joan alsina
Joan Alsina: chile en el corazón

Exordio: «Tomad y comed todos de él,
porque este es mi cuerpo
entregado por vosotros»

Llevo sesenta días delante de la cárcel de Barcelona. No me moveré hasta que salgan los presos políticos o me encarcelen a mí.

Tengo el encargo de escribir unas palabras ante la biografía de Joan Alsina, escrita por el amigo Ignasi Pujadas. Hasta hoy me ha sido imposible. El alud de gente del pueblo que viene a manifestarme su adhesión y el alud de agresiones de los ultras de la derecha, han turbado la tranquilidad necesaria.

Ahora, de pie, escribo dos escuetas notas.

La primera es una nota religiosa.

Isaías recordaba el año de la liberación de los judíos (Is 61, 1-2). Estaba escrito en el libro de leyes del Levítico (Lev 25, 8-13). Los presos serían liberados, los esclavos redimidos, las tierras redistribuidas. ¡Una socialización periódica! No sólo formal, sino de fondo: política, jurídica, económica. Una amnistía radical.

Jeremías exigía la amnistía radical a los poderosos de Israel (Jer 34, 8-22): «Si no la cumplís, Jerusalén será arrasada y los poderosos deportados». Fue arrojado a un pozo lleno de fango (Jer 37, 11-16). Jerusalén fue arrasada y los poderosos deportados (Jer 39, 1-10).

Jesús exigió de nuevo la amnistía radical a los poderosos de Israel (Lc 4, 18-19). «Si no entendéis aquello que lleva a la paz, Jerusalén será arrasada y los poderosos deportados» (Lc 19, 41-44). Fue crucificado y arrojado a la fosa. Jerusalén fue arrasada y los poderosos deportados.

La segunda es una nota política.

Joan Alsina, como tantos otros, recuerda a Chile que no basta con una «democracia formal», que es necesario un cambio político, jurídico y económico. No es suficiente un gobierno del pueblo. Hace falta un parlamento del pueblo, una economía del pueblo, una independencia económica del coloso del norte. ¡Una amnistía radical! «Si no la cumplís. Chile será arrasado». Joan Alsina apareció muerto de bala, lanzado al río. Chile está hoy aplastado.

Ahora, en Cataluña, se alza también un grito ensordecedor de amnistía radical. Nos querían dar unas apariencias democráticas. Pero no podían. Si los obreros españoles o portugueses o griegos o chilenos pidiesen lo que piden los obreros norteamericanos, ¿cómo podrían los obreros norteamericanos disfrutar de la renta per cápita más alta del mundo? No se puede dar la amnistía total a los pueblos del estado español, mientras sean esclavos del poderoso norteamericano. Roma --grandes de Israel-- pueblo judío oprimido. Estados Unidos --clases dominantes pueblo oprimido. La gran traición al pueblo tiene su sede en los organismos del poder y de las finanzas. Han pasado tres meses desde el cambio de jefe de estado. Hace cuarenta años que el pueblo espera la tierra prometida de la libertad. Si no se concede la amnistía radical, si los poderosos continúan sirviendo a los egipcios del otro lado del Atlántico, si los grandes banqueros no reparten sus beneficios, volverá la muerte a reinar sobre la atormentada península ibérica. ¿Será una vez más ahogado en sangre el grito de libertad?

Sólo diría al pueblo desarmado que no se conforme con la democracia falsa que nos quieren dar. No podemos ceder mientras no cambien las estructuras injustas más fundamentales. No se trata de una amnistía recortada, sino de una amnistía radical. De una nueva arquitectura social que permita el ejercicio de la fraternidad. No hay que parar hasta aprenderse la lección básica: el hombre sólo es plenamente feliz, la sociedad sólo vivirá plenamente en paz, si olvidamos el afán de lucro y nos decidimos, de obra y de verdad, en el corazón y en las estructuras, a ofrecernos los unos a los otros como Jesús y como Joan Alsina.

«Tomad y comed todos de él,
porque este es mi cuerpo
entregado por vosotros».

Lluís Mª Xirinacs
20 de febrero de 1976 - Barcelona


Prólogo: «A igreja que nasce do povo»

Este libro de Ignasi Pujadas sobre Joan Alsina, ganador del premio Aedos de biografía, bien merecería ganar otro de «hagiografía».

