joan alsina
Joan Alsina: chile en el corazón
ENCUENTRO CON EL PUEBLO

capítulo 7

El día 7 de diciembre de 1965 se promulgaba en Roma la constitución pastoral sobre la iglesia en el mundo de hoy, tal vez la que más resonancia tuvo entre las elaboradas por el concilio Vaticano II. Sus primeras palabras, escritas a modo de pórtico, resumen admirablemente, en un tono casi profetice, no sólo el contenido de toda la constitución, sino también y sobre todo, lo que va a ser el nuevo estilo de la praxis eclesial en relación con la sociedad moderna. Hechos posteriores, tanto en España como en América latina, demuestran ampliamente el profundo alcance del enunciado, y no creemos exagerar al afirmar que en él se encuentran ya las primeras semillas colectivamente admitidas de lo que más tarde se llamará la teología de la liberación.

Las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres y todos los que sufren, son también las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en sus corazones... Por eso la iglesia se siente en verdad íntimamente solidaria del género humano y de su historia.

Dos meses antes de la clausura del concilio, una vez ordenado sacerdote, Joan es destinado a un pequeño pueblo de la costa, Malgrat de Mar, donde pasará dos años de aprendizaje e inicio de su tarea pastoral. Tal como nos dirá un vecino de Malgrat al que pedimos que nos hablara de sus impresiones sobre Joan:

Nos encontrábamos a mediados de la década de los 60. Eran tiempos de cambio: cabellos largos, ritmos movidos, canciones de nueva ola... Eran también para la iglesia los primeros años postconciliares, los años de las reformas, de nuevas mentalidades, del tira y afloja en la nuevas maneras de entender el cristianismo entroncado en la vida de cada día. Se hablaba también de los primeros curas obreros en nuestro país... Incluso algunos ya empezaban a abandonar la sotana para vestirse de seglar. La coronilla en la cabeza empezaba a ser historia para los curas. Las misas se decían en lengua vernácula... Fue por aquellos años cuando Joan, emprendedor, con la conciencia joven, con aquel aire que parecía tan calmado y campechano, llegó a Malgrat. Sencillo como pocos, siempre le recordaré con las gafas caídas sobre la punta de la nariz y fumando siempre el caldo, con el pitillo a un lado de la boca...

En la diócesis de Girona las cosas no habían cambiado mucho. Había muerto el anciano obispo, y le sucedió el doctor Narcís Jubany, futuro cardenal de Barcelona. Con todo, no acababa de tomar cuerpo una verdadera pastoral de conjunto, y las decisiones personales de la autoridad seguían pesando demasiado. El Opus Dei iba ganando posiciones entre los párrocos rurales y se convertía en un serio peligro para la renovación conciliar.

Lo que me toca más los c... --escribía Joan-- es que han puesto a N.N. en Tordera. Es del Opus. Y eso cuando el obispo prometió que no pondría a ninguno de ellos en aquella zona. Uno empieza a convencerse ya por experiencia de que eso de la pastoral de conjunto sólo sirve para hacer buenos papeles y ganarse puntos en Madrid. Ahora bien, a la hora de aplicarlo a la diócesis, interesa más la política del «quedar bien» con quien todos sabemos. En el fondo es la misma actitud: el prestigio de la autoridad. Ya empieza a hablarse de que X va a ir a Canet. Otro Oputa. O al menos, filoputista. Con X empezamos a pensar que la mejor solución, si no fuera que aun no estamos capados, sería hacernos de él y desvirtuarlo. Pero todavía los tenemos los dos sanos y con plenitud de fuerza.

En la institución X también hay jaleo. No tienen trabajo ni dinero. El obispo promete el oro y el moro, luego se echa atrás, y follón al canto. Creo que se dedicarán a cultivar el huerto y pondrán un taller en casa. Otros creen que ya es hora de que el obispo se defina. Sí, sí... Hace ya tiempo que este verbo no se conjuga en nuestra tierra. (1)

En el ámbito nacional, era la época en que la Acción Católica especializada empezaba a adquirir un compromiso político y se convertía en serio motivo de fricción en las hasta entonces íntimas relaciones entre iglesia y estado:

Monseñor Morcillo --escribe Joan--, ayudado por Guerra Campos, quiere cargarse el escultismo. Dice que, como hay que llevar a cabo la separación entre la iglesia y el estado, hay que eliminar de la iglesia todas aquellas instituciones que puedan crear conflictos al estado (sic). Solución: O bien convertimos el escultismo en un movimiento puramente espiritual como la AC (tal como él la quiere), o bien lo ponemos en manos de la OJE. Y eso sin haber hablado antes con los obispos que han hecho y conocen el escultismo. Totalmente en línea. En la universidad, líos cada día. Y también en una fábrica u otra. La gente empieza a preguntarse, ante el fracaso del plan «López Rodó», por qué votaron el 14 de diciembre (2). Un día de estos Raimon tenía que cantar en el Teatro Monumental de Madrid. Ya tenía el permiso de Información y Turismo y del Sindicato del Espectáculo, pero la Dirección General de Segundad (esto hay que ponerlo en castellano) dijo que no... Con todos los recientes follones: registro en el Casal de Montserrat, detención de Badia i Margarit... etc. (3)

Cuando Joan escribe estas impresiones, lleva ya dieciséis meses en Malgrat. Es la única carta interesante que conservamos de esta época de su vida. Así pues, para reconstruir lo que significó su paso por el pueblo, hemos tenido que recurrir a un camino vivencial: el de conversar con los amigos que le trataron más de cerca para que sean ellos los que ahora nos hablen y nos cuenten sus recuerdos. De todo ello hemos podido deducir que la actuación de Joan se desplegó en tres círculos sensiblemente distintos. El de la gente más estrechamente vinculada a la iglesia y sus organizaciones, el de los inmigrantes de otras regiones de España, en su mayoría obreros y socialmente desarraigados, y el de los jóvenes a los que la gente bien llamaba despectivamente «golfos y perdularios».

