joan alsina
Joan Alsina: chile en el corazón
EL ULTIMO ESCRITO

capítulo 11

Trataremos ahora de ofrecer algunas pistas de reflexión que nos ayuden a comprender el Ultimo escrito de Joan, porque es un texto que por su lenguaje necesariamente simbólico no siempre es inteligible a una primera lectura. Creemos que en él se encuentran admirablemente resumidas las últimas motivaciones de Joan en su vida y en su muerte, y, por tanto, es como la síntesis de toda su existencia, que nos ofrece de forma total el significado último de su persona. A nuestro parecer, nos encontramos ante una de las piezas maestras de la literatura cristiana, que no por ser obra de un contemporáneo tiene menos importancia. Al fin y al cabo, la historia de la iglesia y del cristianismo la vamos escribiendo entre todos, y en cualquier lugar y momento puede aparecer aquella luz privilegiada que puede iluminar no sólo a los que estamos en el hogar, sino también a los que nos contemplan desde afuera. Este ensayo de interpretación pecará forzosamente de subjetivo, a pesar del esfuerzo que hemos procurado hacer por internamos en el espíritu de Joan, tanto en el momento que lo escribía como en el conjunto histórico y evolutivo de su personalidad dentro del contexto preciso de la experiencia chilena y su brusca interrupción. Otros lo podrán interpretar de otro modo, y gustosamente dejamos la puerta abierta para que todos puedan decir su palabra. Lo que diremos será, simplemente, lo que nosotros hemos visto, sin más pretensiones. Proponer no es imponer, y menos en relación a un texto que no dudamos en calificar de «místico» en el mejor sentido de la palabra, dada su fuerza extraordinaria y su poder de síntesis.

El texto consta de tres momentos existenciales: una mirada al pasado aún vivo y caliente, con la pregunta angustiosa: ¿por qué?, una radiografía del presente con su carga de incertidumbre: ¿y ahora...?, y una apertura al futuro con una toma de posición afirmativa: esperanzas... Creemos, pues, poder descubrir un itinerario progresivo del abatimiento al coraje, aunque éste se resuelve a un nivel que no es simplemente histórico, sino que se adentra en el misterio de la fe, el único que, para Joan, puede colocarlo en el terreno sólido de la esperanza.

¿Por qué?

Habíamos querido poner vino nuevo en odres viejos, y nos hemos quedado sin odres y sin vino... de momento.

La vía chilena hacia el socialismo pretendía traspasar el poder de las clases privilegiadas a las desposeídas, respetando las estructuras democráticas que el país se había dado, y que, hasta entonces, se habían mostrado eficientes para mantener y perpetuar el poder de las primeras. Y, si bien el pueblo podía elegir periódicamente a sus representantes y asegurarse así cierta presencia en los aparatos de estado, con todo, los verdaderos centros de poder económico, político, judicial y militar permanecían en manos de personas y grupos, nacionales e internacionales, que mantenían intacta su fuerza y estaban dispuestos a usarla para bloquear y destruir el acceso del pueblo al poder. La nueva sociedad y el hombre nuevo que Chile pugnaba por construir era el vino nuevo de la alegría, el esfuerzo y la sangre del pueblo, que se vaciaba en los odres viejos de unas estructuras decadentes que, bajo la apariencia de democracia, favorecían realmente los intereses de los privilegiados. Y he aquí que, con el golpe de estado, todo queda repentinamente destruido: el vino nuevo del proyecto socialista y los odres viejos de unas estructuras «democráticas» ineptas.

Ya Jesús había constatado: «Nadie echa vino nuevo en odres viejos, pues el vino rompería los odres y se perdería vino y odres; sino que el vino nuevo se echa en odres nuevos» (Me 2, 22). Desgraciadamente, esto no se pudo conseguir en Chile, y la observación se cumplió al pie de la letra... de momento.

Hemos acabado el camino, hemos abierto un sendero y ahora estamos en las piedras. Seguiremos caminando los que quedamos aún. ¿Hasta cuándo? Ojalá encontremos árboles para guarecernos de las balas.

Aparece ahora una de las imágenes más caras a Joan: la del camino, la del sendero. Desde los tiempos del seminario y durante toda su vida había comprendido que su misión era la de abrir camino, tanto en el corazón de la iglesia como en el seno de la sociedad. Y he aquí que su experiencia personal se encuentra con la de todo un pueblo que para definir su proyecto de futuro utiliza la imagen de un camino: la «vía» chilena hacia el socialismo.

Todo esto se derrumba bruscamente, y él y el pueblo se encuentran al descubierto. Sin embargo, no por ello dejarán de caminar. Pero la lluvia de balas ¿se lo permitirá? ¡Ojalá encuentren un abrigo donde guarecerse!

«Ninguno de los que han mojado pan en las ollas de Egipto verá la tierra prometida, sin pasar por la experiencia de la muerte» (Fromm).

