El Evangelio Americano

Carta a Santiago Arcos


AMIGO MÍO:

«De cada uno según sus facultades». Este principio de justicia que servirá para clasificar la contribución, justificará la forma en que pago mi tributo a la causa común y disculpará el modo en que expongo el problema de la regeneración.

Lo expongo según mi concepción, según la forma en que se presenta a mi inteligencia, según la lógica de la idea libertad, tal cual la veo desarrollarse en las regiones de la razón pura.

Al hecho.

Todo bien es verdad. Todo mal es negación de la verdad.

Si queremos el bien, debemos revelar la verdad. Si queremos la abolición del mal, debemos negar el error y combatir el crimen.

Toda obra de bien supone pues, la afirmación de la verdad. Toda obra de regeneración es obra de combate.

Hay mal, luego hay que regenerar. Esta es la necesidad de la revolución.

No hay sino una verdad, no hay sino un error. Uno es el bien, uno es el mal.

El bien es libertad-perfección-fraternidad. El mal es esclavitud-retroceso-odio.

La verdad es el ser, libre, unido y perfeccionándose. La mentira es el no ser, descenso a la nada, desunión.

La obra de la generación supone pues, la afirmación de la verdad.

Esa afirmación es el pedestal de la revolución.

Hay un ser-un Dios-una verdad.

La verdad debe ser necesaria, universal.

¿Cuál será la afirmación necesaria y universal? Examinemos.

La primera palabra, la primera afirmación, la revelación primitiva en las criaturas y eterna en Dios, es ser; afirmación que pasando por el órgano de una personalidad se manifiesta en la palabra somos.

«Pienso, luego soy», dijo el filósofo Renato Descartes en uno de esos "arranques de inspiración elaborada que revelan creaciones.

Y al decir soy, afirmó indestructiblemente la personalidad, el pensamiento, la conciencia y el individualismo.

Pero me atrevo a decir que la consecuencia soy es incompleta.

Pensando, soy ser en los seres y en el ser; soy criatura en el seno del infinito, en el seno de la creación, en el tiempo, en el espacio, y en la eternidad.

Al decir pienso afirmo al Ser infinito y necesario que sustenta mi pensamiento; soy en el Ser, el Ser es en mí: somos.

Segunda confirmación.

Al decir pienso me veo unido, me uno a lo que existe y me revelo amándome a mí mismo y amando al Ser que se revela en mí.

Luego ser es amar.

Luego al afirmar el pensamiento primero hay revelación de la unidad y variedad del Ser y del amor del Ser.

Tengo derecho para completar la consecuencia sublime del filósofo y decir: pienso: luego somos.

De la afirmación de Descartes, nació el individualismo.

Y aún hoy día la filosofía a duras penas traspasa la pura afirmación del yo, el conocimiento del sujeto. Otros han partido de la noción ontológica del Ser, olvidando el individualismo del yo y ha resultado el panteísmo.

Spinosa y los alemanes.

Otros han visto en el Ser a la personalidad infinita y han fundado el verdadero dogma. Lamennais.

Otros han identificado el yo y el no yo y se han identificado con el todo en una fatalidad necesaria. Schelling.

Hegel ha creado una idea-Ser, que es su Dios cuya lógica es la creación.

Descartes y Lamennais han salvado a la libertad. Lamennais a la libertad y a la noción de Dios. Pero mi maestro se revela en Dios sin darnos cuenta del pasaje del pensamiento al Ser.

He creído salvar esa dificultad, he creído hallar la solución del punto de partida de la filosofía en el primer hecho del pensamiento tal cual creo, se revela. Pienso. ¿Pero qué es lo que pienso?

Pienso al Ser. Pensar es mi limitación, mi determinación, mi concepción, mi visión, mi personalidad. Pensar el Ser es afirmar lo infinito, lo indeterminado, lo real, lo objetivo, la personalidad suprema.

Pienso: luego afirmo al Ser y al afirmar al Ser afirmo al Ser infinito, necesario, eterno, y afirmo al yo que piensa y en quien se revela el Ser ilimitado.

El yo es pues, una voz del Ser en mi ser.

Afirmación de lo eterno en lo vario, el primer hecho del pensamiento, constituye y revela lo necesario e inmutable que es el Ser infinito y lo que aparece, que es el yo o la personalidad finita.

Parece que estuviéramos muy lejos de la política, de la moral, de la sociabilidad. Al contrario. Esas afirmaciones llevan en sí la forma de las naciones.

Por ejemplo.

El derecho del hombre, el ideal, la libertad es superior al hombre mismo, su voluntad nada puede contra ella, y la razón es ésta.

El hombre se siente libre y afirma su personalidad. Se siente libre y afirma la libertad, el ideal, que él no ha hecho, que es necesario y que debe dominar su vida.

En las constituciones de los pueblos habrá dos partes. Una impersonal: la libertad, el derecho, la soberanía: el Ser. Otra personal, variable y sometida a las conveniencias como es la administración de los Estados. El sufragio universal tiene pues, por límite lo que es anterior al sufragio mismo, tiene por soberano a la misma soberanía, que es la afirmación del Ser. Habrá discusión sobre los poderes, sobre su organización, sobre las rentas, sobre el trabajo, sobre la educación y esto se resolverá según la mayoría del sufragio.

Pero no hay ni puede haber discusión sobre la soberanía del hombre. La mayoría no puede abolir la libertad. El pueblo no puede ni tiene el derecho de suicidar su derecho.

El deicidio es inconcebible.

El liberticidio es un absurdo. El no-ser es imposible.

Hay pues un Ser, una idea que domina.

Es el ideal -la ley- el deber.

No es el soy solitario, individual, isla en la creación. Es el somos Social. No es el yo un absoluto; es el somos el distribuidor de la medida de bien a cada uno.

Desde este primer paso queda abolida la anarquía, la concurrencia, la usura, el despotismo del capital, que es la voz del yo individual: soberano solitario; todo privilegio, toda usurpación, todo despotismo.

Desde este momento entronizo metafísicamente el deber, es decir el somos, la humanidad, el deber, el ideal, la asociación, la solidaridad.

Ya Ud. ve, amigo, que por más lejos que aparezca del campo de las realidades prácticas, al contrario la metafísica sanciona religiosamente la doctrina de la religión de la libertad en todos, de la libertad no del soy; no del yo, sino la libertad como ser, esencia, destino del somos-humanidad.

Cambiaría o interpretaría el famoso verso de Terencio: «Homo sum, et nihil humanum a me alienum puto». Hombre soy y nada de lo humano me es extraño.

En estas palabras que violentan a la gramática sin duda, pero que expresan mi pensamiento individual y social. Homo sumus. Hombre somos.

Volvamos al principio y veamos el desarrollo de la idea. El espíritu no se detiene en esa afirmación. La idea del ser lleva en sí otras ideas y la completa concepción del ser, aunque imposible porque sería necesario poseer la inteligencia infinita, es una aspiración necesaria.

Aspiración de la inteligencia, vemos en ella nacer la necesidad del progreso impuesta al pensamiento, como la plenitud del amor es una necesidad imposible, impuesta al corazón.

Vemos el ser y en él la posibilidad de todos los seres. En este hecho, en esta visión, en esta idea, hay tres ideas.

1ª Idea del ser- el infinito.
2ª Idea del yo- el finito.
3ª Idea; sentimiento del finito por alcanzar al infinito-perfección.

Estas tres ideas están contenidas en la afirmación primera.

Pienso; luego somos.

Dios -la humanidad- la perfección.

En la idea fundamental aparece pues, la asociación, sublime e indisoluble del creador y de todo lo creado.

Aparezco en Dios como soberano, es decir revelador.

En virtud de la luz que brilla en cada uno, que es la razón independiente, me afirmo como personalidad soberana y afirmo al Ser infinito que se revela en mí.

