joan alsina
Joan Alsina: chile en el corazón
TRES HOMBRES DIGNOS DE SU PUEBLO

capítulo 1

Chile, fértil provincia señalada
en la región antártica famosa.
De remotas naciones respetada
por fuerte, principal y poderosa.
La gente que produce es tan granada,
tan soberbia, gallarda y belicosa,
que no ha sido por rey jamás regida
ni a extranjero dominios sometida.

Estas palabras de Alonso de Ercilla en su poema La Araucana, publicado el año 1578, despiertan todavía en nosotros sentimientos parecidos a los que produjo al poeta el descubrimiento de Chile. Los hechos del 11 de septiembre de 1973 conmovieron al mundo y una corriente de poderosa solidaridad surgió de todas partes, como respuesta a la sucia y traidora acción de unos militares que quisieron someter por la fuerza aniquiladora de los tanques a un pueblo que, con dignidad y valerosa lucha, venía construyendo día tras día su propia libertad.

De esta lucha emergieron figuras poderosas que por su «soberbia, gallardía y belicosidad» provocaron la admiración mundial. Destacamos, de entre ellas, a tres: Salvador Allende, Víctor Jara y Pablo Neruda, cumbres de la política, de la canción y de la poesía y líderes de un pueblo que, a pesar de las apariencias actuales, «no ha sido por rey jamás regido ni a extranjero dominio sometido». Porque, si la sangre de sus muertos riega «la fértil provincia señalada», la fuerza de los vivos prepara «una infinita primavera».

Hermanos: sabed que nuestra lucha
continuará en la tierra.
Continuará en la fábrica, en el campo,
en la calle, en la salitrera.
En el cráter del cobre verde y rojo,
en el carbón y su terrible cueva.
Estará nuestra lucha en todas partes,
y en nuestro corazón, estas banderas
que presenciaron vuestra muerte,
que se empaparon en la sangre vuestra,
se multiplicarán como las hojas
de la infinita primavera.

Somos nosotros los que también ahora continuamos esta lucha para que la dignidad sea de nuevo respetada; porque, si un día de 1936 uno de sus hijos --Pablo Neruda--, que vivía en un barrio de Madrid donde los geranios estallaban en flor, se sintió estremecido por el fuego de la metralleta y gritó horrorizado: «¡Venid a ver la sangre por las calles, venid a ver la sangre por las calles, venid a ver la sangre por las calles!», si él escribió un poema memorable, España en el corazón, valiosa joya de la literatura universal, también nosotros, estremecidos y horrorizados, llevamos hoy a «Chile en el corazón», con el deseo de agradecer lo que el poeta dio a una de las lenguas ibéricas y lo que su pueblo entregó a la revolución mundial, que es también la nuestra.

Que la triple evocación que ahora iniciamos nos haga «sentir» más que entender lo que ya decía Alonso de Ercilla:

La gente que produce es tan granada,
tan soberbia, gallarda y belicosa,
que no ha sido por rey jamás regida
ni a extranjero dominio sometida.

Pueden tener la fuerza, pero no la razón»

Eran las dos de la madrugada del 11 de septiembre de 1973 y el presidente Allende permanecía aún despierto. Con sus asesores políticos y algunos ministros de estado, preparaba un importante discurso que dirigiría al día siguiente al pueblo de Chile, convocándolo a un plebiscito. La situación del país era extremadamente tensa. La huelga patronal de camioneros y otros gremios profesionales tenía paralizada a la nación, y las acciones terroristas de los grupos de ultraderecha venían sucediéndose sin tregua desde hacía tres meses. Los rumores de alzamientos militares eran cosa de cada día. A pesar de todo, el «compañero presidente» seguía confiando más en la fuerza de la Constitución y de la ley que en la violencia de las ametralladoras. Por eso había decidido convocar al país para que él mismo decidiera el camino a seguir.

Mientras discutían estas cosas, en Valparaíso, y sin que ellos lo supieran, la actividad de la marina era intensa. La flota nacional había zarpado hacia alta mar para participar amistosamente con la escuadra de los Estados Unidos en la «Operación Unitas». Despuntaba el día cuando los barcos chilenos regresaban al puerto y, colocándose en posiciones estratégicas, dirigían sus cañones hacia las casuchas y barracas que pendían en cascadas por las colinas de la segunda ciudad de Chile. El zumbido de los helicópteros que sobrevolaban la zona despertó a los «porteños», que asistieron, antes que nadie, a la rebelión de la marina, primer acto de una escalada que habría de acabar pocas horas más tarde con la vida de Salvador Allende y con el derrocamiento de su gobierno constitucional.

Hacia las 6,30, el general Urrutia, subdirector de carabineros, que ignoraba el secreto de la rebelión de la marina y que había recibido una llamada telefónica desde Valparaíso informándole de los acontecimientos en curso, se presentó en la residencia presidencial de Tomás Moro para explicar al presidente lo que acababa de conocer.

Ante la evidencia de los hechos, Allende organizó rápidamente la salida hacia el palacio presidencial de La Moneda, y se formó una pequeña comitiva de cuatro coches y una camioneta con ametralladoras y bazokas. El presidente mismo llevaba la ametralladora AKM que le había regalado Fidel Castro con la dedicatoria: «A mi compañero de armas, Salvador». El trayecto se hizo sin dificultades y pudieron comprobar que la guardia presidencial de carabineros custodiaba como de costumbre el edificio. En aquellos momentos el presidente aún desconocía si la guardia de palacio, constituida por un grupo seleccionado de unos trescientos carabineros, le permanecía leal o no.

Llegados a La Moneda hacia las 7,35 Allende se dedicó personalmente a organizar la resistencia y a distribuir los efectivos disponibles. Eran aproximadamente las 8 de la mañana cuando los chilenos pudieron escuchar por primera vez la voz de su presidente, que hablaba a través de las antenas de Radio Corporación:

Habla el presidente de la República desde el palacio de La Moneda. Informaciones confirmadas señalan que un sector de la marinería habría aislado Valparaíso y que la ciudad estaría ocupada. lo cual significa un levantamiento en contra del gobierno que está amparado por la ley y la voluntad del ciudadano.