Aquí Joan evoca la experiencia del pueblo de Israel, que, habiendo salido de la esclavitud de Egipto para conquistar la libertad de la tierra prometida, se convierte para el creyente en el prototipo de cualquier otro pueblo que pugna por construir su propia liberación. Sin embargo, Israel no fue fiel a Moisés, su caudillo, ni a Dios, su guía. Su pecado fue preferir las ollas de Egipto --la comodidad de una vida segura, aunque esclava-- a la dureza de la vida del desierto, hecha de privaciones, pero llena de libertad. Y fue entonces cuando brotó la murmuración: Los israelitas dijeron a Moisés y a Aarón: «¡Ojalá hubiéramos muerto por mano de Yavé en Egipto, cuando nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos! Vosotros, en cambio, nos habéis traído a este desierto para hacer morir de hambre a toda esta muchedumbre» (Ex 16, 3). Pero también oímos el juicio de Yavé: «En este desierto yacerán vuestros cadáveres, los de todos los que fuisteis registrados de veinte años para arriba y habéis murmurado contra mí. Os juro que no entraréis en la tierra en la que, mano en alto, había jurado estableceros. Entrarán en cambio vuestros hijos; éstos conocerán la tierra que vosotros habéis despreciado» (Núm 14, 29-31). Y, efectivamente, de la primera generación, la que había salido de Egipto, nadie entró en la tierra prometida, ni siquiera Moisés, su caudillo.

Joan entiende que todos los pueblos de la tierra, y también el de Chile, no avanzan de forma lineal hacia su plenitud, sino que su camino está lleno de rodeos y de retrocesos. No obstante, su mirada profunda, iluminada por la fe, le hace presentir que la destrucción no es definitiva, y que más allá de los límites de la derrota el pueblo accederá a la independencia, y se hará realidad la conquista de la «tierra prometida». Dos planos parecen coincidir en este presentimiento: el propiamente histórico --según el cual la marcha del pueblo no será interrumpida, a pesar de la irrupción del fascismo--, y el misterioso o trascendente, según el cual todo esfuerzo humano quedará integrado en la victoria definitiva. El primero es compartido por todos los luchadores, que como Ho Chi Min o Che Guevara, mantuvieron siempre la esperanza de que, aunque ellos no vieran el resultado de la lucha, sí lo disfrutaría el pueblo por el que combatían. El mismo Allende había dicho horas antes de su muerte:

Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pasa el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

Sin embargo, parece que Joan va más allá, y, traspasando las vicisitudes históricas, clava su esperanza en lo que para los cristianos simboliza la «tierra prometida»: la victoria definitiva de la vida sobre la muerte y el reencuentro de los hombres consigo mismos, con los demás hombres y con Dios, término de la peregrinación humana. Manifestará esta convicción de forma más explícita en la tercera parte del escrito. Ahora, como en las oberturas de las óperas, se limita a insinuar el tema principal, que encontrará más adelante su pleno desarrollo.

«Ya no hay profetas entre nosotros». Sólo el becerro de oro. No falta nada desde hace dos días. Y, como no podemos hablar, masticamos. Y añoramos el pan seco, compartido, rebanado entre sonrisa y sonrisa.

Joan evoca el Salmo 74, escrito con ocasión de una de las destrucciones de Jerusalén, la capital de Israel, y el derrocamiento del templo:

Acercaos.
Todo son ruinas irreparables,
el enemigo ha devastado el santuario.
En el lugar de nuestras reuniones
oímos el grito de los opresores.
Han izado sus banderas
en vez de las nuestras.
Prendieron fuego a tu santuario,
lo han destruido,
quemaron todo lugar de santa reunión.
No vemos nuestras banderas,
no existen ya profetas
y nadie sabe hasta cuándo.

Tal vez estas palabras le fueron sugeridas al ver el incendio del palacio de La Moneda y la devastación de la ciudad. Sus líderes han sido muertos y los profetas de la nueva vía han enmudecido. Nadie sabe hasta cuándo. Los victoriosos, las clases privilegiadas, vuelven a poner en circulación los víveres retenidos artificialmente por la huelga de transportistas y el boicot de los comerciantes, provocando una engañosa abundancia. Como los israelitas en el Sinaí, erigen el «becerro de oro» para engañar al pueblo y provocar su adoración. No obstante, el pueblo se resiste, y, como el fuego de la metralleta lo ha dejado mudo, mastica con rabia su impotencia mientras añora la sobriedad de antes. Y Joan, junto con el pueblo, también añora la sencilla convivencia con las familias, cuando entraba en las casas del pueblo y preparaba con la dueña la comida modesta, compartida entre sonrisa y sonrisa...

No habíamos entendido lo de san Pablo: «Todos seremos probados al fuego». ¡La de paja que se ha quemado! ¿Dónde están los que querían llegar hasta las últimas consecuencias?

El texto de san Pablo al que alude Joan dice así:

Según la gracia que Dios me dio, puse los cimientos cual sabio arquitecto, y otro sobreedifica. Que cada uno mire cómo sobreedifica. Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está ya puesto, que es Jesucristo. Pero si uno edifica sobre este fundamento con oro, plata, piedras preciosas, maderas, heno, paja, aparecerá clara la obra de cada uno; pues aquel día lo descubrirá, porque se revelará en fuego, y el mismo fuego probará cuál fue la obra de cada uno. Si la obra que uno sobreedificó subsiste, recibirá su premio, si quedase consumida, sufrirá el daño; él, sin embargo, se salvará, pero como quien pasa por el fuego (1 Cor 3, 10-15).