Porque, en verdad, se trata de la hagiografía de un mártir de hoy, rigurosamente histórico, conocido por muchos, próximo a nosotros y a nuestro mundo convulso y esperanzador; grabado en cinta magnetofónica y en el recuerdo emocionado de sus padres y hermanos, de sus compañeros de seminario y de sacerdocio y de los amigos obreros y perdularios; con el rostro sano, inconfundible, con su anorac y su barba proscrita, con el breviario, «que nunca estorba» y con sus tacos familiares en catalán y en chileno, con una fe sin trampa, estrictamente martirial, pues la llevó «hasta las últimas consecuencias».

En una palabra, la hagiografía de uno de estos santos actuales, cuya canonización el periodista Alvarez Solís y tantos otros recibiríamos como se recibe la eucaristía que alimenta y compromete. La canonización de un santo mártir, surgido de nuestras aguas tumultuosas y todavía coleante.

Estoy de acuerdo con Ignasi Pujadas en definir el testamento de Joan Alsina como «una de la piezas maestras de la literatura cristiana» del testimonio. Gracias a este Ultimo escrito, que me llegó a estas latitudes del Mato Grosso en las páginas de los Documentos de iglesia de Montserrat, supe de la existencia de Joan Alsina. Y os puedo asegurar que este escrito me impresionó.

Leyendo ahora toda la vida del autor de este testamento, comprendo mejor sus últimas palabras y las valoro con mucha más garantía crítica.

Joan no improvisó su muerte. «No se puede improvisar», decía. Y menos una muerte así. El «equilibrio» burgués de nadar y guardar la ropa sólo sirve en tiempos de «paz», esta clase de «paz» que el mundo da o vende y que se compra vendiéndose. El Señor «que es nuestra paz» --«la paz que el mundo no puede dar»-- no vino a dar o a vender la «paz», sino a proclamar la guerra...

La muerte de Joan fue el fruto de toda una vida. Lo que decía «de ir dando un poco cada día nuestra vida unos por otros» no fue para él únicamente una consigna escrita, sino una arriesgada praxis consecuente.

Joan Alsina es verdad, verdad cristiana ciertamente. Porque fue encarnación y muerte solidaria con los hermanos, como el Señor Jesús. Porque supo «educar la caridad haciendo crecer la simiente del bautismo según la medida del plan de Dios: hasta dar la vida». Porque confió contra toda esperanza en aquél que ya ha vencido y consiguió hacer su propia «síntesis en Cristo crucificado y glorioso».

De entrada Joan supo compaginar en su tejido biológico y espiritual la ponderación catalana y la simplicidad realista y trabajada de un hijo de colonos --campesinos y asalariados--, con la visión y el coraje de un empordanés de frontera y de mar. Y fue por naturaleza y por elección --digamos, mejor, por vocación--, un «hombre de frontera», un pionero, un abridor o desbrozador de caminos, como subraya oportunamente Ignasi Pujadas.

Joan Alsina no se desdijo nunca de sus raíces campesinas, del realismo que tal hecho comporta. Pero tampoco rechazó nunca emprender los senderos del riesgo, cuando los caminos trillados se borraban bajo sus pies.

El trabajo e, incluso, la teología del trabajo aparecen en el ideario y en la vivencia ininterrumpida de Joan como el soporte de toda vida humana y, por ello mismo, de la vida del sacerdote. Y, también por eso --junto con el otro motivo formalmente cristiano de la «encamación»--, Joan trabajó siempre, incluidas sus vacaciones campesinas de seminarista, y, llegada la hora, como respuesta a la realidad que le interpelaba, se hizo obrero y asalariado. Pero no tanto como un «sacerdote obrero» en romántica perspectiva de prueba o de yuxtaposición --como él insiste en declarar--, sino como obrero que no deja nunca de ser sacerdote, igual que cualquier obrero cristiano que, por el hecho de ser obrero, no deja nunca de ser cristiano. Y trabajó bien, técnica y profesionalmente, con conciencia sindical y de clase. Porque para él «hacer una cosa, hacerla bien y hacerla a fondo» equivalía a algo más que un lema que se predica.

Fue un obrerista, un líder y un consejero. Eso sí, desde dentro. Y el único sacerdote obrero que en aquella hora chilena consiguió conjugar el trabajo obrero con la tarea pastoral.

