Balmaceda y la contrarrevolución de 1891

Capítulo IV

INTRODUCCIÓN: BALMACEDA Y SUS CONCEPCIONES

El 18 de septiembre de 1886, José Manuel Balmaceda asumió la Presidencia de la República. Llega a la Primera Magistratura en uno de esos momentos en que se requería un hombre de Estado que supiera aquilatar los diversos elementos actuantes en la estructura económica, social y política de la Nación, de la forma , cómo ellos sé proyectarían al futuro, y que poseyera -además- capacidad para realizar una acción de nuevo tipo, mediante la cual se obtuviera el máximo aprovechamiento de los recursos y potencialidades de que disponía el país, y que lograra impulsar rápidamente su progreso.

Por nacimiento, Balmaceda era un miembro de la aristocracia. Muy joven, fue atraído por la carrera eclesiástica, lo que le indujo a incorporarse al Seminario de Santiago. El intenso reformismo que conmovía la vida política chilena al comenzar la segunda mitad del siglo, repercutió vigorosamente sobre su personalidad de adolescente; esto, junto con la lectura de obras históricas, en particular relativas al siglo XVIII francés, y a la actividad a que se dedicaban su padre y notables personalidades que frecuentaban su hogar, fueron fuerzas que ayudaron para que en su espíritu se produjera una profunda mudanza;

"el austero ceño de Santo Tomás de Aquino comenzó poco a poco a borrarse de su alma, para contemplar sin horror la faz sarcástica de Voltaire, la cabeza pensadora de Rousseau, la ancha frente de Montesquieu y aquellas líneas audaces con que la naturaleza trazó la fisonomía de Maquiavelo" (1)

Dotado de esta especie de impulso interno que lo conduce a la acción pública, Balmaceda adhirió firmemente al liberalismo; vio en esta fuerza -entonces pujante y altamente renovadora- el único elemento capaz de producir los cambios de todo orden que entonces el país reclamaba.

Inició su vida política actuando con decisión en el Club de la Reforma, junto a ese grupo formado por Lastarria, Manuel Antonio y Guillermo Matta, Pedro León y Ángel Custodio Gallo, los hermanos Arteaga Alemparte, Eduardo de la Barra y tantos otros que empuñaron la bandera liberal, con el objeto de modificar el orden aristocrático que tenía su expresión jurídica en la Constitución de 1833. En este núcleo de avanzada acción política,

"...figuró como uno de los tribunos más elocuentes y de los conductores más atrevidos del liberalismo espiritual" (2)

allí, además, se hicieron notar los verdaderos contornos de su recia personalidad. Sus anhelos de auténtica renovación política ; y social fueron tomando forma cada vez más definida. Fue tan considerable su prestigio, que en 1870 fue elegido diputado por Carelmapu, sin que en esa oportunidad se hubiera hecho sentir favorablemente la influencia del Gobierno, el supremo elector de la época.

"Desde su iniciación en las labores del Congreso pusiéronse de manifiesto sus aptitudes, prometedoras de una brillante actuación parlamentaria." (3)

Supo ser discreto, a la vez que pudo informar su acción en un doctrinarismo sin renuncios y en un marcado realismo que le permitió conjugar con notable precisión sus ideales con las circunstancias. Estas características de su personalidad fueron el rasgo dominante de toda su carrera política y tuvieron su mejor expresión en el campo de la política económica. Balmaceda siempre puso la vista en el futuro de la nación conservando, empero, una exacta apreciación de la realidad actual. En una palabra, tuvo la calidad del estadista que sabe proyectar su obra por encima de lo que acontece en el día.