No sólo los creyentes deben pasar la prueba del fuego. También los hombres y los pueblos, sean las que fueren sus creencias» para templarse necesitan pasar por el fuego de la prueba y de la destrucción. Se trata de una ley dialéctica que nadie puede eludir.

Sin embargo, entre el pueblo vencido de la Unidad Popular, ¡cuánta hojarasca! «¡la de paja que se ha quemado!».

Y entonces asoma la queja amarga, triste y decepcionada: «¿Dónde están los que querían llegar hasta las últimas consecuencias?». Cierto que muchos tienen motivos justificados para esconderse, pero ¿todos, precisamente? ¿No ha habido muchos que, en vez de seguir con los compañeros han preferido buscar refugio seguro, y los han dejado en la estacada? ¿Dónde está tanta palabra pronunciada sin el aval del hecho consecuente? Queja agria y desconcertante...

Estados Unidos nos había permitido jugar un juego tan asqueroso con unos arreglos tan limitados, que nosotros mismos nos hemos cansado de él. «Santa Democracia, pray for us».

La mirada indignada de Joan trasciende las fronteras de Chile y busca más allá a los responsables del desastre. Y entonces nos ofrece su punto de vista personalísimo sobre el imperialismo. Los Estados Unidos dejan «jugar a la democracia» a las repúblicas latinoamericanas siempre que no traspasen unos límites bien determinados, los que les impone la potencia inversora y económicamente invasora. Si estos intereses no se ven amenazados, dejan que los países actúen «democráticamente», es decir, que sus clases se enfrenten representativamente en el parlamento, o en la lucha directa, en las calles. Poco les importa que los diversos sectores, grupos y clases se devoren las entrañas mutuamente, o que, incluso, lleven a sus países a la bancarrota. Pero si descubren que en el ejercicio de este «juego de libertad», las oligarquías nacionales encargadas de velar por sus intereses van perdiendo terreno hasta el límite de exponerse a perder la batalla, restringen drásticamente sus arreglos económicos y tratan de provocar el colapso. Es entonces cuando los grupos interiores de los diversos países se radicalizan y pueden llegar incluso a destruir su tradición pretendidamente «democrática», mediante, por ejemplo un golpe, de estado.

Este es el caso de Chile: el respeto escrupuloso de Allende a las libertades públicas de los distintos grupos y sectores, hábilmente manejado por las clases dominantes, ha llevado al país a una situación insostenible. Cansado el país de un juego tan asqueroso, las clases más directamente amenazadas y estrechamente vinculadas a la fuerza militar han conseguido que ésta se alce para restablecer el «orden». Y con su intervención violenta, no sólo ha salvado los intereses de la potencia imperialista y los de la oligarquía-títere, sino que también ha arrumado toda forma de democracia.

Ante ello, sólo cabe invocar irónica y cáusticamente, en la lengua del imperio: «Santa Democracia, pray for us».

Es muy difícil resignarse --tan fácil predicar la resignación-- a perder. Porque perder significa dejar de tener y empezar a ser. Los que más tenían y siguen teniendo eran los que menos eran. Y eran los menos. Pero tenían el poder y la fuerza.

Juego de palabras que por su profundidad y concisión sabe mal deshacer. Joan está jugando aquí con la dialéctica del ser y el tener, encrucijada de la rectitud y el engaño. La sociedad de consumo, que empuja a la compra constante e indiscriminada de los productos que genera el capitalismo, tanto si son necesarios como si no lo son para el verdadero crecimiento del pueblo, cautiva al hombre con el espejismo del tener y tener siempre más. Es una carrera sin descanso en la que los hombres se olvidan de su propia dignidad para poseer al máximo, aun al precio de destruir a los demás. Frente a esta concepción se alza otra, cuya meta no es el tener, sino el ser. En ella no preocupa tanto el disfrute de más o menos objetos, experiencia siempre relativa al estar fuertemente condicionada por las necesidades y alcances conseguidos en el medio, sino que busca el auténtico despliegue de todas las potencialidades del hombre en el terreno de la participación, la concurrencia y la creación artística, que son ilimitadas y al tiempo compatibles, o incluso favorecidas por una pobreza efectiva --aunque relativa-- de medios. El punto de partida y el curso simultáneo de ambos caminos se superpone sutilmente y lleva fácilmente al engaño y a la desviación, al poder justificarse demagógicamente el tener por el ser. En estas condiciones, la sociedad capitalista, bajo la apariencia de progreso, estimula el tener más y traiciona el verdadero crecimiento del hombre al bloquearle e impedirle ser más.

Con estos antecedentes, Joan pasa a identificar los sectores sociales que personifican en Chile esta dialéctica entre el ser y el tener. Los que más tenían y siguen teniendo --la burguesía, las clases privilegiadas-- eran los menos numéricamente. En cambio, los que menos tenían o poseían --las clases obrera y campesina-- eran los que eran más --en dignidad y grandeza humanas-- y también los que más eran --desde el punto de vista numérico--. Pero no tenían el poder y la fuerza... Y por eso fueron vencidos.