En estas circunstancias llamo sobre todo a los trabajadores, que ocupen sus puestos de trabajo, que concurran a sus fábricas, que mantengan calma y serenidad. Hasta este momento, en Santiago no se ha producido ningún movimiento extraordinario de tropas y, según me ha informado el jefe de la guarnición. Santiago estaría acuartelado y normal. En todo caso, yo estoy aquí defendiendo el gobierno que represento por voluntad del pueblo.

Lo que deseo, esencialmente, es que los trabajadores estén atentos, vigilantes, y que eviten provocaciones. Como primera etapa tenemos que ver la respuesta, que espero sea positiva, de los soldados de la patria, que han jurado defender el régimen establecido, que es expresión de la voluntad ciudadana, y que cumplirán con la doctrina que prestigió a Chile y le prestigia por el profesionalismo de las fuerzas armadas... De todas maneras, el pueblo, y los trabajadores fundamentalmente, deben estar movilizados activamente, pero en sus sitios de trabajo, escuchando el llamado que pueda hacerles y las instrucciones del compañero presidente de la República.

Mientras Allende se dirigía al pueblo, llegaban al palacio de La Moneda ministros, subsecretarios, ex-ministros, técnicos, personal de prensa y radio, médicos, enfermeros, miembros del Servicio de Investigaciones. Todos juntos, sumados al grupo de amigos personales que habían llegado hasta el presidente, totalizaban un pequeño contingente de unas cincuenta personas, veinte de las cuales iban armadas y nueve eran mujeres.

Estaba el grupo escuchando Radio Agricultura, propiedad de la sociedad nacional de antiguos latifundistas y principal emisora de la oposición, cuando hacia las 8,30 oyeron el primer comunicado de las fuerzas insurgentes:

El presidente de la República debe proceder a la inmediata entrega de su cargo a las fuerzas armadas y carabineros de Chile... La prensa, la radio y canales de televisión adictos a la Unidad Popular deben suspender sus actividades informativas a partir de este instante, de lo contrario recibirán castigo aéreo y terrestre... Firma: Junta Militar de gobierno de las fuerzas armadas y carabineros.

Subscriben la proclama los comandantes en jefe del ejército y de la aviación. Augusto Pinochet y Gustavo Leigh, pero no así los correspondientes comandantes en jefe de las otras dos fuerzas, marina y carabineros, los cuales, por no querer sumarse a la rebelión, han sido sustituidos por dos generales poco conocidos, José Toribio y César Mendoza. De esta manera queda constituido el quadrunvirato de la Junta Militar.

Los rebeldes instalan el cuartel general en el ministerio de defensa, a pocos metros del palacio presidencial. Desde allí comunican por teléfono con La Moneda y conminan al presidente a rendirse y a renunciar a su cargo, mientras le ofrecen un avión para abandonar el país con su familia. Allende responde indignado que «como generales traidores que son, no conocen a los hombres de honor» y rechaza altivo el ultimátum.

Hacia las 9,30 el grupo observa, sorprendido, cómo se retiran los trescientos carabineros que custodiaban el edificio. De pronto comprenden el alcance de lo que sucederá: deberán llevar a cabo la resistencia ellos solos.

Minutos más tarde ingresan los tres edecanes de la presidencia, representantes de las tres ramas de las fuerzas armadas y responsables constitucionales de la seguridad del presidente, para exigir su rendición. Allende responde nuevamente que no se rendirá y que su última determinación es quedarse en La Moneda y defenderse de los agresores con la ametralladora. Salen, y de inmediato las fuerzas de infantería, bajo el mando del general Palacios, se sitúan alrededor del edificio.

La situación es nuevamente dramática. Allende y sus compañeros comprenden que la defensa de La Moneda será más un gesto político que militar. Comprenden que la presencia del general Pinochet al frente de la rebelión --el hombre que hasta el último momento se había mostrado leal, el confidente que revelaba las intrigas de los conspiradores y programaba las «purgas» correspondientes-- significa que el sector democrático del ejército es incapaz de oponerse al golpe. El gobierno queda indefenso y, con él, el pueblo trabajador.

La fuerza bruta emerge como única instancia de poder. Sólo cabe el gesto político de la resistencia física para dar a entender que la historia de Chile entra en una nueva etapa: la de la resistencia armada contra el fascismo. Pero Allende reservará para sí y para sus compañeros el inicio de esta nueva estrategia. El temor visceral a la guerra civil le impide, en efecto, hacer un llamamiento al pueblo en el mismo sentido. Comprende que un pueblo desarmado será un pueblo masacrado. Y, por encima de todo, quiere evitar que se derrame la sangre del pueblo.

Cuando ya ha empezado el tiroteo, los cañonazos y las primeras incursiones de los aviones. Allende, hacia las 9,30 de la mañana, dirige sus últimas palabras a los chilenos:

Esta será seguramente la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La fuerza aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura, sino decepción. Y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron. Soldados de Chile, comandantes en jefe titulares: el almirante Merino se ha autodesignado comandante de la armada, más el señor Mendoza, general rastrero que sólo ayer manifestara su fidelidad y lealtad al gobierno y que también se ha autodenominado director general de carabineros. Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: yo no voy a renunciar.

Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallamos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra, y la hacen los pueblos.

Trabajadores de mi patria, quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. En este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, quiero que aprovechen la lección: el capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, crearon el clima para que las fuerzas armadas rompieran su tradición, la que les enseñara Schneider y reafirmara el comandante Araya (1), víctimas del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando, con mano ajena, reconquistar el poder para seguir defendiendo sus granjerías y sus privilegios.

Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra, a la campesina que creyó en nosotros, a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de nuestra preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días siguieron trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas de una sociedad capitalista de unos pocos. Me dirijo a la juventud, a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha.

