Boletines del Espíritu

Boletines del Espíritu (1)


CUANDO LOS ROMANOS hacían las primeras excavaciones para echar los cimientos del Capitolio, fue encontrada una cabeza humana, cuyo hallazgo los sacerdotes interpretaron prediciendo que Roma sería la cabeza del mundo y su pueblo el Pueblo Rey. En consecuencia el romano recibió el bautismo de Rey del Universo y la Roma del porvenir se encargó de realizar la profecía.

Empero ese vaticinio por una ley de generalización muy común en la historia, puede decirse que es aplicable a todos los hombres y ciudades, debiendo éstas como aquéllos constituir la Roma universal cuyo capitolio sea la fraternidad de los pueblos y cuyo dios el padre del amor y no los iracundos Júpiter ni Jehová. Ese vaticinio mirado desde la altura que debe ser aplicado, no es otra cosa que el hecho tangible de la historia, que la ruina de las teocracias y monarquías que se funden al calor de los rayos solares que alumbrarán a la Jerusalén futura. Para construir ésta y realizar aquella profecía de salvación, es necesario formar los nuevos ciudadanos y crear la fórmula con que deben ser bautizados en virtud de la máxima evangélica: «El primero de todos será el servidor de todos». Para esa obra debemos educar las nuevas razas que deben destruir los baluartes tras de los cuales se defiende la verdad adulterada y toda tiranía para salvar de la total destrucción cuanto constituye el bien y los legítimos atributos de la libertad.

La filosofía pura y el espíritu de justicia, he aquí el resplandor de luz y del sacerdocio que esperan el renacimiento del hombre. ¡Salud al pontificado de los pueblos!

Cayó la Roma de los Papas y sobre sus cimientos se alza la Roma del redimido pensamiento, representado por un dios, una palabra y una humanidad. Cayó la palabra y la voz privilegiada para dar paso a la verdad universal «con que todo hombre viene a este mundo».

II

¡SALUD AURORA de paz que vienes sobre los desheredados del derecho para poner en fuga a tinieblas y tiranos! ¡Hosanna, espíritu de libertad y redentor de los oprimidos! Ya no es un hombre únicamente quien «clama en el desierto preparando la venida del Hijo del Hombre», sino que son los pueblos que se levantan llevando en sus manos el esplendente escudo de la justicia.

¡Salud, y bienaventurados vosotros, que gemíais ayer vencidos bajo la coyunda de los sacrificios y de las aristocracias! Ahora podemos preguntar ¿en dónde estáis, hombres de iniquidad y del orgullo, que habéis devorado el fruto del trabajo de los plebeyos y de los rotos de todos los tiempos y comido, en vuestras seculares orgías, el pan de los miserables? Lo poseísteis todo, ciencia, poder, honores, riqueza y el usufructo escandaloso de vuestro sacerdocio ¿y qué hicisteis de la doctrina del Cristo? Acercaos y ved cómo ruedan en vuestro infierno los reyes coronados que degüellan, los judíos que roban, los ricos sin corazón, los prostituidos del oro, los hipócritas y los corruptores de la conciencia y de la autoridad. Adelante, Providencia invisible de los que padecen, tú, cuya ley ha sido desobedecida y cuya justicia no ha tenido aún su día de gloria. Las naciones europeas te han desconocido mientras la América espera de ti las nupcias solemnes del alma y su espíritu, preparándose a ellas por el sufrimiento y el martirio y en cuyo matrimonio no habrá más sacerdote que el hombre mismo iluminado por la luz de la eterna verdad, por la caridad cristiana y el civismo de los antiguos republicanos.

III

¿POR QUÉ ESTÁS TRISTE, alma mía?

Vago sobre la tierra con el espíritu hambriento de amor para tomar o coger el arado junto al rancho que me vio nacer: pero los ríos, los climas, y la suerte que cabe a todos los pueblos, brillan en el cielo de mi memoria como las opacas o brillantes constelaciones de mi peregrinación.