Sin embargo, nuevamente Joan no se resigna al abatimiento de la derrota y, superándose mediante una difícil victoria sobre sí mismo, plantea que, gracias al fracaso, el pueblo ciertamente ha dejado de tener mucho, pero también ha empezado a ser mucho más, al revestirse con la dignidad de los que no tienen la fuerza pero tienen la razón. Y gracias a esta dialéctica el pueblo ha salido perfeccionado y, por lo tanto, mejor capacitado para reanudar la lucha. Con todo, este «optimismo histórico» no deja del todo satisfecho a Joan, y por eso se ve empujado a calar más hondo en el próximo razonamiento.

«El Verbo se iba haciendo carne». Y, esto, no lo aguantamos. Es el escándalo de la cruz. No lo hemos aguantado nunca. «Respetaremos todas las ideologías...». Mientras no osen hacerse carne y realidad. Si osan, haremos de ellas sangre y carne destrozada.

A nuestro juicio, llegamos ahora a una de las instancias más profundas alcanzadas por Joan en su Ultimo escrito: su comprensión de Jesús, el Cristo. Conectando con la afirmación de san Juan en el prólogo de su evangelio. Jesús de Nazaret es el Verbo hecho carne, es decir, hecho hombre como nosotros. Con todo, esta intuición, los primeros discípulos no la tuvieron desde el primer momento, sino que sólo se les puso de manifiesto después de la resurrección, cuando, a la luz del Cristo vencedor, descubrieron el verdadero significado de las palabras y los hechos de Jesús. La encamación de Dios, es decir, la asunción de nuestra condición humana, individual y colectiva, es el eje de la fe de la iglesia.

Para empezar, Joan entiende esta encarnación no como un hecho acabado, sino como algo que se va realizando cada día: «El Verbo se iba haciendo carne». En segundo lugar, anuda la encarnación generalizada del Verbo en la totalidad de la condición humana con su encarnación concreta en la realidad del pueblo chileno. Cualquier verbo, cualquier palabra, cualquier ideología, es fácilmente admitida por la comunidad mientras no ose hacerse carne, mientras no tenga la audacia de concretarse en una situación humana, y menos en un programa político, sobre todo si es el de una clase y un pueblo oprimidos que luchan por liberarse. En tal caso, el «respeto por todas las ideologías» --proclamado repetidamente por la Junta Militar-- se convierte en una propaganda hipócrita que encubre el verdadero fondo: el odio ciego y visceral hacia la ideología y el proyecto del proletariado: la construcción del socialismo. Por eso, del pueblo y de su proyecto se hará sangre y carne destrozada.

El peso de esta encarnación concreta es inaguantable. Los hombres nunca aceptarán que se amenacen sus intereses. Y entonces es cuando la encarnación --como en el caso de Cristo-- se transforma en víctima asesinada y muerta. Pero de esta muerte brota dialécticamente la vida. Es el escándalo de la cruz, anunciado ya por san Pablo, y que, una vez más, conduce a Joan al umbral de la esperanza:

Porque el lenguaje de la cruz es locura para los que perecen; mas para nosotros, que nos salvamos, es poder de Dios. Porque los judíos piden milagros y los griegos buscan la sabiduría, mas nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para judíos y locura para los gentiles; pero poder y sabiduría de Dios para los llamados, judíos o griegos. Pues la locura de Dios es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios más fuerte que los hombres (1 Cor 1, 18-25).

Desde luego, semejante percepción del triunfo sólo puede situarse más allá de las verificabilidades históricas, sólo tiene coherencia a los ojos de la fe... aunque la historia abunda en comprobaciones aproximativas: por ejemplo, la victoria del pequeño y desvalido pueblo vietnamita sobre la nación más poderosa de la tierra... No obstante, esta ley de sabiduría se adentra y encuentra su plenitud de confirmación en el misterio del designio de Dios, tan distinto del pensamiento de los hombres.

Joan insinúa el tema, como en el caso de la sinfonía, pero vuelve a su punto de partida y se plantea la cruda realidad.

¿Y ahora?

Son muchos los que han sido señalados, purificados. Setenta y dos, dicen las «cifras». En el éxodo eran cuarenta mil. Y aquí también. De una parte y de otra, ¿qué más da? Es pueblo, tropa. Tanto da. «Haremos un país nuevo, libre, independiente». Otras voces, otros ámbitos. No, las voces son las mismas. Y la dialéctica... también.

Joan evoca de nuevo el éxodo, y destaca el hecho y el número de los señalados, los purificados. Pero en este caso, para extraer todo su significado, juega con dos conceptos bíblicos de sentido literal dialécticamente opuesto, pero que se reencuentran integrados en el objeto final: la salvación total del hombre.

Por una parte dice que muchos han sido señalados, purificados, y evoca el número de los preservados --40.000-- la noche de la primera pascua. En aquella circunstancia, los israelitas, para preservarse de la matanza prescrita para los primogénitos de Egipto, señalaron los dinteles de sus casas con la sangre del cordero sacrificado, que comían en el interior (Ex 12, 21).

Sin embargo, esta primera evocación concuerda mal, en su sentido literal, con la experiencia chilena, donde precisamente los «señalados» fueron las víctimas de la matanza y la represión.

