joan alsina
Joan Alsina: chile en el corazón
EL HOGAR

capítulo 4

Empordá, semillero de espíritus abiertos... Tierra del cielo barrido por los vientos, tierra del abrazo infinito.

Joan Alsina i Hurtos era un magnífico empordanés, un hijo del campesinado catalán. El Empordá es una zona agrícola muy personalizada que se encuentra al noroeste de Cataluña, en el mismo corazón de la provincia de Girona. Es como una extensa fachada natural que, descendiendo de los Pirineos, se abre en inmensa explanada para morir en el mar, junto al golfo de Rosas, en uno de los parajes más sugestivos de la Costa Brava.

En pleno centro de esta llanura hay un pueblecito no demasiado grande y muy antiguo, llamado Castelló d'Empúries, contiguo a la colonia romana. Empúries, cuyas ruinas todavía hoy se pueden contemplar. Presidida por la monumental iglesia gótica de Santa María, que los empordaneses llaman familiarmente «la catedral del Empordá», le rodean prados, cultivos y pastos que son la riqueza más importante de esta fértil comarca de Cataluña.

Las palabras del poeta castellonense C. Fages de Climent, que se pueden leer frente de la iglesia, definen la inquietud de esta gente:

Con los brazos en cruz sobre el piadoso madero
proteged, oh Señor, el cercado y la siembra.
Dad el verde exacto a nuestro prado,
y medid la tramontana justa
que nos seque el forraje sin que desgrane el trigo.

En la periferia de Castelló se encuentra el Mas de San Joan. Es una pequeña construcción sobria y sencilla, sin agua corriente ni electricidad y circundada de prados, cultivos y largas arboledas que separan los cercados y las siembras. El tintinear de los cencerros de vacas y terneros y el alboroto de patos y gallinas acompañan el silencio de este paraje, donde viven desde hace 35 años los padres de Joan y donde él nació y pasó su infancia.

A fin de reconstruir su ambiente original y tratar de captar el espíritu de los que le dieron su primera formación, fuimos allí una tarde de verano. Nos recibieron amigablemente sus padres, Josep y Genoveva, su hermano y su cuñada, Miquel y Carme, padres de dos chiquillos, y su hermana menor, María.

Nos enseñaron, primeramente, los recuerdos que conservan de Joan: un libro del evangelio, que él usó durante toda su vida, y que en su último viaje les regaló con la dedicatoria: «Tened confianza: Cristo ha vencido al mundo»; un álbum con fotografías de Joan, desde su nacimiento hasta su entierro; otro álbum con todas las cartas que les había escrito desde Chile; y un tercero con las cartas de pésame, que los amigos les habían hecho llegar, y con recortes de diarios y revistas que se hicieron eco de su vida y de su muerte.

Después, a fin de satisfacer la curiosidad de los que querrían conocer la raíz familiar, la manera de vivir y de pensar de sus padres, sus reacciones ante los dolorosos hechos y también el origen de su personalidad humana y cristiana, tuvimos una conversación que, oportunamente registrada, ofrecemos a continuación de manera resumida:

--¿Esta finca es propiedad vuestra?
Padre: No, nosotros no somos propietarios, somos colonos y vamos a partes iguales con el dueño.

--¿Qué tipos de trabajos hacéis, qué cultivos tenéis?
Padre: Aquí hay de todo un poco. Maíz, alfalfa, avena, cebada...Todo lo que se recoge para uso del ganado.

--¿Cuánto ganado poseéis?
Padre: Entre ganado menor y mayor debe de haber más de unas treinta cabezas. Además, tenemos gallinas, pollos, patos. Todo eso es para comer nosotros, para el consumo interno, no para hacer negocio. El negocio lo hacemos más bien con las vacas y los terneros. Vendemos unas cuantas cabezas cada año, y también los productos de los campos, que transformamos en ganado, y así rinde más. También vendemos leche.

--¿Y eso da para vivir todo el año?
Padre: Vivir, sí. Muy limitado. Pero ya nos conformamos con eso.

--¿Qué extensión tiene la finca?
Padre: Aquí debe de haber unas cinco o seis hectáreas de tierras de cultivos y unas trece o catorce hectáreas de prado. Pero aquí, en el campo, contamos por «vesanas». Cada hectárea tiene cuatro «vesanas» y media.

--¿Tenéis Seguridad Social?
Padre: Sí.