Un aprendizaje fabuloso

La primera conversación que ofrecemos fue grabada una noche de verano del año 1975. Participaron en ella unas veinte personas --catequistas, militantes de cursillos de cristiandad, scouts-- íntimamente ligadas por su amistad con Joan. Fue una conversación muy larga, y entresacamos de ella lo que nos ha parecido más interesante. El lenguaje espontáneo y claro nos ofrece una visión de conjunto bastante completa.

¿Qué impresiones, qué recuerdos guardáis de Joan?
Los que estamos aquí reunidos somos personas vinculadas a la iglesia. Tal vez el cambio más importante lo notó la gente no vinculada. Habría que hablar con ellos. Porque una de las cosas más importantes que hizo Joan fue abrirse al pueblo. Hasta entonces, por ejemplo, nunca se había visto a un cura en el bar. El cambió el concepto que se tenía del cura. Antes sólo los veíamos en la iglesia y frecuentando a la gente que se mueve dentro de ella. Joan lo puso todo patas arriba. Le veíamos en el bar, en las fábricas, con la juventud que no se acerca nunca a la iglesia, en las barriadas extremas del pueblo, donde sólo viven inmigrantes...

Esta apertura era algo personal de Joan, o también de otros curas. De hecho, cuando él llegó al pueblo, estaba terminando el concilio, que dio un aire nuevo a la iglesia...
Joan tuvo una suerte muy grande, y es que el párroco, mossén Joan Bosch, le comprendió en seguida y le ayudó plenamente. Yo diría que los dos se encontraron en la misma línea. Mejor dicho, los tres: el párroco, Joan y el concilio. Joan no era únicamente un muchacho simpático que se metía en bares y fábricas... era un hombre consciente, que tenía una idea muy clara de lo que era la iglesia, y la vivía. No tenía barreras, hablaba con todo el mundo. Le llamaban mossén ye-yé, porque era algo muy distinto de todos los demás. Se relacionaba con los ricos y los pobres, con los catalanes y los inmigrantes, con ' la gente de iglesia y con los que no la frecuentaban, con todos.

¿Cuáles fueron los cambios más importantes que introdujo?
El decía siempre que sólo estaría dos años en el pueblo, y que por lo tanto no quería marcar al vicario que le seguiría. Más que cambios en las organizaciones, lo que hizo fue introducir un nuevo estilo en la manera de relacionarse el cura con la gente. Muchas de las cosas que él empezó, como por ejemplo la organización de grupos de chicas catequistas, en realidad no funcionó del todo hasta que él se marchó. El nuevo vicario le escribía a Chile que entonces las cosas ya funcionaban. Cuando estuvo él, la gente no le respondió desde el primer momento. El nuevo vicario recogió los frutos de Joan.

¿Cómo explicaríais su estilo?.
Joan buscaba a las personas, iba detrás de la persona humana. Los otros podían marcar una línea de catequesis, por ejemplo, pero olvidaban la personalidad de la gente. Joan ayudaba a crecer. Hasta entonces, lo que decía el cura debía cumplirse sin rechistar. Joan ayudó a romper con esta situación. Nos ayudó a hacemos conscientes, a hacer lo que creíamos que había que hacer, dejando a parte lo que decían los curas, nos hacía ver que nosotros teníamos un criterio que había que respetar. Esto lo noté, por ejemplo, en el escultismo. El era el consiliario y estábamos acostumbrados a que los consiliarios nos diesen las directrices. Joan se desentendió un poco de esto, no por desinterés, sino para que nosotros hiciéramos lo que teníamos que hacer, tomar nuestras decisiones y cumplirlas. Entonces no lo entendimos. Creímos que no quería saber nada con nosotros. Pero lo que él quería era que nosotros tomáramos la tarea que nos correspondía. El rompió con el sentimiento de «lo ha dicho el cura, hay que hacerlo». Joan servía a los demás haciéndoles crecer.

¿Si no estaba muy metido en lo escultismo hacia dónde orientó su tarea.
Pasaba mucho tiempo en las barriadas obreras de la Verneda, Can Viadé, Matadero, Castell, Palatina, Palomeres... Buscaba el trabajo en la base. Estuvo un tiempo metido en la JAC, pero ya iba de capa caída. En aquel tiempo, aún se buscaban más las acciones espectaculares, como movimientos de masas, que un trabajo serio en la base. De hecho, aquí se lograron encuentros de más de dos mil personas, pero le faltaba consistencia a la cosa, y por eso se terminó. Lo que Joan pretendía era justamente lo contrario: realizar una tarea mucho más de base, crear grupos dentro del pueblo, y que estos grupos llevasen algo a la comarca. Su actuación directa y sin tapujos le hizo pronto muy popular. En las barriadas le conocían todos. Sobre todo dedicaba mucho tiempo a la juventud. Creó un grupo de aprendices. Había que hablar con ellos para saber lo que piensan de Joan.

¿Tuvo dificultades de comprensión con la gente?
Al ver que rompía moldes, que se metía en todas partes, que sus amigos le tuteaban, que pasaba más tiempo en las barricadas que en el centro, la gente que rondaba siempre por la iglesia le criticó bastante. Pero el párroco hizo una buena labor dándole confianza. Cuando la gente iba a criticarle, el párroco decía: «El sabe lo que se hace. No os apuréis que yo estoy en contacto con él».

¿Qué defectos creéis que tenia Joan?
A veces te desconcertaba. Era un poco brusco, y la gente de iglesia no lo entendía. El decía: «Más vale un "¡cojones!" bien dicho que un padrenuestro mal rezado». Y esto es algo que mucha gente no sabía aceptar. Recuerdo esta anécdota. Unos albañiles que le vieron pasar, al darse cuenta de que era un cura, dijeron: «Toca madera» Joan respondió rápido: «Si te tocaras otra cosa le encontrarías más gusto». Esto corrió por todo el pueblo y mucha gente se escandalizaba. Cuando lo dijo, yo estaba cerca, en mi casa: «¿Me has oído?» me preguntó. «Un poco» le dije. «¿Y tu mujer?» «No, ella no, pero si lo hubiera oído, también le habría gustado».

