.

Los gobiernos representativos, no representan los dolores de las masas. En la extensión de América la bella, hay propietarios de cien leguas, de doscientas leguas, de trescientas leguas, de quinientas leguas; y la raza viril de los campos vaga a merced de los instintos y los vientos, sin un pedazo de tierra donde levantar una familia.

¡Colonización, inmigración, gritan los políticos! ¡Por qué no colonizáis vuestra tierra con sus propios hijos, con vuestros propios hermanos, con sus actuales habitantes, con los que deben ser sus poseedores y propietarios!

¡Y habláis de caudillaje!

¡Dadme parias, es decir hombres sin patria en su patria, sin tierra en su tierra, y tendréis siempre los elementos flotantes del caudillo!

Dadme siervos del Estado, en un Estado que miente declarando a todos iguales y soberanos; dadme siervos del hambre como institución permanente para favorecer al rico propietario; dadme siervos del Estado y de la Iglesia, siervos del juez de paz o comandante, o del cura

y del señor capitalista, y tendréis caudillos y revoluciones hasta llegar a la paz del Paraguay.

¡Y la justicia! No existe radicalmente para el pobre.

El pobre no puede costear los gastos que exige la reparación de una injusticia.

Sin tierra, sin justicia, sin educación, sin crédito, el pobre, raza viril del sacrificio, defensor de la patria, nervio de sus ejércitos, contribuyente a pesar de su pobreza, ese pobre, ese gaucho, huaso, roto, plebeyo, peón, mano de obra, artesano del día, ese hombre en fin, es el que soporta el edificio social sobre sus hombros, como en los templos y otros edificios antiguos las cariátides.

Y a ese hombre, a ese millón, a esa masa, es a quien arrancar debemos del lugar en donde lo ha incrustado el egoísmo y la injusticia. He ahí el punto estratégico de las evoluciones de la gran política regeneradora de la América. ¡La cariátide será estatua, la estatua será hombre!

Y si hoy, después de la revolución, hay tanto mal que hacer desaparecer, ¿qué sería para iniciarla? Y ¿qué sería la América antes, durante la conquista y coloniaje de tres siglos? Acompañadme en la peregrinación a través de los círculos que forman el infierno de la España


Notas:

1. Tronquinche.

2. knut. Instrumento ruso de tormento. Azote de tira de roue con alambre torcido en las extremidades. Este es el castigo más común en Rusia. Es uno de los instrumentos de la civilización en Europa.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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