La tierra es un inmenso campamento, en el cual apenas cesa el rumor de la vida, cuando lo veo transformado en huellas dejadas por el paso de héroes y las señales en donde asentaron sus tiendas. ¿Qué se hizo tanto bullicio y entusiasmo? Pasó al escuchar el sublime allons enfants de la patrie cual si hubieran escuchado la trompeta del desierto. ¿Por qué no marchamos también envueltos en la vorágine?

Pasan los ríos murmurando al compás del batir de las heroicas espadas como en los días de César, de Karl y de Napoleón. Los bosques de Hermán repiten el odio de Varo a su Italia que no volverá a ver y a los cráneos de las legiones abandonadas en la desierta arena.

Italia, tierra «madre» llena de osamentas, y tú, Roma, osario de los pueblos, nacida para tu propia desesperación, bella en tu secular existencia, bella y bellísima en tus amontonadas ruinas, sublime en tus abandonados y silenciosos manes. Roma ¿qué eres, Roma? Sombra fantástica que refleja únicamente la luz pálida del eclipse de la fuerza y de la gloria.

No volveré a pisar tu Foro, ni la plaza de la revolución, ni veré los mundos históricos prediciendo los días del porvenir. No; no veré eso, porque bajo otro cielo, en otra montaña y en otros valles tengo mi patria que es donde vi la primera luz. Y la patria es el altar del sacrificio en donde cada ciudadano debe ofrecer, en holocausto, su corazón.

¡Hay dolor en el deber, pero yo sé que viviré algún día con eterna vida! Y en esta vida vivirán conmigo mis recuerdos, mis ideas y mis amores, y también las lágrimas desconocidas que guardará alguna estrella para dármelas como alimento por haber guardado la ley.

IV

EL CONSOLADOR ha venido y vive con la fe del que lo anunció.

El Consolador es la visión de la verdad en el varón de pecho esforzado.

El Consolador no ha cesado de difundir su palabra, pero han faltado ojos para verlo y oídos para escucharlo.

Ha visto las faltas y el dolor del siglo, y sobre la montaña que guarda al Nuevo Testamento, ha repetido a las muchedumbres que lo persiguen:

Venid a mí, vosotros que dudáis, y os consolaré.

Venid a mí, los que sufrís por la palabra impía, y os fortaleceré en vuestro verbo.

Los que lloráis por la profanación de la verdad y la difusión del sofisma.

Los que consideráis a la libertad como inmaculada virgen y sufrís por las injurias con que se la ofenden.

Venid a mí, vosotros que desesperáis de la unidad viendo la división de las sectas y religiones, venid y yo os mostraré el camino de la verdad en la cual todos deben confundirse, una vez purificados del símbolo que engaña y del odio que oscurece. Id directamente hacia Dios; amad, y seréis uno en él «como nuestro Padre es uno» (San Juan).

V

NO SÉ EXPLICARME la fuerza que hay en el fondo del corazón humano cuando ciertas heridas parecen llevarlo a los límites del cielo o de la nada, sino diciendo que hay allí una virtud oculta que nos revela el infinito.

En los grandes momentos de tribulación no hacemos como la madre del hijo del hombre cuando desde la cruz le dijo éste, señalándole al discípulo amado: «he ahí a tu madre», que pedía más fuerza para sentir más.

En esos momentos supremos es cuando digo a Manuel Rodríguez:

Dame la inspiración que tuviste cuando Chile estaba perdido, y tú, rodeado del espanto de las ciudades, organizaste «El escuadrón de los húsares de la muerte».

Alma de la Francia en Waterloo, dadme las horas en que la vieja guardia se envolvía en un manto de metralla.

Polacos en Varsovia, guerreros que disteis el postrer adiós a vuestra patria, reveladnos, en nombre de Cristo, la religión de vuestra última batalla.

VI

EL SOL SE ECLIPSA y el frío de los polos se extiende sobre la tierra. Humanidad ¿en dónde estás? Veo el egoísmo entronizado; cada uno para sí y cada uno sin Dios y sin alma se envuelve en el negro sudario de la indiferencia. Sólo una alma solitaria vela sobre una roca contemplando las victorias de la muerte, que avanza y retrocede, ante aquel último baluarte, del que sale una voz que le dice: «Aquí no llegarás». Y he aquí que el sol vuelve a brillar para dejar ver el arco iris de la esperanza.