Educado en el aire provinciano del seminario de Girona de aquella época, Alsina se abrió, humana y eclesialmente, en el seminario teológico hispanoamericano de Madrid. Y me parece un acierto biográfico, con eficacia de lección, que Ignasi Pujadas nos haya ofrecido el itinerario íntimo de Joan en estos dos seminarios. Yo recomendaría a los seminaristas de hoy, tan diferentes en medios y facilidades, que leyeran estas páginas del Diario, estos apuntes de ejercicios o de conferencias, estas cartas. También lo recomendaría a los sacerdotes. No por lo que puedan tener de original, sino por lo que demuestran de toma de conciencia y de fidelidad progresivas.

Haciendo referencia a un tema sacerdotal aún vivo, el del celibato, pienso que los conceptos y las actitudes de Joan Alsina pueden ser un testimonio claramente actual, incluso un reproche, tanto para los que se lo saltan a la torera (si es que los hay) como para los que lo codifican, y para todos un estímulo fraternal. Joan era muy hombre. Plenamente vital. Me imagino que se sentía expresado en el Cant espiritual de Maragall. Sentía «el cuerpo, el corazón, las cosas», como bellamente escribe en el diario de su adolescencia. Pero una y otra vez optó por el celibato, reafirmando libremente su opción en el ámbito de su lucimiento y en el espacio de esta amplia América. Con todo, comprendía también la opción contraria de sus compañeros y la razonaba tranquilo y sereno, tal como explicaba su propia elección de sacerdote, a pesar de todo, feliz y realizado. Porque Joan sabía que siempre «queda un agujero hasta la muerte» y, siempre expresivo, escribirá más tarde «creo que hay que tener pantalones tanto para quedarse como para casarse». Lo importante, dice, es «estar enamorado» de veras y hacerse «libre» para ser pobre y poder servir. Desde la fe en Jesucristo.

Está claro que la problemática sacerdotal no gira única ni principalmente en torno al celibato. Si la he citado es porque, como he dicho, se trata de un tema aún vivo, sobre todo para los sacerdotes de «frontera». Y también por el realismo y la fidelidad con que supo encararla este mozo empordanés, sacerdote activo hasta el final.

La verdadera dimensión del sacerdocio --en realidad la verdadera dimensión histórica de la iglesia-- la vivió Alsina, desde el realismo propio de su temperamento, como una diaconía permanente, como un servicio total en la vida de cada día, como una encarnación sin disfraces.

Por eso se hizo obrero, por eso se hizo pueblo. Pueblo oprimido y en lucha hacia su liberación. Y murió por el pueblo y con el pueblo. «Joan murió por su compromiso con el pueblo», concluye Ignasi Pujadas documentadamente. Su padre, el colono de Mas de Sant Joan, lo entendió muy bien: «por los pobres», y también lo entendieron muy bien sus compañeros de trabajo y de lucha.

«Hay que comprometerse», había escrito. Y se comprometió hasta morir. Ni vivo ni muerto eludió las exigencias de la encarnación comprometida, refugiándose en un ministerio aséptico o al abrigo de una embajada o de una curia.

«Pueblo, pueblo, pueblo», repetía con una obsesión lúcida y agónica. Y como «el Verbo se iba haciendo carne» --¡y que fuerza de proceso vital tiene este Verbo, este Verbo, en imperfecto durativo!--, Joan Alsina se iba haciendo pueblo. (Ignasi Pujadas ha comentado con gran ardor teológico este párrafo del Ultimo escrito de Joan).

Y se hizo pueblo hasta marginarse con el pueblo. Y sufrió, de forma redentora, la suerte de tantos hombres y mujeres de esta América latina agónica y en liberación. Y como uno de tantos fue perseguido; traicionado por un hermano, sacerdote en este caso; condenado por un militar católico; interrogado sin dejar rastro comprometedor en los archivos del orden establecido; torturado cobardemente y cosido a balazos por la espalda. «Una de tantas víctimas de la matanza colectiva». Desecho humano flotando en las aguas del Mapocho; transportado en un camión lleno de cuerpos anónimos y abandonados en la Morgue, transformado en apenas un número, el hombre Joan, el número 36...

Leyendo estas páginas sobre la muerte de Joan --tan repetidas hoy en América latina, en este Brasil mismo desde donde escribo--, ¡qué viva y próxima se hace la muerte del peligroso y subversivo Jesús!