Me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos, porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente: en los atentados terroristas, volando los puentes, cortando las líneas férreas, destruyendo los oleoductos y los gaseoductos, frente al silencio de quienes tenían la obligación de proceder. Estaban comprometidos. La historia los juzgará. Seguramente Radio Magallanes será acallada, y el metal tranquilo de mi voz no llegará hasta ustedes. Lo seguirán oyendo, porque siempre estaré junto a ustedes. Por lo menos quedará mi recuerdo: el de un hombre digno que fue leal a la patria. El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse. Trabajadores de mi patria, tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano; tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

En el exterior, el tiroteo sigue siendo intenso. Un fuerte cañonazo revienta la puerta principal de La Moneda. El palacio se incendia y la gran humareda que surge puede verse desde toda la ciudad. Del ministerio de defensa comunican que si Allende no se rinde, a las 11 iniciarán el bombardeo. El presidente reúne a todo el grupo y da libertad para salir a los que lo deseen. Sobre todo insiste en que salgan las mujeres. Una de ellas, Beatriz, es su hija que se encuentra en avanzado estado de gravidez. Más tarde relatará los últimos recuerdos de su padre:

Su presencia de ánimo era extraordinaria, con gran disposición para combatir. En sus palabras se reflejaba la serena visión de los acontecimientos y del rumbo que necesariamente habría de tomar la lucha revolucionaria. Planteó que lo importante era la conducción política futura. Asegurar una conducción unitaria de todas las fuerzas revolucionarias; que los trabajadores iban a necesitar una conducción política unitaria. Que por eso él no deseaba allí sacrificios estériles e inútiles; que habría que esforzarse por lograr esa dirección política unitaria que encabezara la resistencia que comenzaba ese día, y que para ella se necesitaría una acertada conducción política. (2)

Finalmente, las mujeres salen; queda solamente una: la secretaria privada de Allende, Miriam Contreras. Con el grupo se retiran también las fuerzas de infantería, para que la aviación entre en acción. A las 11 comienzan a pasar los aviones, pero el bombardeo no se inicia hasta las doce menos cuarto. Allende y los suyos se han refugiado en el sótano del edificio. En pocos minutos el ala norte de La Moneda es un montón de hierros candentes y retorcidos, viejas maderas en llamas, ruinas humeantes. El rugir de los aviones ensordece el cielo de Santiago. Allende y sus compañeros suben del sótano. Quedan sorprendidos al ver que la mayoría continúan todavía vivos. Sin embargo algunos han muerto carbonizados.

Nuevamente la infantería toma las anteriores posiciones y se prepara para realizar el asalto a La Moneda. La artillería avanza hacia el edificio y lo rodea por los cuatro costados. Todos suben a la segunda planta y se preparan para el combate decisivo. Al terminarse las municiones, Allende da la orden de reventar la puerta de la armería del palacio con bombas de mano. Mientras dispara contra los soldados de la calle, exclama: «Así se escribe la primera página de esta historia. Mi pueblo y América escribirán el resto».

Los cañones que disparan son respondidos desde La Moneda con fuego de pistolas, fusiles y ametralladoras. El mismo Allende empuña su AKM, apareciendo y desapareciendo por las ventanas de la segunda planta. En un momento dado, se le ve con un bazooka en las manos disparando contra uno de los tanques.

Hacia la 1,30, el general Palacios, encargado de la captura del presidente, decide entrar con un piquete de soldados, protegidos por los tanques. Se introduce por una puerta lateral que da a la calle Morando, número 80, y que es derrumbada por la fuerza. Miriam Contreras relata lo que sucedió después:

Cuando las tropas comienzan a invadir La Moneda a tiro limpio envían al doctor Soto --a quien habían detenido- para anunciarle al presidente que nos daban cuatro minutos para rendirnos. El presidente nos reunió en el pasillo. Ordenó que nos marcháramos tranquilos y que dejáramos todas las armas, cascos y máscaras. Que no lleváramos ningún armamento ni nada que pudiera parecer algo duro en los bolsillos. El se quedaría con un grupo de compañeros de la escolta personal. Señaló que Soto bajara primero llevando un trapo blanco. Comenzamos a bajar. Abruptamente los militares suben y escuchamos un fuerte y prolongado tiroteo.

La salida fue a culatazo limpio, empujones e insultos. Debajo de las mangas yo llevaba el acta original de la independencia de Chile, firmada por Bernardo 0'Higgins, el 2 de febrero de 1818. El presidente había pedido a Eduardo Paredes que la despegara del marco y nos la entregara para salvarla del incendio. Los soldados me la arrebataron y la rompieron a pesar de explicarles de qué se trataba.

En realidad, ¿qué pasó en la segunda planta? ¿cómo murió Allende? ¿cómo transcurrieron sus últimos minutos?

Han circulado dos versiones. La de la Junta, según la cual Allende se suicidó, y la de sus colaboradores íntimos, según los cuales murió luchando contra sus agresores.

Para la Junta, cuando el general Palacios llegó al «salón rojo», donde estaba el presidente, lo encontró sentado en su sillón presidencial con la cabeza destrozada por un tiro que debió dispararse a la boca. Pero, según sus íntimos, algunos de los cuales estuvieron con él hasta el final. Allende hizo frente, ametralladora en mano, al piquete de soldados comandado por Palacios, que al entrar al «salón rojo» lo hirieron de un primer tiro en el estómago y, ante su resistencia, le dispararon al pecho, y finalmente lo acribillaron a balazos. Y, aún, se produjo un gesto de insólita dignidad: al ver caer al presidente, los miembros de su guardia personal contraatacaron enérgicamente, repeliendo al piquete hasta la escalera principal; entonces cogieron el cuerpo exánime de Allende para conducirlo a su despacho, sentarlo en el sillón presidencial, ponerle la banda tricolor de presidente de Chile y envolverlo con la bandera chilena.

Sea cual fuera la verdad de esta última anécdota, que bien podría ser una invención para destacar el heroísmo dramático de Allende y de sus compañeros, lo cierto es que permanece en el aire una serie de interrogantes.

Estando la Junta Militar tan interesada en desprestigiar la figura del presidente, a fin de que no se convirtiera en un «héroe nacional», y con el objeto de dejar fuera de toda duda la versión del suicidio, ¿por qué no permitió que médicos independientes, ante testigos imparciales, hiciesen la autopsia del cadáver? ¿por qué, en el momento del entierro, no accedió a la petición de la viuda de reconocerlo? ¿No habría sido ésta la mejor prueba de su versión? ¿Por qué tanto miedo de mostrar el cadáver, ni siquiera a los periodistas? ¿No hicieron precisamente eso los militares bolivianos en el momento de anunciar la muerte de Che Guevara? ¿No vimos todos, en muchas revistas del mundo, su fotografía incuestionable? ¿Quién sabe, incluso, si no incineraron el cadáver de Allende para que la verdad permanezca para siempre ignorada?...