El hombre es un yo finito.

Dios es el yo infinito.

De aquí nace una consecuencia inmediata para la política.

El fundamento de la constitución es la religión de la libertad.

Toda constitución declara la soberanía y la forma del ejercicio de la soberanía. La soberanía es la revelación universal en todo hombre, la libertad del pensamiento. Luego no hay constitución justa sin la soberanía del pueblo como base.

Hasta ahora no hay error. Pero el entendimiento humano sintiendo brotar en sí mismo la multitud de ideas que lleva consigo, la idea del ser y sus relaciones, no las ve en su orden, no las ve todas, olvida, y de aquí nace el desorden, la anarquía y la contradicción.

El ser infinito es el bien. Veo el bien y no lo poseo. Siento el mal. El mal parece incompatible con la idea del bien, y de aquí nace la anarquía en la inteligencia.

El espíritu pretende conciliar esas ideas contrarias y de aquí nacen los sistemas.

Unos dirán que el mal no existe, niegan la injusticia que aflige al hombre y se someten como esclavos a la tiranía de la fatalidad. Otros dicen que hay dos principios: uno bueno y otro malo; invocarán como los araucanos al Dios bueno para el bien y al Dios malo para el mal. Otros más sutiles y quizás a impulsos de remordimientos misteriosos, dirán que hemos nacido en pecado original, cuyas consecuencias debemos sobrellevar. Otros legitimando sus pasiones legitimarán la fuerza, la explotación del hombre y dirán que son hijos de la gracia, y que los débiles, los esclavizados, los inocentes que se someten son hijos de la des-gracia, que nacieron fatalmente a la servidumbre.

De estas concepciones radicales, nacen las religiones y. como consecuencia los sistemas políticos.

Las leyes, las instituciones, las costumbres, el arte, la industria, las ciencias, todas las manifestaciones de la personalidad deben resentirse de la idea fundamental. La idea fundamental es el dogma. Es por esto que la gran lucha de los pueblos en la historia parte siempre de una diferencia religiosa: Roma creyó que su destino era ser Roma en todas partes y se educó para la conquista. Los pueblos de la Edad Media creyeron que los nobles y los reyes eran hijos de la gracia y que los plebeyos eran hijos de la condenación y fue la feudalidad.

La revolución francesa creyó que la libertad era universal y vio desprenderse contra ella al dogma del privilegio encarnado en la vieja Europa.

La vida de los pueblos es la acción de sus dogmas. El que no ve esto es ciego. Los que lo niegan, sean liberales o católicos, reconocen tácitamente esta verdad, porque tiemblan ante toda discusión y por el odio que despliegan contra toda tentativa radical que pretenda examinar la raíz de las instituciones. Los indiferentes no tienen voto en la cuestión. La indiferencia o es suicidio o abdicación. El que abdica, sepárese del camino. Si discute, si combate, es inconsecuente, ya no es indiferente. La indiferencia debe ser el mutismo. La indiferencia es suicidio. Nada tenemos que hacer con los cadáveres.

Hay otros espíritus que dicen: ocupémonos de lo positivo. Las reformas materiales, el bienestar, la vida barata, la abundancia, lo demás es sueño. Respondemos. Está bien y así será.

¿Pero qué diréis si os demostramos que esas reformas materiales son una consecuencia de las reformas del dogma? Por otra parte, el hombre no sólo vive de pan. Ved al rico; es quizás el más infeliz. El hombre pide verdad, libertad, garantías, poder, gloria, arte, comunión con sus semejantes en espíritu y sentimiento y esto no lo da la abundancia; pero sí dará la abundancia la práctica de la asociación y de la justicia distributiva.

Querer el bien y desearlo en todas las esferas de la vida supone la noción del bien. Esa noción es el dogma.

El mal reina. El mal tiene su raíz en otros dogmas. Querer el advenimiento del bien es querer la revolución en el dogma.

¿Cuál es el dogma?

Invoco al hombre nuevo. Pido un desierto en torno suyo. Quiero sumergirlo en el olvido del pasado, arrebatarlo a las alturas y despertarlo sin mancilla en medio de la inmensidad iluminada. ¿Cuál será su primera palabra? el himno.

Conciencia de sí mismo en la conciencia del infinito, iluminación del alma en las alturas invioladas, grito del hijo en el corazón entreabierto del Eterno, arranques de fuerza por la posesión de los espacios, exaltación indefinida de mi ser, hombre de la razón independiente, tu primera palabra es libertad y amor.

Piensas y cimientas tu personalidad impenetrable y cobijas las constituciones de los pueblos libres.

Amas y fertilizas la creación dando la fórmula de las constituciones de los pueblos hermanos.

Soy, es el derecho. Individualismo.

Somos, el deber-Socialismo.

El derecho es la individualidad. El amor, la sociedad. Sociedad de libres: he ahí la República.

Por más que hagamos, en el primer asomo de la conciencia lo primero que se ve es al pensamiento revelándose a sí mismo, bautismo de luz del creador encarnando la libertad de nuestro ser. Esa revelación es la soberanía.

Lo primero que siente es el amor de ese ser que se afirma en el seno de la belleza de la creación. Deseo de posesión del infinito, de donde nace la adoración de una alma libre.

El hombre piensa y ama. Nada sabe si queréis, pero lleva la sabiduría inmanente y sin mancilla, la afirmación de la luz, la forma de las formas, la constitución en germen de todas las instituciones.

No conoce al objeto de su amor, quizás; pero sus entrañas palpitan revelando la gloria de los cielos y su pecho es la copa de la creación que se desborda en libaciones al infinito.

Se ve a sí mismo y ve a sus semejantes en sí mismo. Es el hombre-humanidad. Afirma para todos lo que ve y siente en sí. Identidad de luz y de amor.

Nada posee; pero todo es de todos, como el aire que respira; es dueño de su pensamiento, pero no absorbe para sí el pensamiento universal. No concibe el privilegio. Su soberanía, su propiedad, su pensamiento, su amor es su derecho y su deber, su gobierno y su obediencia, y no se le antoja ser el único poseedor de la luz y del amor. Su alma se abre al universo, viva en todo, todo vive en él, hombre es otro yo. ¡Libertad-Igualdad-Fraternidad!

Tal es el himno, ese es el dogma, la revelación primera. Este es el perpetuo testamento, el inmortal apocalipsis, el legislador y la ley resplandeciendo en un Sinaí universal.

El deber, el ideal que queremos propagar y arraigar por medio de la palabra, de los gobiernos, de las leyes y de las revoluciones, es la vida de la libertad.

Queremos presentar como base y coronación del trabajo patente y latente de la humanidad, la religión del himno primitivo, teniendo por coeficiente a la conciencia y a la ciencia por desarrollo.

El himno primitivo es revelación primitiva, espontaneidad creadora del pensamiento; arranque del ser en el amor, exaltación por vivir en la comunión universal.

Dadme ese mar cuyo horizonte mido,
dadme ese cielo cuyo abismo anido;
a mí la luz y la fusión de seres,
a mí la libertad, oh Dios, tú eres!

El himno primitivo es la diana de la perfección que se escucha en el albor del día en que nacemos a la inteligencia.

Pensamiento-amor-perfección: estos son los tres elementos de la ley, las tres faces indivisibles del ideal, triple radio de la religión.

El pensamiento es la inteligencia, la soberanía, el poder legislativo.

El amor es la aplicación de la justicia, la unión, el Poder Judicial. La perfección es la virtud, la práctica, la realización, la marcha, la ejecución, el Poder Ejecutivo.

Y así como la inteligencia, el amor, la perfección son indivisibles en el hombre, así son también indivisibles en el pueblo. Es por esto que se dice que la República es una e indivisible.

La inteligencia revela lo ideal, la ley.

El amor nos impulsa a la unión.