Joan «se iba haciendo carne», carne y realidad del pueblo. Compartiendo con los emigrantes murcianos --«era uno de los nuestros»-- o con los desharrapados de Malgrat de Mar; con los pobladores de las barriadas de San Antonio o con los compañeros del hospital de Santiago; con los militantes del sindicato o del MOAC o en las manifestaciones populares. Pasando del compañerismo del bar y las visitas familiares a la participación en la problemática obrera discutida y organizada, y a la profesión, y al sindicato, y a la ideología, y al riesgo; asumiendo el compromiso socio-político que exigía la hora y el lugar; encarnándose en el marco histórico concreto del proceso revolucionario chileno.

«Tener vocación --había escrito-- es dar testimonio de Cristo en medio del mundo actual». «Jesús no es neutral», añadía.

Es cierto que al escribir estos apuntes no sospechaba el alcance que «el crecimiento de la historia» y «la radicalidad del evangelio» abrirían a su futuro. Pero cuando llegó la hora --su Kairós humano, político, cristiano, sacerdotal--, la hora de vivir lo que creía y había escrito, fue consecuente hasta la autenticidad de la sangre.

Y si no se afilió a ningún partido fue simplemente porque no lo juzgó oportuno. El mismo, u otro sacerdote, en otras circunstancias, podía haberlo juzgado oportuno, e incluso necesario. Y cuando los tiempos sean más humanos, y tanto la política como la libertad y la justicia sean reconocidas como ciudadanas del mundo y, por tanto, de la iglesia intramundana, otro cualquiera, sacerdote o no, podrá, y tal vez deberá integrarse en un partido. (Algún día, creo yo, la historia de los hombres será más humana y en la tierra «estas primeras cosas», bárbaras, ya habrán pasado... al menos en parte).

En cualquier caso, Joan, gracias a su firme voluntad de encarnación evangélica y fidelidad sacerdotal, así como optó eclesialmente por el celibato, optó políticamente por el socialismo. Como el cardenal de Santiago --por citar una jerarquía de su país--, Joan veía a simple vista (no sé por qué me hago la ilusión de que todas las miradas sencillas ven las cosas así) que «en el socialismo hay más valores evangélicos que en el capitalismo». Joan lo veía, lo decía y lo vivía. Y entró en cuerpo y alma, en la vida y en la muerte, en el proceso chileno de construcción del socialismo. Se sintió feliz con la victoria electoral de Allende: «Estamos contentos porque hemos ganado» --escribió--; huyendo tanto de los fallos como del riesgo, dio ejemplo de colaboración «activa y crítica», como debe ser siempre la de la iglesia; aportó doble trabajo a fin de suplir, junto con otros compañeros, el vacío provocado por las huelgas burguesas; suprimió los gastos que consideraba superfluos en aquellas circunstancias, incluidos los de un viaje para visitar a sus padres y hermanos; se esforzó por encima de todo en conseguir la unidad del pueblo. Me parece particularmente aleccionador este esfuerzo de Alsina por ayudar a hacer la unidad del pueblo en aquella encrucijada chilena de transformaciones radicales y enemigos comunes. Creo que ésta podría ser una de las principales tareas políticas del cristiano y del sacerdote.

Una vez más, hay que destacar aquí, como autojustificación incuestionable del mártir, aquellas palabras del testamento: «El equilibrio sólo sirve para tiempo de paz». En tiempo de «guerra», como lo es el tiempo en que vivimos actualmente, como lo fue de forma muy significativa el tiempo en que vivió Joan, como son tiempos de guerra --según dice Job, el experimentado-- todos los días del hombre sobre la tierra, no se puede hacer el juego a «equilibrios» no comprometidos. Pero la superación de esta neutralidad ambivalente --una nueva forma de «servir a dos señores»-- no se improvisa.

Al menos Joan seguro que no la improvisó el día 19 de septiembre de 1973. «No quiero que la gente me vea ligado a los ricos, escribía a su familia dos días antes. Soy pobre porque Cristo era pobre, y creo que ya basta de ver a la iglesia ligada a los ricos». «Hay que comprometerse», escribió y dijo muchas veces. Y siempre fiel a sus principios, al evangelio y al pueblo, Joan Alsina fue uno de aquellos cristianos que pedía el Che, uno de aquellos cristianos que «se atreven a dar un testimonio revolucionario integral».