Y es que en la mente de Joan entra a jugar una segunda evocación, más directamente ligada con el segundo término de la frase: «Muchos han sido señalados, purificados». Es la escena del apocalipsis en la que los siervos de Dios verdaderamente salvados deben ser purificados por la sangre del cordero (Jesús) y marcados con un sello que los preserva de la condenación definitiva y los introduce en la salvación sin límites:

Después de esto vi otro ángel que subía del oriente y llevaba el sello del Dios viviente y gritó con gran voz: No toquéis la tierra ni el mar ni los árboles hasta que hayamos sellado en la frente a los servidores de nuestro Dios. Después de esto vi aparecer una gran multitud, que nadie podía contar, que estaban de pie delante del trono de Dios y delante del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Uno de los ancianos tomó la palabra y me dijo: Estos vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde vienen? Yo le respondí: Señor mío, tú lo sabes. El me dijo: Son los que vienen de la gran tribulación y han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero. Por eso están delante del trono de Dios y le sirven día y noche en su templo. El que está sentado en el trono extenderá su tienda sobre ellos. Ellos ya no tendrán más hambre, ni sed; ni les abatirá más el sol, ni ardor alguno. Porque el ángel que está en medio del trono, será su pastor y los conducirá a las fuentes de las aguas de la vida. Y Dios enjugará todas las lágrimas de sus ojos (Ap 7, 1-17).

El juego dialéctico de Joan reside precisamente en que los que han caído víctimas de la represión chilena y no han sido preservados de la matanza material --como lo fueron los israelitas que señalaron sus puertas la noche de la primera pascua-- son exactamente los que han sido purificados en la sangre del cordero, y como tales, alcanzan la salvación definitiva, la liberación sin límites.

¿Quiénes son estos? ¿Cuál es su número? De nuevo aparece en la pluma de Joan la denuncia irónica: en las «cifras» oficiales de la Junta Militar son extremadamente pocos, setenta. Pero según la realidad que le ha tocado vivir hasta entonces, la cifra es inmensamente superior, la que indica el éxodo simbólicamente, ¡cuarenta mil! Y el protagonista caído es el de siempre: el pueblo; civil o uniformado, obreros o tropa, ¡tanto da!; pueblo, pueblo, pueblo.

Los militares quieren justificar la durísima represión con el lenguaje demagógico de siempre: «Haremos un país nuevo, libre, independiente». Es la ideología nacionalista, hábil en encubrir --como en los tiempos de Hitler-- la crueldad más refinada. Pero Joan no se deja sorprender: aunque simulen otras voces, otros ámbitos, las voces son las mismas, y la dialéctica... también. Es la dialéctica de la mentira, la dialéctica de la contradicción flagrante entre hechos y palabras, entre la libertad que se proclama y la democracia que se destruye, entre la independencia que se promete y la entrega incondicional a la potencia imperial, entre el país nuevo que anuncian y el aniquilamiento de todo un pueblo que, durante casi un siglo, ha luchado por construir la nueva sociedad y el hombre nuevo.

Falta de conexión interna. No saber quién soy, de dónde vengo, ni por qué camino ando. Llegaré a casa. Este me mira. Este me puede arrestar. Escondido, depender de una clave, de una voluntad, de una intuición, de una confesión arrancada. Sudor frío, caliente. Una pieza pequeña, sola, fría. ¿Quién hay detrás del «fono» ? ¿Quién llama a la puerta a estas horas? No es saber qué haré, sino qué me harán. Y lo más doloroso: ¿por qué? Esto es la inseguridad. Y la conciencia de la inseguridad es el miedo. Ahora entiendo a Raimon cuando nos habla de la lucha contra el miedo.

En este párrafo, el más largo y tal vez el más entrecortado de todo el escrito, Joan refleja el clima de horror y de sobresalto interior que vivían él y los que, como él, estaban comprometidos en la causa popular, durante aquellos trágicos días que se iniciaron el 11 de septiembre. El ambiente de delación se respiraba en todas partes. Precisamente el día 19, el diario de derechas El Mercurio publicaba este comunicado de la Junta:

Se pone en conocimiento de toda la ciudadanía, tanto nacionales como extranjeros, que las denuncias, cualquiera que sea su naturaleza, podrán formularse a las unidades, reparticiones y cuarteles de las fuerzas armadas y carabineros. La información que proporcionen será de carácter reservado, manteniéndose una total discreción sobre la identidad del que la formula. Reitérase una vez más el agradecimiento a la ciudadanía por la cooperación extraordinaria prestada al supremo gobierno en la erradicación definitiva de nuestro país de los minoritarios grupos extremistas, que tanto daño causan a la inmensa mayoría de los chilenos. Firmado: Junta Militar de gobierno.