La virtud, la perfección, la voluntad forman la vida de la ley de amor y perfección.

La religión, se ve, será gobierno, por más lejos que se nos crea de la realidad, la realidad es engendrada por la metafísica.

Otros trabajos especiales expondrán el análisis: Noción, Dogma, Creación, Humanidad, Ideal, Esencia-ley-destino y gobierno del hombre. Ciudad del cielo y de la tierra. Vida anterior, vida presente, vida posterior. La virtud, la epopeya, la santidad.

Ahora sólo se trata del espíritu del dogma.

Chateaubriand escribió el Genio del Cristianismo.

Edgar Quinet, el genio de las religiones. Pretendo indicar el genio de la religión.

Interpreto la obra de Chateaubriand, diciendo: el dolor es la verdad.

Esa verdad brilló en el Gólgota.

Interpreto la obra de Quinet, diciendo: la verdad ha atravesado los climas, los tiempos y las razas como la savia de la vegetación de los Imperios.

Y yo digo: la libertad es la profecía de la historia.

Triste es decirlo, pero así se me presenta el trabajo pasado. Tal es la significación de la tragedia humana buscando su Paraíso perdido. La libertad es el verbo de los pueblos, geometría de las ciudades que vendrán, pontificado de la República definitiva.

II
MARCHA DE LA REVOLUCIÓN EN CHILE

Si mi vida tiene significación, amigo Arcos, es porque se ha identificado con la marcha de la revolución, con el desarrollo de la idea, con la lógica de la libertad.

Chile es catolicismo y Edad Media, feudalidad y oligarquía encubiertas por el jesuitismo con el nombre de República.

República es filosofía y porvenir, democracia trasparente por la identidad del pensamiento y de los actos.

Contraste. Necesidad de combate.

Términos medios, no los comprendo. El sí es sí, libertad es libertad. No hay vínculo entre el error y la verdad.

O confesamos la santidad del pasado y doblamos la frente ante el yugo de la legalidad farisaica, o somos de la revolución.

A los débiles el parlamentarismo, el campo infecundo de las interminables transacciones.

Edad Media o República.

No conocemos plenipotenciarios entre la luz y las tinieblas.

Pelucones, desplegad vuestra bandera bendecida en Roma.

Republicanos, alzad vuestro triángulo simbólico.

No hay mediación posible, ni la pedimos, ni la queremos.

Que el pelucón perpetúe sus venganzas si siempre es vencedor. Que el resplandor de la República triunfante deslumbre nuestros ojos y no sepamos quiénes son los enemigos.

Somos pues, los partidarios de la República sin disfraz y obedecemos a la lógica hasta sus últimas consecuencias.

El problema de Chile se presentó en mi inteligencia en toda su pureza, con todas sus dificultades, con todos sus obstáculos. Y era solo.

Lo acepté. Tuve más fe en la razón que en los hechos dominantes y contrarié los hechos.

Puse la planta al borde del continente prometido y quemé mis naves. Entré al mundo tenebroso de la revolución, penetré en el bosque social donde los Druidas de Chile celebran sus misterios; y el bosque, los Druidas y el altar se estremecieron al soplo de la palabra juvenil.

Se ha dicho que el pensamiento es el arbitro de los destinos.

La tradición, la autoridad antigua, la fe, las costumbres serviles, la apatía nacional, el dogma de la obediencia ciega, el respeto a lo existente, el odio a la innovación, la persecución contra el innovador, la organización consolidada de las oligarquías en la religión, gobierno, familia, educación, el número, las masas, el clero y los ilustrados, los jueces, la prensa, ¡todo se levantó contra mí y todo tembló! ¿Por qué? porque fui verdad, porque el pasado entero se sintió sacudido en sus cimientos, porque toqué el corazón del enemigo, porque decapité con la palabra la capital del imperio esclavizado, porque evoqué las generaciones futuras, porque hice resplandecer los albores de la ciudad nueva, porque la libertad afirmada aunque aislada será siempre la cabeza de Medusa contra todas las mentiras.

Los señores feudales de la inteligencia gritaron es blasfemia; los hombres moderados y morales, gritaron inmoralidad; los señores de la tierra, los dueños de la hacienda del pueblo, sedición. Fui juzgado y condenado como blasfemador sin ser oído, prohibiéndoseme la palabra en mi defensa, cuando mi nombre, mi porvenir se hundían -y todo esto por la mano de la justicia, en el seno del jurado. Tamaña injusticia no se había cometido en Chile, ni se ha cometido jamás contra ninguno en el estado normal del país.

Desde ese momento la palabra nueva recibió la sanción que da el despecho de los enemigos, que impotentes en su fuerza acallaron por la fuerza al acusado. Deuda es ésa de justicia, que todavía no se ha pagado y que clama en la conciencia del que encargado por Dios para ser juez, debía escuchar al hermano en su momento terrible, cuando invocaba la justicia.

Ese fue el proceso de mi Sociabilidad Chilena.

Ese escrito fue una proyección del siglo XVIII, lanzada por un alma juvenil. Es mi recuerdo.

Fue entonces cuando sufrí, cuando se me hizo sufrir, cuando mi corazón se abrió a los dolores desconocidos, cuando tuve que cargar con toda maldición, con todo anatema, con todo insulto, con todo ridículo, lanzado por todos los medios, bajo todas las formas e incesante como la complacencia de la venganza en la presa que devora, pero que no puede aniquilar. Blanco de todo ataque, conocí que había herido la dificultad.

Desde entonces mi creencia en la libertad se revistió con la fe de la evidencia. Es mi recuerdo y no lo olvido ni debo olvidarlo, porque supe entonces lo que es ser fiel a la razón y a lo que la razón dicta, porque aparecí sobre la sociedad levantada por mi palabra como el representante de la verdad, porque condenado recibí el abrazo de un número de jóvenes que me arrancó de la cárcel y porque he visto después a la prensa y a los partidos y a todas las cuestiones, dar vueltas alrededor del punto del combate señalado por mí en ese escrito.

Allí puse el problema no sólo de la Sociabilidad Chilena, sino de la Sociabilidad Americana por la identidad de origen y de dogma imperantes en América.

Todas las cuestiones de educación-garantías, contribución, diezmos y primicias, comercio libre, códigos -matrimonios-, la Iglesia y el Estado que forman el combate de los pueblos hispanoamericanos, tienen una unidad.

Voltejean en torno de esa unidad pero no se atreven, ni partidos, ni gobiernos, a tocarla. Yo, amigo, presenté la unidad de la solución de los problemas con toda la brusquedad del hombre sin táctica, sin reticencias, sin doblez, con toda el alma, quizá de un modo salvaje, en un estilo de peñascos, pero con el entusiasmo del que, saliendo de las catacumbas de la Edad Media, ve la luz y bendice la belleza de la libertad.

¿Por qué hablo de mí, en la exposición de la marcha de la revolución en Chile? se me preguntará, amigo. Ud. lo ha visto. Porque he sido el que ha dicho que la revolución es cambio de dogmas, porque vi la vegetación social de Chile arraigada en un dogma, porque vi que la libertad en cualquiera de sus manifestaciones es un dogma en sí. Antes se había hablado de libertad y se había hecho algo por ella en América y en Chile, pero sin conciencia, sin unidad, sin sistema, con doblez, oscilando, temblando, retrocediendo, concediendo. Yo dije: la libertad, como la vida, no tiene sino un germen. Dios en el cielo y su revelador en la tierra, el ciudadano. Desde entonces, esta palabra es la separación de la luz y las tinieblas, esta palabra es el límite en el caos, la bandera que distingue a los campeones del absolutismo y de la mediación, de los sectarios de la razón independiente.

La cuestión es ésta. Insistiré perpetuamente en ella, porque sólo así veo la solución de la civilización moderna.