Joan Alsina i Hurtos fue uno de aquellos hombres que aman la verdad porque «saben dar la vida por sus enemigos»...

Este compromiso con los pobres, con el pueblo; este compromiso cristianamente político, sacerdotalmente político, pero político también, no le desvió de su vocación o de su fe, muy al contrario, le urgió a una vivencia cada vez más profunda de ambas. «Cuanto más se compromete uno en la vida, mayor necesidad siente de orar y pensar». No fue un francotirador, a pesar de la incomprensión de ciertas jerarquías de la iglesia, ni se desentendió de la pastoral de conjunto sabiamente comprendida. La aproximación consecuente y total al pueblo oprimido y en lucha fue el toque providencial que hizo brotar del alma de Joan todas sus potencialidades de hombre, de cristiano, de sacerdote y de mártir. Gracias a esta asimilación con el pueblo crucificado, le fue dado a Joan vivir «la radicalidad del evangelio», haciéndose «carne y realidad» como el Verbo, y siendo «probado al fuego» de la historia y de la pascua.

Y se convirtió en signo de aquella «nueva iglesia» con un rostro más auténtico que él soñaba, «la iglesia del concilio que avanza bajo la luz del Espíritu», la iglesia de la Gaudium et spes de la que ya supo dar testimonio en sus primeras escaramuzas sacerdotales en Malgrat de Mar, nuestra iglesia, tantas veces frenada, del concilio latinoamericano de Medellín, a igreja que nasce do povo, como decimos aquí en Brasil, la iglesia de Jesús --pero, ¿es que hay otra. Dios mío?-- «que esclarezca el evangelio para los pobres» porque se hace verdaderamente evangelizadora de la fe. «Yo escuché de algunas personas que si todos los curas y obispos fueran así, habría mucha más fe en el mundo».

Modest Prats citaba en la misa de funeral de Castelló d'Empúries las palabras de un dominico francés que Joan había comentado con él varias veces: «La única medida de un sacerdote es el pueblo». La iglesia particular, la iglesia local, o es iglesia del pueblo, de su alma y destino, de su cultura, su economía y su política, y también, naturalmente, de su vida eterna..., en una geografía y momento histórico determinados, o no pasa de ser una fórmula más de pastoralismo.

«Tú diciendo misas y la gente muñéndose de sed», reprochaba Joan a un compañero sacerdote del interior, con realismo de iglesia local verdaderamente encarnada. Al fin y al cabo, el mismo Joan, en una de aquellas lecciones de educación sacerdotal que el pueblo le fue dando, también había recibido, tiempo atrás, los reproches de un militante político, emigrante andaluz, encarcelado varias veces, con palabras semejantes: «Haced una escuela que lleve la iglesia dentro». Haced un mundo nuevo que lleve la iglesia dentro, podríamos traducir nosotros --dilatando la crítica subversiva del andaluz y de todo el pueblo--, no nos hagáis una iglesia fuera del mundo de los hombres, no tratéis de construir la historia de la salvación paralela a la historia de la humanidad, pues fue en el mundo y en la historia de los hombres donde se hizo hombre --«carne y realidad»-- el Hijo de Dios.

Quiero subrayar otra característica muy especial revolucionaria del testimonio eclesial que nos ofreció Joan Alsina: la energía de fe de su esperanza. Una esperanza que le dio coraje, claridad y buen humor para ganarse a sí mismo día tras día, en la vida y en la muerte, y para vencer en la «lucha contra el miedo», «el miedo a la libertad»... Una esperanza que lo «desequilibró» definitivamente --contra toda esperanza humanamente frustrada-- al lado del pueblo, de los oprimidos y de los vencidos. «Tened confianza: Cristo ha vencido al mundo», dejaba escrito en la dedicatoria del evangelio que regaló como último recuerdo a su familia, durante el último viaje al Empordá nativo. «Esperanzas» se titulaba el último epígrafe de su testamento martirial. Pues su fe esperanzada le decía que sólo «el grano que muere es el que da fruto», porque también en las tinieblas de la muerte personal y colectiva descubría «cada día la vida», y la Vida en mayúscula, porque podía cerrar, de forma tan familiar, su presencia mortal y su palabra escrita con un «adiós», el más estimulante adiós que he oído en muchos años. «El nos acompaña siempre, dondequiera que estemos»... Eco pascual de la palabra de despedida del mismo Jesús: «Yo estaré con vosotros día tras día hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). «El hombre de fe --concluye Ignasi-- ha dicho su última palabra. Y su afirmación permanece entre nosotros».