Las concepciones económicas de Balmaceda tienen un triple origen. De una parte, las experiencias recogidas en el manejo de la heredad paterna desarrollaron su espíritu de empresa y le enseñaron lo que significaba el trabajo productor y el uso de medios técnicos más ¡perfectos en la formación de nuevas riquezas; le enseñaron, también, que en la sociedad existen ciertas fuerzas económicas que, en lugar de favorecer el progreso colectivo, lo obstaculizan de modo considerable al hacer prevalecer sus pequeñas e inmediatas conveniencias. A este respecto, uno de sus biógrafos indica que las dificultades financieras que enfrentó para construir el Canal de las Mercedes puede ser considerado como el punto de partida de su actitud reticente hacia las actividades de los bancos (4). Por otro lado, el conocimiento de la situación económica de Chile, de sus potencialidades y limitaciones, como asimismo el contacto con las ideas de diversos economistas y las informaciones que poseía de la evolución económica de los Estados Unidos y de los progresos que realizaba la República Argentina, fueron hechos que determinaron la formación de principios de política económica sólidamente arraigados. Por último, tenía Balmaceda una amplia capacidad para captar e interpretar justamente los anhelos de la opinión pública y de ajustar su acción a aquellas demandas o ideas que en forma más completa consultaban el beneficio de la nación, aunque ello implicara alteración de sus personales puntos de vista. De esta manera, no es raro observar que en varios aspectos de su gestión gubernativa se hubiese limitado únicamente a dar formas a sentidas aspiraciones colectivas.

Desde la Guerra del Pacifico, estaban surgiendo fuerzas cuyos intereses no eran compatibles con los del libre-cambismo imperante desde mediados del siglo. Esta corriente de opinión se hacía sentir en la prensa, en los círculos políticos y en el Parlamento; para ellas

"... resultaba comprensible que cuando se habla de Inglaterra y de Alemania, se diga que todo sistema protector es funesto; pero cuando hablamos del sistema protector en un país como el nuestro, que tanta necesidad tiene de que se le estimule, la cosa varía por completo" (5).

En la década de 1880, semejantes puntos de vista habían tomado cuerpo, hasta el punto que

"... entre los particulares ilustrados que componen los hombres de Gobierno, diputados, senadores, consejeros de Estado, ministros y Presidente de la República, circula una misma idea, aceptada ya sin discusión, sobre la necesidad de proteger la industria nacional y de abrir por este medio las grandes fuentes de riqueza que posee el país con sus fértiles valles, caudalosos ríos y variados productos minerales. La protección a la industria, establecida en los límites prudentes y racionales en que debe mantenerse para no dañarse a sí misma, ha sucedido como idea de Gobierno a la teoría libre-cambista que dominara sin contrapeso en pasadas administraciones ..." (6)

Balmaceda se compenetró de estas ideas que, miradas desde cierto ángulo se asemejan al liberalismo proteccionista preconizado por Federico List en su obra Sistema Nacional de Economía Política. Reaccionó contra el postulado esencial que negaba la participación del Estado en el desarrollo de la vida económica nacional y sostuvo, en cambio, que el Estado podía y debía concurrir -directa o indirectamente- en todo lo concerniente a los diversos procesos de la economía del país.

"La pauta que los viejos economistas fijaban al gobernante con el "dejad hacer, dejad pasar" era algo que no se acordaba ni con su temperamento al que repugnaba la indolencia, ni con su elevado y amplio concepto de la misión gubernativa" (7)

Dentro de este conjunto de ideas, resultan ilustrativas las siguientes palabras que Balmaceda pronunciara el 22 de marzo de 1889 en La Serena:

"El Estado puede suministrar, en gran parte, los elementos en que las aptitudes individuales deben ejercer su acción directa y bienhechora, y por esto procuro que la riqueza fiscal se aplique a la construcción de liceos y escuelas y establecimientos de aplicación de todo género que mejoren la capacidad intelectual de Chile; y por eso no cesaré de emprender la construcción de vías férreas, de caminos, de puentes, de muelles y de puertos, que faciliten el trabajo, que alienten a los débiles y que aumenten la savia por donde circula la vitalidad económica del país."