Porque, de hecho, el mismo día 11 de septiembre, la comandancia en jefe del ejército comunicó al directorio del Partido Demócrata Cristiano que Allende se había suicidado. El vicepresidente del partido sugirió entonces que hiciese la autopsia el director del Instituto Médico-Legal, doctor Vargas, en presencia de parlamentarios. La comandancia en jefe no puso dificultad, pero la directiva no recibió ninguna otra comunicación, y la autopsia fue hecha en el Hospital Militar, en presencia de los cuatro jefes de los servicios médicos del ejército, la marina, la aviación y carabineros.

El entierro tuvo lugar al día siguiente, y el cadáver fue llevado en un féretro cerrado a Viña del Mar, donde la familia Allende tiene su mausoleo. Denegada la petición de la viuda de ver el cuerpo del presidente, se comprende el amargo comentario:

«A un perro se le hubiera enterrado con más dignidad que al presidente de Chile».

Estos hechos y estos interrogantes hacen dudar seriamente de la verdad del suicidio. Tanto más cuanto que el mismo general Palacios declaró a la revista chilena Ercilla (n.° 1991, del 26 de septiembre de 1973) que «Allende estuvo disparando todo el tiempo, porque tenía las manos llenas de pólvora. El cargador de la ametralladora estaba vacío. Había numerosas vainas en la ventana y cerca de su cuerpo. A un lado había también un revólver y, cuando pasé a identificarlo, tenía un casco y una máscara de gases». Si no lo entendemos mal, eso quiere decir que Allende murió luchando hasta el final.

Y como diría Fidel Castro en el discurso de homenaje del 28 de septiembre:

Pocas veces en la historia se escribió semejante página de heroísmo. Nunca en este continente ningún presidente protagonizó tan dramática hazaña. Muchas veces el pensamiento inerme quedó abatido por la fuerza bruta. Pero ahora puede decirse que nunca la fuerza bruta conoció semejante resistencia, realizada en el terreno militar por un hombre de ideas, cuyas armas fueron siempre la palabra y la pluma... ¡Nunca un fusil fue empuñado por manos tan heroicas de un presidente constitucional y legítimo de su pueblo! ¡Nunca un fusil defendió mejor la causa de los humildes, la causa de los trabajadores y de los campesinos chilenos! ¡Y, si cada trabajador y cada campesino hubiesen tenido un fusil como ése en sus manos, no habría habido golpe fascista!

Esa es la gran lección que se desprende para los revolucionarios de los acontecimientos chilenos.

En resumen. Salvador Allende, con su muerte heroica, no hizo sino cumplir al pie de la letra las palabras que pronunciara el 2 de diciembre de 1971 en el discurso de despedida a Fidel Castro, al acabar éste su visita a Chile:

Se lo digo con calma, con absoluta tranquilidad: yo no tengo pasta de apóstol ni tengo pasta de mesías. No tengo condiciones de mártir. Soy un luchador social que cumple una tarea, la tarea que el pueblo me ha encomendado. Pero que lo entiendan aquellos que quieran retrotraer la historia y desconocer a la voluntad mayoritaria de Chile. Sin tener carne de mártir no daré un paso atrás. Que lo sepan: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera. Que lo sepan, que lo oigan, que se les grabe profundamente: defenderé esta revolución chilena y defenderé el gobierno popular, porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillado a balazos podrán impedir mi voluntad que es la de cumplir el programa del pueblo. (3)

Al día siguiente la Junta Militar comunicaba a los chilenos la muerte de su presidente...

Perdido en el espacio de las estrellas

Hablar de Víctor Jara es hablar de un hijo de la tierra, de un hombre del pueblo, de un campesino que absorbió de las zonas del sur de Chile la savia de su poesía, y de las luchas de la clase trabajadora la fuerza de sus canciones. Como militante revolucionario de la causa popular, tuvo también que sufrir la furia de la represión de los enemigos del pueblo. De su último poema, escrito cuando estaba detenido en el Estadio Nacional, se trasluce la angustia, el desconcierto y, también, la firme decisión de mantenerse fiel al servicio de sus compañeros de clase:

Somos cinco mil aquí,
en esta pequeña parte de la ciudad;
somos cinco mil.
¿Cuántos somos en total en las ciudades y en todo el país?
Sólo aquí, diez mil manos, que siembran y hacen andar las fábricas.
¿Cuánta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor, presión moral,
terror y locura?
Seis de los muertos se perdieron
en el espacio de las estrellas.
Uno, muerto; uno, golpeado como jamás creí que se podía golpear
a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores.
Uno, saltando al vacío;
otro, golpeándose la cabeza contra el muro.
Pero todos con la mirada fija en la muerte.
¡Qué espanto produce el rostro del fascismo!
Llevan a cabo sus planes con precisión artera, sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es un acto de heroísmo.
¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío?
¿Para esto tus siete días de asombro y de trabajo?
En estas cuatro murallas sólo existe un número que no progresa,
que lentamente querrá más la muerte.
Pero, de pronto, me golpea la conciencia,
y veo esta marea sin latido,
y veo el pulso de las máquinas,
y los militares mostrando su rostro de matrona llena de dulzura,
y México y Cuba, y el mundo, que gritan esta ignominia.
Somos diez mil manos menos que no producen.
¿Cuántos somos en toda la patria?
La sangre del compañero presidente,
golpea más fuerte que bombas y metralletas.
Así golpeará nuestro puño nuevamente.
Canto, ¡qué mal me sabes cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto.
De verme entre tantos y tantos momentos del infinito,
en el que el silencio y el grito son las metas de este canto.
Lo que veo nunca vi.
Lo que he sentido y lo que siento.
Hará brotar el momento...

El poema se corta violentamente y, con él, la vida del trovador más conocido de la revolución popular chilena.