--¿La pagáis vosotros o el dueño?
Padre: La pagamos nosotros. Yo no trabajo como un empleado, sino por cuenta propia. Hago tratos con el dueño y cultivo las fincas. Por eso no paga él la Seguridad Social. Son los grupos que se llaman autónomos. También entran ahí los pequeños propietarios.

--¿A qué edad os podéis jubilar?
Padre: A los 65 años.

--¿Qué edad tenéis vosotros actualmente?
Padre: Genoveva tiene 61 y yo 63.

--¿Os parece que ya pronto hará dos años de la muerte de Joan?
Madre: No me lo puedo imaginar. Para mí es como si fuera ahora mismo, el dolor es muy vivo. Son cosas que no se borran nunca más. Yo, al llegar el día 19 de cada mes, vuelvo a vivir todo lo que ha pasado. Pero lo que me da más consuelo es el ver que tenía tantos amigos que lo amaban tanto.

--¿Recordáis el día que os pidió entrar en el seminario ? ¿Qué recuerdo conserváis de ello?, ¿cuántos años tema?
Madre: Desde muy pequeño ya lo decía, que quería ser sacerdote. Después vino una temporada que parecía que no, pero a los ocho o nueve años nos pidió ser monaguillo. Yo le dije: «Pero, ¿no ves que de aquí, de casa, no llegarás a tiempo? Llegarás tarde a la iglesia, y a «mossén» Salvador no le agradará». Y él dijo que no, que llegaría a tiempo, y se marchó entusiasmado, y después dijo que quería ir al seminario, y se marchó, pero a nosotros no nos sabía mal que fuera.

--No os disgustaba, pero de hecho él era el mayor de la familia...
Padre: Bien, pero para que estudiase, nunca nos supo mal, allá donde fuera.

--¿A pesar de que perdíais una gran ayuda para el trabajo?
Padre: Gran ayuda no perdíamos porque nos quedaba Miquel. En el verano, que es cuando hay más faena, cuando venía de vacaciones, nos ayudaba, y ya teníamos bastante con eso.

--¿Qué faenas hacía?
Padre: Hacía lo que era preciso, en el campo y en la casa, iba a buscar lo que fuese, no tenía pereza ninguna, nos ayudaba a regar, a recoger hierba...

--¿Sabía él hacer el trabajo del campo, si ya de pequeño marchó al seminario ?
Padre: No tenía la práctica, pero ponía su esfuerzo; tenía mucha voluntad para ayudarme, no porque tuviese que hacerlo continuamente, pero tenía mucha voluntad para ayudarnos. Un año se marchó a Lourdes, con los enfermos, y procuró ayudar a llevarlos y a transportarlos al tren, y allí donde fuera.

--Una de las características de su vida, que se nota mucho en sus cartas y en sus diarios, es que él no podía estarse sin trabajar.
Madre: No podía estar sin trabajo. Siempre se dedicaba a una cosa u otra. Tanto le daba si tenía que ir a comprar como si tenía que hacer algún trabajo en casa.

--Eso es lo que él dice siempre, que fuisteis vosotros, sobre todo sus padres, los que le enseñasteis el sentido del trabajo.
Madre: Le acostumbramos mucho a eso.

--¿Tuvo enfermedades de pequeño?
Padre: Sólo una, una sombra en la pleura, cuando tenía siete años.
Madre: Yo le quería decir sobre este espíritu de servicio, de trabajo, que, a diferencia de la mayoría de otros seminaristas que se pasaban el verano matando el tiempo, jugando a cartas y pasándolo bien, él tenía este sentido de hacer alguna cosa positiva durante sus vacaciones, ya fuese ayudando en casa, haciendo «colonias de verano» en Port-Bou, trabajando con los chiquillos o bien dando clases a chicos estudiantes que habían suspendido alguna asignatura.

--¿El seminario era gratuito o teníais que pagar alguna cosa?
Padre: Se tenía que pagar la pensión y los libros. La enseñanza era gratuita.

--¿Y cuánto era la pensión aproximadamente? ¿Lo recordáis?
Padre: Cuando comenzó, eran 150 pesetas al mes.

--¿Y cuando fue al seminario de Madrid, tuvisteis que pagarle la pensión?
Padre: No, en Madrid no pagamos nunca nada, pero aun así resultaba más caro, porque allí necesitaba para los viajes y los libros, y todo junto hacía más elevados los gastos.