Si, Joan era muy bueno con los tacos, tenia una punta de humor muy fino, era rápido e irónico...
Nunca se quedaba atrás, hasta a veces te costaba trabajo seguirle. Era muy vivo, simpático, extremadamente franco. Recuerdo que una vez un señor le dio mil pesetas para construir el centro. ¿Crees en conciencia que has hecho lo que tenías que hacer? porque otros me han dado quinientas y han hecho un sacrificio mayor que tú. Era así. Hacía reflexionar a la gente. Hay muchos que quieren nadar y guardar la ropa. El no. Al pan, pan y al vino, vino, pese a quien pese. Claro, esto puede molestar a algunos, pero cuando te das cuenta, en el fondo, te ha hecho un bien inmenso. Decía la verdad. «Si te pica, te rascas», decía. Ahora me doy cuenta de todo. Era un hombre tan claro, que lo aceptabas todo. Nunca he visto a ningún hombre tan abierto como él. Mucho, mucho.

Llamaba a una casa: «¡Hola!». Y ya estaba dentro. Cogía la botella de coñac, y ¡hala! Si alguien no le conocía comentaba: «Caray, ¡qué cara!». «Esta es su casa», respondía la dueña. Ir a tomar el carajillo al bar o a Can Torres era algo típico en él.

Leyendo sus cartas de Chile me he dado cuenta de que le gustaba mucho guisar...
Los boquerones le gustaban mucho. Venía a casa, los limpiaba él mismo y se los comía. Tostaba el pan como un artesano. Vueltas y más vueltas, con fuego de leña, bien hechas. Este contacto tan familiar hacía que la gente le quisiera mucho.

¿y cuál fue la reacción del pueblo al saber la noticia de su muerte?
Las reacciones fueron muy dispares. Los que le conocían la encontraron una cosa lógica, una consecuencia de su vida. Los demás decían: «Claro, iba con barba y lo han matado. Iría con un fusil o una escopeta matando gente». O sea, que por las reacciones de la gente sabías hasta qué punto le habían conocido. Pero al fin todos le han valorado. Todos, todos le han valorado.

Es curioso ver cómo la muerte pone en claro muchos aspectos encubiertos de las personas, Al menos, cuando se da en estas circunstancias. Tiene una especie de sobrecarga que revela los aspectos ocultos de la personalidad. Es algo que da mucho que pensar.
Era muy difícil. Era un hombre de gran convicción y profundidad. A primera vista parecía superficial por la manera de entrar en los sitios, con aquella tranquilidad. Pero a través de aquella tranquilidad descubríamos a un hombre que actuaba con la plena convicción de lo que hacía. Su manera de hablar era así, pim, pam, pum. Pero cuando se ponía a hablar de cosas serias, lo hacía con una profundidad que después cuando lo piensas ves que hay pocos como él.

¿No quedaba un poco intelectual?. Porque él era hombre de libros...
Precisamente cuando convenía elevarse, se elevaba con una sencillez que hacía llegar donde quería. Era un hombre de convicciones firmes, con una fe viva, meditada y puesta en práctica. ¡Tenía una facilidad para ponerse al nivel de la persona con quien hablaba...! Esto es algo que pocos saben hacer. En seguida se daba cuenta de con quién se las tenía que ver. No hacía concesiones. Te hacía pasar a la acción. «Bueno, tú crees que podrías hacerlo, pero no lo haces». Te ponía a la altura, te exigía una manera cristiana de actuar.

Sus sermones ¿tenían alguna peculiaridad especial?
Eran bastante normales. Muy claro. Si alguien entraba tarde, se interrumpía, y cuando estaba sentado proseguía: «Ahora estamos todos, ya podemos seguir». Incluso la gente que le trataba de «ye-yé» le respetaba al ver la seriedad con que decía misa. Era un hombre muy correcto. Su misa se llenaba, la gente iba a oírle. Aunque él no se andaba con chiquitas. Decía: «El que va a misa de 7 lo hace para ver a Dios; el que va a misa de 10, para que Dios le vea, y el que va a misa de 12, para que le vea todo dios».

¿Realizó alguna reforma en la liturgia? ¿En la liturgia?
Tal vez, si podemos llamar liturgia a aquel Via Crucis que escribió, y cuyo valor hemos apreciado después de su muerte. El no creía mucho en esas cosas, pero lo hacía por obediencia a la disciplina de la iglesia. Le dio un cariz más vivo para que los que iban comprendieran mejor lo que representaba. Recuerdo que un día fui a confesarme, pero le dije: «Mira, yo no me meto dentro de aquel cajón; eso no me va, vayamos a alguna parte y charlemos». Y él me dijo: «Yo también los quemaría todos» (los confesionarios). Su franqueza me infundía confianza. Se abría tanto que te hacía andar. Y así fue como se ganó a toda esa gente que el pueblo despreciaba por escandalosos o lo que sea, pero que se convirtieron en sus amigos. Y son ellos los que más le han llorado, los que más le recuerdan. Todavía hablan de él.

Y ¿qué pensaba del Opus?
A mi me ocurrió un caso. Fui a unos ejercicios del Opus, en Valldaura. Me cogió por su cuenta y me dijo: «Mira, me han dicho que aquí en Malgrat hay alguien del Opus. Si me entero de que alguien se hace del Opus, hago las maletas y me marcho, y creo que el párroco también». Me eché a reír: «No lo dirás por mí ¿verdad?». Y él también se echó a reír. Estuvimos un buen rato hablando de los ejercicios. Me contó una anécdota que le ocurrió de vuelta de Madrid. Hizo auto-stop. Durante 700 km. el conductor que le recogió le estuvo tirando de la lengua sobre el Opus. El iba diciendo con franqueza lo que creía. Al bajar, el conductor le dio propaganda, porque era un miembro. ¡Y durante todo el viaje se lo había callado para hacer hablar a Joan!