Su actitud combativa venía de muy lejos. Su madre, una sencilla campesina de Chillán, era «cantaora» y de ella recibió su gusto por la canción del pueblo, aquella canción que entienden todos, que puede ser interpretada en la fábrica, en la población, entre los campesinos, en medio de los estudiantes de la universidad y, también, en las grandes concentraciones populares donde se definen las grandes líneas a seguir en la conquista de la libertad.

Vientos del pueblo me llaman.
Vientos del pueblo me llaman,
me esparcen el corazón
y me avenían la garganta.
Así cantará el poeta
mientras el alma me suene
por los caminos del pueblo
desde ahora y para siempre.

Este compromiso con el pueblo le llevó a no rehuir ninguna situación. Entendía que solamente entroncándose a fondo en sus condiciones de vida podría hacer brotar un canto que fuera comprensible y, a la vez, arma de combate en manos de los oprimidos. «Lo auténticamente revolucionario --decía-- debe estar detrás de la guitarra para que la guitarra sea un instrumento de lucha que también pueda disparar como un fusil».

A fin de recoger con la mayor fidelidad el sentimiento del pueblo, Víctor iba a vivir a los barrios, asistía a las reuniones de sindicatos, participaba en los comités de fábrica, pasaba las vacaciones en los campamentos populares.

Hace poco, recorriendo una población en unos recitales que di, una compañera se acercó y me dijo: «¿Y cuándo nos va a cantar a nosotros?». Entonces le dije: «Bueno, pero ¿qué quieren que les cante?». Y ella: «Nosotros le podemos decir muchas cosas». Y así surgió, sencillamente. Me fui con una grabadora y empecé a recorrer varias poblaciones en distintas comunas y surgió un disco que se llama La Población, que cuenta historias de amor, de lucha, la victoria de una toma de terreno y una marcha de pobladores. Las canciones van hiladas por palabras de los niños pobladores. (4)

A medida que su canción y su personalidad iban penetrando, y su nombre era más y más conocido en Chile y en todo el continente, se iba estrechando el círculo de sus enemigos, que de ninguna manera le perdonaban la comunicación que tenía con el pueblo y la fuerza que le inyectaba en su lucha por conseguir la libertad. El ambiente colectivo era tenso. Las acciones terroristas de la ultraderecha eran cada vez más continuas; escogían víctimas indiscriminadas y también personas bien seleccionadas. Víctor podía ser una de ellas...

Quizás por eso sus últimas composiciones devienen extraordinariamente tristes y premonitorias. Una dulzura tierna, preñada de gravedad y melancolía las va envolviendo lentamente. El ritmo, las letras y las melodías, traspasadas de presentimientos, parece que presagian el trágico desenlace.

En un diálogo de gran belleza, que sólo puede captarse plenamente si se escucha la canción, se dirige a su esposa, Joan, con estas palabras:

Cuando voy al trabajo
pienso en ti,
por la calle del barrio
pienso en ti.
Cuando miro los rostros
tras el vidrio empañado
sin saber quiénes son,
dónde van,
pienso en ti, mi vida,
pienso en ti, en ti,
compañera de mis días
y del porvenir,
de las horas amargas
y la dicha de poder vivir
labrando el comienzo de una historia
sin saber el fin...
Cuando el turno termina
y la tarde va estirando sus sombras
por el tijeral
y al volver de la obra
discutiendo entre amigos,
razonando cuestiones
de este tiempo y destino,
pienso en ti, mi vida,
pienso en ti, en ti,
compañera de mis días
y del porvenir,
de las horas amargas
y la dicha de poder vivir
labrando el comienzo de una historia
sin saber el fin...

«Sin saber el fin. Sin saber el fin...». La duda de lo que puede haber en el horizonte clava su garra en el corazón de Víctor Jara. La sospecha, mezclada de temor, lo aturde. De momento queda inmovilizado, no puede seguir avanzando hacia la plena asunción de lo que prevé en el futuro y que cada vez más se va definiendo con contornos bien precisos. Finalmente, su corazón de poeta, construido «de verdades verdaderas», no le permite continuar eludiendo la verdad y, traspasando el límite de la angustia, asume en su cuerpo y en su guitarra la trágica evidencia de la muerte.


Yo no canto por cantar
ni por tener buena voz,
canto porque la guitarra
tiene sentido y razón.
Tiene corazón de tierra
y alas de palomita.
Es como el agua bendita,
santigua glorias y penas.
«Aquí se encajó mi canto»,
como dijera Violeta.
Guitarra trabajadora
con olor de primavera,
que no es guitarra de ricos
ni cosa que se parezca.
Mi canto es de los andamios
para alcanzar las estrellas,
que el canto tiene sentido,
cuando palpita en la venas
del que morirá cantando
las verdades verdaderas,
no las lisonjas fugaces
ni las famas extranjeras,
sino el canto de una lonja
hasta el fondo de la tierra
ahí donde llega todo
y donde todo comienza.
Canto que ha sido valiente
siempre será canción nueva.

«El que morirá cantando las verdades verdaderas...». Ciertamente éste es Víctor Jara. Pero poco sospechaba, el día que compuso esta canción, que su último canto sería tan desgarrador y su muerte tan cruel. Dejemos que su esposa, Joan, sea quien nos relate personalmente los hechos del 11 de septiembre:

Estábamos en Santiago, en nuestra casa. Víctor, recién llegado de una gira a Perú. Estábamos en un estado de gran tensión.

Todo el mundo esperaba una intentona militar. Nadie esperaba la forma tan brutal, con tanta bestialidad y odio. Supimos, por radio, que Valparaíso estaba cercado.

Sabíamos desde temprano que éste era el día que estábamos esperando. Que aquello era el golpe de estado. Oíamos la radio. Vimos cómo se iban cortando una a una las emisoras de la Unidad Popular. Escuchamos el último discurso de Allende, en el que pedía que todos los trabajadores marcharan a sus puestos de trabajo. Víctor estaba conmigo y decidió que su lugar estaba en la universidad. Salió más o menos a las diez y media de la mañana.