--Una de las características de Joan es que siempre tenía que pedir «cuartos», como él decía.
Padre: Siempre andaba justo de dinero, pero se lo sabía administrar. Ahora bien, para fumar, beber y comer me parece que siempre procuraba tenerlo.

--Siempre estaba dispuesto a comer. Eso es bonito: gozaba comiendo.
Padre: Sabía cuidarse.

--Una de las características que yo he observado leyendo sus escritos es que tenía una salud de hierro.
Madre: Sí, solamente tuvo aquella pequeña afección de la pleura.

--Eso le sirvió mucho porque las jornadas de trabajo que hacía eran muy fuertes.
Madre: Sí, él decía: «No sufráis, ya soy valiente, ya puedo hacerlo, no hago nada que no pueda. Aunque tenga sueño, teniendo salud, yo no me asusto».

--Cuando vino de vacaciones el año 72, ¿lo visteis más fatigado o demacrado ?
Madre: No, al contrario. Yo me pensaba que lo vería muy desmejorado, y lo vi muy animado y contento. Quedé muy tranquila. El me decía que no sufriese, que estaba bien, que estaba muy tranquilo, que ya se cuidaba. Al ver que tenía aquellos deseos de marchar y que estaba bien, pensé: «Señal de que le sienta bien». Me dijo también que sus ojos se le habían mejorado, porque antes tenía que llevar gafas. Y pensé: «¡Mira, qué bien!» y no sufría tanto; estaba más tranquila, y cuando más tranquila estaba ha venido lo peor... (se le hace un nudo en la garganta, solloza, pausa).

--¿Y cuánto tiempo estuvo aquí de vacaciones?
Padre: Dos meses, que se nos pasaron muy de prisa. Después se marchó diciendo que no tardaríamos mucho en volver a vemos, y repetía que él tenía allá su trabajo y que no se podía quedar más tiempo.

--¿Guardáis todas las cartas que os escribió?
Madre: Sí. Desde la primera que escribió en el avión, cuando se fue a Chile, hasta la última, que nos llegó después de saber la noticia de su muerte.

--¿Y a qué se debe que guardaseis todas las cartas que os enviaba?
Padre: Pues las guardábamos porque ésta era una manera de tenerlo un poco entre nosotros y porque siempre en sus cartas había cosas muy interesantes sobre Chile, sobre la situación del país, y especialmente sobre su trabajo. A veces también nos enviaba cintas grabadas. Eso nos hacía más ilusión aún, porque podíamos así escuchar su voz y todo. Gracias a Dios, hemos vivido siempre muy unidos, porque tanto él como nosotros nos explicábamos por carta todas nuestras cosas. A veces le hacíamos preguntas sobre la situación de Chile o sobre la manera de ser cura en Chile, y él siempre nos tenía al corriente de todo. Siempre hubo mucha confianza.

--¿Cuándo os pidió irse a Chile?
Madre: Eso fue cuando hacía el tercero de filosofía. Y no pidió irse a Chile. El hablaba de irse a las misiones. Me dijo: «¿Sabes, madre, qué cosa he pensado ?; aún no le he dicho nada a padre, pero os quería pedir autorización para irme a estudiar, y así poder marcharme un día a las misiones». Y recuerdo que yo le dije: «Pero no ves que allá en las misiones matan a los sacerdotes?». Y él me contestó: «No tengáis miedo. No se han comido a nadie todavía. Es para ir a ayudar. Ya vendré de vez en cuando a veros. ¿Os sabría mal que marchase? Como ya tenéis a Miquel y a María, no quedaréis solos». Yo le respondí que, de echarlo en falta, sí que lo echaríamos mucho, pero que él era libre de escoger el camino que le pareciera más conveniente. Y que, si ésta era su vocación, no nos podíamos oponer de ninguna manera. Y así se marchó primero a Madrid a estudiar y a prepararse para ir a las misiones. Estuvo en Madrid hasta que terminó sus estudios, y luego regresó aquí para ordenarse sacerdote.

--¿Y qué recordáis de su ordenación sacerdotal?
Madre: Aquel día fue de mucha alegría para todos. El señor obispo vino a ordenarlos aquí a Castelló mismo. Eran nueve los de la promoción de aquel año. Porque él se ordenó con los que años antes habían sido sus compañeros de estudios en el seminario de Girona.