Y yo también, como Fidel Castro, siento el mayor respeto por aquellos que saben morir conscientemente por su fe, por la causa del hombre, por el amor de los hermanos, como Joan. Estas muertes son las que súbitamente dan claridad de vida a toda una existencia. Porque --¡una vez más!-- morir así, en Chile o donde sea, «no se improvisa»...

San Joan Alsina, de Castelló d'Empúries y de Chile en el corazón. «San Juanito, cura choro», compañero de los pobladores de San Antonio y de todos los perseguidos y asesinados de Chile en espera. ¡San Joan Alsina, mártir de nuestra América latina, de pie y en liberación!

Ruega por nosotros, prega per nosaltres (te lo digo en catalán y en chileno. No en la lengua de ningún imperio, porque tu espíritu misionero, tu talante de sacerdote de la iglesia universal, se reirían de cualquier oración colonialista).

Querido Joan:

Ayúdanos a comprometemos como tú. Ayúdanos a vivir la radicalidad del evangelio, haciéndonos en Cataluña, en Chile, en Brasil, en América, en España... «carne y realidad» como el Verbo. ¡A pesar del escándalo de los que no pueden tolerar la verdadera encarnación ni entender la paradoja de las bienaventuranzas!

Ayúdanos a comprender que «desde un cambio de espíritu ante la vida», hemos de asumir la «revolución» total, en la que estamos participando... pasivamente, reaccionariamente o distraídamente.

Ayúdanos a descubrir el rostro de Dios en el rostro del hombre, «a través de lo humanamente absurdo de nuestra vida», empujados y apuntalados en aquella fe esperanzada que, lógico y utópico --fiel--, te llevó hasta la muerte.

Ayúdanos a los sacerdotes --y obispos-- de América (y del mundo, si lo prefieres) a ser sacerdotes sin dejar de comprometernos políticamente hasta --¿quién sabe? ¿quién no sabe?-- la efusión de la propia sangre.

Ayúdanos, a tus catalanes de Girona y a mis catalanes de Barcelona, y a los de Lleida y a los de Tarragona, y a los de todos los países catalanes, a «desequilibrar» un poco la excesiva sensatez de nuestra tradición con la locura de la cruz y la utopía del mundo nuevo. Sácanos de nuestro pequeño rincón solariego, a base de agermanament, de colaboración misionera, y de acción política con todos los pueblos de España y de Europa, y de América, y del mundo... y que al tiempo seamos cada vez más pueblo catalán y más iglesia de Cataluña.

Ayuda a abrir los ojos a todos los que adoran al «becerro de oro» de nuestra contrahecha sociedad de consumo de manera que empiecen a ver que los amigos, y la paz, y la libertad, y la justicia, y el evangelio, «no se fabrican ni se venden», como recordabas tú citando al poeta Saint-Exupéry. Oblíganos a danzar en aquel juego de palabras y de vida, del «ser» y del «tener» que tú manejabas con tanto ingenio cuando tu pulso estaba ya próximo a la muerte.

Contribuye según tus posibilidades, desde el lugar donde ya reinas con el Señor resucitado, para que la iglesia que se hace llamar de los pobres o del tercer mundo denuncie la miseria que oprime y anuncie la pobreza que libera. Al tercer mundo, y al segundo, y al primero.

Tú nos alientas a la solidaridad humana y a la consciencia eclesial: «¿Entendéis ahora lo que significa el cuerpo de Cristo? Si nosotros nos hundimos, es algo de vuestra esperanza lo que se hunde. Si de las cenizas alcanzamos de nuevo la vida, es algo que nace de nuevo en vosotros». Ayúdanos a hacer y a ser humanidad iglesia, solidariamente.

Con una consciencia más explícitamente cristiana que la de tu presidente Salvador Allende, tú moriste como él heroicamente, consecuentemente, seguro «de que mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las nuevas alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor». ¡Anda, Joan, enciéndenos la llama del valor y de la esperanza, que tan a menudo se nos apaga, cobardes de nosotros!

