joan alsina
Joan Alsina: chile en el corazón
MORIR CON EL PUEBLO

capítulo 10

El martes 11 de septiembre de 1973, Joan fue a trabajar al hospital de San Juan de Dios como todos los días. Aunque la tensión de las jornadas anteriores había ido creciendo, sobre las ocho de la mañana, cuando cruzaba las calles de la ciudad, poco podía imaginar que aquel era el día señalado. Pocos minutos antes, el presidente Allende había llegado a La Moneda para asumir personalmente la dirección de la resistencia.

Al llegar al hospital, Joan y todos los funcionarios conocieron la noticia de la rebelión militar. Las emisoras de radio, tanto las del gobierno como las de la oposición, empezaban a transmitir las diversas incidencias de la dramática jomada que se iniciaba. Podemos imaginar el alboroto que se creó entre el personal, la alegría de los unos y la angustia de los otros. Y también el desconcierto de todos en cuanto a las actitudes a tomar.

A medida que pasaban las horas se iba clarificando la situación. Por una parte, el presidente había dirigido una llamada a los trabajadores para que permanecieran todos en sus puestos de trabajo. Por otra, la junta anunciaba su victoria militar: sólo quedaba por conseguir la rendición del presidente. Para controlar e inmovilizar a la población, la Junta había declarado el «estado de guerra», de modo que cualquier persona que atentara contra la tropa sería fusilada en el acto. Hacia las doce se inició el bombardeo de La Moneda, a las dos moría el presidente, y a partir de las tres se declaraba el «toque de queda», en virtud del cual nadie podía transitar por las calles sin la debida autorización; se anunciaba que el toque iba a durar varios días.

Permanencia en el hospital

Desde el hospital los funcionarios iban siguiendo el curso de los acontecimientos.

Yo viví el 11 con Juan. Se le notaba muy nervioso, porque su familia había vivido una cosa parecida en España. Como que nadie atinaba a trabajar, bajamos a la entrada principal del hospital. La gente se fue amontonando, unos tristes y otros felices. Después comenzaron a aparecer las fuerzas militares por las calles, y eso nos ponía más nerviosos. Subimos al séptimo piso a observar La Moneda y presenciamos el bombardeo. Juan se puso más nervioso, pero trataba de poner tranquilidad. Nos decía que fuéramos cada cual a la oficina a trabajar como si no pasara nada. El director le dio la orden para que diera franquicia a los funcionarios que quisieran salir antes del toque de queda. Muchos nos quedamos en el hospital. El no se podía ir. Nosotros nos quedamos con él. Nos organizamos para atender el hospital. Un equipo para atender a los enfermos, otro para sacar sangre y mantener un hospital con sangre, otros para atender a los mismos funcionarios. Yo diría que se quedó un tercio de los funcionarios que deberían haber estado trabajando. Era libre de quedarse o irse. Juan se quedó tres días. Igual que nosotros. Lo que más me gustó de él es que el mismo director dijo que se fuera, pero él le respondió: «No tengo por qué temer. Si no he hecho nada, tengo que estar con los míos. Si me necesitan, aquí estoy» (1)

Hacia las 11 de la mañana, el personal del sindicato del hospital se reunió para decidir la actitud a tomar: quedarse o irse. Las opiniones, naturalmente, estaban divididas.

En un principio la orden era abandonar todos el hospital, dejarlo cerrado. Pero, después, cuando se reunió la gente de responsabilidad, tanto de un lado como de otro, vieron que no se podía dar de alta a un enfermo con 40 de fiebre o a personas heridas. Que era distinto trabajar en una fábrica que en un hospital. La fábrica en caso de emergencia se abandona y no pasa nada. Pero en un hospital no se puede hacer eso. Entonces nosotros logramos que el hospital siguiera funcionando, pero con elementos de emergencia, sin obligar a nadie. Se quedó solamente el personal del servicio que quiso quedarse.

Lo más cómodo era huir e ir a casa: cada cual estaba pendiente de su familia, de lo que pudiera haber pasado. Otra salida era, también, esconderse, para evitar posibles represalias. La mayoría así lo hicieron y desaparecieron. Pero otro grupo nos quedamos, y ese era el caso de Juan. Pero Juan no se quedó sólo para estar en su oficina de personal, donde ya no había nada que hacer por tratarse de una situación de emergencia y estar el personal disperso. Juan, a pesar de pertenecer al personal administrativo, durante aquellos tres días hizo de personal de servicio con todo el grupo que se quedó para paliar la emergencia. Había que barrer las salas, lavar los utensilios, cambiar sábanas a los enfermos, dar la alimentación a la gente que no podía comer sola. O sea, todos hacíamos de todo. No hacíamos el oficio que teníamos cada uno, sino que entre todos hacíamos todo y aún nos quedaba mucho por hacer. Allá no importaban clases ni roles, cada uno tenía que hacer de todo. Había que trasladar enfermos en las camillas, hacer funcionar las calderas, pelar patatas para la comida, atender partos porque en estos días a muchas señoras se les adelantó el parto y hubo muchos nacimientos prematuros. Si el hospital hubiera cerrado, muchos I enfermos habrían muerto por falta de atención.

Recuerdo que en estos tres días se vivió una verdadera fraternidad dentro del hospital. Aquello nos unió. Incluso en lugar de comer en comedores distintos, como es costumbre entre las distintas categorías de personal, durante esta emergencia comimos juntos lo poco que había porque justamente en estos días correspondía el aprovisionamiento de alimentos y contábamos con muy poquita cosa.

Y recuerdo que una vez se suscitó una conversación de tipo religioso mientras estábamos en el casino. Había algunas funcionarías que, según ellas, no eran cristianas, porque no tenían fe ni creían en los curas ni en todas esas cosas. Entonces nosotros discutíamos y les hacíamos ver que no. Que ellas eran mucho más cristianas que toda esa gente que se fue a sus casas para estar con toda comodidad con su familia, o ante la televisión, con comida, bien guardados y pensando sólo en los suyos y en tenerlos reunidos. Nosotros les decíamos que era mucho más cristiano en aquel momento el haberse quedado para estar junto al enfermo. Que la verdadera doctrina de Cristo no era golpearse el pecho cada domingo ni cumplir con unos sacramentos muchas veces sin sentido, sino que les decíamos que lo que Jesucristo enseñó era cuidar al enfermo y necesitado y querer a los demás como a los de su propia familia, y justamente era lo que ellas estaban haciendo.

La presencia de Juan durante estos tres días nos alentó mucho porque era el único jefe de departamento que se quedó: los otros siete se fueron todos para sus casas. Y todos sabíamos que él era sacerdote. Pero ser sacerdote para él no significaba acogerse a una situación de privilegio, sino que lo miraba como un acto de servicio. Y, de hecho, durante esta emergencia ayudó en todo lo que se ofrecía. Yo escuché de algunas personas que si todos los curas y los obispos fueran así habría mucha más fe en el mundo. El ejemplo de Juan nos aclaró el evangelio y creo que nunca más vamos a olvidar aquellos tres días. (2)

Esta sensación de fraternidad intensa la han manifestado también otros trabajadores que vivieron los tres días de toque de queda dentro del hospital. Otro precisa que se quedaron muy pocos médicos y que, incluso, para dar abasto, hubieron de ir otros médicos de otros hospitales. Con todo, el director del hospital permaneció con ellos. Y continúa:

Durante estos tres días, 11, 12 y 13, que estuvimos con Juan, teníamos reuniones y asambleas tres veces al día: a las 12, a las 6 y a las 9 de la noche. En ellas se informaba a los trabajadores de cómo estaban las cosas, para ir dándonos ánimos a nosotros mismos, para analizar el sistema de trabajo que llevábamos y para ver cómo asistíamos a los enfermos. (3)

Durante el primer día, el 11, por la mañana, le llamó una compañera del MOAC porque estaba muy preocupada por él.

El puesto que tenía, a pesar de haberlo ganado por mérito y no por política, era riesgoso; fuera de esto, sumaba que era extranjero. Cuando llegué a mi oficina lo primero que hice fue llamarlo al hospital; me contestó con garabatos (tacos) y me dijo: «Ándate a tu casa y no te arriesgues, acuérdate que tienes un hijo». «¿Y tú?» --le dije--. «No os preocupéis, estoy bien y aquí estaré hasta que pueda salir. Si salgo antes del toque de queda, me iré y pasaré por tu casa». Le avisé que había llegado una tarjeta postal de su familia; me preguntó qué decía. Mi respuesta fue: «Viene en otro idioma». «Ya --me dijo--, guárdamela y nos veremos en tu casa. Ándate y no te arriesgues». Llegué a casa con una pena inmensa al ver que todas nuestras ilusiones de libertad hoy estaban truncadas... (4)

Naturalmente, aquel día Joan no fue a casa de la compañera. Permaneció en el hospital en el ejercicio de las tareas que ya conocemos. En el exterior había empezado el toque de queda a las tres de la tarde, y, aunque la resistencia del palacio de La Moneda había sido vencida, con la consiguiente muerte del presidente, los focos de resistencia de los estudiantes y los obreros, así como de francotiradores aislados, mantuvieron los enfrentamientos durante varios días. Especialmente la Universidad Técnica del estado, en la que se hallaba Víctor Jara y otros muchos estudiantes, y que estaba a escasa distancia del hospital de San Juan de Dios, se convirtió en uno de los baluartes más encarnizados de la resistencia. Durante toda la tarde y toda la noche, el tiroteo fue intensísimo en los alrededores del hospital.

¿Fue Joan un francotirador ?

Y es este contexto de proximidad geográfica lo que dio origen, días más tarde, a un rumor propagado entre los miembros del hospital, según el cual en la noche del 11 de septiembre hubo un tiroteo entre fuerzas de ejército y funcionarios del hospital, en el que estaría involucrado Joan. Expondremos los hechos tal como han llegado hasta nosotros a través de testimonios de primera mano. El más importante de todos es el de otro sacerdote francés, muy amigo de Joan, que durmió con él precisamente la misma noche del 11. En un relato elaborado para la familia, escribe (traducimos del original francés):

Durante la noche del 11 al 12 Joan prefirió no quedarse aislado en su oficina, que se encontraba al otro lado de la calle, y pasó al hospital con sus compañeros de trabajo. A la hora de acostarse fue al servicio de esterilización, donde trabajaba un sacerdote obrero amigo. Durante esa misma noche hubo tiroteos y algunas balas entraron en el hospital, una a través de una ventana del 5.° piso, donde se encontraba él otra en la sala de partos...

El sábado 15 de septiembre los militares del ejército hicieron un registro en el hospital y se llevaron a algunos trabajadores que estaban allí durante los acontecimientos del golpe de estado; uno de ellos era el portero, que fue encontrado muerto dos días más tarde. También se llevaron a un trabajador del 5.° piso. Jorge Cáceres, que también ha sido dado por muerto, sin más precisión. Este trabajador no se encontraba allí en la noche del martes al miércoles.

El lunes 17 los soldados reanudaron el registro. Aproximadamente media hora antes de que llegaran al servicio de personal, el director avisó a Joan Alsina que se fuera. Joan interpretó que, sin duda por ser extranjero, era mejor que no lo encontraran allí, y por lo tanto, se marchó. De hecho, los soldados iban por personas concretas, y buscaban de forma especial a Joan Alsina, que ya se había ido. Se llevaron a otros trabajadores, entre ellos algunos médicos. Durante los días siguientes a su detención --que tuvo lugar el miércoles 19-- algunas personas se preocuparon por el paradero de Joan: el obispo de la zona, el director del hospital. En el hospital corre el rumor de que los militares acusan a Joan Alsina de francotirador, y que el trabajador detenido el sábado en el 5.° piso --Jorge Cáceres-- lo había confirmado. Pasan los días sin noticias; se piensa en hacer una denuncia ante una acusación tan grave y tan falta de fundamento. El trabajador detenido no se hallaba allí el martes anterior ¿Cómo podía testimoniar sobre algo que no había visto? Si estaba allí ¿era él el francotirador, y muy bien escondido, pues nadie lo vio en el hospital? ¿O era simplemente que los militares habían dicho esto sin ni siquiera haberlo interrogado, pues le pegaron cuando fue detenido?