Llegó a la universidad, me llamó por teléfono. Poco después empezó el bombardeo de La Moneda. Nuestra casa estaba cerca de la casa de Allende; entonces yo, con mis hijas, presenciamos el bombardeo, los helicópteros con metralletas... Tuvimos otro contacto con Víctor en la tarde, más o menos a las cuatro y media. Me llamó por teléfono desde la universidad. Toda la gente estaba dentro en este momento. El me llamó para saber cómo estábamos... y hablamos... El sólo decía que no podía llegar a casa por el toque de queda. Que intentaría llegar al día siguiente. No me lo dijo, pero después supe que la universidad en este momento estaba rodeada por militares. Me dijo que me cuidara..., que me quería... Ahí cortamos. Yo lo esperaba al otro día, pero, evidentemente, no llegó.

El día 12 de septiembre, yo, en la casa, esperaba a Víctor. A las nueve de la mañana de ese día, los militares entraron a la Universidad Técnica con tanques. Habían pasado toda la noche ametrallando a los que estaban dentro. Lo supe después. Incluso gente que había sido muerta. Supe también que Víctor había cantado dentro de la universidad tratando de mantener el ánimo de la gente que estaba allí toda la noche. Los militares entraron en la universidad, tomaron prisioneros a todos los estudiantes y profesores que estaban adentro, eran como seiscientos, incluyendo al rector de la universidad. Los trataron brutalmente. A Víctor le reconocieron y parece ser que le dieron un tratamiento especial, más brutal que lo normal. Los llevaron al Estadio de Chile, que es un estadio de boxeo que está a pocas cuadras de la Universidad Técnica. Allí los juntaron con otros cinco mil prisioneros que habían recogido de las fábricas y de otras partes. El estadio lleno con público normal tenía una cabida de tres mil a tres mil quinientas personas. Víctor lo conocía bien porque había cantado muchas veces allí.

Yo, mientras tanto, esperaba en la casa. Todo lo supe por un boletín oficial que escuché en la televisión el miércoles mismo, día 12 por la tarde, que dijo que la Universidad Técnica había sido tomada por la fuerza y que había muchos prisioneros.

Ya no tuve ninguna noticia de Víctor hasta el jueves, cuando recibí el mensaje de una persona que había estado con él en el estadio y que habían dejado libre. En este mensaje, el último que recibí de él, me decía que no iba a salir del estadio, que yo cuidara de nuestras hijas y que tuviera valor y siguiera su lucha.

En este momento, nosotros verdaderamente estábamos muy desconcertados. Quizá pensamos que esto significaría prisión; no nos dimos cuenta que eran capaces de matar a la gente, teniéndoles prisioneros, a sangre fría.

Traté de pedir ayuda a la embajada británica para saber cómo estaba, pero no conseguí nada. La siguiente noticia que tuve de él fue el 18 de septiembre, cuando un hombre joven llegó a mi casa por la mañana con la noticia de que el cuerpo de Víctor había sido reconocido en la Morgue de Santiago (5). Venía para que yo fuera con él para identificarlo y sacarlo de allí para enterrarlo. Había estado ya dos días en el depósito, y a los tres días lo enterraban en una fosa común.

Entonces yo fui con este muchacho, y con él entré en el depósito de Santiago. Y allí vi la escena de cientos de trabajadores chilenos, todos heridos a bala. Eran literalmente cientos y cientos. El cuerpo de Víctor lo tuvimos que buscar. No estaba en la sala de abajo, que estaba llena de cuerpos. Tuvimos que subir a un segundo piso, que eran las oficinas de la Morgue, y entre una larga línea de cuerpos, en un pasillo, encontré el cuerpo de Víctor, absolutamente desfigurado. Yo, cuando vi su cuerpo, evidentemente, estaba en un estado de shock, justamente por la escena de tantos cadáveres que había visto en el piso de abajo. El cuerpo de Víctor estaba lleno de sangre, lleno de hoyos de balas. Estaba en una posición muy distorsionada, las manos estaban como crispadas, y su cabeza llena de sangre, machucada, tenía sus ropas, sus pantalones, sobre los pies, el cuerpo interior todo hecho a pedazos con cuchillos, así que...

Víctor era un cuerpo anónimo. Había sido por casualidad identificado, porque su cara era conocida. Por eso pude verle; si no, no habría sabido nunca lo que había pasado. Fue asesinado como prisionero en el estadio, y desde el primer momento fue reconocido. Yo todo lo sé por los testigos que estuvieron con él en el estadio. Me dijeron que Víctor tuvo una actitud de fuerza moral en contra de ellos, que cantó allí a pesar de ellos, sin guitarra... que le quebraron las manos, que lo golpearon y que, después de dos días, lo mataron.

Sus manos colgaban, colgaban. Estaban crispadas y colgaban de las muñecas. En el momento en que yo le vi era un cuerpo tan... tan destrozado, que yo no podría decir si estaban rotos los huesos de las manos. Yo no sé. Era el cuerpo destrozado, entero.

A mí me han dicho que él cantó en público y también la violencia fue un acto público. También me han dicho que, después de esta violencia pública, Víctor fue llevado a los vestuarios del estadio... El martes 18, cuando yo saqué el cuerpo de Víctor de la Morgue, yo no quise ni ir a mi casa a avisar a mis hijas, porque el ambiente, la escena del depósito, no era para ellas. Hice los trámites, incluso tuve que aportar el certificado de matrimonio para el cementerio. Lo enterré con dos personas que me ayudaron.

La noticia corrió rápidamente. Fue publicada en un diario diciendo en pocos renglones que había muerto Víctor Jara y había sido enterrado en privado, como si hubiera sido de muerte natural. Ese mismo día --yo no lo vi, pero me lo dijeron--, en el noticiero del canal oficial, controlado por los militares, también dieron una noticia corta, con fotos de Víctor, de que Víctor había muerto naturalmente. El día después, en ese mismo canal y en un momento, sonó fugazmente un trozo de una canción de Víctor. Alguien se había jugado la vida... (6)

Canto, ¡qué mal me sabes cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto.
De verme entre tantos y tantos momentos del infinito,
en que el silencio y el grito son las metas de este canto.
Lo que veo nunca vi.
Lo que he sentido y lo que siento.
Hará brotar el momento...

Víctor Jara se había perdido en el espacio de las estrellas.