Dos religiones, y como consecuencias de ellas, dos políticas se dividen el Mundo Americano.

Religión de la autoridad privilegiada.

Religión de la autoridad universal.

En otros términos: Religión de la obediencia, del dolor y de la gracia.

Religión de la libertad, de la alegría y de la justicia.

El espíritu de la primera es absorción del pensamiento, del poder y del capital en una clase: el sacerdocio, que es la usura en la inteligencia; el capitalista que es la infalibilidad en la tierra.

Esta religión engendra la política de las oligarquías y las constituciones de facultades extraordinarias, que es el Papado en la sociedad, infalibilidad en la ley, en la justicia y ejecución de los presidentes representantes de la casta.

Esta religión engendra las pasiones de la intolerancia, el furor religioso, la venganza implacable, la exterminación del vencido.

El espíritu de la segunda es la universalidad del poder o democracia; universalidad del pensamiento o razón independiente, libertad absoluta de cultos, de asociación, de imprenta; universalidad de la propiedad o constitución del crédito nacional y democrático que dé a todos los medios de elevarse a la propiedad y de libertarse de la tiranía de la usura y del monopolio.

Esta religión engendra la política de la República, el sufragio universal, la responsabilidad de todo empleado, la elegibilidad universal, temporabilidad en las funciones, residencia perpetua de todo ciudadano.

El primero de todos es el servidor de todos (Jesucristo).

Esta religión engendra las nobles pasiones, por la identidad de todos en cada uno, de uno en todos, la reciprocidad, la tolerancia, el perdón, el desprendimiento, el sacrificio, el egoísmo de cada uno cimentado en el derecho de todos. Sed unos como vuestro Padre es uno (Jesucristo).

Estas son las dos religiones que se dividen la vida de la América.

¿Necesitaré nombrarlas? Lo haré para que no se me culpe de reticencia: la una es el catolicismo, la otra es la religión-libertad.

Estos son los campeones que se miran, se contemplan, se chocan, retroceden, e impotentes hasta hoy para vencerse se hacen concesiones recíprocas y viven en un adulterio permanente.

El catolicismo es enemigo nato de la soberanía del pueblo, y hace concesiones aparentes a la República.

La política de la revolución no se atreve a negar la religión del Estado, y la inscribe, al lado de la soberanía indivisible.

De aquí nace ese estado ambiguo y monstruoso, sangriento y utópico de nuestros pueblos. Edgar Quinet desde las alturas de la lógica (y me fue dado escucharlo en una lección sublime) señaló en Francia la causa de nuestras peripecias incomprensibles y esa causa es la que indico, esa causa era la misma por la cual había ido a sentarme en los bancos de su auditorio. Las lecciones de Quinet y de Michelet prepararon la revolución de 1848.

«Dadme el medio de someter a los hombres; interesad su amor propio en negar su servidumbre.

Para reinar sobre ellos, no hay necesidad de apropiarse en detalle la libertad de cada hora, como lo practican los gobiernos políticos. Reinad sobre la cuna y en la tumba y así tendrás la cadena por ambos extremos. . .

No se ha visto a ningún pueblo católico entrar en la libertad. La Francia es el primero que ensayó ese camino; es necesario que sepa, que entra en una vía de donde nadie ha vuelto vivo.

¿Cuál ha sido el principio de las repúblicas católicas que han tenido algún brillo en el mundo?

El alma de todas, sin excepción, ha sido el terrorismo trasportado del dogma al Estado. Venecia ha vivido de esta idea mil doscientos años.

Lo mismo hay que decir de Florencia y de las Repúblicas Lombardas y Toscanas.

Allí cada partido vencedor, proscribía en masa al partido opuesto hasta los hijos de 14 años inclusive.

Se vendía a vil precio la propiedad de esta población de proscritos. Así se resolvía toda lucha política, sin que la libertad haya jamás podido establecerse de otro modo sino en provecho único de las vencedores. El problema social no se eliminaba sino con la condición de eliminar todos los términos enemigos, en Florencia por el destierro, en Venecia por la muerte. Trasportado al Nuevo Mundo, el principio del terrorismo católico, aplicado a la República ha engendrado el mismo sistema.

El doctor Francia en el Paraguay, Rosas en Buenos Aires, son exactamente lo que eran los señores de las repúblicas católicas italianas. Un Washington en esos estados sería un monstruo histórico. Además, veo que la libertad es allí de tal modo contraria a la naturaleza de las cosas, a la tradición, a la educación de los hombres, que el poder que la da es infaliblemente destruido por ella misma». (Edgar Quinet).

¿No hemos visto esto mismo en nuestro país, especialmente en el gobierno de Pinto?

¿Qué resulta de esa vida asentada en la contradicción? La guerra o la transacción. La transacción entre la verdad y el error, entre la universalidad y el privilegio, entre la soberanía del hombre y la autoridad de la Iglesia, produce el segundo fenómeno de la vida americana.

El catolicismo tiene que apelar al jesuitismo para disfrazar su lógica: la República apela al maquiavelismo para ocultar sus concesiones. El arte del engaño se ha hecho una necesidad.

De ahí nacen esas luchas interminables, esa degeneración del carácter de los individuos, esa paralización y aun retroceso, esas fuerzas útiles empleadas en estériles combates, la hipocresía que se extiende, la falsía en la palabra, la miseria en las acciones, el disfraz en todo, la corrupción como atmósfera social. ¿Y se dirá que ando lejos de las realidades? Lo repito: la vida de los pueblos es la acción de sus dogmas.

Vi los dos dogmas asentados en mi patria, como dos campamentos enemigos y en medio de ellos un vínculo de engaños. Como católico vi en la sinceridad del alma, en la sinceridad de la lógica que la independencia, la libertad, la razón, la gloria, la igualdad eran incompatibles con el espíritu de la Iglesia y que soñando en la ciudadanía de mi patria me despertaba bajo la basílica de la piedra de San Pedro, cuando buscaba la vida bajo la bóveda del cielo. Como hijo de Dios vivo me sentí soberano, me sentí en todos, me vi en todos, comprendí la bondad suprema en la libertad, la igualdad y la fraternidad universal y la alegría de los cielos me sancionó en la posesión de la verdad.

homo sumus.

¿Pero qué criterio me sirvió para juzgar, para purificarme del pasado y para afirmar el porvenir?

In principio erat verbum.. .

«En el principio era el verbo (la razón) y el verbo era en Dios, y el verbo era Dios.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

Era la verdadera luz que alumbra. A todo hombre que viene a este mundo». (San Juan).

He ahí mi principio, mi afirmación, mi verbo, mi criterio: él, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

¿Pero los otros no lo ven? se me dirá. San Juan responde: «vino cu mundo ese verbo, era luz, y el mundo no lo vio» y aún ahora no lo ve, y aunque no lo vea, esa no es razón para que no lo afirme y para que no me constituya soberano según la constitución del evangelio de San Juan, constitución de la razón independiente que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

«era la verdadera Luz». Y todo hombre es encamación de esa luz. El esclavo es el que la deja apagar.

Me abandoné en las entrañas del Ser. ¡El Ser es la bondad, el Ser es la luz!, el Ser es la justicia. Y la bondad, la luz y la justicia estallaron en mí como revelación y revelador.

Se dice: todo es misterio.

No pienses-teme-doblega tu razón.

Pero esa luz de los hombres, verbo de Dios, me dice: Dios es la verdad y la verdad no teme. Temer a Dios es dudar de la justicia, vencí mi cobardía y nací soberano.

¿Se concibe a Dios temiendo a la razón del hombre? ¿Se le concibe exigiendo la adoración de esclavos? No. Sé fuerte, dice a sus hijos. Quiero ser amado por el amor inteligente, adorado por libres y bendecido por soberanos.