Dejaste tu testamento espiritual --tu «despedida», dice Ignasi-- al lado de la Liturgia de las horas, como sacerdote en comunión con la iglesia, de un cuaderno de Questions de vida cristiana, como hijo legítimo de Cataluña que despierta siempre desde las cumbres de Montserrat, y de un libro del maestro Paulo Freiré, padre del pueblo de esta América que lucha por levantarse consciente y libre...

Yo te agradezco, Joan, esta provindencial casualidad.

Y, para terminar, recuérdanos de vez en cuando que todo cuanto explica de ti esta biografía, hagiografía, martirologio, ganadora del premio Aedos, y merecedora de la emulación de muchos --al menos de los que se llaman cristianos y revolucionarios--, recuérdanos, digo, que todo lo que tú viviste y moriste... «no se improvisa».

¡Ah, sí! Y recuerda también a la santa madre iglesia que no es honesto, aquí abajo, querer hacer «equilibrios».

Amén. Aleluya.

PERE CASALDÁLIGA
Obispo de Sao Félix (Mato Grosso)
A 29 de febrero de 1976


Génesis y agradecimientos

A mediados de octubre de 1974, un amigo íntimo de Joan Alsina escribía a su familia para comunicarles un propósito:

Llevo muchos días pensando en un proyecto. Quisiera pediros vuestro parecer. Yo no sólo lo veo factible, sino que casi lo considero un deber de conciencia. Se trataría de hacer, digamos, una «memoria» sobre Joan, sobre vuestro y nuestro Joan, a.c.s.

Creo que lo que se ha publicado hasta ahora hace mucho bien. El artículo de Presencia ha impresionado a mucha gente. Son muchos los que tienen ansias de saber más cosas de Joan. Vosotros tenéis materia abundante, fotografías, cintas registradas, escritos de él y sobre él. Además --dadas la amistad y el contacto-- yo podría contar otros aspectos de su breve y fecunda existencia. No se trataría de escribir, digamos, una «vida de santo». Nada de eso. Antes sería una ampliación de lo que se ha hecho hasta ahora. Una reproducción de cartas y documentos más extensa. Una documentación gráfica más completa.

La conciencia me dice que sería un libro --o librito-- que haría mucho bien. Con él, la voz de Joan no sería hojarasca que el viento se lleva. Cuando el lector escucha una voz que está sellada con sangre, cuando el lector se da cuenta de que quien le habla está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias, la cosa cambia. Las palabras de Joan siempre tendrán categoría, porque van firmadas con tinta «roja». Y hoy, más que nunca, nos hacen falta testimonios de esta clase.

A mi entender, el libro habría de estar escrito en castellano. Por dos razones. No podemos dejar de hacer un bien más extenso a España. Y también habríamos de hacerlo de cara a Chile. Creo que en Chile sería un documento impresionante. Dondequiera que Joan vivió, lo querrían guardar como un tesoro. Pienso, también, que se podrían recoger cartas y escritos que debe haber en Chile o, al menos, testimonios de quienes le conocieron. Esto daría al libro un valor único. Por otra parte, a nivel de iglesia, una memoria bien hecha de Joan ayudaría mucho a hacer penetrar la nueva mentalidad de cambio y la nueva manera de ejercer el ministerio sacerdotal. Los cambios, si vienen, vendrán, antes o después. Pero creo que se pueden provocar quemando etapas.

Dice un refrán que las palabras vuelan..., pero que los hechos estimulan. Muchos cristianos no han descubierto aún su misión profética. Ni siquiera se han planteado vivir su fe de una forma nueva. Para todos hablaría Joan, ¿Qué os parece? De momento os anticipo que, a pesar de que ha transcurrido más de un año desde los hechos... yo cada día pienso en ello, no una, sino muchas veces. Para mí ha sido el hecho más impresionante de toda mi vida. Es más: me ha ayudado. Joan me hace bien cada día, a cada hora, a cada momento. Su generosidad contrasta con mi debilidad. A él debo el cambio de mentalidad que poco a poco se produce en mi vida. A él debo una visión renovada de las cosas. Ya hablaremos con calma.

