joan alsina
Joan Alsina: chile en el corazón
UNO DE TANTOS

capítulo 3

El día que Pablo Neruda recibió el premio Nobel de literatura, pronunció un bellísimo discurso en el cual, entre otras cosas, relataba de forma simple no sólo por qué su poesía se había comprometido con el hombre, sino también por qué él, como poeta, se había enrolado activamente en uno de los partidos de la izquierda chilena y, a través de él, en las fuerzas vivas del pueblo organizado.

Extendiendo los deberes del poeta, en la verdad o en el error, hasta sus últimas consecuencias, decidí que mi actitud dentro de la sociedad y ante la vida debía ser también humildemente partidaria. Lo decidí viendo gloriosos fracasos, solitarias victorias, derrotas deslumbrantes. Comprendí, metido en el escenario de las luchas de América, que mi misión humana no era sino agregarme a la extensa fuerza del pueblo organizado, agregarme con sangre y alma, con pasión y esperanza, porque sólo de esta henchida torrentera pueden nacer los cambios necesarios a los escritores y los pueblos. (1)

Neruda, a pesar de su formidable influencia mundial, se consideraba, pues, un miembro más del «ejército considerable» del pueblo, un militante disciplinado de la «extensa fuerza del pueblo organizado», una gota de la «henchida torrentera», de donde puede nacer la maravillosa ciudad que donará --en palabras del poeta-- «luz, justicia y dignidad a todos los hombres».

Su experiencia personal, extensa y variadísima, le hizo descubrir «los gloriosos fracasos, las solitarias victorias, las derrotas deslumbrantes» de este pueblo que camina sin descanso enfrentándose día a día tanto a los recalcitrantes como a los impacientes.

Uno de estos desastres históricos ha sido sin duda el de su propio pueblo. Los millares de chilenos presos, muertos o desaparecidos son una parte de este ejército innumerable que, con su dolor indecible o su sangre derramada, han debido pagar el paso hacia la ciudad futura. La mayoría de ellos son héroes anónimos, hombres desconocidos cuyas vidas quedarán por siempre ignoradas.

Y, sin embargo, de esta ley trágica del anonimato se desprenden de vez en cuando algunos elementos individuales que, o bien por su condición de líderes, o bien por circunstancias extremadamente peculiares, pueden ser conocidos por sus coetáneos. Son casos poco comunes, pero tienen importancia porque permiten ofrecer al resto de la comunidad --aparte de ellos mismos y sus cualidades personales-- todo lo que puede esconderse tras el ejército de los desconocidos.

Uno de estos casos es el de Joan Alsina. Si queremos destacarlo haciéndolo objetivo de nuestra biografía, no es precisamente porque su vida o su muerte tengan un carácter excepcional --tantos y tantos fueron los compañeros chilenos caídos en la misma lucha-- ni porque gozara de condiciones especiales de líder --se trataba precisamente de un hombre «normal»--, sino porque tenemos la suerte de disponer sobre él de una abundante documentación, escrita o hablada, personal o ajena, que nos permite reconstruir con bastante claridad y precisión su itinerario personal y, a través de él, las razones profundas de todo un pueblo que hubo de recibir la más cruel represión.

Por un lado disponemos de los escritos personales. El hecho de que pasara la mayor parte de su vida lejos de casa y de sus amigos lo llevó a escribir cartas y a grabar cintas con frecuencia;

se conservan 187 de las primeras y 7 de las segundas.

Simultáneamente, su temperamento cuidadoso y reflexivo le llevó a tomar apuntes de las lecciones que recibía de sus formadores durante su época de estudiante, y también a escribir un diario de vida, personal e íntimo: el conjunto totaliza un cuaderno de apuntes y ocho cuadernos de diario, con 416 páginas manuscritas.

Finalmente hemos conservado algunos escritos suyos publicados en revistas u hojas ciclostiladas, y diversas notas sueltas.

El conjunto de este valioso material se habría perdido de no haber mediado el buen juicio y el amor de la familia, que lo recogió y lo conservó íntegramente.

Juntamente con sus escritos personales, disponemos también de testimonios orales o escritos de otras muchas personas que lo conocieron y trataron, contenidos en 47 cartas de pésame, 22 cassettes y otros escritos diversos. De igual forma, si no hubiese mediado un valiosísimo trabajo de investigación, llevado a cabo por sus compañeros chilenos, todo este volumen complementario de información igualmente se habría perdido.

Todo ello nos permite reconstruir la vida de un hombre cuya característica principal es precisamente la normalidad, la antiespectacularidad, el ser uno de tantos. Y es precisamente eso lo que ahora causa más admiración.

Joan Alsina i Hurtos nació en Castelló d'Empúries, pequeño pueblo campesino de Cataluña, el 28 de abril de 1942. A los 11 años ingresó en el seminario de Girona, donde cursó los cinco años de humanidades y los tres de filosofía.