Y esta revolución de mi pensamiento, ha sido la revolución de la historia, tan cierto es que el pensamiento elabora el itinerario de los pueblos.

El siglo XVIII fue el siglo que sobre la crueldad teológica de Bossuet y del Concilio de Trento afirmó la bondad de Dios e hizo desaparecer los tormentos, las hogueras, la inquisición, los códigos brutales, los anatemas impíos.

He oído a Simón Rodríguez que decía: «las llamas de la Inquisición se han apagado con tinta».

El desarrollo de la revolución es al aplicación incesante del dogma de la bondad y justicia divina contra las cosas levantadas por el dogma de la gracia y del temor de Dios.

Hemos dado un paso gigante. Nuestros padres han negado el mal y el error; y la bondad universal se extiende hasta la rehabilitación del criminal y la abolición de la pena de muerte. Ahora nosotros afirmamos. Se creía que la política sería tan sólo el alimento de los pueblos y que no habría algo de grande que llenase el vacío abierto en el alma de los pueblos por la negación del dogma del pasado. No. Hoy afirmamos. La libertad es religión. Esto no basta, se dirá. ¿Con qué llenáis el vacío que produce en la inteligencia la evaporación del dogma? ¿Con qué reemplazáis la gracia eficiente y suficiente, las penas eternas, el pecado original, el bautismo de los niños, la confesión, la organización de la Iglesia, sus Concilios, sus Papas, sus Cardenales, sus Obispos, sus canónigos, sus frailes, sus procesiones, sus templos, sus ceremonias, las bulas, los diezmos y primicias, las capillas y conventos, los rosarios y novenas, las imágenes y los altares, los candelabros y los cánticos, los anatemas y milagros? ¿Con qué reemplazáis todo esto?

Todo os lo dejamos.

No os inquietéis. Dejadnos la posesión leal de la libertad y respondemos de nosotros y del porvenir. Pero si nos impedís por todos los medios ostensibles y jesuíticos, si nos robáis todas las garantías, si os aliáis con las oligarquías para fortificaros recíprocamente, si exigís que el Estado os alimente para dominar al Estado, si vuestro anatema es la vanguardia de las facultades extraordinarias, entonces procuraremos inquietaros un poco, y convendréis que estaremos en nuestro derecho.

Todo os lo dejamos. ¡Y tembláis! Os domina el pánico de las tinieblas.

¿La religión-libertad? ¿Qué es eso? Eso no basta para el hombre.

La religión es algo de divino y eterno y ¿hay ese algo en la libertad?

Os respondemos.

Cuando creáis que la libertad es el Ser mismo del hombre, entonces tendréis la conciencia de llevar el templo de la luz en vosotros; cuando creáis que la libertad es un deber y es un derecho idéntico en todo hombre, os respetaréis como humanidad y como ideal encarnado; cuando creáis que la libertad os impone el deber de espiritualizar vuestro ser para ser más libres, más perfectos y hacer lo mismo con vuestros semejantes; cuando sepáis que la libertad es la creencia en el Ser impenetrable, indestructible, inmortal que se constituye en ciudadano inviolable, en soberanía permanente y creadora, que se os hace responsable de ese testamento de soberanía y de espíritu que se os ha dado; cuando creáis que el hombre que desarrolla su libertad, su responsabilidad, su poder, su gobierno, dominando la esclavitud de las pasiones y de las cosas, es el que educa en sí mismo y forma la inmortalidad de su persona en otra vida; cuando creáis que todo acto de libertad ejecutado para la libertad es un tesoro que no se pierde y que os asemeja al Creador que fecunda su obra; cuando creáis que es pecado doblegar ante todo despotismo, ante todo crimen o ser indiferente a la violación de la libertad en cualquier hombre, en cualquiera facultad, en todo tiempo y todo lugar; cuando creáis que la libertad es yo, tú, nosotros, identidad de ser y de fuerza, ley y vida, igualdad y fraternidad; cuando creáis que Dios mismo es mutilado cuando se mutila su obra por mano de tiranos; que Dios gime en los tormentos, sufre hambre con los hambrientos, sed de justicia con los inocentes perseguidos, que es Dios quien recibe el llanto de las madres; cuando creáis que Dios vive en vosotros, cuando seáis luz, verbo, razón, independencia y verdad; que es Dios el que os ve cuando legisláis; Jesucristo cuando juzgáis; que ultrajáis su templo cuando violáis el domicilio, el secreto, el honor, la vida del hombre; cuando creáis que la mentira es un desafío al Eterno; cuando creáis que acallar la palabra es apagar la luz, impedir la asociación un crimen de lesa-humanidad, entonces comprenderéis lo que llamo la religión-libertad.

¿No se os ha dicho: «sed perfectos como nuestro padre es perfecto?» (Jesucristo). ¿Y cuál es la perfección divina? La libertad omnipotente, idéntica a la inteligencia absoluta y al amor infinito.

Marchar a la perfección es pues, engrandecer la libertad procurando identificarla con el ideal omnipotente.

He ahí el dogma de la religión-libertad.

Afirmemos el dogma y trabajemos por su encarnación. Ese es el problema fundamental de la regeneración.

La vista de los pueblos y de sus acciones marchando, sufriendo y demostrando la lógica de sus dogmas, ha confirmado con la experiencia lo que afirmamos con la razón.

Vi al norte y al mediodía de la Europa, al protestantismo y al catolicismo; vi el centro, es decir, el país del palenque, hoy del doctrinarismo, la Francia. La Alemania levantando su cabeza y sacudiendo el polvo de las escrituras se aísla en el pensamiento de Descartes convertido en el yo absoluto de Fichte, o se pierde en la substancia de Spinosa y en la confusión del todo. La Italia y los países católicos devorándose en las contradicciones sepulcrales.

Pide unidad, la Italia, quiere ser nación y no se atreve a nacer, es decir a ser nación en sí misma, en su pensamiento soberano. Pide libertad y no niega la usurpación coronada de su libertad que es el Papado; pide nacionalidad y no niega la invasión extranjera coronada en el Papado; pide democracia y no niega la autoridad monárquica encarnada en el Papado. Vi la Francia capital, centro, corazón de todas las angustias y todas las esperanzas de la historia, dando esas oscilaciones que agitan el mar de los pueblos como el alma palpitante del océano. Débil entre Descartes y Bossuet; entre Voltaire y De Maítre, entre Rousseau y Chateaubriand, sublime por momentos, verdadera en sus espontaneidades o sobre la trípode de barricadas; escolástica en la reflexión, país de honor y perjurando bajo la absolución del doctrinarismo corruptor, la Francia parece que no recobra su conciencia sino cuando se afirma desafiando con la cabeza de toda usurpación, a las usurpaciones del mundo. País de afirmación sentimental, ¡cuánto tiempo pasará para que llegue a ser el país de la afirmación inteligente, de la afirmación perpetua, de la cristalización de la libertad en sus instituciones! País fluido, sometido y aún esclavo de la temperatura de sus pasiones, ¡cuándo consolidará el pensamiento de la revolución en la educación, en la firma social y en el alma de sus hijos!

Madre de Descartes e invocando al Papa, madre de Voltaire, y acatando una parodia imperial, madre de Rousseau y negando la revolución, ¿hasta cuándo la Francia frustrará las esperanzas de los pueblos? Quizás sea esto una necesidad porque parece que llega la hora de la abolición de toda tutela y que la Providencia dijera a los pueblos: id, sed vosotros mismos vuestro Capitolio.

Volví a mi patria, fuerte en la afirmación y en el axioma del amor, y mi pecho henchido con el soplo de las tempestades.