El canto inacabado

Si durante el Chile de la Unidad Popular hubiésemos recorrido las principales ciudades del país o las villas rurales del extremo sur, habríamos podido ver en los muros de las calles, en las paredes interiores de las pobres viviendas o en sus paredes exteriores de madera, latas, cartones y barro, el espíritu imperceptible pero imponente del poeta más trascendente de la lucha popular chilena, Pablo Neruda.

Neruda, orgullo de la patria entera.
Neruda, Allende: el pueblo está presente.
Sube a nacer conmigo, hermano.
Junta tu mano a otra mano, junta tu voz a otra voz.
Yo conocí a Bolívar una mañana larga
en Madrid, en la hora del Quinto Regimiento.
Padre, le dije, ¿eres o no eres o quién eres?
Y mirando el Cuartel de la Montaña dijo:
¡Despierto cada cien años cuando despierta el pueblo!
Borraremos el hambre de la Patria.
Impediremos la guerra.
Llenaremos de espigas el camino del hombre.
Cambiaremos la tierra.
Vuestra fraternidad es el pan y el agua
que necesita la lucha heroica del pueblo.
Neruda, Neruda: el pueblo te saluda.

Y es que Neruda no era poeta al servicio de una reducida élite intelectual, sino que su poesía, a pesar de haberla elaborado con los mejores lenguajes y haberla expresado en términos muy superiores a los que usa el hombre normal, consiguió traspasar los círculos limitados para incrustarse en el corazón y en el combate del pueblo.

Del Canto general --la obra capital de Neruda-- se ha escrito que «ha sido uno de los primeros libros de poesía que ha penetrado en la bibliografía de la resistencia popular, en los cuatro puntos cardinales del globo, y que, a pesar de sus adjetivaciones tan trabajadas, ha conectado toda clase de sensibilidades y de posibilidades culturales receptivas. Ya solamente en este aspecto de "milagro de comunicación" es una excepción en la historia de la literatura universal». (7)

Y es que Pablo Neruda, cuando se lo proponía, unía a una potencia ideológica inigualada, una capacidad de expresión al alcance de un niño y al alcance del hombre más sencillo.

Ves tú qué simple soy,
qué simple eres,
no se trata de nada complicado,
yo trabajo contigo,
tú vives, vas y vienes,
de un lado a otro,
es muy sencillo:
eres la vida,
eres tan transparente
como el agua,
y así soy yo,
mi obligación es ésta:
ser transparente,
cada día me educo,
cada día me peino
pensando cómo piensas,
y ando
como tú andas,
como, como tú comes,
tengo en mis brazos a mi amor
como a tu novia tú,
y entonces,
mi mano en tu hombro,
como viejos amigos
te digo en las orejas:
no sufras,
ya llega el día,
ven,
ven conmigo,
ven
los que a tí se parecen,
los más sencillos,
ven,
no sufras,
ven conmigo,
porque aunque no lo sepas
eso yo sí lo sé:
yo sé hacia dónde vamos,
y es ésta la palabra:
no sufras
porque ganaremos,
ganaremos nosotros,
los más sencillos,
ganaremos,
aunque tú no lo creas,
ganaremos. (8)

La terrenalidad de la poesía de Pablo Neruda, impregnada de aromas y de lucha, fluye de sus orígenes familiares, de la geografía humana y natural donde vio la luz. Nacido en Parral, en el bello sur de Chile, el 12 de julio de 1904, era hijo de un ferroviario y de una institutriz.

Mi infancia son zapatos mojados, troncos rotos
caídos en la selva, devorados por lianas
y escarabajos, dulces días sobre la avena,
y la barba dorada de mi padre saliendo
hacia la majestad de los ferrocarriles.
Mi infancia recorrió las estaciones: entre
los rieles, los castillos de madera reciente,
la casa sin ciudad, apenas protegida
por reses y manzanos de perfume indecible
fui yo,delgado niño cuya pálida forma
se impregnaba de bosques vacíos y bodegas.

Como hijo de ferroviario, su vida conoció desde sus inicios los pesares de la pobreza y de la explotación de la clase obrera; gran parte de su infancia transcurrió al lado de su padre en los trabajos duros que exigen los ferrocarriles.

Tuvo su primera experiencia política al trasladarse a Santiago como estudiante universitario y participar activamente en el movimiento estudiantil como colaborador y reportero de la revista Claridad, órgano difusor de la Federación de Estudiantes.

A los 20 años ya era conocido como poeta. La publicación de Veinte poemas de amor y una canción desesperada fue el comienzo de una fama que ya no le abandonaría jamás.

Era una poesía adolescente, sensible, dotada de una prodigiosa imaginación verbal, que nacía de su mundo personal, intransferible, pero que se esforzaba por comunicarse con los demás.

Eran los tiempos en que Luis Emilio Recabarren, fundador del Partido Comunista de Chile, recorría la pampa salitrera y todo el país, organizando sindicatos y fundando periódicos obreros que fueran la voz y el grito de alerta de los explotados. Ya desde entonces la política pasa a ser parte de la poesía y la vida de Neruda, puesto que «no era posible cerrar las puertas a la calle dentro de mis poemas, así como no era posible tampoco cerrarlas al amor y a la vida en mi corazón de joven poeta».

Pero será la guerra civil española la que marcará definitivamente su personalidad creadora. Al producirse el alzamiento militar contra la República, Neruda tenía treinta y dos años y era cónsul de Chile en Madrid.

Yo vivía en un barrio
de Madrid, con campanas,
con relojes, con árboles.
Desde allí se veía
el rostro seco de Castilla
como un océano de cuero.
Mi casa era llamada
la casa de las flores,
porque por todas partes
estallaban geranios.

...............................
Y una mañana todo estaba ardiendo
y una mañana las hogueras
salían de la tierra
devorando seres,
y desde entonces fuego,
pólvora desde entonces,
y desde entonces sangre.

...................................
¿Preguntaréis por qué su poesía
no nos habla del sueño, de las hojas,
de los grandes volcanes de su país natal?
¡Venid a ver la sangre por las calles,
venid a ver
la sangre por las calles,
venid a ver la sangre
por las calles!

El impacto de la guerra civil fue terrible para Neruda. Hasta entonces no había tomado plena conciencia de las posibilidades que tenía su poesía como arma política de combate. La gran mutación se operó a la vista de esta sangre que lo golpeó tan brutalmente. Como dirá en una de las páginas más cautivadoras de sus Memorias.