Los diarios empezaban a publicar fotografías de las personas buscadas y se ofrecía un premio en metálico. Los revanchistas de siempre hicieron su aparición, sembrando un clima de terror y espanto. En aquella noche del 18 de septiembre Joan vivía su propio Getsemaní: sudor frío, caliente. Recordaba las continuas visitas de los militares al hospital buscándolo, la «confesión» arrancada a Jorge Cáceres, origen de tantas premoniciones para Joan, el lenguaje en clave que al día siguiente debería utilizar la compañera del MOAC para identificarse si quería saber de él -- «di que eres mi prima; si algo me ocurre avisa al obispo que no podré ir a celebrar la misa: ésta es la clave»--, la desaparición cotidiana de tantos compañeros de los que ya nada se sabía, el espectáculo de tantos cuerpos muertos, abandonados por las calles, los tiroteos prolongados que se oían aún día y noche... Falta de conexión interna. No saber quién soy, de dónde vengo ni por qué camino voy andando. Una pieza pequeña, sola, fría... La angustiosa soledad de las últimas horas. El agotamiento humano antes de la última decisión. Sudor frío, caliente. Y el aguijón más doloroso: ¡¿Por qué?! Es la pregunta lacerante de Job y de todos los salmistas: ¿Por qué los justos son perseguidos y los ricos triunfan burlonamente? Esto es la noche, la oscuridad, el vacío, el vértigo, el silencio helado del que no brota ninguna respuesta. Y la consecuencia es la inseguridad. Y la toma de conciencia de la inseguridad es el miedo. El cartel del cantante catalán Raimon colgado en la pared de la pieza «pequeña, sola, fría» lo mira: «Ahora entiendo a Raimon cuando nos habla de la lucha contra el miedo».

A veces la paz no es más que miedo:
miedo de tí, miedo de mí,
miedo de los hombres que no quieren la noche...
A veces la paz
tiene el sabor de la muerte.
De los muertos para siempre,
de los que son sólo silencio...
A veces la paz
es como un desierto
sin voces ni árboles,
como un vacío inmenso donde mueren los hombres...
A veces la paz
cierra las bocas
y ata las manos,
Sólo te deja las piernas para huir...

¿Qué es el miedo? --se pregunta finalmente Joan--. El miedo no es saber qué haré, sino qué me harán... Respuesta precisa, tremenda, sobrecogedora...

Y siguen los disparos. De noche, sobre todo. ¿Contra quién? Pueblo, pueblo, pueblo. De una parte y de otra. Ellos: o están muertos --los que eran-- o huyen, o están arriba. Estrategias, bandos, declaraciones. Y el pueblo yace, o dormido o muerto.

Sigue la radiografía de la noche... exterior e interior. Más allá de las facciones atrincheradas, la realidad es la misma: pueblo, pueblo, pueblo. Y con ella, la derrota. Y con la derrota, la dispersión. Los que eran están muertos. Los demás, o huyen o están arriba. Son los oportunistas de siempre, los que se sientan al sol que más calienta, los que se pasan de trinchera como quien cambia de camisa. Y mientras las personas conspicuas, los bienpensantes, vuelven a situarse según la nueva coyuntura, la masa del pueblo o está muerta por su coherencia o contempla pasivamente lo que sucede.

Y la impotencia. La sangre que hierve. Las palabras que no salen. Y saber que --palabras y hechos-- están condenados al polvo, a la sangre y a la carne machacada y destrozada.
¿Y nuestra santa madre ?
No se puede improvisar. El equilibrio sólo sirve en tiempo de «paz».

Ante el espectáculo de la dispersión, y la aparición de los oportunistas, Joan siente hervir la sangre de rebeldía, de enervamiento, de impotencia. Las palabras se empujan, pugnan por salir, pero la misma rabia y contradicción las ata al cuello... y a la pluma. Y todo, ¿para qué? Al fin y al cabo, las palabras y los hechos --nueva resonancia raimoniana: «palabras y hechos que aún nos hermanan, en la lucha contra el miedo, en la lucha contra la sangre, en la lucha contra el dolor, en la lucha contra el hambre. En la siempre necesaria lucha contra lo que nos separa y nos hace sentirnos a todos extraños»-- sí, las palabras y los hechos, al fin y al cabo, están condenadas a la destrucción y al aplastamiento.

La crispación es dramática, y Joan, debatiéndose entre el ahogo y el naufragio, lanza un último SOS a la iglesia --la «santa madre»--: ¿con ironía? ¿sin ironía?... aún más trágico.

Pero la respuesta le hiela el corazón. La iglesia, acostumbrada como está a los equilibrios --tan fáciles en tiempo de «paz», cuando el maridaje iglesia-estado deja un amplio margen para el juego y la reflexión diplomática--, permanece también desconcertada cuando se rompe el acoplamiento. En esos casos su reacción instintiva no es escuchar el clamor angustiado y desesperado del pueblo que se ahoga y arrojarse a salvarlo; sino detenerse, precavida y bruscamente, no arriesgando ni siquiera una sola carta: «¡Alerta! No se puede improvisar...».

¡Cómo le debía quemar en aquellos momentos a Joan la declaración del comité permanente del episcopado del 13 de septiembre, que él había leído el domingo anterior, aquella obra maestra de equilibrio para no perder ninguna oportunidad, y tratar de quedar bien simultáneamente con el pueblo aplastado y con los militares aplastadores!