--¿Y después marchó en seguida a Chile?
Madre: No. Primero estuvo dos años de vicario en Malgrat.

--¿Le añorabais cuando se marchó a América? Madre: Mucho, pero ya nos hacíamos cargo de que ésta era su vocación porque Joan decía siempre que su tarea la tema allá. Nosotros, sin embargo, sufríamos si pasaban algunos días sin recibir carta. Pensábamos que podía haberle pasado algo. Pedíamos a Dios que le diese salud. Pedíamos que no enfermera estando lejos de casa.

--¿Cuál creéis que era su mejor cualidad?
Madre: ¿Su cualidad...? Le agradaba mucho ayudar a la gente, hacer favores.

--¿Y su defecto más importante?
Madre: No lo sé. No era demasiado cuidadoso con su persona.
Padre: Era un tanto rudo, no iba lo bastante aseado; además, quizá fumaba demasiado.
Madre: Tenía algo de brusquedad en el trato con las personas, excesiva sinceridad, iba demasiado directo. Al hacerse mayor, se fue puliendo.

--Si quisieseis destacar el punto más importante de la fe cristiana, ¿cuál creéis que es?
Padre: Yo pienso que el cristianismo es ayudar al humilde. Según he oído predicar a algunos sacerdotes. Cristo tuvo que morir por ayudar a los pobres. Entonces, si es así, se ha de ayudar al pobre. Yo creo que muchos quieren ser cristianos y no tienen ni siquiera un pelo de tales. Muchos irán a confesarse y a comulgar y a misa cada día y no ayudarán jamás a un pobre, por millonarios que sean. El cristianismo es ayudar al humilde, al pobre, al enfermo.

--No querría renovar vuestro dolor; pero, ¿hasta qué punto os afectó la noticia de su muerte?
Madre: Creo que eso no se puede explicar con palabras. Lo hemos sentido mucho y hemos llorado mucho... Pero nos consuela saber que ha dado su vida por los pobres, porque se hiciera justicia. El era incapaz de hacer daño a nadie. Al contrario: sólo miraba de hacer bien y ayudar a todos. Hemos tenido tantas visitas de amigos suyos y hemos recibido tantas cartas en que nos dicen que Joan dio su vida como Jesucristo, que eso nos ha consolado y nos da esperanza. Yo he ido animándome poco a poco y ahora a veces puedo pasar unos días sin llorar, pero de pronto sí que lo hago. Hemos sufrido mucho, sobre todo los primeros meses, y todavía ahora es muy vivo el dolor.

--¿Por qué creéis que lo mataron?
Padre: No sé si fue por hacer política o por algún cargo particular de su trabajo. También aquí, durante la guerra, mataron a muchos por motivos particulares y no por política. El, en Chile, tenía un cargo muy importante en el hospital, y quién sabe si hubo alguno que dijo: «Este cargo lo quiero para mí, y no ha de ser para un extranjero». Ahora bien: eso, no lo sabemos.

--¿Vosotros creéis que es malo hacer política?
Padre: Según como se mire. Puede ser malo y puede ser bueno.

--¿Cómo lo mira usted?
Padre: Si hacer política es hacer daño, entonces es malo; pero si hacer política quiere decir hacer el bien, ayudar a los pobres y a los trabajadores, entonces es bueno.

--¿Y cuál es la política que hacía Joan?
Padre: El hacía la política de ayudar a los pobres, creo yo. Y, si lo mataron porque ayudaba a los pobres, tuvo su muerte como Jesucristo, que lo mataron porque ayudaba a los pobres.

--¿Quién fue el que os dio la noticia de su muerte?
Padre: La noticia vino del ministerio de asuntos extranjeros, que la comunicó al gobierno civil de Girona, y ésta a la guardia civil de Castelló d'Empúries.
Madre: Se la dieron primero a Miquel, porque fue el primero que encontraron ya que vivía en el pueblo. Luego, antes de decírnosla a nosotros él quiso confirmarla en el gobierno civil.