Si la afirmación universal del (somos) el yo-nosotros, había abolido toda usurpación y privilegio en la ciudad, esa misma afirmación abolió en mi mente la encarnación hasta entonces visible de la Providencia en la Francia. Cayó la capital de las naciones desde que traicionó su palabra atacando la República Romana. Desde entonces sentí una soledad, pero en ella vi una lección. Esa lección es que la libertad a falta de hombres, a falta de Francia, levantará hijos de Dios en todos los pueblos que se afirmen soberanos.

Esta fue la consecuencia que deduje de ese dolor que produjo en mí el suicidio de la Francia y que comuniqué en mis «Boletines del Espíritu» diciendo: Roma es todo pueblo.

Michelet en una de sus lecciones dijo: «basta de ídolos», y se refería a Mirabeau, el genio de la palabra. Yo extiendo ese pensamiento iconoclasta a las naciones que han sido nuestros ídolos, porque ninguna santifica la libertad.

Se ve pues, que el problema de la autoridad-privilegio y de la autoridad universal, catolicismo o democracia, fe o razón, soberanía de unos pocos o soberanía de todos, es el problema de la humanidad entera.

Roma es la capital del triple privilegio, privilegio religioso, privilegio político, privilegio social. La descapitación de Roma es una premisa para alzar la cabeza de los pueblos. El nuevo Capitolio, la nueva cabeza, que designará la mansión central de la historia moderna, se levanta en todo pueblo que se declara ser por sí mismo. La capital de la humanidad moderna estará en ese punto que como la definición del espacio, será ese «círculo cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna». (Pascal).

Tal fue el espíritu con que volví a mi patria. La encontré preparándose a una crisis política. Escuché, vi, conocí los partidos. Ninguno envolvía y asentaba el problema de la regeneración. Tímido estaba el partido conservador en su poder, tímidos marchaban los liberales pidiendo la reforma. Ambos transigían, ambos temblaban ante el problema social, político y religioso.

Ninguno osaba. No había lógica en ninguno. La unidad se ocultaba o la ocultaban. El pueblo existía. El pueblo no era. La Iglesia dominaba y ganaba siempre terreno, firme en su lógica, sobre la ambigüedad del adversario. Pregunté a los próceres del partido liberal en sus sesiones, ¿qué es la libertad-religión? -Silencio, me dijeron-. Trabajáis para el pueblo, decís, ¿dónde está el pueblo? -El pueblo es masa, será lo que queramos.

La verdad no admite disfraz, les dije.- La hipocresía es necesaria, me dijeron .

La libertad es la unidad soberana, la revolución pide la afirmación absoluta del Estado y de la democracia, como afirmación inmediata y directa, sobre todos los partidos y sobre la iglesia misma. -Alto ahí, me dijeron. No somos con Ud.

Fue entonces que nos conocimos, amigo Arcos. Ud. me dijo, juntémonos con el pueblo. Está bien. Y nació la Sociedad de la Igualdad.

La Sociedad de la Igualdad quiso la regeneración de Chile.

DEFINICIÓN DE CHILE

En chile domina un sentimiento: la persistencia; una idea: la autoridad. La autoridad de la persistencia y la persistencia de la autoridad forman el carácter peculiar de la nación.

Todo lo que dura, lo que persiste se hace autoridad; y la autoridad llega a ser lo que lleva el sello de la duración.

Lo que persiste en todo hombre es la personalidad, el pensamiento; pero en la personalidad hay faces más o menos persistentes; en el pensamiento hay ideas más o menos arraigadas.

En Chile lo que más ha persistido es lo que lleva el carácter de fuerza, de unidad, de imperio.

En el pensamiento de los hombres la idea más incrustada, es la idea de autoridad en la obediencia.

Persistencia de la autoridad que impera y también, fenómeno notable y verdadero, persistencia en la obediencia (1).

Persistir es ser en lo mismo; es creer que lo que es, debe ser. De aquí se ve nacer la tradición: la fuerza que tiene en Chile lo pasado.

La idea de autoridad lleva en sí la idea de que lo que es debe ser. La idea de la bondad y de la justicia unidas a lo que dura. Es por esto que la revolución de Chile es cosa seria. Se necesita dar autoridad a la idea revolucionaria o cambiar el aspecto incompleto de la idea autoridad en la inteligencia de las masas. Los que piensan, nos harán justicia, cuando nosotros queremos dar a la libertad un fundamento eterno, religioso, autoritario. Es comprender la índole nacional y al mismo tiempo corroborar lo que tantas veces indicamos, que la vida de los pueblos es la acción de sus dogmas.

Sólo debe ser autoridad lo justo. Es por esto que inauguramos la revolución en Chile proclamando ante todo la soberanía de la razón, la libertad del pensamiento. Hagamos comprender que la autoridad es, no lo que dura, sino lo que es eterno.

Lo eterno es el Ser. El ser es la autoridad. La persistencia de la libertad, la autoridad de la libertad, formarán el dogma revolucionario, y así cambiaremos la faz de la personalidad nacional, apoyándose en su genio, en su índole, en su carácter, en sus instintos, en su tradición, en su sentimiento, en su raza, y en la acción misma de la naturaleza de la tierra.

Buenos son lo idea y sentimiento autoritarios. Elementos de granito del edificio social.

¿Pero qué idea, qué sentimientos deben ser los que se revistan de ese sagrado carácter?

He aquí el peligro. El catolicismo y la Edad Media, fue la faz particular que revistió la conquista católica en Chile bajo la organización de los señores de «horca y cuchillo», y formaron temprano su constitución y le imprimieron la autoridad despótica, la persistencia en la obediencia, sancionada por la gracia y apoyada en la victoria. Primer hecho: la idea invasora.

Ved la tierra y ved en ella un molde predestinado para conservar la autoridad y persistencia.

La filosofía del país es la de una musculatura titánica. Sucesión encadenada de pirámides sublimes, las cordilleras se levantan como la autoridad de la tierra, como catedrales de la naturaleza, como una adoración inmóvil y persistente del globo hacia la autoridad suprema. El territorio exhala veneración a lo inmutable. Y veneración es la protuberancia dominante del cráneo nacional.

La pirámide es la figura geométrica del país.

Ancha base, buen sentido, resistencia al temblor, y elevación de todos los elementos a la cúspide, a lo eterno, a lo venerado. No he visto en Europa ni en América valles más colosales, anfiteatros más sublimes, hondonadas más profundas. Desde las alturas de la cuesta del Prado, veo al frente, a 20 leguas levantarse las cimas nevadas e inviolables, como ejércitos petrificados de los elementos, imágenes permanentes de los cataclismos, líneas de batalla de los días primeros, cuyo aspecto nos trasporta a los momentos en que el espíritu del Señor se paseaba sobre las aguas del abismo. Escenas del Génesis y del diluvio se presentan a la mente; y el alma cierne sobre el hondo inmenso valle, buscando y pidiendo las instituciones sublimes que respondan a la grandeza del espectáculo.

Nacemos y vivimos recibiendo esas impresiones. Los Andes nos hablan siempre de duración, inmovilidad, adoración. Siempre vemos esas líneas como dibujos portentosos de la mano convulsiva de la creación exaltada en su combate.

Siempre contemplamos esas masas como pedestales del espíritu inmutable. Ellas siempre sublimes y calladas, traspasan su alma al alma de los habitantes. El alma del chileno es taciturna y asentada en sí misma como el Andes.

Tal ha sido el carácter de la raza primitiva.

Concentración, soliloquio o diálogo entre el espíritu de las montañas y el corazón del araucano.

Las primeras expediciones españolas que conquistaron la América eran especialmente compuestas de los habitantes del mediodía de la España; raza andaluza y morisca. Pasado el primer entusiasmo del descubrimiento, empezaron con el aumento de peligros, con la necesidad de perpetuar lo conquistado y de descubrir climas más remotos e ignorados las expediciones de los hombres del Norte de España. La zona tórrida, los trópicos, la vegetación lujuriosa, el África americana, las razas muelles habían sido posesionadas. Méjico, Cundinamarca y Perú vivían sometidos.