Se dice que hubo dos soldados muertos durante la noche del martes 11 al miércoles 12; otros dicen que cinco, que había francotiradores apostados en el 5.° piso del hospital y en la casa vecina. ¿Era el 5.° piso o la casa vecina? Uno se pregunta qué hacía Joan en el 5.° piso, qué hacía en el sótano el día de su detención. El hecho de que fuera a ver a un amigo no entra en la línea de razonamiento... (5)

Este sacerdote francés visitó más tarde a la familia de Joan, en Castelló d'Empúries, y les amplió un poco la narración de los hechos. La noche del 11 durmieron juntos en el 5.° piso. Al oír los tiros, lo quiso comentar con Joan, pero éste ya no le contestó,

Porque estaba durmiendo. Cuando, días más tarde, supo el rumor de que los militares responsabilizaban al jefe de personal de ser un francotirador, Joan mostró su extrañeza, pues no había oído nada de nada.

En realidad, el hecho mismo del tiroteo es negado por la mayor parte de los funcionarios. Consultado un obrero que también durmió con él aquella noche, puesto que el 5.° piso fue acondicionado como dormitorio para los funcionarios que habían decidido permanecer en el hospital, afirmó en una grabación: «El asunto del tiroteo se supone que fue el día 11. Yo no oí nada. Estábamos trabajando en el hospital. Durmió allí en una colchoneta. Nunca se ha podido aclarar nada al respecto. Solamente rumores, que la gente repetía. Ya sabe lo que ocurre en estos casos». (6)

La persona que entrevistó a este compañero hizo una transcripción más amplia de la conversación grabada en cinta magnetofónica. Transcribe textualmente las palabras del compañero:

El asunto del tiroteo fue los primeros días, fue el 11. Se supone que fue un tiroteo. Yo no vi nada, absolutamente nada. Dormí con Joan el día 11. El 12 y el 13, no. Joan dormía todos aquellos días en el hospital. No teníamos cama para dormir. Sólo una manta y un colchón pequeño en el suelo. Como era una situación de emergencia, no había comodidades. Respecto al tiroteo unos dicen... es decir, de eso no se habla y no se llega a nada concreto. Se tiene mucho miedo. Sólo se hacen comentarios por lo que se ha oído decir, pero nadie se acuerda del tiroteo. Yo oí decir que el tiroteo había sido en el 5.° piso, que fue precisamente donde dormimos el primer día. Pero yo puedo decir que no presencié nada y estuve siempre con él. Es falso que él hubiera sido un francotirador. (7)

La misma funcionaría del testimonio 1 también desmiente categóricamente la existencia del tiroteo.

Juan siempre decía que las dificultades hay que enfrentarlas. El decía: no hay que ser cobarde, ni hay que huir. Por otra parte, él estaba tranquilo y no temía nada. Ahora, si él hubiera actuado mal, Juan se hubiera ido, se hubiera escondido, porque Juan no era tonto, sino que era bastante inteligente. Y todos sabemos, porque nos consta, que en el hospital por lo menos actuó bien. Esto del tiroteo se inventó después. Porque ¿cómo te explicas tú que haya un tiroteo en la noche y registren el hospital al día siguiente por la tarde, si es así que el hospital estaba rodeado de militares? (8). ¿Cómo te explicas que si hay un tiroteo dejen salir a todo el personal sin registrarlo antes? Esto fue una frase para tener algo de qué acusarlo. Nosotros estuvimos dentro del hospital y sabemos que nadie disparó desde dentro. Lo que sí escuchamos fueron los disparos en la Universidad Técnica del estado. De arriba del hospital se vio todo el tiroteo de la Universidad. De allí llegó una mujer herida, que la trajeron los militares y no la dejaron ni un momento sola. Entonces el médico les rogó que la dejaran sola para hacerle una curación; los hizo salir y esta mujer contó que era tremenda la matanza que tenía lugar en la Universidad Técnica. Los dos porteros del hospital estuvieron con nosotros los tres días y uno se puso a dialogar con los militares que entraron para allanarlo (otros testimonios precisan que quería impedirles la entrada, ya que no tenían permiso del director) y allá mismo lo atravesaron con el cuchillo del fusil (la bayoneta) y al día siguiente lo encontraron en el Mapocho todavía con la bata que decía S. Juan de Dios. (Por más señas, este portero se llamaba Manuel Ibáñez).

El testimonio de esta funcionaría parece muy verosímil, y, como veremos más adelante, explica la tranquilidad que manifestó Joan y que pudieron constatar los compañeros sacerdotes de la parroquia en la que se acogió al salir del hospital, después de los tres días de toque de queda.

Y su manifestación categórica de que no hubo tiroteo encaja también con el testimonio del mismo director del hospital. Oigamos a otro funcionario:

Entraron los militares el 11 de septiembre a las 11 de la noche, queriendo hablar con el director. Yo personalmente los llevé a donde el director. Estuvieron conversando con él y creo que dijeron que nosotros les habíamos estado disparando desde la terraza, lo cual el mismo director lo desmintió, porque no se había disparado. Nosotros no teníamos nada para dispararles. Y después salieron para fuera.

Al otro día, como a la misma hora, entraron de nuevo en el hospital, incluso anduvieron por las salas y también dijeron que estábamos disparándoles. Nosotros dijimos que no: si no teníamos nada ¡cómo íbamos a disparar! Recorrieron el hospital y hablaron de nuevo con el director. Este día el director estaba muy enojado porque habían entrado sin permiso y habían recorrido las salas donde estaban los enfermos, que se asustaron mucho. (9)

El testimonio del director es importante por proceder de una persona que no es precisamente de izquierdas, sino todo lo contrario. Estaba contra Allende y ahora está de acuerdo con la línea de la Junta Militar. A pesar de todo, el trabajo de Joan en la oficina de personal lo había impresionado siempre muy favorablemente' Y Por eso lo protegió en numerosas ocasiones cuando los militares lo buscaban. Consultado directamente sobre si Joan había sido francotirador, su respuesta categórica fue: «¿Francotirador? Yo no lo creo». (10)

Residencia en San Bernardo

Pasaron, pues, tres días de intenso trabajo en el hospital, y el viernes 14 de septiembre acabó el toque de queda. Un médico que convivió con Joan los tres días, resume así sus recuerdos: «Destacó en esos momentos difíciles por su trabajo entre la gente para mantener un estado de ánimo alto, una moral que permitiera pasar aquellos difíciles momentos para todos. Ese es el recuerdo que yo guardo de él» (11). Y una funcionaría cuenta cómo fue la salida del hospital:

El viernes fue cuando salimos del hospital. Recuerdo que fue impresionante después de los tres días de toque de queda. Todas nosotras estábamos esperando que dieran la orden de salida. Eran como las 10 de la mañana. A las 11 teníamos que estar todos fuera porque iban a revisar el hospital. Y, cuando fueron como las 12, empezaron a llegar los jefes de servicio, con tortas y con champán, abrazándose y felicitándose. Para nosotros fue tremendo, porque habíamos estado los tres días adentro preocupados de atender a los enfermos... (12)

Mientras tanto, Joan había llamado a la parroquia de San Bernardo, que se encuentra en las afueras de la capital, donde ejercían su ministerio tres sacerdotes de Girona, y que era la casa de paso de los sacerdotes gerundenses que iban a Santiago, para que uno de ellos fuera a buscarle en moto, puesto que el transporte público era muy escaso.

Fui a buscarle en la Vespa. Iba despeinado, y se conocía que apenas había dormido durante aquellos tres días. También lo noté preocupado, no tanto por él mismo como por los que trabajaban con él.

Al salir del hospital me comentó que afortunadamente todavía no había ido a firmar los papeles para nacionalizarse, y me enseñó el dinero que había reservado para este trámite. También me dijo que él no estaba inscrito en ningún partido político, aunque se lo habían propuesto algunas veces, y que siempre lo había rechazado. El quería conservar cierta independencia, y no se quería ligar a una estructura concreta para poder criticar con mayor objetividad.

Después fuimos a la población J. M. Caro, donde vivía con el consiliario nacional del MOAC. Allí tomó una buena ducha para ponerse --como él solía decir-- «como Dios manda», y almorzó. Yo lo acompañé y seguimos hablando de lo que él había visto durante aquellos días. Antes de salir, recogió algún pañuelo, calcetines y ropa interior y también el libro de la Liturgia de las horas --el antiguo breviario--' diciendo «Esto siempre es necesario y nunca estorba». Y nos fuimos hacia la parroquia de San Bernardo. (13)

Joan residirá en la parroquia de San Bernardo desde el viernes 14 hasta el miércoles 19 por la mañana. Si toma esta determinación es porque su compañero de vivienda en la población J. M. Caro se encuentra en Argentina, y no quiere quedarse solo. Cuando llegó a San Bernardo celebró misa en el convento de las religiosas de la Inmaculada, junto con otro compañero sacerdote, y rogaron por un soldado muerto el día anterior (David Díaz Quesada). (14)

El sábado 15 vuelve a trabajar al hospital. Hay un registro por parte de los militares, que se llevan a varios funcionarios e hieren gravemente con la bayoneta al portero, que aparece muerto dos días después. También detienen, pegan, se llevan y finalmente matan a Jorge Cáceres, que podría haber denunciado a Joan. Sobre las cinco regresa a San Bernardo, y va con otro compañero a casa de unos amigos, donde se corta el pelo y se arregla la barba. Por la noche, durante la cena, comenta que los militares han preguntado por él en el hospital y que el director lo ha defendido, lo ha escondido y ha extendido un certificado según el cual ejerce un cargo técnico. (15)

Este es el día en que escribe su última carta a su familia, que la recibirá después de la noticia de su muerte. Aun teniendo el ánimo descompuesto por las inquietudes y las angustias del día, sigue la tónica general de quitar importancia a los hechos y dar tranquilidad a la familia. Está redactada rápidamente y con una letra descoyuntada, que contrasta con la de otras veces.

Queridos todos: Estoy bien. Todo ha pasado. Os estoy escribiendo una carta larga, que aún no he terminado, donde os explico cómo ha ido todo.
He estado todos estos días en el hospital. Ayer vine a San Bernardo a ver a los amigos. Están todos bien.
Supongo que habréis tenido noticias y estáis un poco intranquilos.
Tened calma y no sufráis. Todavía no sabemos cómo irá todo, y no hay por qué alarmarse. La «normalidad» va volviendo al país.
No os digo nada, porque pronto os llegará la otra carta en la que os cuento más cosas.
Recuerdos a todos. No sufráis. Os quiere y recuerda

JOAN

Por desgracia, esta segunda carta a la que alude, nunca ha sido hallada. Con ella ha desaparecido la versión directa de los hechos tal como fueron vividos por Joan.

Ultima misa

El domingo 16, a las 9,30 celebra una misa en la capilla del hospital de San Bernardo. Lee, como muchos otros sacerdotes, la declaración del comité permanente del episcopado chileno del 13 de septiembre. Se le advierte que no conviene improvisar ni introducir matices.

1. Consta al país que los obispos hicimos cuanto estuvo de nuestra parte para que se mantuviera Chile dentro de la Constitución y la ley y se evitara cualquier desenlace violento. Desenlace que los miembros de la Junta de gobierno han sido los primeros en lamentar.

2. Nos duele inmensamente y nos oprime la sangre que ha enrojecido nuestras calles.

3. Pedimos respeto por los caídos en la lucha y, en primer lugar, por el que hasta el martes 11 de septiembre fue el presidente de la República.

4. Pedimos moderación frente a los vencidos, que se tenga en cuenta su sincero idealismo.

5. Confiamos que los adelantos logrados en los gobiernos anteriores por la clase obrera y campesina no serán desconocidos.

6. Confiando en el interés y patriotismo que han expresado los que han asumido la difícil tarea de restaurar el orden institucional y la vida económica del país tan gravemente alterados, pedimos a los chilenos que, dadas las circunstancias, cooperen a llevar a cabo esta tarea.