Desde otro punto de vista, Balmaceda entendió perfectamente que Chile, no obstante los extraordinarios progresos realizados por su estructura económica desde la Independencia, 'no poseía una dotación conveniente que favoreciera su más rápida expansión. La agricultura perdía notoriamente el vigoroso ritmo expansivo que había adquirido a mediados del siglo y se empezaba a diseñar la crisis agraria que el país padece en el día de hoy. Amplias zonas del territorio permanecían inexplotadas debido a la escasez de población y a la insuficiencia de medios de transporte y vías de comunicación. La minería había experimentado un vuelco radical; la producción cuprífera, sobre la que había reposado durante casi medio siglo, se encontraba gravemente abatida como efecto de la baja de precios en el mercado mundial y de la incapacidad técnica y económica de nuestros productores para enfrentar la competencia norteamericana; en cambio, a partir de la Guerra del Pacífico, la producción salitrera -controlada en gran medida por los británicos- pasaba a constituir el nervio de la economía nacional; pudiera decirse que en nuestra historia económica se había cerrado dramáticamente el ciclo del cobre y se inauguraba -en su reemplazo- el ciclo del salitre. La industria manufacturera era incipiente y carecía de estímulos para crecer. El sistema financiero, por efecto de lo anterior, padecía serios trastornos agravados por la descontrolada actividad de los bancos, por la circulación forzosa de papel moneda y por la existencia de una desfavorable balanza de pagos. El comercio internacional se había ensanchado de un modo considerable, pero él reflejaba la estructura retrasada del país: nuestras exportaciones se componían exclusivamente de substancias minerales y materias primas, en tanto que las importaciones estaban integradas de toda clase de manufacturas y también de algunos artículos alimenticios. Las clases trabajadoras, especialmente los campesinos, no tenían perspectivas para el mejoramiento de sus condiciones de •vida; lindando en formas propias de la economía más primitiva, permanecían sumidas en un bajísimo nivel sanitario y cultural que las inhabilitaba para ser activas en el consumo y eficientes en la producción de riquezas. El Estado, si bien había incrementado abundantemente sus .ingresos desde la Guerra del Pacífico, no poseía la organización eficaz ni los instrumentos adecuados para coadyuvar a la solución de los graves problemas nacionales o para contribuir con mayor intensidad al mejoramiento económico del país. La legislación tributaria era anticuada y defectuosa y, en general, las leyes de índole económica, tales como el Código de Minas, el Arancel aduanero y otras, lejos de favorecer el desarrollo industrial, lo dificultaban seriamente. En suma, la economía nacional, junto con carecer de algunos elementos vitales para su más acelerado desenvolvimiento, presentaba inequívocas muestras de efectivo retraso; y todavía, como resultado de la Guerra del Pacífico, se acentuaba su tendencia al monocultivo y su dependencia con respecto al imperialismo inglés (8).

Frente a cada uno de estos complejos problemas y a sus vastas implicaciones, Balmaceda asumió una actitud bien definida y tuvo un decidido propósito de solucionarlas, como lo revelan los siguientes párrafos de su discurso-programa, pronunciado el 17 de enero de 1886, al ser proclamado candidato a la Presidencia de la República:

"El sistema tributario exige una revisión técnica y práctica que guarde armonía con el igual repartimiento de las cargas públicas prescritas en la Constitución.

"El cuadro económico de los últimos años prueba que dentro del justo equilibrio de los gastos y las rentas, se puede y se debe emprender obras nacionales reproductivas que alienten muy especialmente la hacienda pública y la industria nacional.

"Si a ejemplo de Washington y de la gran República del Norte, preferimos consumir la producción nacional, aunque no sea tan perfecta y acabada como la extranjera; si el agricultor, el minero y el fabricante construyen útiles o sus máquinas de posible construcción chilena en las maestranzas del país; si ensanchamos y hacemos más variada la producción de la materia prima, la elaboramos y transformamos en substancias y objetos útiles para la vida o la comodidad personal; si ennoblecemos el trabajo industrial aumentando los salarios en proporción a la mayor inteligencia de aplicación por la clase obrera; si el Estado, conservando el nivel de sus rentas y de sus gastos, dedica una porción de su riqueza a la protección de la industria nacional sosteniéndola y alimentándola en sus primeras pruebas; si hacemos concurrir al Estado con su capital y sus leyes económicas, y concurrimos todos, individual o colectivamente, a producir más y mejor y a consumir lo que producimos, una savia más fecunda circulará por el organismo industrial de la República y un mayor grado de riqueza y bienestar nos dará la posesión de este bien supremo de pueblo trabajador y honrado: vivir y vestirnos por nosotros mismos.