Quedaban los países fríos, las mansiones de la nieve, las regiones del pehuén, del pino, del roble, del ciprés, la tierra de Arauco en pie con sus selvas, sus nieves y sus tribus. Nueva tentación para los hombres fuertes, campo de grandes aventuras para los aventureros del Norte.

Sobre Chile se desprenden los asturianos y gallegos, hombres de montaña también, de fidelidad tradicional, de orgullo personal, de heroísmo en la desgracia, fuertes al trabajo y para el clima, de nacionalidad impenetrable. Es el Ibero de Sagunto, es Pelayo, es el godo de los tiempos del Cid. Poco inclinados a variedades como seguros de sí mismos, educados en el orgullo de una personalidad privilegiada por ser españoles y católicos, inmovilizaban en la tierra de la inmovilidad y sobre la raza inmóvil.

La energía del araucano lo elevó en la conciencia del español hasta elevarlo a su altura, a la igualdad. El duelo se hizo común entre el caballero y el cacique, entre el general y el toqui. Los conquistadores que miraron a los demás americanos como rebaños que arriaban con la punta de la lanza o que espantaban con el ruido de los arcabuces, reconocieron a los araucanos como la raza del Nuevo Mundo.

«Que no ha sido por rey jamás regida.
Ni a extranjero dominio sometida».

Ercilla

Y hasta hoy, esa raza no ha desmentido al poeta, al guerrero, al historiador. Ha sido su espíritu el que ha vivido y vive en nuestras masas, ha sido su nombre el invocado en el tiempo del peligro, ha sido la aureola de su independencia que llamó la atención de Byron, la personalidad del siglo, cuando invocando la regeneración del mundo dijo en su Edad de Bronce:

The Chili chief abjures his foreign Lord;
Young freedom plumes the crest of each cacique.

(El jefe chileno abjura al amo extranjero.
La joven libertad corona la frente del cacique).

Sólo un conservador ha osado presentar un proyecto de reducción de esa raza por la fuerza. Conservador, hombre hipócrita para encubrir los instintos estúpidos del dominio violento. Conservador-destructor. Mansos en el nombre y sanguinarios en el hecho, así han sido en todo tiempo y en todo país esas oligarquías que dicen reconocer el derecho; el derecho propio, sí; el derecho del semejante no, porque no reconocen la igualdad de derechos, base de toda moral y de la democracia.

El dogma araucano es la persistencia de la persona; de la personalidad de la patria que es la personalidad común. Su gobierno, la aristocracia de los más persistentes, de los más fuertes; su moral, la independencia; su trabajo, la guerra; su honor, el desprecio del dolor; su culto, el valor.

Ambas razas se encontraron. La conquista de ese pedazo de tierra que se llama Chile, costó más a la España que la conquista de la América. Tiempo, hombres, dinero, superioridad de armas y caudillos, impetuosidad religiosa y avarienta de la conquista, todo eso se estrelló en el Arauco indómito. La persistencia fue autoridad y la autoridad fue persistencia de la voluntad y de la independencia de las Aucas.

Los españoles vivieron siempre en guerra y fueron hombres de fierro, siempre a caballo y lanza en mano. Dominaron hasta el Bío-Bío, se formaron poblaciones, adoptaron las mujeres de la raza primitiva y se distribuyeron la tierra en encomiendas como premio del valor de los conquistadores. Origen de la feudalidad chilena. Este fue el hecho. Agregad la idea, el ideal de la conquista.

El español es el creyente. Su fe es ciega, se enorgullece de tener la fe del carbonero, credo quia absurdum.

Es el vencedor, el privilegiado porque es el hombre que cree poseer la verdad y la verdad es la gracia, el privilegio (origen de la feudalidad). Regiones ignotas viven en la desobediencia, luego son su patrimonio. No hay propiedad fuera de la fe: luego la tierra del indio le pertenece. He ahí el fundamento religioso-católico de la conquista. Esos hombres, los indios, no piensan como nosotros, luego no son nuestros hermanos; luego, tenemos derechos sobre ellos, son cosas y les imponemos nuestro dominio.

Serán esclavos o la muerte. Esta fue la palabra, la idea que se entronizó en la América: soberanía exclusiva del creyente; privilegio del fuerte, dominación feudálica, miseria radical de la masa. Sobre este fundamento se elevarán después las constituciones y las leyes. Ya se ve el fundamento de las facultades extraordinarias, la omnipotencia del Ejecutivo y de los intendentes, los mayorazgos, la usura, el inquilinaje, la obediencia ciega.

Y repetimos: la vida de los pueblos es la acción de sus dogmas.

De la organización de la conquista, del dogma de la obediencia ciega, del dogma del privilegio y de la gracia, autorizado por el hecho vencedor de la conquista, sancionado por la costumbre, por el tiempo, por los intereses, nació la constitución natural e histórica de Chile, la educación del país, la vida tradicional de nuestra patria.

El peso de la oligarquía cae sobre el infeliz.

Distinción eterna entre noble y plebeyo, semejanza notable con la ley de las doce tablas: adversus hostem ceterna autoritas esto (hospes, hostis). Siempre hay autoridad contra el enemigo, y el enemigo era el huésped, el extranjero, el plebeyo, el hombre fuera de la ciudad social, porque sólo era ciudadano el hijo de la gracia, el hombre de sangre que vivía sobre los cadáveres del pueblo.

El noble no trabaja. Luego la ociosidad es nobleza, el trabajo es villanía.

He aquí una idea que aún domina y retarda la prosperidad de nuestros pueblos. Son dos castas, dos razas; luego hay dos leyes, dos penalidades, dos justicias; la pena corporal o infamante para el pobre, la pena pecuniaria para el rico.

Contribución sobre el pobre, usura sobre el pobre. La escuela es para el rico, los empleos para el rico, el impuesto de sangre para el pobre.

Se le prohíbe la asociación, se le permite el vicio. No hay crédito para el pobre. Usura, contribución, aislamiento, ignorancia, embrutecimiento, envilecimiento, he ahí su herencia.

Santa revolución, cuánto tardas, exclamaré con Michelet.

He ahí la constitución social de la conquista.

¿Quién no ve las huellas del dolor y del crimen en las constituciones políticas que rigen?

Y como en Chile la persistencia forma autoridad, esa constitución tiene autoridad.

Reasumiendo los radios que desprende la idea central de la patria, tal como ha sido y es, se ve que en Chile domina la persistencia, persistencia es voluntad, la voluntad es la fuerza que dura. Luego la invariabilidad, la fortificación de lo que represente la voluntad y la persistencia dominará en la constitución y las leyes.

Es por esto que vemos fortificar siempre a la oligarquía, al Poder Ejecutivo y la subordinación del resto.

En Chile predomina lo que lleva el carácter matemático sobre todo lo demás. La justicia será más que el sentimiento; se prefiere la razón reflexiva a la espontaneidad; el heroísmo a la santidad; la fuerza a la astucia; el carácter al genio; el genio al amor; y la ciencia al arte; la inteligencia a la imaginación; la voluntad sobre todo.

Hemos visto que el espíritu de las leyes es la persistencia de la autoridad; en la opinión, la forma, la autoridad, el nombre.

Las constituciones garantizan la persistencia del Estado; en el Estado, el Ejecutivo; en el Ejecutivo, el Presidente; en la familia, el marido; en la propiedad, el hacendado; en el comercio, el capital; entre los capitales, los bienes raíces; en religión, el catolicismo; en el catolicismo, el Papismo. En todo veréis un espíritu, la autoridad de lo que dura, la duración de lo que es autoridad. En todo veo la sombra de la fe de la Edad Media. Temor y odio al individualismo soberano.