Perdida la esperanza en la más mínima colaboración de quien, por mandamiento de su maestro, debería haber estado siempre al lado de los más pobres y desvalidos, Joan ve pronunciada su sentencia y decide traspasar la instancia mediatizadora para introducirse en el mismo corazón de la razón de ser de la iglesia: Jesús de Nazaret. Este es el nuevo paso que da en la última parte del escrito.

Esperanzas

«Si el grano de trigo no muere, no da fruto». Es terrible una montaña quemada. Pero hay que esperar que de la ceniza mojada, negra, pegajosa, vuelva a brotar la vida.

La dimensión de Jesús con la que mejor sintoniza Joan en estos momentos de su vida es la que se expresa en aquella narración de san Juan en la que éste explica también sus más íntimas convicciones sobre la persona de Jesús cinco días antes de su muerte:

Había unos griegos que querían ver a Jesús. Jesús les respondió: Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Es verdad os digo que si el grano de trigo, que cae en la tierra, no muere, queda solo, pero si muere produce mucho fruto. El que ama su vida, la pierde, y el que odia su vida en este mundo la conservará en la vida eterna. Si alguno se pone a mi servicio, que me siga, y donde esté yo, allí estará también mi servidor. A quien me sirva, mi Padre lo honrará. Ahora mi alma está turbada, y ¿qué diré yo? ¿Padre, líbrame de esta hora? ¡Mas no, pues para esto llegué a esta hora! Padre, glorifica tu nombre (Jn 12, 20-28).

Joan, campesino e hijo del Empordá, hace suyo este texto y lo retraduce en la imagen de aquella montaña quemada del Montnegre que había visitado durante su estancia en el seminario de Girona, y que, tras el pavoroso incendio que la destruyó, volvió a la vida, poblándose otra vez de campesinos y lugareños, vivaces y atareados. La dialéctica, tan cristiana, del paso a la vida a través de la muerte, viene expresada mediante imágenes campesinas: «Hay que esperar que de la ceniza mojada, negra, pegajosa, vuelva a brotar la vida». Y esta dialéctica de esperanza no va a abandonarle ya más en los últimos párrafos del escrito.

La vida la vamos descubriendo cada día. A cada minuto. Descubrimos el valor en los pequeños gestos de cada momento. La sonrisa en la calle triste, la voz amiga --en clave-- al teléfono. La preocupación por el caído. La mano que se alarga. La cara que se atreve a esbozar un chiste...

De nuevo aparece el Joan humano. La Vida (en mayúsculas) que ha conocido en el evangelio de san Juan, la percibe en la vida cotidiana, en los pequeños gestos de cada momento: la sonrisa, la voz amiga, la preocupación por el caído, la mano que se alarga, la cara que esboza un chiste... Para Joan la vida consiste en eso: en que el pueblo, a pesar de la represión violenta, no ha muerto, revive en estas minucias de cada día que son su alegría y su fuerza. Esta es la vida que Joan espera encontrar de nuevo más allá de la muerte, cuando se abrace definitivamente a la Vida...

Recuerdo un relato de Vol de nuit de Saint-Exupéry. Sobrevolaba no sé qué país, y sólo entonces captaba el sentido de la casa sola en la montaña, la luz, las ovejas, el pastor. Para captar el sentido de las cosas pequeñas, es preciso alejarse de ellas, o que nos alejen.

Surge aquí una imagen bellísima, tomada del escritor francés: aquella doctrina de las cosas pequeñas aprendida de santa Teresa de Lisieux y que tan profundamente influyó en su formación en el seminario de Girona. Pero la paz y la belleza que respira la imagen se ven enturbiadas por una evidencia sangrienta: para captar el significado de las cosas pequeñas es preciso alejarnos... o que nos alejen. Ya no hay duda de que en este momento de su discurso la certeza de la abierta posibilidad de su muerte se le impone con toda claridad... y crueldad.

Ahora entiendo lo de san Pablo: «La caridad no se hincha».
La de veras es clandestina. Porque es el Verbo hecho carne.

El hecho de encontrarse en la situación-límite de tener que dar la vida voluntariamente le permite descubrir que la verdadera caridad, lejos de querer lucirse para ser vista, se clandestiniza para hacer frente a la represión. Con esta manera de proceder la caridad llega al paroxismo de sacrificio y autodonación y permite vislumbrar que es ella precisamente la última esencia y significación de Cristo y la que abre el camino para intuir, con la gracia de Dios, en Jesús de Nazaret, al Verbo hecho carne, es decir, al Dios invisible en la imagen de un hombre visible. En efecto, la presencia del Verbo en Jesús, fuente de coherencia y consecuencia personal, lleva a su caridad a oponerse a toda clase de injusticia, lo que levanta la represión de los poderosos y obliga al Verbo a ocultarse y clandestinizarse en la persona del hombre Jesús, alcanzando así una doble ocultación que lo hace todavía más difícil de descubrir. En esta situación son precisamente los hombres que sufren condiciones semejantes de clandestinidad, represión y persecución, los que pueden conectar más fácilmente --mediante el don gratuito de Dios que se lo quiera revelar-- con la doble clandestinidad oculta del Verbo hecho carne, si se abren en su interior y la admiten. De clandestinidad a clandestinidad va cero: de la clandestinidad de la persona que se sabe buscada a la clandestinidad del Verbo escondido y perseguido, con todo lo que esta sintonía lleva de admiración y asombro, va igualmente cero. Los que no hemos compartido esta situación de angustia y zozobra en su grado límite podemos creer que hemos descubierto la última significación de Jesús. Pero en realidad nos falta alcanzar profundidades insospechadas de nuestra trágica condición humana para conectar plenamente con ella. Porque la caridad vivida en la clandestinidad es el Verbo hecho carne.