No sabemos qué sintió Joan interiormente al leer esta declaración. Podemos imaginarnos que las entrañas se le revolvieron al leer ciertas frases. En todo caso, mantuvo la calma exterior y la serenidad habitual. Sí sabemos la impresión que causó a una religiosa que asistió a la misa:

Ese domingo, en el hospital, me sorprendió el ver entrar en la capilla a un padre desconocido para celebrar la santa misa. Pero lo que más me llamó la atención fue, además de su juventud, la serenidad que emanaba de él. Esa paz contrastaba tanto con la atmósfera de delación miedo y angustia que se vivía entonces, que eso sólo ya valía todo el sermón.

Su sermón fue muy corto pero inolvidable: «En esta época que no faltan los sufrimientos, no debemos acusar a nadie, sino recordar una escena del evangelio: El que esté sin pecado que tire la primera piedra». Y prosiguió con tanta simplicidad, serenidad y grandeza que cuando salí de la capilla, intrigada, pregunté a la hermana que me acompañaba: «¿Quién puede ser este sacerdote?». Ella tampoco lo conocía. Pero cuando supe que «el grano de trigo había caído muerto en tierra», muchas veces tuve ganas de escribir a su familia para decirle la gracia extraordinaria que fue para mí asistir a la última misa celebrada por este santo sacerdote. (16)

Robo de documentos

El lunes 17 de septiembre, Joan vuelve al hospital, donde hay un nuevo registro. No creemos que fuera propiamente a trabajar, sino más bien a ver cómo estaba la situación. Por el camino se encuentra por la calle con el obispo auxiliar de Santiago, Fernando Ariztia, con quien le une una fuerte amistad, pues era el encargado de la zona pastoral donde trabajaba Joan, y ambos se habían entendido muy profundamente.

Encontré a Juan por última vez dos días antes de su detención. Creo que fue el 17 de septiembre a la salida del arzobispado. Yo estaba conversando con dos o tres sacerdotes, y en esto pasó Juan. Estuve hablando con él durante algunos minutos. Iba al trabajo, al hospital. Dijo que él no tenía nada que temer, que no había hecho ninguna acción que fuera contra su conciencia. Por eso mismo Juan no fue un hombre que se ocultaba, sino que fue a presentarse al trabajo. (17)

Al mediodía se encuentra con otro compañero sacerdote chileno, y deciden almorzar juntos.

Lo que conversamos en esa comida no lo recuerdo muy en detalle, pero sí recuerdo lo que era el clima que vivíamos. Yo venía llegando del norte, donde trabajaba como obrero en el gran mineral de cobre de Chuquicamata. Juan estaba instalándose en el hospital de S. Juan de Dios de Santiago. Y compartíamos lo que habíamos vivido, nuestras dificultades, lo que habíamos tenido que dejar atrás, una manera de vivir nuestro sacerdocio para encontrar la nueva forma que nos iban enseñando nuestros propios compañeros de trabajo. También compartimos el momento difícil, la desesperación, el desconcierto, la angustia de esos días.. (18)

Por la tarde va a la población J. M. Caro a buscar más ropa. Toma el autobús y durante el trayecto le roban la cartera con el documento nacional de identidad. Regresa a San Bernardo y expresa su preocupación por lo que le ha ocurrido. Daba la casualidad que tanto el pasaporte como el permiso de residencia definitiva los había dejado días antes en el ministerio para obtener la nacionalidad chilena, y el ministerio se encontraba en el edificio de La Moneda, incendiado el 11 de septiembre. Como aquellos días los bandos de la Junta Militar insistían en que los extranjeros indocumentados debían presentarse en comisaría para aclarar su situación, Joan temía que le consideraran un indocumentado común, o incluso que le creyeran un infiltrado. Para tranquilizarlo y quitar importancia al asunto, un compañero sacerdote de San Bernardo le cuenta que precisamente su permiso de residencia temporal había caducado el 4 de septiembre, y que, a causa de los bandos, se había presentado voluntariamente en comisaría el día 11; los carabineros lo dejaron en libertad inmediatamente y le explicaron que se trataba sólo de aquellos que no tuvieran ningún tipo de permiso. (19)

No obstante, Joan no se queda muy tranquilo, aunque las conversaciones de los últimos días versan sobre el posible tiroteo del hospital y él siempre manifiesta que está muy tranquilo y que tiene testigos que pueden demostrar que él no había participado en los hechos, y también que no había dado su nombre a ningún partido, aunque se lo habían pedido en repetidas ocasiones. Aún así, la pérdida de los documentos le creaba una inseguridad que no podía superar fácilmente, pues esta circunstancia podía ser utilizada como pretexto para atacar su posición al lado de los trabajadores y su compromiso con el pueblo. (20)

Ultimo día con los compañeros

El día siguiente, 18 de septiembre, es día festivo, pues se celebra la fiesta patria de la independencia nacional. Joan va a la estación terminal de la línea de autobuses donde le habían robado la cartera, para preguntar si habían encontrado algo. Al recibir una respuesta negativa, se llega a la población J. M. Caro para buscar la cédula misional y el resguardo de los documentos depositados en el ministerio. Vuelve a San Bernardo y permanece allí todo el día. Comenta que los militares han vuelto a preguntar por él en el hospital, y no lo han encontrado. Uno de los sacerdotes de San Bernardo le aconseja que se refugie en la embajada o que consulte con el obispado. (21)

Recuerdo --explicará una señora que iba a menudo a la parroquia --que yo lo notaba un poco intranquilo, miedoso. A pesar de saber lo que le podía pasar, a mí me impactó mucho su entrega. Se le notaba inquieto. Sus conversaciones, un poco así, muy preocupado. El último día yo me iba a mi casa, por la tarde. Otros días nos despedíamos dentro de la parroquia. Pero me acuerdo que ese día estábamos juntos en la cocina y yo me despedí de él como otras veces. Pero él me pidió que le dejara acompañarme hasta la puerta. «¿Cómo sabes? --me dijo--; quizá sea la última vez que te veo». Yo de momento no le comprendí.
Cuando me dijo que quería acompañarme a la puerta, yo andaba con él y lo notaba algo triste pero muy emocionado. En el momento de despedirme tomó a mi hijo y le dio un beso. Cuando supe su muerte, me impactó mucho, comprendí el sentido, evoqué todos estos momentos que había pasado, toda su preocupación, su inquietud. Yo no entendía a qué se debía. El sentía que venía la muerte, él la presentía. No tengo palabras... (22)

La escena tenía lugar dos horas antes de la cena. Sus compañeros recuerdan todavía la última noche que estuvieron juntos. Uno de ellos explica a la familia:

Como estos días había una intensa propaganda contra los extranjeros, mientras pasábamos juntos las horas del toque de queda, él nos explicaba sus temores. El decía que no tenía miedo, porque no podían echarle nada en cara. Yo, hablando sinceramente, pensaba que lo iban a echar del trabajo por ser extranjero; pero también era de la opinión de N. N. La radio repetía que no se perseguirían las ideologías, sino las actuaciones. De todos modos, el 18 por la noche quedamos que al día siguiente iría al obispado y a la embajada. La carta que dejó (no sé si es la que os prometió, pues dejó sus papeles sin nombre de destinatario) deja suponer que presentía lo que iba a ocurrir; pero si lo hubierais visto aquella noche, estaba lleno de humor, hacía chistes.

Jugamos un poco al póquer; pero como yo no sabía mucho, lo dejamos y pasamos un buen rato jugando al dominó. Iban él y N. N. contra N. N. y yo.

Fue después cuando recordamos alguna frase que daba a entender que temía algo; pero entonces nadie se lo habría imaginado. (23)

Dos años más tarde, otro de los cuatro jugadores explicaría en una cinta mandada igualmente a la familia de Joan:

Trataré de recordar los últimos días, sobre todo la última noche que pasé con él, la última que lo vimos. Es curioso: hablamos de la muerte y él me dijo que le daba miedo morir. No lo decía así de claro, pero sí lo daba a entender, y decía que antes de morir haría todo lo posible para evitarlo. No le hacía la menor gracia. A pesar de eso, a la hora de la verdad, fue capaz de afrontar la muerte, y sabemos que con una serenidad y un aplomo que sólo se encuentran en personas como Joan, personas que no tienen miedo a decir la verdad, porque la viven.

Podría contar muchos detalles de la vida de Joan, sobre todo de los últimos días. Serían cosas que tendrían el valor de una anécdota, que no creo que sea lo más importante. Lo que sí creo que importa saber es que Joan sabía dónde iba y lo hizo hasta el último momento. Era un hombre de Dios, y salió de casa el último día, yo creo que convencido de que iba a dar la vida por Dios y por los hombres. El lo sabía, él lo presentía, él lo vivía y nos lo hizo vivir a todos nosotros (24).

Sin la menor duda, el ánimo de Joan estaba muy tenso y muy denso en aquellas últimas horas del martes 18 de septiembre. Impresionado por las experiencias externas del país y del hospital, asustado por la insistencia con que los militares preguntaban por él, íntimamente removido por su experiencia de fe y de amor que lo llamaba, al tiempo que lo rebelaba, a llegar hasta las últimas consecuencias, reviviendo de repente todo su pasado de fidelidad cristiana día tras día, le faltaba aún un elemento que su temperamento eminentemente reflexivo le exigía: una confirmación doctrinal autorizada de lo que estaba a punto de realizar. Y he aquí que sus compañeros encontraron un libro en su habitación.

El miedo a la libertad de Erich Fromm, marcado con un punto en la página 241 (de la traducción catalana), donde el autor se interroga sobre el sentido del sacrificio personal, llevado incluso hasta la donación de la propia vida. Se pregunta Fromm: «Nuestra definición de la libertad como no-sumisión a ningún poder superior, ¿excluye el sacrificio, incluyendo el sacrificio de la propia vida?». Y responde:

He aquí una cuestión importante en nuestra época. La respuesta a esta cuestión se deduce lógicamente de todo lo que hemos dicho hasta ahora. Uno de los hechos trágicos de la vida es que las exigencias de nuestra personalidad espiritual pueden entrar en conflicto, y que, de hecho, a veces, hemos de sacrificar nuestra persona corporal para afirmar la integridad de nuestra personalidad espiritual. Este sacrificio no pierde nunca su cariz trágico. La muerte nunca es dulce, incluso cuando uno la recibe por el más elevado de los ideales. Siempre es increíblemente amarga, y sin embargo, puede ser la máxima afirmación de nuestra individualidad. (25)

La lectura no sólo de estas palabras concisas y profundas, sino de todo el capítulo en el que van incluidas, impulsó sin duda a Joan a dar el paso, y, en medio del grave conflicto interior que estaba viviendo, acceder de forma definitiva al grado máximo de su rasgo característico: la afirmación de su integridad espiritual por encima de su vida corporal. El hecho es que, después de cenar, mientras afuera, en la ciudad, sonaban los tiroteos, se encerró en su habitación y redactó su Ultimo escrito, de un tirón, sin casi ninguna corrección, con letra rápida y no muy cuidada; texto que debe ser considerado no tanto como un «testamento» propiamente dicho --como lo han calificado popularmente muchos--, sino como unas palabras de despedida que, como hacen los grandes hombres en los grandes momentos, resumen admirablemente todo lo que ocurría en su interior, y, si bien se mira, todo lo que había ido acumulando desde el inicio de su vida espiritual hasta la lectura del libro de Fromm, de cuyas ideas centrales se hace eco constantemente el Ultimo escrito.

Invitamos al lector a leerlo sintonizando con el momento histórico en que fue escrito.

Ultimo escrito

¿Por qué?

Habíamos querido poner vino nuevo en odres viejos, y nos hemos quedado sin odres y sin vino... de momento.

Hemos acabado el camino, hemos abierto un sendero y ahora estamos en las piedras. Seguiremos caminando los que quedamos aún. ¿Hasta cuándo? Ojalá encontremos árboles para guarecemos de las balas. «Ninguno de los que han mojado pan en las ollas de Egipto verá la tierra prometida sin pasar por la experiencia de la muerte» (Fromm). «Ya no hay profetas entre nosotros». Sólo el becerro de oro. No falta nada desde hace dos días. Y, como no podemos hablar, masticamos. Y añoramos el pan seco, compartido, rebanado entre sonrisa y sonrisa.

No habíamos entendido lo de san Pablo: «Todos seremos probados al fuego».

¡La de paja que se ha quemado! ¿Dónde están los que querían llegar hasta las últimas consecuencias?