Así nació esta biografía. Al compañero que escribió esta carta, y que nos ha pedido permanecer en el anonimato, le debemos la paternidad de esta obra. No sólo porque de él brotó la iniciativa, sino porque, además, estuvo seis meses recogiendo material, ordenándolo, para redactar, finalmente, un primer esbozo. A últimos del mes de abril de 1975 llegó una mañana a Agermanament* de Barcelona con seis gruesas carpetas, con mucho material agrupado y estructurado. Confesaba que «él no podía hacer más», que se había esforzado mucho, pero que creía que otro había de continuar la tarea. El equipo de la casa nos reunimos para ver si nosotros podíamos asumir la responsabilidad. Primero quisimos leer la correspondencia de Joan para comprobar si realmente merecía el esfuerzo. Y descubrimos que, tal como hacía adivinar la lectura de su Ultimo escrito, tras él se escondía una fuerte personalidad y que ayudarla a descubrir era una de las finalidades de Agermanament. Fue entonces cuando los compañeros de equipo me encomendaron proseguir la tarea. Seis meses más ha exigido la elaboración del trabajo que tenéis en las manos. El descubrimiento progresivo de la evolución de Joan ha sido una empresa apasionante. Y ahora, con alegría, os entregamos los resultados. Como decía el amigo de la carta, también nosotros creemos que el conocimiento de Joan Alsina hará mucho bien. Era un hombre fuerte, robusto, comunicativo y profundo. Por eso causa tanta indignación su asesinato. Y, también, la alegría inmensa cuando el estudio de su vida fue galardonado en la fiesta literaria de la noche de santa Lucía con el premio Aedos de biografía catalana. Era la forma que tenía Cataluña de reconocer a Joan Alsina, de rehabilitarlo, de hacerlo presente entre nosotros, más allá de los límites absurdos y crueles que quisieron imponerle sus verdugos. El conocimiento de su vida será el más grande requisitorio contra la brutalidad y la injusticia del golpe de estado chileno y la alevosía de su cabeza visible, Pinochet.

Hemos redactado este libro en catalán, porque no podía ser de otra forma. En un momento en que todos los países catalanes luchan esforzadamente para hacer reconocer su propia identidad en el conjunto de los pueblos, sería inconsecuente velar la clara catalanidad de Joan Alsina, no transmitiendo la lengua original de sus escritos. Hacía tiempo que la iglesia catalana no daba una muestra tan pujante de su riqueza interior. Con el testimonio público de Joan Alsina se inaugura una nueva generación de cristianos que han hecho del compromiso colectivo el objeto principal de sus vidas. De ahí, el subtítulo de la obra y las dos partes en que está dividida.

Sólo falta agradecer la colaboración de los que la han hecho posible. En primer lugar la familia de Joan, porque ha guardado cuidadosamente todos sus escritos y por que ha contribuido tan cordialmente a su confección. En segundo lugar, el compañero anónimo de Joan, sin el cual quizá nunca se habría llevado a término la iniciativa, y que hizo la primera labor imprescindible de desbrozamiento. Y a continuación tantos y tantos que, de diversas formas, han hecho más fácil ligera y comprensible su redacción: Isabel Roig, Nuria Gispert, Enrié Vidal, Francesc Sarda, Montserrat Albo, Jaume Rodri, Mª Eulalia Pujadas, Consol Serra, Jordi Morrón, Toni Mateu, Ramón Comas, Josep Mª. Ainaud, Jordi Ventura, Lluís López, Raimon Rovira, Miquel Colomer, Just Mª. Llorens...

Agradecimiento, también, a los monjes de Montserrat, que tan bien me acogieron mientras redactaba este escrito. Y a la comunidad y sacerdotes de la parroquia de Sant Andreu, que hicieron posible mi ausencia del trabajo cotidiano, para dedicarme a este de una forma casi exclusiva.

Y no es necesario decir que a los compañeros chilenos, que, al ser consultados sobre Joan, proporcionaron espontánea y emocionadamente tan bellos testimonios. Son ellos y su pueblo los principales destinatarios de esta obra.

Como decía Joan en su Ultimo escrito: «Es terrible una montaña quemada. Pero hay que esperar que de la ceniza húmeda, negra, pegajosa, vuelva a brotar la vida...».

IGNASI PUJADAS
Agermanament-Barcelona
Diciembre, 1975

* Institución barcelonesa dedicada a la problemática del tercer mundo, en la linea que su nombre indica. Agermanament, precisamente, significa «hermanamiento» o confraternización entre los pueblos.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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