¿Y por qué creéis que no le gustaba?
Si uno oye que le hablan mal de una cosa a la que pertenece y no lo dice hasta el final, yo tampoco estoy de acuerdo con eso. No lo conozco mucho, pero ese cristianismo que pretende el Opus, eso de cambiar las estructuras desde los mejores puestos, eso yo no lo entiendo. Y mientras tanto, monseñor Escrivá aceptaba los títulos y todo eso; francamente...

Yo creo que Joan le tenia fobia.
Joan no le tenía aversión a nadie. Lo que pasa es que era un hombre muy generoso y muy claro, y le tenía fobia a todo lo que no sonaba a limpio. Creo que no podía estar en absoluto de acuerdo con ellos. En el estado español había toda una clase de gente para quien el cura era una especie de dios, y su palabra, palabra de Dios. De repente hay un cambio, y descubrimos que el cura es un hombre como nosotros, que sufre errores y que también podemos criticarle. Esto significó un trastorno tremendo. Lo que parecía inamovible resulta que es movible, y que se mueve. Entonces viene el Opus y dice: «No, no os apuréis, nosotros tenemos la verdad; si nos seguís, podréis seguir adelante sin demasiadas complicaciones; cada cual en su casa, y nosotros os diremos lo que hay que hacer». No es nada extraño que el Opus naciera en el estado español para ganarse a todo este tipo de gente, y eso sin contar con que ellos saben perfectamente a quién escogen, a pesar de la opinión moralista de monseñor Escrivá. A una persona como Joan, que tenía claro lo que era la iglesia, que no se casaba con nadie, que realmente se casaba con los que sufrían, no podía gustarle una estructura de este tipo, tecnocrática y burocratizada, no podía ir a favor de ella, por eso la atacaba.

Pero la iglesia lo acepta...

Ahí está el quid. ¿Qué entendemos por iglesia? ¿Quién es iglesia? Joan era iglesia porque fue un hombre que se dio. Y si no, ahí está su testamento como prueba: se jugaba la vida, y eso que no le gustaba morir, pero había empezado a jugar una carta, y había que terminar de jugarla. El veía que se lo cargarían; pero con todo, se comportó de tal manera que no defraudó, por ejemplo huyendo o escondiéndose. A lo mejor los del Opus hubiesen dicho: «Actuarás mejor salvándote que dando la vida». Ahí está la diferencia.

¿Qué pensáis de su Ultimo escrito?
Bueno, cuando leo aquello, yo, que le conocía, reflexiono y pienso que era una persona que por su manera de ser se había hecho amigo de todos. Demuestra que era consciente de sus actos y que meditaba todos sus pasos. Fue al seminario, recibió una formación cristiana, vio que tenía que ser más generoso, y se marchó a Chile. Toda su vida fue eso. Estuvo en Malgrat dos años, que significaron para él un aprendizaje fabuloso. En Chile descubrió la gran problemática: era inteligente, y lo bastante generoso para verla. Esto demuestra que no era ningún tarambana. Sabía a dónde iba y llegó hasta el final. Es lo lógico. A veces hay personas que son heroicas por casualidad, por ejemplo ahogándose al salvar a una criatura. El no; se lanzaba e iba a salvar, y con eso nos demostró plenamente que era él.

Al leerlo te das cuenta de lo que fueron sus últimos días. Constantemente se iba haciendo una autocrítica de lo que hacía. En el fondo, yo diría que en esto consiste la revolución permanente. El había captado la esencia del cristianismo, que no puede entenderse si no es como una revolución constante. A cada momento has de interrogarte para hacerlo cada vez mejor. Esto es lo que demostró con su testamento. A mí, que le conocía, no me sorprendió. Si dio algún testimonio, no fue sólo con su muerte, sino constantemente. Si el cristianismo es algo, tiene que ser esto...

«Más importante una escuela que una iglesia»

A través de esta conversación habremos notado, dibujando el otro círculo de relaciones que estableció Joan: el de las barriadas. «Había horas --nos dirá otro testigo-- en que era inútil buscarle en la parroquia, porque nunca estaba allí. De seis a nueve de la noche era cuando iba a las barriadas, a los bares donde acudían los trabajadores al terminar el trabajo». Nos acercamos a una de estas barriadas para conversar con uno de sus más íntimos amigos, un antiguo militante político que, tal como él mismo nos contó, estuvo encarcelado a causa de su ideología 29 meses en Burgos, 7 meses en Barcelona, y 18 en el exilio. Una de las veces cayó justamente con 93 personas; le hicieron consejo de guerra sumarísimo, estando antes 19 días en la Comisaría Central de Policía. Es de origen andaluz. Transcribimos la conversación que sostuvimos con él:

¿Cómo conociste a Joan?
Fue un conocimiento muy sencillo. El compañero de prisión que había estado conmigo en Burgos se puso muy enfermo, casi en estado de coma. Yo le asistía como padre, madre, médico, practicante y todo. Vino el médico y cuando lo vio en aquel estado tan grave mandó llamar al cura. El me tenía dicho que en hora final no quería al cura. Llegó Joan y le dije: «Usted como hombre puede pasar a donde quiera, pero como cura, no. Lo que usted está aquí viendo son 24 años de condena sufridos en un penal de Burgos. Por tanto, si éste ha estado luchando en contra de usted, no va ahora a recibirlo». Volvió al día siguiente y me dijo: «Parece que ayer entendí que su compañero quería hablar a solas conmigo». Yo le dije: «Parece que usted entendió mal. Todo aquel que tiene una carrera para explotarla y vivir del cuento entiende las cosas a su manera. Yo, que he estado viviendo un montón de años con él, no le diré que somos hermanos porque somos más que hermanos. Hemos sufrido juntos las consecuencias del tiempo y muchas injusticias y él me tiene encomendada esa misión, y esa misión se cumple». Total que salimos con la conversación adelante. Me dijo:

«Quizás la cosa no es para tanto, es una exigencia un poco bárbara, la vida no es como era antes, hoy se vive...». «¿Se vive?», le corté yo. «En vez de pasearte por los escaparates del centro del pueblo, dedícate a visitar barrios para ver la miseria que hay. Quien tiene cuatro o cinco chiquillos no gana ni para pan. Entonces hablaremos de la situación de España y de lo que tú quieras». Y por aquí empezó la amistad. Todos los sábados sin falta venía a charlar un rato. Comenzó a dar vueltas por el barrio, y al hombre le hirieron los hechos tan inhumanos que veía. Un día me dijo: «¿Qué te parece? Pensaba irme a un país latino, donde hace tanta falta...». Yo le respondí: «Depende del país latino que quieras elegir y de la misión que quieras llevar. Si te vas para convertir mentalidades, es un poco duro... En un pueblo que ha estado esclavo y no tiene quien le ayude y eduque, con la religión y estas puñetas no vas a conseguir mucho. Ahora, si quieres hacer un trabajo en pro de la humanidad, revisión de la sociedad, entonces puedes irte para allá».