Estados Unidos nos había permitido jugar un juego tan asqueroso con unos arreglos tan limitados, que nosotros mismos nos hemos cansado de él. «Santa Democracia, pray for us». Es muy difícil resignarse --tan fácil predicar la resignación-- a perder. Porque significa dejar de tener y empezar a ser. Los que más tenían y siguen teniendo eran los que menos eran. Y eran los menos. Pero tenían el poder y la fuerza.

«El Verbo se iba haciendo carne». Y, esto, no lo aguantamos. Es el escándalo de la cruz. No lo hemos aguantado nunca. «Respetaremos todas las ideologías...». Mientras no osen hacerse carne y realidad. Si osan, haremos de ellas sangre y carne destrozada.

¿Y ahora?

Son muchos los que han sido señalados, purificados. Setenta y dos, dicen las «cifras». En el éxodo eran cuarenta mil. Y aquí también. De una parte y de otra, ¿qué más da? Es pueblo, tropa. Tanto da. «Haremos un país nuevo, libre, independiente». Otras voces, otros ámbitos. No, las voces son las mismas. Y la dialéctica... también. Falta de conexión interna. No saber quién soy, de dónde vengo, ni por qué camino ando. Llegaré a casa. Este me mira. Este me puede arrestar. Escondido, depender de una clave, de una voluntad, de una intuición, de una «confesión» arrancada. Sudor frío, caliente. Una pieza pequeña, sola, fría. ¿Quién hay detrás del «fono»? ¿Quién llama a la puerta a estas horas ? No es saber qué haré, sino qué me harán. Y lo más doloroso: ¿por qué? Esto es la inseguridad. Y la conciencia de la inseguridad es el miedo. Ahora entiendo a Raimon cuando nos habla de la lucha contra el miedo.

Y siguen los disparos. De noche, sobre todo. ¿Contra quién? Pueblo, pueblo, pueblo. De una parte y de otra. Ellos: o están muertos --los que eran-- o huyen, o están arriba. Estrategias, bandos, declaraciones. Y el pueblo yace, o dormido o muerto. Y la impotencia. La sangre que hierve. Las palabras que no salen. Y saber que --palabras y hechos-- están condenadas al polvo, a la sangre y a la sangre machacada y destrozada. ¿Y nuestra santa madre? No se puede improvisar. El equilibrio sólo sirve en tiempo de «paz».

Esperanzas

«Si el grano de trigo no muere, no da fruto». Es terrible una montaña quemada. Pero hay que esperar que de la ceniza mojada, negra, pegajosa, vuelva a brotar la vida.

La vida la vamos descubriendo cada día. A cada minuto. Descubrimos el valor en los pequeños gestos de cada momento. La sonrisa en la calle triste, la voz amiga --en clave-- al teléfono. La preocupación por el caído. La mano que se alarga. La cara que se atreve a esbozar un chiste... Recuerdo un relato de Vol de nuit de Saint-Exupéry. Sobrevolaba no sé qué país, y sólo entonces captaba el sentido de la casa sola en la montaña, la luz, las ovejas, el pastor. Para captar el sentido de las cosas pequeñas es preciso alejarse de ellas, o que nos alejen. Ahora entiendo lo de san Pablo: «La caridad no se hincha». La de veras es clandestina. Porque es el Verbo hecho carne. «Vamos de aquí para allá, como ovejas llevadas al matadero». En tus manos encomiendo mi espíritu... No es literatura. En los momentos de riesgo hay que emplear los símbolos. De otro modo, no podríamos expresamos. Esperamos vuestra solidaridad. ¿Entendéis ahora lo que significa el cuerpo de Cristo? Si nosotros nos hundimos, es algo de vuestra esperanza lo que se hunde. Si de las cenizas alcanzamos de nuevo la vida, es algo que nace de nuevo en vosotros. Adiós. El nos acompaña siempre, dondequiera que estemos.

JOAN

Detención

Al día siguiente, día 19 de septiembre, Joan pide prestada una corbata a sus compañeros, se la pone, y sale de la parroquia de San Bernardo hacia las 9 de la mañana. Antes de nada se dirige al hospital, y al cabo de un rato sale para hacer unos recados. (26)

Tal como habían quedado la víspera, va al arzobispado y se entrevista con su vicario episcopal. Paúl Laurin, el mismo que había escrito: «cuando me pidió que lo recibiera en mi zona, sin titubear un momento, le di la más cordial bienvenida». Oigamos las propias palabras de Paúl explicando esta última entrevista:

El 19 de septiembre me encontré con él. Le aconsejé no volver al trabajo por el momento, viendo la necesidad de que se calmara el ambiente. El me contestó: «Pablo, veo la situación difícil y pido al Señor que me dé valentía. Vuelvo al trabajo porque no tengo nada que reprocharme en mi trabajo. Yo sé que mis compañeros de trabajo van a sufrir mucho y quiero ser solidario estando junto a ellos. Son momentos cruciales en que uno debe ser consecuente con sus convicciones. Pablo, reza por mí». (27)

Sale y se dirige a la dirección general de investigaciones, probablemente para dar cuenta de la pérdida de los documentos y mostrar el resguardo de los que había depositado en el ministerio para obtener la nacionalidad chilena (el pasaporte español y el permiso chileno de residencia definitiva).

Después visita a una compañera del MOAC; es la última persona con quien habla antes de regresar al hospital.

Juan traía ansias de saber de los amigos. Le notifiqué que todos estaban bien. Le pregunté muchas cosas. De dónde venía, qué había hecho, cómo estaba, si le habían molestado, etc., etc. Su ánimo era perfecto, no sentía miedo ni temor a nada. ¿Por qué? No tenía motivos. Vestía un terno plomo, camisa blanca y corbata oscura, un chaleco color cascarita, abotonado. Se había recortado su barba, porque estaba prohibida, pero sus bigotes seguían. Su pelo estaba corto, regular. Venía de investigaciones. Me asusté al saber esto, pero me tranquilizó. Había ido a regularizar su situación. No tuvo problemas y le entregaron sus papeles en regla. Me contó que en el trabajo le habían andado buscando y que el 17, cuando llegó allá, se encontró con que había «visitas» (28). Lo miraron muy mal, porque estaban en un «operativo». Se fue a la oficina del director. Este le contó que le habían ido a buscar dos veces. Lo mantuvo en su oficina y le hizo preguntas como:

¿Hacías reuniones políticas en tu oficina?, ¿las permitías?». A todas las preguntas que este señor le hizo, él contestó que no. El director lo dejó en su oficina (pues ya la habían allanado), mientras iba a hablar con el coronel o comandante para decirle que no tenía nada que ver. Más allá no pasó y lo dejaron tranquilo. En todo caso le recomendaron que no se dejara ver mucho. Estaba tranquilo, no se le veía nervioso ni nada por el estilo. Quedó de pasar ese día, antes de irse a San Bernardo, por casa. Le preocupaba que no había podido estar en el cumpleaños de mamá (se querían mucho). Antes de irse, me hizo llamar al hospital. Cuando me comuniqué, le pasé el teléfono. Le dijeron que había «visitas» y que aún no fuera. Aprovechamos para conversar otro poco, porque en esos momentos el tiempo era oro para nosotros. Volvimos a llamar y ya estaba el campo libre. Le dije, poco menos que llorando, que no se fuera. Sus palabras, que jamás olvidaré, fueron:

«El que nada hace nada teme. Mi deber es estar en el hospital. Cuídense ustedes, que tienen hijos». Nosotros le respondimos: Juan, no vayas, te van a matar». «No importa -- dijo --; si me matan, me matarán». Estas palabras no se me van a borrar nunca. Luego repitió:

«Cuídense ustedes, que tienen hijos; yo voy al hospital pase lo que pase». «Sí, llámame; si no estoy yo, pregunta por N. N.». Y después, me dio dos nombres más que no recuerdo. «Si me ocurre algo, avisa al obispo y dile que no podré ir a celebrar misa. Esta es la clave. Y, si llamas al hospital, di que eres mi prima». (29)

Se va, y pasa por una tienda, donde compra judías y lentejas. Llega al hospital y va directamente a su oficina, que no se encuentra en el mismo edificio, sino una calle adyacente, donde deja los paquetes. Pasa al edificio central y sube al tercer piso, a la sección de contabilidad, para cobrar la bonificación de fiestas patrias, por valor de 2.000 escudos. Almuerza en el casino del personal de servicio, y no en el comedor de los técnicos como era su costumbre. Una compañera le invita a tomar café a un bar que se halla en la acera de enfrente. Vuelve al hospital, y sobre las 2,15 va a visitar a su amigo el sacerdote francés. No lo encuentra en el 5.° piso y baja al sótano, donde están las calderas autoclaves de esterilización, y allí lo encuentra. (30)

Llegan los militares y preguntan por el jefe de personal.

Yo estaba con N. N. cuando lo vinieron a buscar --explica una funcionaría--. Nos preguntaron si conocíamos al señor Alsina. Yo le dije que no, que no sabía si estaba. Andaban un capitán con dos oficiales. N. N. quería avisarle, pero en esto llega el mayordomo y dice: «Está allí». Porque fue él quien entregó a todos los compañeros. (31)

Los militares bajan al sótano. «C'est la --escribe el sacerdote francés-- que Jean a été arrété por trois militaires; il a été frappé, s'est évanoui sous les coups...». («Allí fue donde Joan fue detenido por tres militares; le pegaron y se desmayó a causa de los golpes...») (32). Apenas recuperado, sale el capitán y se quedan los dos oficiales, que dejan la ametralladora y se ponen a conversar con él. Vuelve el capitán e increpa a los dos oficiales porque no lo custodiaban como es debido, ya que era un sujeto muy peligroso (33). Ordena que lo suban al servicio de medicina, al 5º piso.

Cuando él iba subiendo de esterilización --explica otra funcionaria-- iba custodiado por dos militares; venía afirmado por ellos y se llevaba la mano al estómago por el culatazo. El venía muy pálido. Subió apenas la escalera, apenas, con unos pasos que en realidad ya se desmayaba. Y ahí llegó la camilla y lo llevaron hasta el policlínico. No sé, no me importó nada y entré al policlínico. Estaba él tendido en una camilla, pasé entre la metralleta y la camilla, y entonces él me quedó mirando con su mirada de angustia, como si me quisiera decir algo o darme una información, o a dónde le llevaban. El, en ese momento, no lo pudo hacer. Pero algo me dijo su mirada que yo no pude interpretar. Ahí me imagino que lo atendieron, pero yo no sé, porque una de las auxiliares me hizo salir, ya que un médico iba a ver al señor Alsina, pero yo en realidad no sé si lo vio efectivamente o fue nada más para poderlo sacar. Entonces lo sacaron, seguí la camilla hasta la puerta y allí, con su mirada, se despidió de mí. Jamás olvidaré su mirada, su mirada la llevo tan dentro del corazón que jamás se me olvidará, nunca, mientra viva no voy a olvidar esa mirada de angustia, que algo me quería decir. De ahí no lo vi más. Me fui y avisé a otras compañeras del servicio de personal que a él se lo llevaban... (34)

Lo sacaron al patio exterior mientras buscaban a otras personas y I® tuvieron al sol una media hora. Habla otro funcionario:

En ese momento es cuando yo me hice valor para acercarme a los militares que lo custodiaban y decirles si acaso era posible llevarle una chaqueta, porque pensé que no fuera cosa de unos minutos o de una hora que lo tuvieran detenido. Me dijeron que lo preguntara al capitán que se encontraba en el otro extremo del patio, en el «jeep». Fui y me contestó que se la trajera y que esperáramos. Dije a Joan que me pasara la plata que andaba trayendo para que no se perdiera. Tuvimos que esperar un rato, porque el capitán había mandado un oficial adentro del hospital, buscando más gente. Al llegar el capitán dio orden que llevaran a Joan al «jeep». Dije al capitán si acaso era posible que me entregara la plata que andaba trayendo, y él accedió a que nos la diera. Nos la iba a dar directamente, cuando el capitán dijo: «Alto, no se le va a dar así no más. Primero tengo que verlo yo». Iban unos recortes de diario, lo que hizo pensar que eran de política. Felizmente se trataba de unos apuntes bíblicos impresos. Intervine nuevamente y le dije al capitán si acaso era posible acompañarle, para saber a dónde iba a quedar y llevarle algo con qué cubrirle. Y ahí fue cuando el capitán me dijo de forma bien amenazante que subiera, que subiera no más, como queriendo decir: «Sube y vas a ver lo que te espera». Ahí fue cuando ya no soporté más y me puse a llorar de impotencia. Intervino un compañero, que me cogió del brazo, me llevó para un lado y me puse a llorar como un niño. Había un montón de gente, ajena al hospital y del hospital mismo que vio todo eso. Lo último que dijo Juan, me acuerdo perfectamente bien, fue que estuviéramos tranquilos y que trabajáramos como si él estuviera presente. El «jeep» se puso en marcha y lo llevaron al internado Barros Arana, que queda en Santo Domingo, a unos 300 ó 400 metros de acá. Ya no supimos más de él, porque en verdad era muy arriesgado. (35)

Hacia las cuatro de la tarde llama al hospital la secretaria del MOAC, tal como habían convenido por la mañana.