--¿Vosotros estabais al corriente de lo que pasaba en Chile?
Padre: Desde el día del golpe de estado, a mí se me venía todo encima, porque me ha gustado siempre escuchar las noticias y estar al corriente de lo que pasa. Pues yo, desde el día 11 de septiembre que dieron la noticia de que había golpe de estado en Chile, sufrí continuamente. No me habría imaginado nunca que lo hubiesen de asesinar así, pero pensaba: «Puede salir a la calle», y sabía que él era muy decidido para ir a auxiliar a cualquier necesitado y que una bala perdida podía matarlo... El golpe fue muy fuerte al recibir la noticia, y también el no tener el consuelo de poderlo ver. Porque iban pasando los días y, como que no lo habíamos visto muerto, ni acompañado al cementerio, nos parecía que no podía ser y que aparecería de un momento al otro. Nos impresionó mucho una carta que recibimos de él, dos días después de saber su muerte, donde nos decía que estaba bien y que no sufriéramos. Después, todas las cartas que fueron llegando de sus amigos nos relataban las buenas obras que había hecho...

--¿Y sobre el Ultimo escrito que redactó la noche antes de morir?
Madre: Mire, la verdad es que nos damos cuenta de que este escrito conmueve a mucha gente porque fue su último escrito. Pero sí dice cosas que cuesta un poco entender. Nosotros lo recibimos después de un mes de su muerte. Y como nos habían dicho que Joan antes de morir había dejado «una carta muy importante», nos pensábamos que en ella se despedía de todos nosotros al ver que le iban a matar. Es por eso que todos esperábamos con muchas ansias tener esta carta en nuestras manos. Y en cuanto la recibimos --nos la trajeron por mano nos dimos cuenta de que aquella carta no era como las anteriores. Nos impresionó mucho ver que allí había unos pensamientos que iban dirigidos también a mucha otra gente. Eso hacía que aquel escrito tuviera también más valor para todos nosotros. Se veía que cuando los escribió tenía presente sobre todo a su pueblo, al que había ido a auxiliar. Se ve bien claro que él puso su vida en manos de Dios y se confió plenamente, y Dios aceptó la ofrenda de su vida. Eso, a nosotros, también nos anima. Además, todo el que habla de este escrito le da el nombre de «testamento espiritual» de Joan. Como digo, eso también nos consuela y nos conforta.

--¿Qué pensáis de los militares chilenos?
Madre: Sí, yo... lo que pienso es que no se han portado nada bien. Que aquel hijo por el cual me sacrifiqué tanto para hacerlo llegar a mayor, ellos ahora me lo han muerto sin muchos miramientos. Pero la verdad es que tampoco siento odio en contra de ellos porque sé que Joan antes de morir también los había perdonado.

--¿Les disgusta que Joan haya ido a Chile?
Madre: Saberme mal que haya ido allí, no, porque pienso que él fue para ayudarlos, y, aunque lo han matado de esta manera, no les había hecho ningún mal. Por lo que nos han dicho sus compañeros que han llegado de Chile, allá hay mucha gente --sobre todo de la clase pobre-- que se acuerda de Joan y que lo ama.

--De hecho sois vosotros un poco los culpables de todo eso, porque si le fijasteis aquellas ideas en la cabeza y él se las tomó en serio...
Madre: No nos sabe mal habérselas enseñado.

Al terminar la conversación, aún tristes por los recuerdos suscitados, nos sentamos sobre el prado, próximo a la casa, para comer un casero pan con tomate y jamón. Los niños de Carme y Miquel juegan y hacen bullicio, subiéndose a la parva de paja cercana a nosotros. Es la hora del crepúsculo, y, mientras el sol se va poniendo y los campos se tornan más quietos y misteriosos, me alejo del Mas de Sant Joan, recordando aquellas palabras de Josep Plá:

La estructuración de la sociedad de este país se alimenta y dimana de nuestras masías: de ellas ha salido, sale y saldrá la mejor sangre del país, su fuerza humana básica, perennemente activa, positiva y ascendente en todos los aspectos. Por eso las masías son importantes y no sólo desde el punto de vista de la arquitectura rural.

Y además aquellas otras de Torras i Bages:

Las casas solariegas catalanas son como iglesias domésticas; troncos seculares de los cuales brotan generaciones y generaciones de cristianos y ciudadanos. Nosotros pensamos que en el hombre campesino se encuentra el ejercicio máximo de las relaciones del hombre con Dios, con la naturaleza y con la humanidad en general.

Tal vez Torras se excedió un tanto en esta consideración, pero ciertamente Joan Alsina vivió esta triple relación con una fuerza verdaderamente notable.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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