Sensible a la llamada misionera, decidió entregar su servicio pastoral a América latina. Por eso, a los 19 años, marchó a completar sus estudios al seminario hispanoamericano de Madrid, donde cursó los cuatro años de teología y recibió una formación más especializada en vistas a su futuro trabajo pastoral.

El 12 de septiembre de 1965 fue ordenado sacerdote en su propio pueblo de Castelló d' Empúries y durante dos años ejerció de vicario en Malgrat.

En los primeros días de febrero de 1968 llegó a Chile. Al cabo de un mes fue destinado a la ciudad de San Antonio, el segundo puerto del país, donde emprendió un trabajo pastoral más bien de corte tradicional.

Sin embargo pronto se dio cuenta de que su tarea no podía ceñirse a la simple administración sacramental o catequética. Comenzó entonces a trabajar en el hospital de la ciudad como simple funcionario en la oficina de personal, en abril de 1970.

Durante todo este tiempo y hasta el final de su vida, combinó el trabajo profesional con el pastoral, atendiendo diversas comunidades cristianas en su doble dimensión evangelizadora y de promoción humana en los barrios periféricos y también en el Movimiento de Acción Católica Obrera (MOAC) del cual era consiliario. A principios del año 1972 hizo un viaje a España en unas cortas vacaciones de dos meses. Al año siguiente, conflictos con la jerarquía local, que no llegó nunca a comprender su doble tarea profesional y pastoral, le hicieron trasladarse a Santiago a primeros de junio. Allí, el Servicio Nacional de Salud lo destinó al hospital de San Juan de Dios como jefe de la oficina de personal al frente de 15 funcionarios de los 3.000 que tenía dicho centro hospitalario. En este último período vivió en la población periférica José María Caro, al frente de una de las comunidades cristianas del sector y haciendo de consiliario del MOAC.

El día 19 de septiembre de 1973 fue detenido en el hospital por una patrulla militar y llevado prisionero. Seis días más tarde, sus compañeros recibieron una comunicación del consulado español para que fuesen a la Morgue de Santiago a retirar su cadáver. Según les informaron, había ingresado allí el 20, a las 10 de la mañana, con todo un camión de cuerpos recogidos en el río Mapocho. Tenía la cabeza contusionada y la espalda perforada por diez balas, una de las cuales le había salido por el pecho. Al día siguiente fue enterrado en el cementerio parroquial de San Bernardo.

Fue ese día cuando sus compañeros, registrando sus papeles y efectos personales, descubrieron un escrito, fechado la vigilia de su detención, que les conmovió profundamente; en él Joan revelaba la profundidad última de su existencia angustiada y desconcertada; su sentido solidario con el pueblo, que sufría incomprensiblemente todos los males; su indignación irónica ante los que creían tener el «poder» pero les faltaba el «ser»; su tristeza recriminatoria ante una iglesia inmensamente lejana; su burlesco despecho hacia unos militares que hipócritamente querían justificar lo injustificable; su impotencia radical y absoluta ante todo lo que sucedía y, sobre todo, el sentido último de la presencia del Verbo hecho carne en la historia, presencia clandestina que construye el cuerpo de Cristo en la carne triturada del pueblo del cual él formaba parte como un grano de trigo destinado a pudrirse para poder dar fruto.

En medio de tiroteos que se escuchaban en la oscuridad de la noche, Joan escribió estas líneas entrecortadas y punzantes, que parecen más flujos de sangre y contradicción que tranquilas emanaciones del espíritu. Así consiguió dejarnos un texto de rara belleza, impresionante, que nos permite entrever a qué profundidades de vivencia puede llegar un hombre cuando se encuentra en situaciones límites de dolor, de derrota y de esperanza. Y, aún más: nos permite descubrir su irrevocable decisión de llevar la solidaridad hasta el extremo, asumiendo el riesgo de la muerte.

La lectura de esta singular despedida, que algunos han considerado como un testamento, denota una fuerte personalidad y una profundidad de espíritu nada comunes. Palabras como estas no se improvisan. Sin duda es toda una vida la que se esconde detrás de ellas. Esto es lo que intentaremos exponer en las páginas siguientes: el itinerario personal de un hombre que, gracias a una gran coherencia de espíritu y a una firmeza interior a prueba de balas, llegó al final de su camino con una grandeza y con una seriedad capaces de ganarse el respeto más universal.

Particularmente para nosotros, desenterrar la historia de Joan Alsina es como un acto de justicia para con él, al resucitar, según nuestras posibilidades, a aquel a quien quisieron aniquilar de una forma absoluta y, también, una manera de colaborar en la realización de aquellas palabras suyas y de Cristo: «Si el grano de trigo no muere, no da fruto; pero si muere, da mucho fruto».


Notas:

1. Etudes ibériques et latinoaméricaines 5.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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