"A la idea de industria nacional está asociada la de inmigración industrial y la de construir, por el trabajo especial y mejor remunerado, el hogar de una clase numerosa de nuestro pueblo, que no es el hombre de la ciudad, ni el inquilino, clase trabajadora que vaga en el territorio, que presta su brazo a las grandes construcciones, pero que en épocas de posibles agitaciones sociales, puede remover intensamente la tranquilidad de los espíritus." (9)

En este discurso Balmaceda enfocó con rectitud y justicia las soluciones que correspondía dar a los problemas del momento en esa etapa de la evolución económica de la República y señaló, además, la orientación que debía tener la política económica nacional. Tan notable es esta pieza oratoria, que aun en el día de hoy, a más de setenta años de distancia, los juicios que contiene conservan íntegramente su validez.

Si hubiera que identificar el pensamiento económico de Balmaceda, cabría reconocer que él coincide con las líneas fundamentales sustentadas por F. List. En efecto, en él está implícita la concepción, según la que, lo primordial en toda política económica es la consideración de las peculiares necesidades y condiciones de la nación, aplicando los principios generales de la economía clásica sólo en los casos en que sean compatibles con ellas. Esta actitud de Balmaceda significaba un rompimiento con el cosmopolitismo libre-cambista predominante en las esferas políticas y el propósito de llevar a cabo una política económica fundamentalmente divorciada en él.

El estadista chileno, a semejanza del economista alemán, era un fervoroso partidario de la industrialización del país; pensaba que era preciso estimular el crecimiento de las fuerzas productoras del país mediante la difusión de la enseñanza en todos sus aspectos y el ennoblecimiento del trabajo humano a través de remunerativos salarios; creía -también- en la necesidad de ampliar la explotación de las fuentes naturales de riqueza y de activar la participación del Estado por medio de obras públicas, la construcción de caminos y ferrocarriles, la protección y estímulo a la industria nacional, y -en fin- la adopción de todas aquellas medidas que tendieran a hacer de Chile una "nación normal", esto es, una nación en que:

"... la agricultura, las manufacturas, el comercio y la navegación se hallan armónicamente desarrollados; las artes, las ciencias, las instituciones de enseñanza y la cultura general alcanzan un nivel parejo al de la producción material. La constitución, las leyes y las instituciones otorgan a sus ciudadanos un elevado grado de seguridad y libertad ... " (10)

Integraron el pensamiento económico de Balmaceda los siguientes elementos, con los cuales un historiador de las doctrinas económicas sintetiza las ideas de List:

"Nacionalismo, intervencionismo del Estado, relativismo de la política económica, consideración de las fuerzas productoras, revalorización de su interpretación sociológica, investigación de su desarrollo armónico, realización del tipo de nación normal, industrialismo, empleo razonable del proteccionismo educador ..." (11).

Pero hay más: Balmaceda -siguiendo en esto también a List- fue un portavoz del capitalismo industrial naciente, hizo suyos los planteamientos de aquellos sectores de la sociedad chilena que, junto con aspirar al incremento de la potencialidad económica nacional, estimaban que éste sólo podría lograrse impulsando el establecimiento y desarrollo de actividades manufactureras y de las fuerzas productivas en general.


Notas:

1. Julio Bañados E.: Balmaceda: su Gobierno y la Revolución de 1891. Tomo I, págs. 6-7.

2. Alberto Edwards V.: La Fronda Aristocrática. Historia Política de Chile, págs. 176-177.

3. José Miguel Yrarrázaval Larraín: El Presidente Balmaceda. Tomo I, pág. 111.

4. Ricardo Salas Edwards: Balmaceda y el Parlamentarismo en Chile. Un estudio de psicología política chilena. Tomo I, pág. 98.

5. Sesiones del Congreso. 1879. Vol. 1, pág. 167.

6. Sociedad Nacional de Fomento Fabril: Boletín Nº 3. Año 1. 10 de febrero de 1884. Editorial.

7. Ricardo Salas Edwards: op. cit.. Tomo I, pág. 98.

8. Fenómeno ya estudiado en el capitulo I, de la Primera Parte.

9. La Gran Convención Liberal, celebrada en Valparaíso, el 17 de enero de 1886. Discurso pronunciado por el candidato a la Presidencia de la República, José Manuel Balmaceda.

10. Federico List: Sistema Nacional de Economía Política, pág. 184

11. Rene Gonnard: Historia de las Doctrinas Económicas, pág. 541.


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