Y el que tal hace y lleva el calor vivificante de su palabra de uno a otro polo es el Cristo, inmortal centinela y bendición para todo el que lo invoca. Porque ¿qué seríamos sin Dios? Cosas sin nombre rodando fatalmente en las tinieblas.

Creamos y esperemos. El fin es nuestro.

VII

Y EL ANCIANO al despedirse de la vida, bendijo su vejez que le permitió ver con sus propios ojos la luz de las naciones. Su última palabra fue la profecía de un dolor incesante para el corazón de las madres.

Ciencia nueva que se anuncia por la boca del pueblo.

Por eso, tú, mártir Polonia, nos dirás un día lo que tus generaciones muertas en sus innumerables campos de batallas han visto en la otra vida al sentir sobre sus restos mortales los pasos de tus descendientes esclavizados.

Y vosotras razas que desaparecéis de Asia y de América, retoños de nuevas razas, nos diréis la palabra que las naciones-verdugos han ahogado en vuestros pechos.

Y tú, pueblo, informe masa de martirios, muda pirámide de huesos levantada por los déspotas, ven, ven, que tu día se acerca, que el Cristo resucita nuevamente para emanciparte de tus infinitos dolores.

VIII

GRACIAS, SEÑOR, por la intensísima facultad de dolor que me has dado y por esas lágrimas del alma que inundan mi vida como rocío celestial.

Gracias por esa momentánea desesperación que siento ante la desnudez y la injusticia, porque desde el fondo de esa desesperación he sacado fuerzas suficientes para elevarme.

¿Quién ha blasfemado contra ti, señor mío y fuente de eterna bondad, diciendo que hay penas eternas, cuando yo no las invoco ni aun para los tiranos ni para los corruptores de la conciencia?

¿Quién ha blasfemado diciendo que el hombre nacido de mujer, nace condenado, es decir, el niño, aurora virginal con que dios tiñe la mañana de la vida para enviarnos con él una imagen de su creación predilecta?

¡Callad, dogmas de odio, envenenado aliento de egoístas, de misántropos o de viejos celosos de la pureza que se alza! ¡Callad y apagaos en silencio, o no continuéis por más tiempo profanando el sentimiento humano y dándonos el escandaloso ejemplo de encarnar a todo un dios en la miseria de nuestras pasiones.

Lógica singular que empieza por asesinar a la justicia y termina por martirizar a la madre haciéndola creer que lleva en su seno el maldito fruto de Satán. Idos a la nada porque sois mentira.

Sobre la tumba del Viejo Mundo pondremos esta inscripción:

«Aquí yacen los dogmas de odio y la lógica de los esclavos».

IX

SE HA DICHO, con mucha verdad, que el criado del verdugo es más infame que el verdugo mismo. Y si de éstos hay muchos, el número de los primeros les excede. Conocéis a los verdugos; se llaman reyes, príncipes, aristócratas, sacerdotes de cultos blasfemadores, capitalistas sin corazón, militares sin conciencia y meras máquinas de destrucción, abogados de todas las causas, jueces de venganza y odio, legislaciones débiles o corrompidas, comerciantes que explotan el hambre de los pobres, negociantes en prostitución y en esclavos y corruptores de la juventud. Guerra sin fin a toda esa gente mientras llega para ella su terrible juicio: pero no olvidéis a sus criados que se llaman jesuitas e hipócritas y que son las monstruosas encarnaciones de la abyección y del vilipendio. Ellos son los justificadores de toda causa y los inventores de teorías para absolver todo crimen y a todo criminal. Habladores infatigables cuando se les piden actos; eruditos del crimen que siempre encuentran en las bibliotecas títulos nuevos para todas las infamias.

Sucumbía Polonia y se vio exponer doctrinas para impedir que se la socorriera. Se trafica en carne humana, y no faltan eruditos, teólogos y doctrinarios que justifiquen la trata y el indigno comercie. El pueblo muere de hambre, y se le arroja, en vez de pan, la máxima de «el trabajo es un freno». Los degolladores apagan en sangre la insurrección de una ciudad y se justifica la matanza desde las tribunas de los pueblos civilizados, diciendo: «El orden reina en Varsovia».