Como a las 4 p. m. llamé. No estaba. Pedí hablar con la primera persona, no estaba. La segunda, tampoco. La tercera, tampoco. Me impacienté. No sabía qué hacer. Antes de cortar, insistí y justo llegó la primera persona a la cual había llamado. Me preguntó de parte de quién. Le contesté: «De parte de su prima». Entonces fue cuando sentí llorar al otro lado de la línea. Me helé con un hielo de muerte y le pregunte : «¿Qué pasa ? ¿Dónde está ?». Ella me dijo: «Se lo acaban de llevar...». Lloré, lloré mucho haciéndome mil preguntas: «¿Por qué se lo llevaban si nada tenía que ver? ¿Por qué había tanta injusticia?». (36)

Interrogatorio y condena

El internado Barros Arana era uno de los muchos centros educacionales acondicionados por la Junta Militar para reclusión de los detenidos. Estaba bajo la jurisdicción de un capitán del regimiento Yungay, que conocemos con nombre y apellidos, pero que preferimos mantener en el anonimato, aunque dudamos si no sería mejor denunciarlo públicamente. En efecto, él se convierte en el protagonista y principal responsable de todo lo que va a pasar de ahora en adelante. Se trata de un hombre «católico», educado en el colegio de San Pedro Nolasco y que siempre ha conservado la angustia de haber sido el responsable de la muerte, no de un hombre, sino de un sacerdote, prescindiendo de si la condena era justa o no.

Un soldado que durante aquellos días estaba bajo las órdenes del capitán nos lo describe como un hombre extremadamente duro, responsable de vergonzosas torturas infligidas sobre todo a las mujeres, hasta el punto de que su mayor tuvo que llamarle la atención. El relato estremecedor de todo ello puede leerse en nota. (37)

Joan llega a este centro de reclusión sobre las 4 de la tarde. En seguida el capitán se pone en movimiento para aclarar si el detenido es cura o no. No podía comprender que, ejerciendo un ministerio, pudiese también trabajar profesionalmente en un hospital; quedaba la duda sobre si era un extranjero infiltrado. Para averiguarlo manda a un primer capellán militar, un jesuita honesto y recto, que mantiene una conversación muy cordial con Joan. Le advierte que durante aquellos días matan a muchos, y que no es imposible que él corra la misma suerte. Le invita a confesarse --cosa que Joan acepta-- y le promete que hará cuanto esté en su mano para salvarlo. El jesuita sale conmovido de la entrevista e informa favorablemente al capitán sobre el sacerdocio de Joan.

Pero es entonces cuando interviene otro capellán militar, que es quien, de forma definitiva, inclina la balanza a favor de la condena. Se trata precisamente de un sacerdote español, miembro del OCSHA, de unos 40 años, alto y suspicaz. Quienes lo han conocido lo describen como un hombre hipersensible, exaltado y traumatizado por la guerra civil española, porque asegura que en España los comunistas simularon fusilar a su madre en repetidas ocasiones. En alguna reunión había declarado: «Yo, a todos los de izquierdas, los metería en un saco, les daría la absolución y los tiraría al mar» (38). Y también: «Yo, a esos hijos de puta los mataría a todos». Un hombre así, que vivía en el ministerio de defensa, era el encargado de dar asistencia «religiosa» a los sentenciados...

Cuando el capitán le pidió que fuera a visitar a Joan para ver si sacaba algo en claro, el cura se presentó vestido de uniforme y armado. Era la tarde del 19 y estuvo hablando con él un buen rato. Parece ser que la conversación fue dura, y él mismo explica que Joan no le pidió ningún favor (39). Los cargos que le hacía eran los siguientes: 1. Que no tenía los papeles de residencia al día. 2. Que se aprovechaba de su cargo de jefe de personal para colocar a personas de izquierdas. 3. Que con su consentimiento y bajo su dirección se habían llevado clandestinamente material médico y quirúrgico para implantar un hospital paramilitar allendista. 4. Que llevaba tiempo sin ejercer el ministerio sacerdotal. 5. Que era un marxista infiltrado. Etc., etc. (40)

Todo esto lo sabemos porque se ha hablado con él, y él mismo lo explicó. En cuanto a los papeles, sin embargo afirmó: «Tenía todos los papeles caducados. Iba sin documentos... Lo único que andaba trayendo era un numerito en un recorte de papel muy chico, donde había el número de resguardo de unos papeles que tenía en trámite. Yo tuve en mis manos este papelito También traía una cédula misional, pero estaba caducada» (41)

Lo que sí hay que resaltar, porque es muy interesante, es que en ninguna parte aparece el asunto del tiroteo del día 11. Lo que demuestra que para los militares el tiroteo tampoco existió, o si existió, no consideraban a Joan implicado en él, y no era ésta la causa de su detención.

Este cura salió muy exaltado de la entrevista con Joan, y dijo al capitán: «O tú lo matas a él, o él te mata a ti y a toda tu familia». Y esto también lo sabemos porque tenemos testigos sobre el caso (42). Hay que decir que durante el golpe de estado, este slogan aparecía a menudo en los diarios para justificar la persecución contra los elementos de izquierda. (43)

Entonces el capitán realiza un simple interrogatorio a Joan --parece ser que juntamente con otros tres capitanes que determinaban la suerte de los detenidos-- y toma la decisión fatal (44). El sacerdote jesuita interviene otra vez para tratar de salvarlo. La gestión le debió parecer positiva, pues a las diez de la noche se retira a su casa con el convencimiento y la satisfacción de haber salvado a un hombre; cree que ha conseguido que fuera llevado prisionero al Estadio Nacional, junto con otros miles de detenidos.

Aquella misma noche, hacia las ocho, los compañeros de la parroquia de San Bernardo reciben una llamada telefónica: «¿Está alguno de los sacerdotes? Les aviso que el padre Joan Alsina está preso en el internado Barros Arana». «¿Con quién hablo?». «Con un pelao (un recluta)». «Dígale que vamos a ir al consulado y al obispado para hacer lo posible por él» (45). Más tarde se ha podido saber quién era este «pelao»: el mismo soldado que estaba a las órdenes del capitán y que dio la información sobre él que ya conocemos.

Búsqueda por parte de los compañeros

Al día siguiente, jueves 20, los compañeros de la parroquia de San Bernardo inician las diligencias para encontrar a Joan. Primeramente van al arzobispado, donde son recibidos con bastante frialdad. El secretario del obispado afirma que, desde que Joan había terminado su contrato de cinco años con la diócesis de Santiago y había sido invitado a volver a España, no existía ningún documento escrito que certificara oficialmente la prolongación de su contrato, y que, en todo caso, la aceptación en la zona pastoral de Santiago, donde trabajaba desde su traslado a la capital, había sido sólo de palabra con el obispo auxiliar, Fernando Ariztia, y el vicario episcopal de la zona. Paúl Laurin. Así y todo, accede a iniciar algunas diligencias para saber dónde puede estar (46).

Salen del arzobispado y se dirigen al consulado de España en Chile. Son muy bien recibidos por el cónsul general, que se compromete a hacer todo cuanto esté en su mano para encontrarlo.

Pasan los días y nadie puede saber qué ha sido de Joan. Sus compañeros recorren diversos centros de reclusión, y uno de ellos pasa un día entero en el Estadio Nacional, donde se encuentran miles de detenidos, por si alguien puede dar alguna referencia de Joan. Durante estos días, reciben tres llamadas del consulado notificándoles que hasta el momento no han podido saber nada de Joan (47).

Finalmente, al cabo de siete días, el viernes 26 a última hora de la tarde, reciben una nueva llamada del consulado comunicándoles que finalmente Joan ha sido encontrado en la Morgue de Santiago (Instituto Médico-Legal), donde van a parar todos los cadáveres, y que pueden pasar a identificarlo. Oigamos la explicación detallada que hace un compañero gerundense que realizó esta tarea, y que fue la única persona que pudo ver a Joan muerto, tal como lo cuenta con todo detalle en una cinta grabada para la familia.

Identificación del cadáver

El día 26 por la noche estábamos en la parroquia y nos telefonearon. Yo cogí el teléfono: era el cónsul general de España en Chile. Me dijo que le habían comunicado que el cuerpo de Joan estaba en la Morgue Le pregunté qué había ocurrido, qué había pasado, qué sabía. Me dijo que no sabía nada, únicamente que le habían comunicado oficialmente que el cuerpo de Joan había sido hallado en el río Mapocho, en el Puente Bulnes, y que ahora estaba en la Morgue. Que al día siguiente teníamos que ir a reconocerlo; quedamos con el canciller del consulado, Josep Mª Castellá, en encontramos allí a primera hora de la mañana.

Así lo hicimos, fuimos al día siguiente con el párroco de San Bernardo. A la entrada el canciller enseñó sus documentos a los carabineros. Nos dijeron que sólo podían entrar dos personas. Lo hicimos el canciller y yo; el párroco quedó afuera, en la calle. Fuimos directamente a la oficina del médico. Ahora no recuerdo su nombre. Era el encargado, el jefe. Preguntamos por el muerto, Joan Alsina. Me parece que en la lista figuraba con el Nº 36. Nos explicó que había llegado en un camión de cadáveres el jueves 20, a las 10 de la mañana. Que lo habían encontrado en el Mapocho, en el puente Bulnes. Estuvimos hablando un rato. Mientras lo hacíamos llamaron al médico, que se fue dejando los papeles sobre la mesa. Quería leerlos, pero no nos atrevimos porque no era prudente. Cuando volvió le pedimos permiso para hacerlo. De momento pareció que accedía, pero después dijo que no, que era algo confidencial. Entonces le pedimos que nos contara qué había pasado.

Nos dijo que había sido muerto en una balacera (tiroteo). Yo le pregunté concretamente si había sido fusilado. Dijo que no, que el tipo de bala que tenía Joan no era de fusilamiento, sino de tiroteo, que era calibre punto 30, de las que usa el ejército. La explicación que daba él era que Joan había sido detenido, y que la patrulla que lo custodiaba había sido asaltada por un grupo de extremistas y que en el tiroteo debía de haber muerto Joan. No se explicaba cómo el cuerpo había podido ir a parar al Mapocho. De momento intentó defender la postura de los militares; pero no tenía la menor explicación. Sólo que las balas que había recibido Joan habían entrado por la espalda, ninguna por delante, y que, desde luego, había caído en un tiroteo y no en un fusilamiento.

Pedimos identificar el cadáver. Nos dijo que esto no era normal; Pero que, ya que se encontraba allí el señor canciller, una persona podía bajar a identificar el cadáver. Fui yo. Me llevaron a una sala en la que había hileras de cadáveres en el suelo, todos desnudos, hombres y mujeres. Había cuatro hileras. Al lado de esta sala había otra, también llena. Pregunté por el número 36.

Empezamos a buscarlo. Todos tenían el número sobre el pecho, escrito en bolígrafo sobre un cartón. Pero el nº 36 no aparecía. Recuerdo que desde el primer momento me llamó la atención un cadáver que no tenía número y que parecía el de Joan. Pero pienso que todos los muertos tienen algo que les hace semejantes. No me atrevía a asegurar que fuera él. Tal vez la esperanza de que no lo fuera. Joan no aparecía, el número no figuraba. Subimos arriba, al lugar donde se hacen las autopsias, donde había más cadáveres, pero tampoco encontramos el de Joan. Volvimos abajo, a la primera sala, y me dejaron solo para que mirara uno por uno todos los muertos, mientras ellos identificaban otros cadáveres con los médicos.