¿Cómo enfocó el trabajo de la barriada?. El trabajo lo enfocó bastante bien. Iba de casa en casa y aconsejaba a los trabajadores que fueran a informarse de cosas que desconocían. Y también tenía su cosita de progreso en el asunto del bienestar social de la población. Se interesaba también por las escuelas. En una ocasión me dijo: «¿Qué te parece, sería interesante hacer una iglesia en el barrio?». Yo le respondí: «Mira, en esto te voy a contestar rápida y escuetamente. ¿Para qué una iglesia en el barrio? Tú sabes que durante la guerra miles de hombres escucharon misa en la montaña. Con una cruz, basta. Pero una escuela no se improvisa. Si a vosotros el ayuntamiento os ha cedido un terreno, haced una escuela que lleve la iglesia dentro. Una escuela es más importante que una iglesia». --«Es que no sé si habría lugar para las dos cosas». --«En la vida, le dije yo, siempre el número uno ha sido primero que el dos. Antes que aprender el catolicismo hay que aprender la A y la E». Me dijo:

«Esto es cojonudo. Vamos». Entonces se construyeron cuatro aulas y creo que él intervino en ellas.

¿O sea que no se construyó la iglesia?
Se hizo escuela. La iglesia todavía no se ha construido. Ahora creo que se ha hecho una por ahí. Para el que se sentía cristiano, ya había una en el centro del pueblo. El que se siente cristiano tanto recorre un kilómetro como dos. Y el que no se siente no va a la iglesia, ni que la tenga dentro de casa. Fue entonces cuando comenzaron a plantear el asunto del centro. Aquello fue una cosa muy buena, muy desinteresada. No tenía noche ni día. Sólo que tuvo un poco de miedo y no me invitó a unas reuniones que celebraban en la parroquia.

¿Qué tipo de reuniones? ¿Por qué no se atrevió a llevarte?
Asistía un señor rico que es paisano mío y le dijo: «Ten cuidado que éste va poco a favor de la iglesia. En contra no hará nada, pero a favor tampoco».

Por lo que conozco de Joan, él no era hombre de componendas. Cuando creía una cosa, la hacia. ¿Por qué, pues, se echó atrás?
No sé si fue porque le quitaría gente del catolicismo. Fue una sola vez. Cuando vino por aquí le dije: «¿Qué pasó?». --«Mira, no te quisimos llamar. El porqué, ya te lo diré otro día». Parece que no fue cosa de él.
(Habla un joven de Malgrat, presente en la conversación). Yo en aquel tiempo estaba allí. Eran unas reuniones de la JAC. Quizá no se te hubiera entendido bien. Teníamos 17 ó 18 años. Todo esto no lo teníamos claro, estábamos completamente al margen de los problemas sociales. Eramos niños muy bonitos que salíamos de la iglesia, pero no en plan social, porque no se había planteado nunca. Quizás ésta fue la causa.

Durante el tiempo que estuvo acá, ¿hubo algún conflicto social que le obligara a tomar postura pública ante los problemas de la población.
El único conflicto --no sé si lo tendrá escrito en sus Memorias-- fue cuando el referéndum de diciembre. Vino aquí a casa para ver qué opinaba yo. Le dije exactamente lo que creía. Fuimos para abajo viendo las mesas y un señor se dirigió a él: «¿Tú no votas?». Se echó mano a un papel blanco y escribió NO, con esta rapidez. Al salir vimos que una pareja de la Guardia Civil nos seguía.

¿Qué impresión te causó el conocimiento de su muerte?
Me hirió bastante. Lo estuvimos comentando en reuniones. A mí me causó un dolor profundo. Un caso horrendo para mí. Fue precisamente en un momento en que había bastante gente que hablaba mal de Allende. Su muerte cayó muy mal.

¿Por qué crees que lo mataron?
Porque era un antifascista. Si hubiera sido un fascista, no lo hubieran matado. Era un hombre que luchaba en favor de la humanidad, un verdadero demócrata, un cristiano declarado. Por eso les estorbaba. Al capitalismo le estorban hombres así. Es lógico.

¿Recuerdas algo más de sus actividades en la barriada? ¿Se creó entonces la asociación de vecinos?
No, esto fue después. Cuando él estuvo aquí impulsó la Asociación de padres de familia. Quería que se hiciese. La Asociación de vecinos surgió cuando se arreglaron estas calles, cuando se pusieron los patios en condiciones.

¿Cuáles eran las características de su temperamento? ¿Qué cualidades le veías?
Como hombre lo veía bastante correcto, bastante humano, progresista. Por la manera de expresarse y sentir las cosas se le veía con mucha sensibilidad. Lo consideraba un gran hombre, una buena persona, amigo de los amigos. Nunca se le veía una posición de odio hacia nadie. Siempre trataba de mejorar la situación por vía pacífica, era muy pacífico, no buscaba reyertas. Cuando surgía una conversación en la que se discrepaba preguntaba por qué uno difería del otro. Era un hombre que medía las consecuencias. Por lo menos conmigo. No creo que lo hiciera por alarde. En el barrio todo el mundo hablaba bien de él, chicas, chicos.