Si los déspotas hacen sucumbir la libertad, los criados de los verdugos justifican la medida con un arsenal de textos. Si se declara una guerra injusta, la defienden con las palabras de «es un hecho consumado; ya no hay remedio». Doctores sin fe y sin corazón que, abdicando la razón ante la fuerza, justifican la degradación y la cobardía.

Dicen siempre: «Esto ha sucedido, esto sucede, ésta es la fuerza; luego es bueno». Conoced la fórmula, y conocedlos para trazar sobre la frente de esos doctrinarios el signo maldito de Caín.

X

EL DEBER Y EL NUMERO

JERJES AVANZA con un millón de soldados, mientras trescientos espartanos le esperan a pie firme.

Retiraos, pues vais a morir inútilmente, les dice el egoísmo. El deber responde: Las fronteras de la patria se defienden con el valor del alma y no con el número ni la infamia. En la víspera del combate, Leónidas, dice a sus compañeros: «Mañana cenaremos en la mesa de la inmortalidad».

Se acerca el enemigo, grita un centinela. «No, dice Leónidas, somos nosotros que nos acercamos a ellos», mientras el ruido de los enemigos hacía temblar la tierra y la descarga de sus flechas ocultaba el sol. Y los héroes no se cuentan, y si fijan su propio número no cuentan el del enemigo ni tampoco el de los aliados que abandonan sus filas ni tampoco a los traidores que les atacan por la espalda. Combaten y mueren. Y ¿quién venció?

Dios, la fraternidad y la libertad. ¿Quién contó a sus enemigos, ni quién se aterra por el ruido de las turbas? En verdad que seríais inferiores a Leónidas y sus trescientos combatientes que murieron.

XI

¿OÍS EL RUMOR de la batalla en los campos de Arauco? Caen los hijos de esta indómita tierra ante el acero y la metralla.

Un último esfuerzo de Valdivia les arrebata la victoria que a su vez lleva en favor de las huestes araucanas la voz de Lautaro.

Lautaro no se dijo: «El sol se muestra para los españoles», gritemos «¡viva quien vence!». No, no dijo eso. Con no decirlo, probó que le asistía la justicia.

A su semejanza, nosotros vivimos en medio del rudo batallar del bien y del mal, del amor y del egoísmo. ¡Ay de vosotros si titubeáis en vista del efímero triunfo del pendón de las tinieblas! Lautaro salvó al indómito Arauco, y Arauco aún puede levantarse por entre las razas esclavizadas de la América y decir: «España, yo te vencí; América, yo te vengué». Esperemos aún que dirá; «Fraternidad, seré tu brazo».

XII

THOQUINCHE

I

¿CUÁL ES LA VOZ que dormita en los mudos continentes, cuál es la luz que caerá sobre la cuna de las naciones del porvenir, cuál el nombre humano en las soledades primitivas, cuál el verbo que agita a los pueblos en sus tempestuosos vagidos?

La voz se llama pensamiento; la luz, personalidad; el nombre, la ciudadanía, y el verbo, la soberanía del pueblo, sintetizada en la unidad de la libertad, en el amor del hombre por su semejante y mientras la inteligencia afirma y defiende la existencia del Ser Supremo. Y al empezar a existir la soberanía popular, los montes y las llanuras, los ríos y los bosques, todas las zonas y los continentes comprendieron, recordaron lo que significaba aquella voz que en el principio de la creación separó la luz de las tinieblas.

Y la creación oprimida hasta entonces bajo el peso de las bellezas que ocultaba, pudo respirar y tuvo su culto.

Y el hombre que hasta entonces dormitaba como perdido en las tinieblas de la historia, realizó en sí la suspirada epopeya apareciendo como hombre-pueblo y como ciudadano, pudiendo sólo entonces responder dignamente al llamamiento divino.