Es muy difícil identificar un cadáver en circunstancias así, habiendo tantos. Tal vez por exclusión fui eliminando todos los demás para fijarme de nuevo en el que primero me había llamado la atención por su barba. Recuerdo que cuando Joan llegó a San Bernardo llevaba una barba grande, muy poblada. Los carabineros de la población J. M. Caro, donde vivía, le dijeron que tenía que cortársela. Se la arregló y se quedó con una barba más pequeña, rubia. Aquel cadáver tenía barba. Me acerqué, lo miré otra vez: se parecía mucho a Joan. Pedí que lo movieran, quería verlo en otra postura. Al volverlo vi el nº 36: lo tenía debajo, debía de haberse caído. Cuando movió la cabeza, entonces lo reconocí: era él. En medio de todos aquellos cadáveres, el suyo era uno más. Lo miré con atención. Había quedado boca arriba. Se le veía un agujero grande, muy grande en el pecho. Era una salida de bala, que debía haber entrado por encima del músculo derecho para salir a la altura del corazón, en medio del pecho de Joan. Lo habían cosido rápidamente. A muchos otros cadáveres figuraba que les habían hecho la autopsia, y estaban abiertos de arriba abajo. A Joan no. Tal vez porque era demasiado evidente que estaba muerto. Y esto era todo.

Pregunté qué debía hacer. Me volvieron arriba y me dijeron que al día siguiente por la mañana debía estar allí para recoger el cadáver. Salimos con el canciller y en la embajada nos encontramos al párroco. Rápidamente nos pusimos en movimiento para el entierro. Fuimos al Hogar de Cristo a comprar el ataúd.

Al día siguiente de mañana volvimos a la Morgue el párroco, el canciller y yo. Tal como nos habían pedido, traíamos una sábana. Esta vez no nos dejaron entrar en aquella sala --la estoy viendo ahora-- que recordaré toda mi vida. Ya estaba muerto, desfigurado. Reclamé el cadáver con un papel que nos habían dado. Los que lo tomaron dijeron en seguida: «Ah, sí, ya sabemos de quién se trata». Parece que Joan... no tenía ningún documento en realidad. Nos dijeron que había costado mucho identificar el cadáver, que el sistema era ir a investigaciones, y con las huellas digitales procedían a la identificación: por eso habían podido comunicarlo a la embajada. Lo sacaron por una puerta grande. No estaba rígido. Eso me extrañó, se movía. Su cabeza iba de un lado a otro (48). Cuando me lo pusieron al lado, sentí que era Joan. Su cara no se me olvidará jamás. Era Joan. No tenía la menor duda. Estaba muerto. Yo me sentía un poco mal. Era muy fuerte.

Cuando iban a ponerlo en la caja, yo reclamé la ropa de Joan, pues debía llevar alguna cosa encima. Me dijeron que reclamara en la oficina. Me dijeron que sí, que llevaba un anorac azul o marrón, ahora no recuerdo. Me preguntaron si llevaba algo donde meter la ropa. No llevaba nada, ni una simple maleta, sólo la sábana para envolverlo. Entonces dije que metieran toda la ropa dentro del ataúd. Que no quería que quedara nada de nada en la Morgue: era de Joan, era nuestro Cuando lo metían en la caja me preguntaron si quería que la cara quedara descubierta o tapada. Estaba hinchado. La cara, un poco desfigurada. Más que un poco. Tenía una cosa en la cara, me parece que en el lado izquierdo, como si fuera un golpe... vaya usted a saber si de antes de morir o de después. Cuando lo metían en la caja le vi las heridas que tenía en la espalda, muchas balas en las piernas, todas entradas por detrás. Dejé allí a los encargados de meterlo en el ataúd. Quedamos que le taparían la cara --¡era un espectáculo!-- para que nadie lo viese. Si yo había pasado por aquel trago, no había motivo para que lo pasaran otros. Mientras lo metían en el ataúd salí un momento fuera. Había un chaval; le pregunté qué hacía. Me dijo que andaba buscando a su hermano; ¡pobre criatura! tendría 11 ó 12 años. Le hice salir diciéndole que aquello no era para él, que él no debía estar allí dentro. Cuando estuvo lista la caja de Joan, salí a la calle. Allí estaba el párroco con el canciller. Fuimos directamente hacia San Bernardo adelantándonos a la camioneta del Hogar de Cristo que llevaba el cadáver. Cuando llegó la camioneta, no pude aguantar más y salí a la calle. Traían a Joan, lo llevaban a la iglesia, solo, muerto. No había nadie... Lo habían asesinado... Era inocente... (narración entrecortada, laboriosa, emocionada, con muchas pausas). Los demás compañeros entraron en la iglesia y lo dejaron delante del altar. Yo, no. Tenía que desahogarme. Me quedé un rato solo. Le dije muchas cosas a Joan...

A partir del mediodía empezó a llegar gente para el funeral. Vinieron muchos sacerdotes, muchos compañeros del hospital. Fue un funeral impresionante. Yo recordé muchas cosas de Joan, de cuando estábamos juntos. Sé que Joan estaba contento al ver que muchos sacerdotes le querían. El funeral fue muy cristiano. Fue una plegaria por Joan, por todos los muertos, y, también, aunque costaba trabajo, fue una plegaria por todos los que lo habían matado.

Después, al volver del cementerio, nos indicaron que se habían encontrado unos papeles en su mesilla de noche, que leímos inmediatamente, cuando todavía la gente estaba aquí hablando del cementerio. Y tuvimos la gran sorpresa de descubrir en los papeles el testamento de Joan, que vosotros ya conocéis, y que para nosotros, en aquellos momentos, fue un golpe muy fuerte, fue un gran descubrimiento, fue un comprender que Joan siempre había sabido lo que hacia, y que también, pienso yo, sabía que iba a morir... (49)

Funeral y entierro

El funeral se celebró el viernes 28 en la misma parroquia de San Bernardo. A pesar de las dificultades propias de aquellos días para ponerse en contacto, y del miedo de muchos a ser detenidos, la misa, presidida por el obispo Femando Ariztia, fue concelebrada por más de 40 sacerdotes; asistieron también los amigos más íntimos de San Antonio y algunos --pocos-- compañeros del hospital. Fue en esta ocasión cuando el funcionario que presenció la detención de Joan y pidió al capitán que le dejara llevarse el dinero que había cobrado como bonificación de fiestas patrias, entregó dicha cantidad a sus compañeros. Pronunció la homilía el vicario episcopal, Paúl Laurin. En ella confesó su cobardía y poca generosidad al servicio de aquellos que más lo necesitaban, los momentos difíciles que estaban pasando para dar testimonio de Cristo. Aludió al Cristo del evangelio total, el Cristo que no se ha acomodado ni se ha instalado al abrigo del capitalismo ni de ningún otro poder ni ambición. El Cristo que derroca todos los ídolos. El Cristo de los pobres, de la esperanza, de la liberación plena. «Somos portadores de una esperanza que no engaña ni engañará jamás». «El ejemplo y sacrificio de Joan no quedará sin fruto»... (50)

El entierro se efectuó en el cementerio parroquial de San Bernardo, nicho 29, 4.a corrida, III Norte, sector San Ignacio. Sobre la lápida de mármol hay una cruz plateada, regalada por los compañeros del hospital de San Juan de Dios, con una sencilla inscripción que dice: «Si el grano de trigo muere, da mucho fruto». (51)

De regreso a la parroquia, los compañeros gerundenses escribieron una carta a la familia de Joan. Por su sobriedad y densidad la transcribimos íntegramente:

San Bernardo, 29 de septiembre de 1973.
Queridos y recordados Josep y Genoveva, Miquel y Carme y María.
El motivo por el que os escribimos es triste y lamentable. Sabemos que la embajada os ha hecho saber la muerte de Joan. Pero querríamos que la cosa no quedara sólo en una comunicación fría, oficial.
Aquí en Chile, Joan era tan vuestro como nuestro. Imaginad la tristeza que sentimos. Pero nos sentimos llenos de esperanza al constatar, después de haber vivido con él hasta el fin, qué preparado estaba, y consciente de su sacrificio.
Creemos que debéis sentiros orgullosos de haber traído al mundo una persona tan íntegra como Joan, que vivió hasta su último aliento para los necesitados y en unión con Cristo. Vosotros lo conocíais bien. Ahora mismo acabamos de hacer el funeral, presidido por el obispo Fernando Ariztia, amigo de Joan. Además de todos los de Girona, ayer concelebramos una misa más de 40 sacerdotes en la parroquia de San Bernardo.
Reunidos después de la misa los compañeros catalanes hemos querido hacer esta primera carta en común para tratar de confortaros en vuestra pena.
Joan era el más joven del grupo, pero ha llegado antes a la madurez al ser acogido por el Padre.
Con palabras no podemos aliviar vuestra pena, pero el ejemplo de su fidelidad, dedicación y honradez de vida nos da serenidad y firmeza para seguir luchando.
Os recuerdan y os acompañan en Cristo.

¿Cómo lo mataron?

Terminada la narración de todos los acontecimientos desde el día del golpe de estado hasta el del entierro, debemos ahora plantearnos dos interrogantes que aún pesan sobre los hechos: cómo lo mataron y por qué lo mataron.

En lo tocante al cómo, el único certificado oficial que poseemos de la defunción de Joan Alsina es el del consulado de España en Chile, que dice textualmente: «Falleció en Puente Bulnes (Santiago de Chile), a las veintitrés horas del día 19 del mes de septiembre de mil novecientos setenta y tres». Este certificado viene firmado por el cónsul general, Juan Pérez Gómez, con fecha 14 de diciembre de 1973. Esta versión oficial concuerda con la explicación del médico responsable de la Morgue cuando fueron a recoger el cadáver.

Sin embargo no se especifica la forma del fallecimiento. Conocemos la versión oficial del médico de la Morgue: «Yo le pregunté concretamente si Joan había sido fusilado. Dijo que no, que el tipo de bala que tenia Joan no era de fusilamiento, sino de tiroteo, que era del calibre punto 30, de las que usa el ejército. La explicación que él daba era que había sido detenido y que la patrulla que lo custodiaba había sido asaltada por un grupo extremista y que en el tiroteo debía de haber muerto Joan» (52). Esta versión era la más habitual aquellos días para justificar tantas muertes sin juicio ni explicación razonable. Y es también la que dio el nuevo embajador de Chile en España, general Gorigoitía Herrera, en la rueda de prensa convocada en Madrid el 11 de octubre de 1973:

En otro momento del coloquio, el corresponsal de Le Monde en Madrid, don José Antonio Novais, preguntó al embajador sobre la violenta muerte del padre Alsina, catalán, por cuya alma se celebraron sufragios concelebrados. El embajador chileno se enojó. «Ignoro --dijo-- que nadie haya sido asesinado. El padre Alsina habrá muerto en un enfrentamiento con las fuerzas armadas, que fueron atacadas por delincuentes y guerrilleros». El señor Gorigoitía mostró su enfado por el hecho de que se haya podido imputar a las fuerzas armadas la muerte del sacerdote Alsina. Dijo que se sentía ofendido. El corresponsal de Le Monde replicó que también él se sentía molesto, como español, por el hecho de que se calificara como delincuente a un sacerdote compatriota. Mientras la rueda de prensa se desarrollaba, el embajador no cesaba de recomendar a sus colaboradores o subordinados que tomasen nota de los nombres de quienes interrogaban... (53)

¿Qué pensar?. Ciertamente, sorprende la precisión y exactitud casi textual de ambas declaraciones. O bien se trataba de una explicación bien aprendida por los militares para explicar todas las muertes, o bien era una consigna elaborada para el caso concreto de Joan Alsina. O bien se trataba de la verdad... Pero en esta hipótesis, vuelven a surgir algunos interrogantes: ¿participó Joan activamente en el tiroteo? Nadie lo afirma. ¿Fue sólo una víctima pasiva? Pero entonces ¿cómo se explica que llevara más de 10 balas en las piernas y la espalda? ¿Cómo se entiende que una de ellas le atravesara el cuerpo y saliese a la altura del corazón, formando un gran agujero, que incluso hubo que coser? Esta bala, ¿no fue disparada de muy cerca? En un tiroteo «normal» ¿se incrustan tantas balas en un hombre, que en todo caso debía caer al suelo a la primera, considerando que, como detenido, iba desarmado ?