¿Intentó crear algún grupo de juventud?
Uno en la rectoría. Juntó un grupo de aprendices de todo el pueblo. Pero sobre eso no te puedo decir nada, porque no lo sé.

¿La diferencia de mentalidad no les impidió ser amigos?
Yo siempre lo consideré un hombre competente, aparte de la religión de cada uno. Yo siempre he dicho que a las personas no se las puede mirar por sus creencias, sino por lo que son en sí. Todos tenemos una religión y creemos que la nuestra es la más acertada. Si la discutimos en común sabremos si es o no es. Pero, si la conservamos para nosotros solos, nunca llegaremos a ponemos de acuerdo. Si tratamos de buscar una sociedad pura, limpia, hay que hacerlo con todo el pueblo en general.

«Joan era de los nuestros»

El compromiso con el pueblo le llevó a identificarse con grupos marginados, mirados con desprecio por la gente de «buenas costumbres». Escucharemos ahora el testimonio de uno de estos jóvenes «golfos y perdularios» con los que Joan anduvo su camino. Sentiremos inmediatamente la sincera brutalidad y franqueza de un hombre para el que Joan fue la revelación de una idéntica franqueza y veracidad. Tal vez por ello se dio una tan rápida identificación entre ambos. Transcribimos literalmente, para que el lenguaje no pierda autenticidad, y respetando los términos populares.

Joan tenía cosas buenas. Muy buenas. Estaba más a gusto con nosotros que con esa clase de gente (se refiere a la gente de misa). Un día que estábamos toda la pandilla en la plaza, él pasaba para abajo, cabreadísimo. Nos vio. «Oye, Ramón, en la plaza hay un grupo que me han llamado mossén ye-yé. Yo que me vuelvo y les digo: Iros a acojonar a vuestro padre, si es que lo tenéis», delante de todos, hecho una fiera. Esto ocurrió al principio de estar aquí, cuando los cuatro pijos de turno empezaron a tomarle el pelo. Por eso vino a apoyarse en nosotros.

Porque lo que es este hombre, se había metido al barrio en el bolsillo, a toda la gente pobre; el hombre visitaba todas las casas. Veía un camión con ladrillos (en aquel lugar la gente se hacía la casa con su trabajo) y se ponía a descargarlo. ¡Camiones enteros, descargaba! No sé, aquel hombre era un fuera de serie.

La gente con pasta le dio mucho palo. Le habían criticado mucho por su manera de ser; por eso encontraba más calor en nosotros que en esa gente, porque cuando lo cogían por su cuenta, quedaba hasta las narices, como en aquel caso que te conté. Estaba allá en la iglesia, con Mestres y toda su pandilla; nosotros subíamos por la calle de Mar, y él nos ve: «Ramón, ¿recuerdas aquello que hablamos? Pues ya está solucionado». Enseguida pesqué la onda: «Suerte que habéis pasado --añadió- , porque ya estaba hasta los tales de aquella gente. Suerte». Los cortó, saludó, y subió con nosotros hasta La Barretina a tomar una cerveza. Le gustaba más nuestro ambiente. Era un tío que de tan inteligente... no sé, era un hombre tan sencillo, tan sencillo, que a aquella gente no la aguantaba. Porque como era tan inteligente, veía la hipocresía de esa gente, que se creen listos y son un montón de idiotas; porque ésos son ricos con un poco de pasta, pero de aquí (señala el cerebro) son pobres. En cambio nosotros somos un poco tarambanas, pero claros y abiertos. Y no lo tenía sólo conmigo, este trato, sino con toda la pandilla.

Después, cuando volvió de allá (de Chile, por las vacaciones) nos encontramos: «Aquello te gustaría mucho. Son gente muy pobre. Necesitan a gente como tú (trabajadores). Están muy atrasados». Por eso lo jodieron, porque era uno de los nuestros. Se fue allí y se jugó la piel por la gente pobre, porque se la jugó por la gente pobre ¡eh! Un hombre que no lo necesitaba, si vamos a mirar (se refiere a la cuestión económica) porque inteligente lo era, una barbaridad. El lo hacía porque lo sentía, lo creía. Como aquí. Si el chico se hubiese quedado aquí una temporada más larga, se habría metido a todos los jóvenes en el bolsillo, al menos por nuestra parte, porque ya nos tenía a todos en el bolsillo. Era tan sencillo que nos tenía a todos de su parte, y por él nosotros hubiéramos hecho lo que fuera. Venía a nosotros y buscaba nuestro apoyo, porque veía que éramos sinceros, a pesar de no haber tenido estudios y ser cortos, pero él decía: «Aquí está la verdad, aquí está la realidad, éstos son los buenos».

Su muerte nos afectó mucho. Me lo dijo una mujer que nunca me hablaba, ni me saludaba, ni nada. Me encontró por la calle y me dijo:

«Oiga, Ramón, ya sabe que mossén...». Me quedé... Joder, aquella mujer nunca ma había dicho nada, pero sabía que yo tenía amistad con él. Me quedé... no lo podía creer. Llegué a casa y me metí en cama, me cago en diez, si cada mañana le teníamos allá, en el taller. El cada mañana iba allá, nos hacíamos nuestra fritada, venga freír pescado, disfrutaba... Estaba a buenas con todos, con todo el mundo, y los castellanos le apreciaban. A veces le veías con la sotana arremangada: «Eh, Joan, ¿qué haces?», le decía yo, porque si le trataba de usted se cabreaba; el tío sudaba, la sotana sucia: «Espera un momento, que iremos a tomar una cerveza». Todo el mundo decía: «Este vicario nuevo es un tío cojonudo». Se metió a toda nuestra clase en el bolsillo.