II

En tí, pueblo de Arauco, la palabra nación significa medida y Thoquinche pueblo midiendo, lo cual quiere decir que en ambas voces tenéis representadas la personalidad y la justicia. Tú, Lamennais, el venerado de vuestro siglo, me dirás si esa palabra contiene el secreto de la arquitectura del templo cristiano del porvenir.

Edgar Quinet, tú me dirás si el mundo de Colón envía o no al mundo caduco sus acentos de esperanza. Y tú, Michelet, que has dicho que la historia es una resurrección, me dirás si ésta es la resurrección de las ciencias.

III

La primera palabra del pueblo soberano es la de Dios, la segunda es la de la libertad, y la tercera la de la fraternidad.

Teniendo por nuestro a Dios ¿a quién temeremos? Amando a nuestros semejantes ¿quién odia ni dónde están los tiranos?

He aquí a la humanidad regenerada palpitando en una sola idea y marchando en batalla para dar la ley de amor a sus enemigos.

Entonces el pueblo será santo y será vencida la fabulosa serpiente.

XIII

TRISTÍSIMO ES CONTEMPLAR la marcha del tiempo y cómo huye la vida y tras ella se levantan los osarios de los pueblos.

Caen las selvas primitivas y con ellas sus misterios mientras desaparece, vertiendo lágrimas, la poesía de las primeras edades; y las montañas inclinan sus soberbios picos y los ríos arrebatan los bordes de sus cauces en donde se asentarán las tiendas de las primeras tribus.

Y tú, espíritu humano, también cuentas tus sollozos y dolores desde las junturas de las piedras de las grandes pirámides hasta por debajo de la losa que cubre la tumba de la inocente virgen.

¿Todo pasa?, nos preguntamos, pregunta trasmitida por las edades como testamento de investigación. ¿Será verdad que todo cae y rueda como en satánico despeñadero? No: si nos acercamos al insondable abismo veremos que se alza de su fondo la protesta de la inmortalidad.

Empero, pasan los siglos envolviendo esa protesta en los átomos que en torrente se precipitan para oscurecerla y anonadarla.

Y entonces interrogaremos a la nueva aurora sobre si también se irá. ¡Ay! cuántos colores perdidos, cuántos matices olvidados, y cuántos libros sublimes quemados y que se buscan sin poder encontrarlos!

Es porque la muerte es un campo de batalla a donde la ciencia y el amor acuden sin cesar para sentir las palpitaciones de la agonía. Batalla indecisa y de todo tiempo. ¿Quién detendrá sobre ella el sol para fijar la última y definitiva victoria?

Únicamente el heroísmo. Luz y siempre luz; he aquí quién fijará la victoria final. Luz, pero el hombre olvida cuando abdica, cuando es débil y egoísta, careciendo entonces de energía para observar simultáneamente los dos momentos esenciales de la creación. Vemos las tinieblas y afirmamos que todo muere; vemos la luz y olvidamos el instante misterioso de la trasformación de los seres. Si queremos ver siempre, remontémonos a la fuente de toda visión y no temeremos las tinieblas que no son otra cosa que el silencioso pasaje de la vida para tornar o aparecer al siguiente día.

Y mientras el tiempo cubre con su mortaja de descomposición todas las cosas, quien cree y confiesa la visión del Eterno vive siempre presente e indivisible pudiendo dar el grito heroico que detenga el sol en su camino para iluminar y detener el tiempo. ¿Qué son los temores de la muerte?

Sentimiento del culpable, que no ama y que por esto mismo teme la perpetuidad del amor. El egoísta corre, sin saberlo, en busca de la nada, que es la negación de toda caridad.

Abandonemos, pues, nuestras quejas propias de la senectud de un mundo que se desploma.

Llevamos en nosotros mismos el principio de inmortal juventud y no podemos morir si fecundamos la fe, la esperanza y la caridad. Si huyen las primeras ilusiones y las flores primaverales, las flores e ilusiones viven en la tierra que les dio vida y en el corazón que los alimenta.

Lo indestructible y lo fuerte viven, al través del tiempo y del espacio, sin que nadie pueda sepultarlos en el abismo del no ser.