Aprobación de la energía sometida a la autoridad. Es por esto que toda medida despótica pretende revestir el aparato legal del orden.

País de orgullo, no ama los sacudimientos del genio. Es por esto que sus druidas se aterran al catolicismo y que todo el que quiere conservarse se aferra al Arzobispo.

País que ama la tradición, ama el código, lo escrito, desconfía de la interpretación. De aquí nace la necesidad y el imperio que tienen las castas de clérigos y abogados.

País donde reinaría una verdadera aristocracia, si autocracia pudiera haber. Es el Latió de la América. Así se explican sus simpatías por Inglaterra.

Y en su vida política sólo ha habido dos partidos: el conservador y el liberal. Desde la independencia los chilenos nacemos, nos alistamos y nos trasmitimos como legado, como herencia de familia una senda política. Persistencia de los conservadores triunfantes; persistencia aún más bella de los liberales vencidos.

Ese es el Chile de la geografía, de la raza, de la historia y del presente.

El partido llamado pelucón (lo viejo) se le ha llamado del Estanco (estaguación), es el partido que más congenia con el pasado y con la educación de Chile y así se explica su dominación.

Bajo este aspecto es el partido arraigado en la tierra, en los espíritus, en las costumbres, en la religión, en las leyes.

Pero sobre la historia, sobre su presente autorizado, sobre la persistencia de la fuerza dominante se levanta una interrogación: ¿Es ése el Chile de la justicia y del porvenir?

Una duda semejante, sobre la injusticia matemática que había en reconocer a la Tierra inmóvil y por centro del sistema planetario produjo la revolución del cielo. La afirmación de Galileo desquició el firmamento de las Escrituras.

Jura que no, decían los conservadores de la inmovilidad de la Tierra, apoyados en lo escrito, en las escrituras, en el pasado. Pero se mueve, respondió el genio. Y la Tierra se movió.

Ese Chile del pasado, ¿lo es de la justicia? No. Pues la revolución es justa. Hic est opus. He ahí la cuestión.

Es grande el problema.

No me oculto los trabajos, el tiempo, la fuerza del enemigo, pues acabo de reconocerla y explicarla, pero creemos tener nosotros la persistencia de la libertad.

Si nos oponen religión, religión opondremos.

Sacerdocio contra sacerdocio; porvenir contra el pasado; democracia contra oligarquía; las masas contra las castas; el espíritu contra lo escrito, la razón contra la obediencia ciega; la espontaneidad contra el cálculo; el free trade contra las aduanas en todo ramo; la luz contra el maquiavelismo; la rectitud contra el jesuitismo; y tú, libertad, contra toda tiniebla, contra todo mal, contra todo crimen, porque eres el bien y la virtud de las naciones.

Ese es el campo, amigo.

¿Qué somos ante el enemigo? Nada.

¿Y por qué tembló? porque somos todo, es decir, lo universal, lo libre, la verdad.

Las revoluciones de Chile se han perdido, porque no han aceptado la revolución.

La verdad disfrazada no es verdad. Nosotros aceptamos la revolución con todo su desconocido, con todas sus peripecias, porque nos entregamos sin reservas en los brazos de la lógica y la lógica con sus consecuencias, no es sino la ondulación de la luz iluminando los objetos y distribuyendo la vida.

La lógica es la medida, la medida es la igualdad, la igualdad es la justicia; suum cuique tribuere, dar a cada uno lo que es suyo.

Lo de cada uno es la libertad y la vida, el derecho y la propiedad, la soberanía y la tierra.

Los ingleses dicen en francés, «Dieu et mon droit». Dios y mi derecho. Nosotros decimos: Dios y nuestro derecho.

De la falta de audacia del partido liberal, de su falta de lógica y aun de corazón, porque no se ha atrevido a levantar las masas a la igualdad, ha nacido su timidez, su oscilación, su pérdida. De la fe del partido pelucón y de su lógica nació su audacia. En todos sus actos ha sido más revolucionario para atrás que el partido liberal para adelante. Nada le detiene ante el objeto. Profesa la máxima: el fin legitima los medios, y así es que pasa sobre todo cuando lo cree necesario.

Se llama partido de la conservación y de la propiedad y ha llegado hasta confiscar, algunas veces. Cuando la palabra impera, impone silencio a la nación. Sobre los hechos y los hombres extiende su mutismo, como las tinieblas sobre el crimen.

Ese partido forma una oligarquía. Es nulo como individualidades, fuerte como clase. Se renueva y se recluta en la abyección de los imbéciles y con todo el que consiente doblegar la frente ante la ciega autoridad de la casta.

Es el partido que cuenta a los serviles y que mide a los hombres por el grado de sometimiento para con él y de brutalidad para con el enemigo.

Ese partido tiene familias, razas, tipo particular, molde exterior, fisonomía palpable. Es el tipo del carcelero jesuita. Dulce y sometido en apariencia, cruel y rencoroso en el fondo.

Esa oligarquía, que tiene ya su historia, es la que domina a Chile. Heredera del poder de la conquista, fortificada por el doctrinarismo de los tiempos modernos imprime el doble yugo de la legalidad y de los hechos sobre la nación chilena. Dueña de la ley, señora de la tierra, arbitra de la educación, imprime el sello de su dominio sobre las generaciones, mientras que el espíritu nuevo vaga fugitivo y acosado por el despótico poder.

Esa oligarquía ha asentado su poder en el dogma, y solidaria con el clero y con la ciencia, bautiza al pueblo llamado soberano en la doctrina de la abyección como acto y de la obediencia ciega como dogma. Vigilante como el usurpador, acecha sin cesar las avenidas del espíritu; e implacable como el remordimiento, anatematiza los recuerdos, los hechos, los ejemplos, las tentativas o las manifestaciones de la libertad.

La sierpe devoradora es su emblema. Extiende sus anillos sobre el territorio, mudando de piel según su instinto. Envuelve en sus contorsiones a la joven nación y sus huesos quebranta, y su sudor, su sangre, su inteligencia absorbe para alimentar su hambre brutal y satisfacer su codicia de poder y de riquezas.

La sangre de la independencia se derramó para fecundizar el árbol de la libertad, pero sólo vemos en su lugar a la planta parásita que destila veneno sobre la frente sin mancilla del porvenir.

Mentidas han sido las promesas de los padres y de los campeones de la patria: sólo se han realizado los pactos secretos de un conciliábulo de apóstatas. Leyes, instituciones que se arrancaban al enemigo vencido y que la revolución sembraba sobre los campos humeantes del combate y palabras de falsía, habéis sido consagradas la ley y la autoridad del poderoso. De todos los trabajos, de todos los pensamientos de la regeneración, la verdad quedó en palabras y la realidad ha sido el monumento constitucional, cárcel de la libertad, donde brilla la inscripción de nuestros enemigos, la firma de los jesuitas, como consagración y legitimidad de sus venganzas.

Pero no eres la verdad, oligarquía triunfante, que te titulas orden conservador. No eres la verdad porque verdad es el ser y es la libertad y eres enemiga de la soberanía y del derecho. No eres la verdad porque ella arrebata a todo ser, para elevarlo a la posesión de su independencia y de su espontaneidad y tú eres el ancla del espíritu de Felipe II y de Loyola. La verdad es bienestar universal, moralización y gobierno universal, y tú eres monopolio de los instrumentos de trabajo, enseñanza de egoísmo y de doblez, gobierno de unos pocos, ciencia de la dominación y del engaño. Fortificad vuestras almenas; corromped, calumniad, herid, emplead vuestras tres armas, no importa. Horrible despecho que os devora, sublime confianza que nos anima, la verdad triunfará.


Notas:

1. «Hábito de obediencia», dicen mis amigos, los Amunátegui, al principiar ese magnífico fragmento de la historia de Chile, que ellos modestamente han llamado Apuntes para la historia.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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