Era muy sano. Un día de sardanas iba para abajo. Nos tomamos un par de copas y fuimos para arriba. Todos miraban, pero él dijo: «Ahora van a miramos aún más». Y fuimos a Can Torres, y luego a La Barretina. Yo me divertía como un loco. El llevaba la sotana desabrochada, iba despechugado, y vuelta a La Barretina. Se quedaron todos... Al día siguiente --esto era al principio de estar él aquí--, al día siguiente, menudo zafarrancho en el pueblo. «Oh, él con Ramón y toda la banda... ¡Oh, el vicario! ¡Oh! mossén por aquí, oh, mossén por allá, y él, ¡joder si lo sabía! ¡Ja, ja! El sabía todo lo que decían, vaya si lo sabía, tenía mucha vista. Tenía tantas cosas buenas, aquel chico, me cago en diez era muy sencillo. ¡Me cago en diez, pobre Joan!

La última vez que vino, era el mismo, pero se veía... parecía como si estuviera preocupado, era el mismo pero parecía como si fuera otro

Era el mismo, porque estuvimos tomando unas cepitas y tal, pero parecía preocupado. Fue cuando nos dijo que había mucho que hacer por allá, mucho, mucho.

Todos los buenos se los llevan, todos los buenos se los llevan y los podridos se quedan. Siempre es así. Y todavía hay gente, y yo ya estoy hasta los huevos de oírlo, que dice: «¿Por qué se metía en jaleos?». Todavía hay algún hijoputa que te dice: «¿Por qué se metía en jaleos ?». A esos habría que cortarles el cuello.

Los testimonios que hemos oído nos muestran a Joan al iniciar su primera experiencia seria de contacto con el pueblo. Los fragmentos de conversaciones que hemos transcrito necesariamente se quedan cortos en relación con lo que fueron en realidad. Normalmente la palabra escrita es más pobre que la palabra pronunciada con fogosidad y convicción. Pero su lectura nos permite intuir lo que significó para Malgrat la presencia de Joan: la llegada del concilio hecho carne y hueso en la persona de un hombre que sólo tenía una cara y la expresaba con franqueza.

También conservamos de aquella época testimonios escritos por el mismo Joan, que nos permiten descubrir su itinerario interior. Se trata de una conferencia sobre la pobreza en el antiguo testamento, pronunciado ante una comunidad de religiosas, y conservada por ellas en grabación magnetofónica. Un escrito navideño publicado en la revista Voz de Malgrat. Y finalmente aquel Vía Crucis del que ya hemos oído hablar y que aún se lee cada año cuando llega la semana santa. Los tres testimonios son valiosos, pues nos revelan aspectos muy importantes de su línea pastoral.

Una comunidad de pobres

Al dar comienzo a su conferencia Joan confiesa que él no es un técnico y que por tanto se limitará a leer y comentar el texto bíblico. Lo hará guiado por un libro «muy pequeño pero muy interesante, que ofrece un resumen y una síntesis muy bien hecha de la teología de la pobreza en el antiguo y el nuevo testamento, y que me ha ayudado mucho a prepararla». Se refiere al libro de Gelin Los pobres de Yahvé, que causó un considerable impacto durante los primeros años después del concilio por tratar de uno de los puntos fundamentales de la renovación eclesial.

Para no interrumpir el hilo de la narración preferimos dar el texto íntegro de la conferencia al final del libro, en forma de apéndice.

El interés de esta conferencia estriba en el hecho de permitirnos descubrir el momento interior que vivía Joan en aquella época en relación con la problemática social y política. Por una parte un auténtico compromiso histórico: descubrimiento de la injusticia, necesidad de que los derechos de todos los hombres sean respetados y promovidos, recurso a una denuncia violenta que arregle la situación, entroncamiento con la matriz social en la que viven los más pobres, actitud de sinceridad radical ante los límites de todo trabajo humano... Pero por otra parte, disolución de este empuje inicial por la esperanza de una intervención extrahistórica que bloquea el descubrimiento del protagonismo colectivo de las masas y desvía al hombre hacia una solución de cariz espiritualista. No se niega la participación humana en la tarea de liberación, pero tampoco se la señala como el factor decisivo de ésta. Se vive intensamente la instancia de la denuncia, pero no se pasa al de la lucha. La rebelión es interior, pero no llega a cristalizar en movimiento colectivo. La fe es un elemento psicológico de cariz convulsivo, pero no la infraestructura gratuita del despertar solidario de todo un pueblo. El materialismo inicial se ve sustituido por el idealismo final. El cristianismo como fenómeno humano aún no se ha convertido en algo verdaderamente revolucionario: se desvía por el atajo de un escapismo pretendidamente «trascendente».

Con todo, la semilla hondamente materialista del compromiso humano sitúan a Joan en el recto camino de la comunión existencial con los más pobres. Su identificación solidaria y voluntaria con la clase obrera le permitirá descubrir más adelante su proyecto colectivo y comprometerse con él de forma activa. El contexto social de la España de 1965 no le permitía dar el paso todavía. Sólo la inmersión en el proyecto político del Chile de la Unidad Popular le llevará a recorrer el trayecto completo. Y llegará a su meta final sin renunciar a la visión trascendente. Simplemente la habrá situado en su justa matriz histórica, sin escapismos de ningún tipo. Su Ultimo escrito pone precisamente de manifiesto la integración armoniosa de ambos polos dialécticos --compromiso humano y convicción de fe-- con una peculiaridad y novedad difícilmente repetibles.

Figuras para un Belén viviente

Así titula Joan un artículo aparecido en la revista Voz de Malgrat en diciembre de 1965. Con ocasión de la navidad, describe cómo entiende la presencia de Dios en la carne dolorida del pueblo, y lo hace en una forma tal vez más lograda que la que se desprende de la conferencia sobre la pobreza. Estas líneas tienen también la importancia de ser como la explicación interior de la nueva tarea que emprende en Malgrat, recorriendo los suburbios, conviviendo con la juventud que otros desprecian, en una palabra, encontrándose por vez primera y seriamente con el pueblo. Ofrecemos los párrafos más importantes.

Cada día es navidad. Porque Dios está siempre presente entre los hombres. Pero es preciso tener los ojos de un niño para verle.

Dios está presente en este hombre que --sin saber por qué-- hace ya meses que lucha contra no sabe tampoco qué, en una trinchera de cualquier guerra, abierta por los hombres según sus intereses. Porque este hombre, más que cualquiera de quienes le han empujado a la lucha, puede comprender la buena nueva de la paz.