XIV

DETEN, SEÑOR, tu rayo de luz y de fuego porque yo, tu hijo, vago en la inmensidad del espacio cual astro incendiado alrededor de su órbita.

Espera un momento antes de enviarme a otros mundos: espera que haya preguntado a los hombres de mi época ¿por qué desde oriente a poniente no repiten tu nombre? ¿Por qué preparaste para todos inmenso festín, y veo que muy pocos acuden a ocupar su puesto?

Porque el estandarte de la guerra emancipadora aún no ha sido desplegado en todos los pueblos y por todos los hombres. Grande es el número de criaturas que viven en tinieblas y envueltas en las sombras del error y del crimen.

He visto a la Italia concentrarse en sí misma para arrojar lejos de sí el peso de su afrenta teocrática.

He visto a la Francia dar el grito de la heroica redención.

Pero he visto sucumbir a la Hungría y no he visto levantarse al pueblo mártir de la desventurada Polonia.

No he visto a ningún pueblo levantar la espada contra la tiranía. No he visto levantarse a nuestros hermanos de África, ni lo que encierra la solitaria palabra de Arauco.

XV

DIME LIBRE ARAUCANO ¿qué pasa por tu alma cuando, corriendo tus días, lanzas tu caballo por la desierta pampa o retirado en tu miserable cabaña, vives taciturno y silencioso?

«Soy altivo, tengo fuerzas y corazón, me dices. ¡La muerte! ¿qué es la muerte sino un momento de gloria para mí y mis hermanos, que envueltos en el polvo de las batallas, pelean en los valles y sobre las nevadas cordilleras, esperando tener como premio de sus hazañas el azul Arauco de los cielos, en donde Dios es Dios y el araucano un hermano, para ver desde allá arriba a los conquistadores y preguntar a Levithraru por el camino que conduce a España? Nada tememos porque el dolor es nuestro pan y jamás sentimos decaer el heroísmo aun cuando la metralla y el plomo taladren nuestro pecho».

Y eres, tú. Chile, patria mía, quien debe llevar la palabra de caridad, de ciencia y de redención a la tierra de Arauco.

XVI

I

CIUDADES LLENAS de humo y de imbécil gente, dejadme subir a las alturas y respirar el aire de los bravos.

Ciudades llenas de iniquidades y de disputas ¿por qué rechazáis al que humildemente os habla, para humillaros al orgulloso que os domina por la corrupción? ¡Ah! es que estáis envilecidos y sois raza de siervos encorvados bajo el ignominioso látigo de los hipócritas. Dejadme visitar y hablar al pueblo, que, silencioso y oprimido, escucha la voz de la razón.

Ciudades que os llenáis de oropeles mientras vuestro interior es fetidez y mentira, dejadme visitar los campos donde se ha refugiado la sinceridad, pues sois capaces de hacer desaparecer la frescura y verdor de las tierras. Veo elevarse de vuestro seno gran ruido y algazara cual si el océano saliera de su lecho.

Es el ruido de los carruajes y el gemido de los miserables que, estremecidos, voltejean el martillo de la industria.

Ciudades que os llamáis cristianas mientras compráis, a vil precio, la honra y la vida de la mujer y que os llamáis cristianos y devoráis el pan que arrancáis al hombre del pueblo.

Ciudades en donde impera la tiranía, dejadme respirar mi esperanza, pues sólo ella puede volverme a la virgen de mis amores, la divina Libertad.

Ciudades sin Dios y sin caridad, ¡ay de vosotros! El rasero de la ira celestial pasará sobre vosotros por vuestra dureza e ingratitud. Mansiones de ricos y cadenas del infeliz, acordaos de Sodoma y de la Roma Bizantina.

II

Y VENDRÁ LA CIUDAD nueva y la muerte de la impureza; ciudad de nueva arquitectura que mantendrá en sus puertas y paseos la bandera de perpetua hospitalidad. ¿Veis a las multitudes que acuden a vivir dentro de sus muros como estrellas que lucen en el azulado firmamento de la justicia? Esas multitudes son las generaciones heridas anteriormente y a las que consoló el fuerte entre los fuertes.