Si Joan no participó activamente en el tiroteo --y, repetimos, nadie lo afirmó explícitamente--, su muerte, a pesar de las explicaciones del médico de la Morgue y del señor Gorigoitía --por otra parte «lógicas», para encubrir lo injustificable--, ¿no fue debida clara y abiertamente a un fusilamiento directo?

Para nosotros ésta es la única explicación; y que además concuerda con lo que sabemos que sucedió después. Una vez hallado el cadáver y efectuado el entierro, al saberlo, el jesuita que le había confesado sufrió una conmoción tremenda. «¿Cómo? ¿No me habían asegurado que Joan Alsina, después del interrogatorio del día 19, sería conducido al Estadio Nacional con los demás presos?». Esta fue la idea general de cuantos se encontraban allí sobre las 10,30 del día 19, cuando Joan salió del internado Barros Arana junto con otros detenidos. Pero el convoy no se dirigió al estadio, sino al río Mapocho... Allí, a la altura del Puente Bulnes, fueron obligados a bajar y, encarados a la orilla del río, fueron ametrallados cobardemente por la espalda; Joan, además, recibió un tiro de gracia que le salió por el pecho. Eran las 11 de la noche del 19 de septiembre de 1973. Joan tenía 31 años. (54)

¿Por qué lo mataron?

Pasemos ahora a intentar desatar el último nudo de la cuestión, y, por cierto, el más importante: ¿cuáles fueron las causas inmediatas de su muerte? ¿Qué juicio nos merecen? Empecemos analizando los cinco cargos que, a decir del segundo capellán militar, pesaban sobre Joan:

1. Que su situación en el país era irregular, porque tenía el permiso de residencia caducado. Dejando a parte el hecho de que este capellán tuvo en sus manos el papelito en el que Joan había apuntado el número de resguardo de los documentos que había depositado en el ministerio --pasaporte español y documento de identidad chileno-- y que, por tanto, no se trataba de un extranjero desconocido, se han realizado las debidas diligencias para conocer exactamente si los documentos depositados estaban en regla, con el resultado siguiente: el último pasaporte de Joan había sido expedido en Valparaíso el año 1971 con validez hasta 1976. El número era el 5.771. Su carnet de identidad era del 11 de mayo de 1973. Su inscripción en el consulado tenía el número 19.137. Por consiguiente, todo estaba en regla. El actual personal del consulado niega que fuera consultado el día 19 de septiembre sobre la situación legal de Joan en el país. Que, en todo caso, habría que indagar directamente con el cónsul general de aquellos días, que actualmente se encuentra de servicio en otra embajada (55). Consultada la central general de investigaciones, sección extranjería, confirmaron que Joan se encontraba legalmente en el país, pues tenia el permiso de residencia vigente. Al pedir si podían extender un documento que lo certificara oficialmente, el jefe superior se negó, alegando que «se podría utilizar políticamente». Queda, pues, demostrada la situación perfectamente regular de Joan en Chile.

2. Que se aprovechaba de su cargo como jefe de personal para colocar sólo a gente de izquierda. Esto está en contradicción con la opinión general de cuantos lo conocían, que precisamente alaban la independencia y honestidad con que ejercía su cargo, hasta ganarse el respeto y la admiración incluso de los contrarios al programa de Allende, entre los cuales se hallaba el director del hospital. Ante esta acusación, otro funcionario precisa más aún:

Juan se preocupaba tanto del trabajador comunista como del demócrata-cristiano, como del nacional (56). El se preocupaba de los trabajadores, no de un sector de los trabajadores. Incluso en el hospital había una comisión de selección de personal, que estaba integrada por el director del hospital, junto con los profesionales y técnicos, más dos representantes de los trabajadores, que eran dirigentes sindicales, más el jefe de personal. Todas esas personas seleccionaban el personal que tenía que entrar, y en ella tenía mayoría la oposición. El director y los profesionales y técnicos eran de la oposición. O sea que nosotros sólo teníamos a los dos dirigentes sindicales. Así que mal pueden decir que Juan estuviera manejando el cargo para los de izquierda (57).

3. Que con su consentimiento y bajo su dirección se llevaban material médico y quirúrgico para instalar un hospital paramilitar allendista. De nuevo esta acusación entra en contradicción con el testimonio generalizado de los que trataron a Joan, quienes afirman que, precisamente desde que él ocupó el cargo, el departamento, que hasta entonces funcionaba como podía, empezó a funcionar con agilidad, eficiencia y rectitud. También disponemos de otro documento que, por proceder de quien procede y reflejar una inequívoca postura antiallendista, adquiere un valor especial. Se trata de la carta que envió el director del hospital, doctor Carlos Salomón Rex, a la familia Alsina cuando ésta le pidió explicaciones sobre la muerte de Joan. La reproducimos casi íntegramente:

El padre Juan era jefe de la oficina de personal del hospital San Juan de Dios de Santiago. Como funcionario se desempeñó en el cargo por corto tiempo, aproximadamente cinco meses, y fue eficiente y atento, y por parte del servicio recibió el trato habitual que se da a todos los funcionarios. Anteriormente había trabajado alrededor de 5 años en el hospital de San Antonio en personal.

Nuestro país. Chile vivía una situación política muy delicada, ya que existía un antagonismo muy intenso entre la mayoría democrática de la población y el grupo gubernamental y una minoría de ciudadanos marxistas que dirigían al país y las instituciones.

Por estas razones le recomendé al padre Alsina, como recién incorporado al hospital, que no tuviera ninguna participación política en sus actividades funcionarías, ni de palabra ni de hecho. Especialmente le pedí que en el hospital y en su trabajo tuviera un especial cuidado, ya que en este establecimiento se reflejaba el caos político administrativo del país, entre fracciones que querían el orden y la justicia y un grupo pequeño, altamente fanatizado, que pugnaba por el control total del manejo de la situación. En este grupo, como es obvio de buena fe, participaron muchos hombres bien intencionados, un tanto idealistas, que finalmente fueron engañados y, en el último momento, abandonados a su suerte.

La detención de su hermano se realizó en este hospital, pero no en mi presencia, y sólo fui informado posteriormente de ella. Esta detención fue ordenada por el servicio de inteligencia del ejército, que estaba eficientemente informado de muchas actuaciones que el suscrito no podía saber, máxime por ser el padre Alsina un funcionario recién ingresado en nuestro establecimiento. Fue juzgado y sentenciado por la justicia militar en tiempo de guerra, la que actúa en base a un código militar con disposiciones de rápida ejecución, pero cuya aplicación está ceñida a normas precisas.

En cuanto a la demora en tener ustedes una información, deben considerar que hemos estado viviendo un período de emergencia que no permite, como es natural, un sistema de comunicaciones expedito (58).

Fijémonos en que el director no se atreve a afirmar categóricamente que Joan hubiese entrado en el juego político partidista, y mucho menos se hace eco de la acusación de que bajo su dirección y con su consentimiento hubiese salido clandestinamente material para formar un hospital paramilitar. Para justificar su detención y posterior muerte transfiere la validez y justicia del hecho a la autoridad y forma correcta de actuación de los tribunales militares, escamoteando así cautelosa y hábilmente su propia opinión. Un malabarismo que le permite simultáneamente responder al respeto que le merecía la actuación de Joan sin entrar en juicios sobre la actuación de los militares.

Por otra parte, también hay que tener en cuenta que esta tercera acusación era otro lugar común de la propaganda militar para justificar la intervención violenta en la vida del país: afirmar que, si lo hicieron, fue únicamente para adelantarse al autogolpe que quería dar la izquierda para implantar de forma definitiva el «marxismo totalitario»: la «operación Z», De este modo, cualquier detenido era acusado de estar complicado en dicha operación y se hacía reo de atentar contra la democracia y la libertad del país. No es nada extraño, pues, que el caso de Joan cayese también en el simplismo generalizado de este lugar común

4. Que llevaba tiempo sin ejercer el sacerdocio. También en este caso la mejor respuesta son los hechos: el 8 de septiembre bautizó al hijo de un catalán y celebró la eucaristía con un grupo del MOAC, el 14 de septiembre, al salir del hospital después del toque de queda, dijo la misa en el convento de las religiosas de la Inmaculada de San Bernardo, y el domingo, 16 de septiembre, celebró su última eucaristía en la capilla del hospital de San Bernardo. Esto en la línea sacramental. En la tarea catequética o evangelizadora, Joan fue consiliario del MOAC hasta el último día, y sintió la inquietud por la comunicación del evangelio durante los tres días de toque de queda en el hospital --recordemos el testimonio de aquella funcionaría que explica la conversación que se suscitó sobre el verdadero cristianismo y dónde se encontraban los verdaderos seguidores de Cristo en aquellos momentos: si entre los que habían elegido la seguridad de su hogar o los que habían optado por permanecer al servicio de los enfermos. Y, a nivel más íntimo de su fe personal, la lectura de su Ultimo escrito es un testimonio más que elocuente.

Es más, el consiliario nacional del MOAC destaca en un testimonio que redactó sobre Joan y que ya conocemos «el hecho que él era uno de los pocos sacerdotes que en ese momento trabajaban (como obreros) y al mismo tiempo realizaban tareas parroquiales. Para la casi totalidad de los sacerdotes que trabajaban no había compatibilidad» (59). Así pues, la permanencia de Joan en el servicio ministerial hasta el último día queda fuera de cualquier duda.

5. Que era un marxista infiltrado. Aunque se trata también de un lugar común de la propaganda militar --«extirpar el cáncer del marxismo»--, agradecemos esta nueva y última acusación porque nos da pie para precisar y profundizar un poco más en la verdadera opción de Joan. En principio, aun siendo un hombre intensamente racional, que nunca tomaba una decisión sin haberla valorado antes con detenimiento, no era muy dado a las ideologías y teorizaciones. Sin duda conocía las bases del marxismo y sus líneas fundamentales. No obstante, su evolución personal fue producida no tanto por una serie de descubrimientos teóricos de tipo ideológico, como por una actitud vivencial de compartir la vida y la lucha de los trabajadores chilenos. Por una parte recibía la influencia de los trabajadores más conscientes de sus derechos y con mayor conciencia de clase, que en su mayoría eran simpatizantes o militantes de los partidos de izquierda; por otra, estaba bajo el impacto de los planteamientos políticos de Allende y de la lucha encarnizada que llevaba a cabo contra las clases interesadas en su fracaso. Nos atreveríamos a decir que la «conversión» de Joan a la «vía chilena hacia el socialismo» fue provocada no tanto por la lectura de libros marxistas como por la reflexión sobre el programa de la Unidad Popular como vía concreta y única posible en Chile en aquellas circunstancias para acceder al socialismo. Y aún más que por eso, por aquel «sentido de pueblo» que poseía, que le permitía intuir por dónde iban los verdaderos intereses de los trabajadores, al encontrarse sumido en la corriente de vida y lucha del movimiento popular encabezado por Allende. Es decir, su opción política no fue fruto de esquemas preconcebidos, sino de una praxis diaria de convivencia en la base, que le permitía un contacto cotidiano con los más explotados de la sociedad chilena. Como precisaría el consiliario nacional del MOAC antes citado:

Sin aceptar la dicotomía que algunos hacen entre acción sindical u obrera y acción política, porque eso significa castrar el movimiento obrero de una dimensión esencial, creo, sin embargo, que en Juan su participación política en la Unidad Popular estuvo motivada primariamente por las necesidades de la acción obrera organizada y por lograr a través de ella una real participación de los trabajadores en todos los niveles del estado. Tampoco fue ajena a ella su visión de las distintas dimensiones que tiene la evangelización del mundo obrero y de todos los trabajadores. Esto mismo le impidió ser incondicional de los partidos que formaban la UP y menos llegar a ser sectario. Tenía amigos de todas las tendencias.