Dios está presente en este negro apaleado, humillado, excluido, porque sus ojos están hartos de ver en el tranvía, en la escuela, el bar, el letrero fatídico que la llamada «civilización» ha creado a propósito para ellos --only for europeans --, mientras él más que nadie tal vez espera inconscientemente la promesa de Isaías: «El juzgará a las gentes y dictará sus leyes a numerosos pueblos, que de sus espadas harán rejas de arado y de sus lanzas, hoces. No alzarán la espada gente contra gente ni se ejercitarán para la guerra» (Is 2, 4).

Dios está presente en este hombre que al cabo de muchos años ha vuelto a quitar el polvo de las viejas maletas de madera, y después de dos noches de tren ha empezado su vía crucis penoso en cualquier ciudad o pueblo industrial, buscando el pan que la tierra --que nos dicen que es de todos-- no le daba. El sabrá de trabajos pesados, de habitaciones de realquilado en los suburbios, de añoranzas y de pan mojado en lágrimas y sudor... «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia...».

Dios está presente en los ojos de esta madre gozosa por su hijo recién nacido, porque presiente, como el poeta hindú, que «cada niño que nace es un signo de que Dios sigue confiando en los hombres». También lo está en las camas de tantos hospitales, entre las latas y el fango de tantos suburbios, y en el mirar ya cansado de tantos niños, y en el corazón gastado de tantas mujeres... porque todos esperan al buen samaritano que con su amor y el testimonio de su vida haga nacer en ellos la esperanza.

Estas son las verdaderas historias de la auténtica navidad, en contraposición con las historias de angelitos de nieve y musgo con que nosotros lo hemos revestido para que el pesebre del Niño no fuera tan feo y no nos molestara tanto.

Porque celebrar la navidad es anunciar la paz y la salvación de Dios con nuestra vida, y tener los ojos y el corazón lo bastante limpios para ver a Dios... en los demás.

¿O es que nuestra «cristianísima» y «familiarísima» fiesta de la navidad va a reducirse a una estúpida fiesta de belenes y figuras de arcilla que no molestan, de lucecitas falsas, de turrón y champán, junto a un buen fuego, que calienta los cuerpos y enfría los corazones al amodorrarlos ? Jesús, después de la primera navidad, pudo gritar: «Bienaventurados los pobres...». Nosotros, los cristianos, después de navidad, con la mano en el corazón, ¿podremos decir lo mismo?

«Ahora nos toca a nosotros...»

Las conversaciones con los amigos de Malgrat nos han mostrado repetidamente que Joan era un hombre perfectamente consciente de todos sus pasos, que medía cuidadosamente lo que hacía y que no desconocía el riesgo que entrañaban algunas de sus acciones. Si el Vía Crucis que escribió en 1966, y que aún hoy se lee en el pueblo, tiene una importancia especial, es porque en él describe actitudes y situaciones de Jesucristo que más tarde hemos descubierto como muy similares a las suyas. Ofrecemos algunos ejemplos elegidos entre aquellos párrafos en los que descubrimos los puntos de coincidencia.

I Estación: Jesús es condenado a muerte

Porque has sido sincero, porque has amado a los pobres, a los enfermos, a los leprosos, a los niños, porque has defendido a los oprimidos, te hallas juzgado y condenado a muerte. Sabemos, Señor, que si queremos vivir un poco como tú, seremos escarnecidos, befados, el hazmerreír del pueblo. Danos fuerzas para luchar, para ser sinceros, para amar, aunque nos cueste la vida.

IV Estación: Jesús encuentra a su madre.

María, tu madre, no grita ni hace aspavientos. Sufre discretamente a tu lado. Y con su dolor y su amor fiel salva al mundo. Haz, Señor, que los cristianos sepamos mezclamos como la sal en medio de los hombres. En silencio, discretamente; pero ayúdanos eficazmente en el camino hacia ti. Que nuestro corazón jamás se cierre a ningún dolor ni a ninguna esperanza, porque amando es como ayudaremos a nuestros hermanos.

V Estación: Simón de drene ayuda a Jesús a llevar la cruz

Tú aceptas. Señor, la ayuda de un hombre que te lleva la cruz de mala gana. Nosotros en cambio, quisiéramos luchar solos, actuar solos, salvarnos solos. No obstante, a nuestro lado caminan otros hombres con el mismo destino y las mismas esperanzas, con los mismos fracasos y con los mismos amores. Tú los has puesto ahí, y nosotros nos empeñamos en olvidarlos, en prescindir de ellos. Haz que sepamos aceptar a los demás en nuestra vida. Señor.

X Estación: Jesús es desnudado

Jesús nos ha dicho: «En verdad os digo que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo. Si muere, da mucho fruto». Para acercarnos a Cristo y a los demás, debemos despojamos de todo cuanto nos es un estorbo: de nuestras costumbres y prejuicios, de nuestro pecado, de nuestro egoísmo, de nuestro orgullo. Hay tantas cosas que nos separan, que nos hacen extraños... Que siempre lo recordemos. Señor: que hay que morir para llegar a la vida.

XIV Estación: Jesús en el sepulcro

Duermes ya. Señor, y reposas. Todo se ha cumplido. Has derramado hasta la última gota de sangre. Ahora nos toca a nosotros hacer que toda esta redención, todo este amor, se vaya esparciendo por todos los rincones de la tierra.

Aparta de nosotros la pereza, la rutina y el egoísmo. Danos fuerza para que con nuestra vida de generosidad y servicio proclamemos a todos los hombres que tu muerte y resurrección no han sido en vano. Que siguen con nosotros hasta el fin del mundo.

Esta convicción de la presencia de Jesús en su vida y en el mundo seguirá viva hasta el fin: «Adiós. El nos acompaña siempre, dondequiera que estemos...», concluirá en su Ultimo escrito.


Notas:

1. 11 de febrero de 1967.

2. Se refiere al referéndum de 1966.

3. 11 de febrero de 1967.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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