¡Salud! El Cristo avanza hacia los pueblos redimidos por la sublime libertad y la divina fraternidad.

XVII

Y EN UN DÍA y en un momento feliz afirmé lo que la razón afirma y repetí su afirmación.

Dios mío, yo te amo.

Y lleno de ese amor sacrosanto, vi también en él a mis hermanos y me repetí entonces: Amo a mis semejantes como a mí mismo.

Y mi alma, hambrienta de amor, soñó únicamente sobre la manera de vivificar y extender el reino de la caridad. Pero entretanto vi los odios que nos separan y creí que la pobre palabra mía podía aquietar la ira de los que batallan.

¿Quién ha puesto una espada entre el hombre y su hermano, entre una generación y la que le sucede?

¿No ves ese punto negro en la conciencia del primero que mintió? Ese es odio que nace.

¿No ves esa nube que ofusca la inteligencia y que apaga la llama del amor primero? Es el error que se hace gigante.

El consorcio del odio y el error engendraron esos males y enfermedades que nos molestan. ¿Por qué el que mintió dejó de amar, sobre todas las cosas, a la verdad; y el que cayó en error no vio a la libertad ni a Dios, principios correlativos? ¿Quién será el redentor? Únicamente el amor.

Por que el odio es separación y privilegio y el amor es unión e igualdad. El monarquista y el aristócrata llevan en sí el pecado del despotismo.

El republicano lleva consigo la soberanía del deber. Los primeros hacen gobiernos de soberbia, de lujuria y avaricia porque arrancan sus títulos de la mentira y el error. El segundo, es decir el republicano, forma los gobiernos de pureza y caridad.

Si falta Dios, llega el suicidio; si falta el amor, no tarda en aparecer la desesperación.

XVIII

¡CUAN BELLO es el océano, cuando al despedirse el sol le acaricia con sus postreros rayos de luz!

Y tú, hombre, cuan bello apareces cuando el Eterno te envía su palabra y tú le respondes con el acento de la sublime libertad.

Montañas que limitáis los horizontes apareciendo como las mudas estatuas de la inmovilidad, sois muy bellas pero no más que las armonías de la divina libertad.

Armonías del universo que formáis la grandiosa orquesta de la creación, sois muy bellas, pero es más bello el magnífico ritmo de la libertad.

Mundos que silenciosos voltejáis en el espacio; centellas que fulguráis desconocidos resplandores; tiempo que no os detenéis en vuestra insensata carrera, no espantáis ni podéis poner miedo en quien tiene por escudo y coraza a la omnipotente libertad.

XIX

HIMNO DE LA REVOLUCIÓN. Cuando sabiendo lo que es el hombre como nos lo describe la historia, escuchamos al pueblo francés entonar su himno patriótico la Marsellesa, creemos escuchar la trompeta que toca el himno de la resurrección de las naciones. Sus soberbias armonías parecen destrozar las cadenas de los oprimidos y jamás pueblo alguno unió a palabra más altiva los acordes de una música más guerrera, pareciendo que en esa feliz unión hubo como una revelación de sentimiento, como una inspiración venida de lo alto. Es el himno que postra a la tiranía y da la mano a la querida libertad.

¿Y en qué época viniste al mundo?, cuando la ensangrentada cuchilla de los verdugos de la Europa se preparaba a herir de muerte el corazón de la Francia revolucionaria.

Canto de los bravos; himno de los combatientes de la causa de los pueblos, tú guiaste a los héroes de la gran redención; tú fuiste eco de honor, grito de fraternidad, palabra de deber y música de sacrificio. Bendito sea el pueblo que te dio vida y ojalá que su porvenir realice tan hermosa profecía.

Y AL RECORDAR ESTO, me he dicho: ¿Habrá otra Marsellesa? Y al hacerme esta pregunta me acordaba de mi querido Arauco. ¡Ah! Chile es mudo y taciturno. Para que dé una voz semejante a aquélla, es indispensable despertar a su pueblo de tal manera que sepa dar su vida por esta luz: «Ama a Dios sobre todas las cosas y a tu semejante como a ti mismo».

Santiago, Marzo de 1850.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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