«Vamos de aquí para allá, como ovejas llevadas al matadero».
En tus manos encomiendo mi espíritu...

Aceptada la evidencia de la muerte, Joan crea en su interior las condiciones existenciales que querría tener llegado el momento. La primera es la aceptación de la actitud pasiva que deberá adoptar cuando caiga en manos de los verdugos. Revive el dramático pasaje del siervo de Yavé descrito proféticamente por Isaías:

Todos nosotros, como ovejas, andábamos errantes, cada cual siguiendo su propio camino. Y Yavé ha hecho recaer sobre él la iniquidad de todos nosotros. Era maltratado y se doblegaba, y no abría su boca; como cordero llevado al matadero, como ante sus esquiladores una oveja muda y sin abrir la boca (Is 53, 6-7).

Y, dando un salto en el tiempo, Joan se pone en la situación anímica de quien es objeto de la profecía: Jesús moribundo, que, después de haber aceptado también la lucha y la derrota, no puede sino entregarse confiadamente en los brazos del Padre, «que tiene poder incluso para resucitar los muertos» (Heb 11, 19). Y come Jesús, Joan pronuncia: «En tus manos encomiendo mi espíritu»

No es literatura. En los momentos de riesgo hay que emplear los símbolos. De otro modo, no podríamos expresarnos.

Su razonamiento interior ha terminado. Sólo queda hacer unas aclaraciones complementarias para hacerse comprender. Todo lo que ha escrito no son palabras vacías. En los momentos límite la experiencia del hombre es inexpresable. Sólo los símbolos son aptos para sugerir algo que ocurre dentro. Es el recurso de los poetas, intuidores de realidades que se esconden a los demás. O también el camino de los cristianos perseguidos a los que va dirigido, por ejemplo, el Apocalipsis, donde sólo el símbolo y el lenguaje en clave sirve para sugerir lo que hay que creer y esperar.

Esperamos vuestra solidaridad. ¿Entendéis ahora lo que significa el cuerpo de Cristo ? Si nosotros nos hundimos, es algo de vuestra esperanza lo que se hunde. Si de las cenizas alcanzamos de nuevo la vida, es algo que nace de nuevo en vosotros.

Joan había comenzado su reflexión adentrándose en el significado de las condiciones políticas de la vía chilena hacia el socialismo, violentamente destruida. Ahora que termina, reanuda con un concepto que no es propiamente político o superestructural, sino que forma parte de aquel tejido humano imprescindible, en el que Joan se mueve de preferencia: el de la solidaridad concebida como trabazón permanente y plataforma de lanzamiento del mundo de los oprimidos hacia la conquista de la propia libertad. Pero ahora también amplía el concepto de solidaridad humana hacia el más universal y misterioso del cuerpo social de Cristo, en el que se traba la vida de todos sus miembros. Es de nuevo san Pablo el que le lleva a esta intuición:

Del mismo modo que el cuerpo es uno aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, forman un solo cuerpo, así también Cristo. Porque todos nosotros fuimos bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo. Así si un miembro padece, con él padecen todos los miembros; si un miembro es honrado, todos se gozan (1 Cor 12, 12-26).

El internacionalismo proletario comparte la misma creencia. Y si la derrota de la clase obrera española en la guerra civil hizo escribir a uno de los poetas chilenos más preclaros uno de sus más sentidos poemas: España en el corazón, la derrota actual de la clase obrera chilena produce una colección de poemas de poetas españoles, que se titula también Chile en el corazón (1). Y es esta ley de solidaridad la que va entretejiendo a todos los pueblos.

Adiós. El nos acompaña siempre, dondequiera que estemos.

Son las últimas palabras escritas por Joan: las de despedida. Y las pronuncia sintonizando también con las últimas palabras de Jesús antes de su desaparición visible de entre los hombres: «Estaré con vosotros día tras día hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). El hombre de fe ha dicho su última palabra. Y su afirmación permanece entre nosotros.

Terminado el comentario del Ultimo escrito, sólo nos resta decir que consideramos a Joan como un verdadero «mártir» del siglo XX. Ante todo, un «mártir» en el sentido original griego del término: testigo. Testigo de una vivencia admirablemente encarnada y misteriosamente trascendente. Y en segundo lugar, un «mártir» en el sentido más corriente de la palabra: el de un discípulo de Cristo que, por su fidelidad al evangelio, dio libremente su vida por los hermanos.

«Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).

Por eso su luz no se apagará nunca más, «porque el Señor Dios los alumbrará y reinará por los siglos de los siglos»... (Ap 22, 5).


Notas:

1. J. Guillén y otros. Chile en el corazón. Homenaje a Pablo Neruda, Barcelona 1975.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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