Otro sacerdote que trabajó pastoralmente con él precisa:

Juan nunca perteneció a ningún partido político, pero sí que estaba codo a codo con los militantes políticos cuando trataban de defender la justicia. Y, esto, Juan lo demostró en su ambiente de trabajo. Tratando de comprometerse por la justicia. La actitud de Juan, como la de muchos otros sacerdotes, tuvo repercusión política, pero no era la suya una actitud de partido. Esto yo lo puedo asegurar porque, en las propias reuniones, Juan jamás habló de partidos políticos o desde pasiones políticas, sino que siempre sus razonamientos eran más profundos y siempre estaba de trasfondo el evangelio. Yo creo que siempre será criticada la actitud de los cristianos que se comprometen por causa del pueblo. (60)

Reflexionando sobre lo que nos dicen estos testigos, y tratando de profundizar un poco más en el sentido de la opción política de Joan, vemos que ésta tendía no a ayudar a una de las diversas tácticas que elaboran los partidos para tomar el poder, sino a la unión de todas las fuerzas de izquierda en torno a un mínimo imprescindible, sin el cual se disuelven y ponen en peligro la victoria final.

Joan estaba predispuesto a este tipo de opción por una parte por su sólida vocación evangélica, que lo inclinaba espontáneamente a buscar la unión de todos los hombres; esto, sociológicamente, se traducía en la unión de los oprimidos frente a los opresores. Pero por otra parte, su temperamento campesino, de «pagés» catalán, lo disponía más a los hechos cotidianos que a las ideologías, más a las «habas contadas» que a los «pájaros volando», a lo real e inmediato que a los planteamientos excesivamente generalizantes. Por eso intuía que sin la unión efectiva de la izquierda la victoria era imposible; que el éxito de la revolución se fundamentaba más en el «sumar, sumar, sumar» que había proclamado tantas veces Fidel Castro durante su visita a Chile, que en el «restar, restar, restar» que provocan en la práctica las actitudes partidistas de carácter sectario. Consecuente con esta idea, Joan trabajó sin descanso para ayudar a superar los enfrentamientos innecesarios de los distintos integrantes de la izquierda, y contribuir así a la imprescindible unidad frente al enemigo principal, que siempre se encontraba «en frente», nunca «al lado».

Tal vez por eso creyó que, en su caso, más valía no afiliarse a ningún partido político para mejor conservar su libertad de movimiento y alcanzar un mayor peso de autoridad en su crítica desde el interior del proceso. Pero también tal vez por eso, teniendo en cuenta que la actitud de Joan se orientaba hacia lo más necesario e invencible --la unidad de los trabajadores--, su opción específica despertó reacciones agresivas entre aquellos que no estaban dispuestos a renunciar a sus privilegios, en cierto modo más fulminantes y peligrosas que los ataques que ellos mismos dirigían contra los que llevaban una acción política de partido, más acostumbrados a guardarse las espaldas, y que contaban con una organización experta en el arte de la defensa. Tal vez por ahí iría la explicación de la opción política de Joan, y también el porqué de su muerte.

Por nuestra parte queremos destacar que su actitud de fondo nacía de una comprensión simple y profunda del evangelio, que lo llevaba de forma natural a identificarse con la causa y la lucha de los oprimidos y con su proyecto histórico: la construcción del socialismo. Joan intuía espontáneamente lo que una vez afirmó el cardenal de Santiago: «Se encuentran más valores evangélicos en el socialismo que en el capitalismo». Y porque él estaba de acuerdo con esto, por eso le arrebataron la vida. Consideramos que esta intuición, avalada por un compromiso totalmente coherente, es la aportación específica de Joan a la causa de la liberación de los pobres y oprimidos de América latina, y de la consiguiente conversión de la iglesia a la vida y la lucha del pueblo.

¿Por qué, pues, lo mataron? Para nosotros, la respuesta es clara. El pliego de cinco cargos exhibido por el segundo cura que lo visitó en la noche del día 19 no tiene más valor que el del tópico y el pretexto. La verdadera razón debemos buscarla en el contenido de clase del golpe de estado chileno, que fue el triunfo de la burguesía sobre el proletariado, no en el terreno de las ideas y de la lucha democrática, sino en el de la ceguera y la fuerza bruta que no sabe de razones. Joan murió por su compromiso con el pueblo, por no acatar la consigna del colegio de médicos de boicotear el gobierno de Allende, por haberse quedado en el hospital los tres días de toque de queda en vez de refugiarse en su casa, por haber seguido siempre una conducta encaminada a despertar la conciencia de los trabajadores y facilitar su propia organización. Esto, en una persona privada, tal vez habría pasado desapercibido, pero en un sacerdote íntegro y coherente, y sobre todo en un jefe de personal --el único jefe de sección que permaneció en el hospital los tres días del toque de queda-- era imperdonable. Había que liquidarlo y sin dejar rastros que pudieran abrir un debate difícil de ganar.

Para nosotros ésta es la única razón. La única razón de fondo. La que difícilmente podrá ser ocultada por mucho que se hagan mil cabriolas y se use toda la fuerza para esconderla. Joan murió con el pueblo, sencillamente porque había sido un miembro más del pueblo, organizado y en lucha.


Notas:

1. Testimonio 15. Habla un compañero de la oficina de personal.

2. Testimonio 1. Habla una funcionaria.

3. Testimonio 24.

4. Carta del 4 de noviembre de 1974.

5. Carta del 15 de marzo de 1974.

6. Testimonio 15.

7. Carta del 15 de septiembre de 1975.

8. Aunque el sacerdote francés afirma que el registro del hospital tuvo lugar el sábado 15, hay testigos que dicen que hubo unos primeros registros el miércoles 12 (testimonio 24) y el viernes 14, el día que terminaba el toque de queda y pudo salir todo el personal (testimonio 1). Incluso el mismo 11 de septiembre hubo una primera entrada de militares en el hospital, tal como veremos más adelante.

9. Testimonio 24.

10. Carta del 11 de octubre de 1975.

11. Testimonio 16.

12. Testimonio 1.

13. Carta del 30 de septiembre de 1973 y testimonio 7.

14. Carta del 8 de octubre de 1975.

15. Cartas del 8 de octubre de 1975 y 28 de septiembre de 1973.

16. Testimonio 2.

17. Testimonio 16 y carta del 28 de enero de 1974.

18. Testimonio 16.

19. Carta del 8 de octubre de 1975.

20. Cf. cartas del 28 y 29 de septiembre de 1973, 7 de diciembre de 1973 y 9 de septiembre de 1975, en las que los compañeros sacerdotes de San Bernardo cuentan las últimas conversaciones de Joan.

21. Carta del 8 de octubre de 1975.

22. Testimonio 19.

23. Carta del 17 de diciembre de 1973.

24. Testimonio 19.

25. La por a la Ilibertat, Barcelona. Traducción castellana: Buenos Aires 1971.

26. Testimonio 15.

27. Cartas del 14 de diciembre de 1973 y 28 de septiembre de 1973. Paúl Laurin murió en África el 24 de octubre de 1974 (cf. carta del 12 de abril de 1975).

28. Eufemismo que alude a la visita de los militares.

29. Carta del 4 de noviembre de 1974 y testimonio 18.

30. Testimonio 15.

31. Testimonio 22.

32. Carta del 15 de mano de 1974.

33. Testimonio 24.

34. Testimonio 22.

35. Testimonio 15.

36. Carta del 4 de noviembre de 1974 y testimonio 18.

37. Carta del 1 de noviembre de 1975. Estas son sus palabras: «Este capitán tenía a su cargo la Universidad Técnica y el Barros Arana. El que caía en sus manos estaba perdido. Tenía fama de ser un despiadado. Era un torturador y lo hacía delante de todos nosotros. Le gustaba hacer las detenciones personalmente. A la mujeres, les sacaba los sostenes y los calzones delante de todos nosotros. Lo primero eran golpes de culata. Durante los primeros días el mayor tuvo que llamarle la atención para que no hiciera eso en público. Durante los primeros días detuvo a dos, junto a la Copa de agua de Lo Prado, y les cortó la cabeza con un corvo. Primero les cortó los cabellos para burlarse, y por la noche les cortó la cabeza para estrenar el corvo, que era una especie de daga que les habían entregado aquellos días. Yo mismo sentí los gritos. Calculo que por lo menos liquidaron a cincuenta por esos días. Nos invitaban, porque era voluntario disparar. Yo no quise ir nunca. Cuando volvían siempre hacían comentarios chistosos: «Los hemos cosido a balas. Le he disparado al ojo...». Dos domingos después del golpe hicieron misa en el Barros Arana. Durante la predicación en seguida mezclaron a Dios con la cuestión política: «A ustedes les premiará Jesucristo por lo que han hecho. La patria les estará siempre agradecida». Predicó sobre la expulsión de los mercaderes del templo. Se veía una cosa totalmente preparada para mantener y exaltar los ánimos. Yo desde aquel día nunca más he vuelto a entrar en una iglesia. Para liquidar a uno o a un grupo se reunían cuatro capitanes y decidían. El guardaespaldas de uno de ellos se trastornó al ver las torturas y huyó. Después fue obligado a regresar y se le castigó».

38. Testimonio 25.

39. Carta del 28 de agosto de 1975.

40. Carta del 1 de octubre de 1975 y Testimonio 23.

41. Testimonio 27.

42. Testimonio 25.

43. Carta del 12 de septiembre de 1975.

44. Que se trataba de un simple interrogatorio y no de un juicio marcial, cosa que le habría dado cierto aire de «legalidad», lo demuestra el hecho de que no existe ningún tipo de sumario sobre Joan Alsina. Transcribimos literalmente lo que nos dijo un compañero chileno que indagó el caso: He ido a la 6ª comisaría del poder judicial para ver si encontraban el sumario. Han sacado un libro muy grueso en el que se encontraba la lista de los que han sido muertos previo juicio. Mientras iban buscando en estas largas listas el nombre de Juan Alsina --no permitieron que yo me acercara a ayudarlos--, yo pensaba en sus últimas palabras que dejó escritas: «Son muchos los que han sido señalados, purificados. Setenta y dos dicen las "cifras". Cuarenta mil estaban en el éxodo. Y aquí, también. De un lado y del otro ¿qué más da? Es pueblo, tropa». No han encontrado el nombre de Juan. «Seguro que murió en un enfrentamiento o en el toque de queda --me han dicho--, porque a todos los sumariados y fusilados los tenemos aquí, y Juan Alsina no está». Esto me hace pensar que no querían dejar rastro, que no medió ningún papel escrito (testimonio 25).

45. Testimonio 31.

46. Cartas del 30 de septiembre de 1973 y 17 de diciembre de 1973. No obstante, los compañeros aseguran que «el día 24 comprobamos que el obispado no había movido un dedo. El día del entierro, si, entonces lamentaron mucho lo que había ocurrido»...

47. Carta del 30 de septiembre de 1973.

48. Este fenómeno no tiene nada de extraño, pues los cadáveres sólo quedan rígidos las 20 ó 30 primeras horas. Después recobran la flexibilidad al iniciarse el proceso de putrefacción (cf. carta del 25 de noviembre de 1975).

49. Testimonio 26.

50. Carta del 28 de septiembre de 1973.

51. Cartas del 29 y 30 de septiembre de 1973.

52. Testimonio 26.

53. Lorenzo Contreras: El Correo Catalán (12 de octubre de 1973) 9.

54. Testimonio 31. Los hechos han podido ser reconstituidos por testigos de primera mano, como los reclutas que estuvieron allí aquella noche. Además, la explicación del médico de la Morgue en el sentido de que la bala era «del calibre 130, de las que usa el ejército», lejos de demostrar que murió en un tiroteo, confirma precisamente que Joan fue fusilado por el ejército, es decir, por el pelotón de soldados que lo llevó al río Mapocho, que son los que usan este tipo de bala.

55. Testimonio 27.

56. Del Partido Nacional, de derechas.

57. Testimonio 22. Habla un funcionario que llevaba quince años trabajando en el hospital.

58. 14 de octubre de 1973.

59. Testimonio 14.

60. Testimonio 1.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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