Hasta este momento había pensado en todos los mundos, pero no en el hombre. Había explorado con crueldad y agonía el corazón del hombre; sin pensar en los hombres había visto ciudades, pero ciudades vacías; había visto fábricas de trágica presencia, pero no había visto el sufrimiento debajo de los techos, sobre las calles, en todas las estaciones, en las ciudades y en el campo.

A las primeras balas que atravesaron las guitarras de España, cuando en vez de sonidos salieron de ellas borbotones de sangre, mi poesía se detiene como un fantasma en medio de las calles de la angustia humana y comienza a subir por ella una corriente de raíces y de sangre. Desde entonces mi camino se junta con el camino de todos. Y de pronto veo que desde el sur de la soledad he ido hacia el norte, que es el pueblo, el pueblo al cual mi humilde poesía quisiera servir de espada y de pañuelo, para secar el sudor de sus grandes dolores y para darle un arma en la lucha del pan.

Entonces el espacio se hace grande, profundo y permanente. Estamos ya de pie sobre la tierra. (9)

Este asentamiento del poeta en las coordenadas de la sociedad en lucha le hizo descubrir la necesidad de enrolarse en un partido. «Aunque el carnet de militante lo recibí mucho más tarde, cuando ingresé oficialmente en el Partido, creo haberme definido ante mí mismo como un comunista durante la guerra de España. Muchas cosas contribuyeron a mi profunda convicción». Y pasa a describir el espectáculo desorganizado, fanfarrón y prepotente que ofrecían los anarquistas españoles, para los que disparar a la cabeza de un vecino era una cosa tan natural y corriente como darle un golpecito en la espalda.

Mientras estas bandas pululaban por la noche ciega de Madrid, los comunistas eran la única fuerza organizada que creaba un ejército para enfrentarlo a los italianos, a los alemanes, a los moros y a los falangistas. Y eran, al mismo tiempo, la fuerza moral que mantenía la resistencia y la lucha antifascista.

Sencillamente: había que elegir un camino. Eso fue lo que yo hice aquellos días, y nunca he tenido que arrepentirme de una decisión tomada entre las tinieblas y la esperanza de aquella hora trágica. (10)

Consecuente con sus ideas, durante la guerra civil española participó activamente en la lucha al lado de los republicanos, aportando su creación a los círculos literarios españoles y dirigiendo la revista Caballo verde, como una trinchera en defensa de la cultura amenazada. Fue entonces cuando publicó el libro extraordinario España en el corazón, impreso y encuadernado en pleno frente de guerra en Barcelona, el año 1938.

Al volver a Chile comenzó a escribir su obra maestra. Canto general, poema central que agrupa las incidencias históricas, las condiciones geográficas, la vida y la lucha de los pueblos de América por arrancarse el yugo de los sucesivos imperialismos.

Pensé dedicarme a mi trabajo literario con más devoción y fuerza. El contacto de España me había fortificado y madurado. Las horas amargas de mi poesía debían terminar. El subjetivismo melancólico de mis Veinte poemas de amor o del patetismo doloroso de Residencia en la tierra tocaban a su fin. Me pareció encontrar una veta enterrada, no bajo las rocas subterráneas, sino bajo las hojas de los libros. ¿Puede la poesía servir a nuestros semejantes? ¿Puede acompañar las luchas de los hombres ? Ya había caminado bastante por el terreno de lo irracional y de lo negativo. Debía de detenerme y buscar el camino del humanismo, desterrado de la literatura contemporánea, pero enraizado profundamente a las aspiraciones del ser humano. Comencé a trabajar en mi Canto General. (11)

Pero España lo reclama nuevamente para rescatar a los miles y miles de combatientes que se encontraban en los campos de concentración, a muchos de los cuales consiguió trasladar a Chile, embarcados en el «Winipeg», que arribó a Valparaíso a finales de 1939.

De regreso a su país, Pablo Neruda se detuvo en Perú y subió a las ruinas de Machu Picchu.

Ascendimos a caballo. Por entonces no había carretera. Desde lo alto vi las antiguas construcciones de piedra rodeadas por las altísimas cumbres de los Andes Verdes. Desde la ciudad carcomida y roída por el paso de los siglos se despeñaban torrentes. Masas de neblina blanca se levantaban hacia el río Wilcamayo. Me sentí infinitamente pequeño en el centro de aquel ombligo de piedra; ombligo de un mundo deshabitado, orgulloso y eminente, al que de algún modo yo pertenecía. Sentí que mis propias manos habían trabajado allí en alguna etapa lejana cavando surcos, alisando peñascos. Me sentí chileno, peruano, americano. Había encontrado en aquellas alturas difíciles, entre aquellas ruinas gloriosas y dispersas, una profesión de fe para la continuación de mi canto. Allí nació mi poema Alturas de Machu Picchu. (12)

............................................................................

Piedra en la piedra, el hombre, ¿dónde estuvo?
Aire en el aire, el hombre, ¿dónde estuvo?
Tiempo en el tiempo, el hombre ¿dónde estuvo?

.............................................................................
Machu Picchu,
¿pusiste piedras en la piedra, y en la base, harapo?
¿carbón sobre carbón, y en el fondo, la lágrima?
¿Fuego en el oro, y en él, temblando, el rojo goterón de la sangre?
¡Devuélveme el esclavo que enterraste!... (13)

Es entonces cuando decide cambiar el nombre del poema, que pensaba titular Canto general de Chile, por el de Canto general, sin ninguna clase de restricciones. Y así concluye su fascinante experimento, que bien puede ser considerado como el primer poema épico marxista de alcance universal.

El 4 de marzo de 1945 Pablo Neruda es elegido senador de la República por las provincias de Tarapacá y Antofagasta, la zona más dura y abandonada del país, la región del cobre y del salitre. Desde entonces y hasta su muerte, llevará al senado la palabra combativa y colectiva de miles de mineros que lo reconocerán como el poeta-pueblo, el poeta-militante, para quien la lucha revolucionaria y la fragancia de la poesía son una misma realidad.

En 1969 Chile se encuentra en plena campaña presidencial. La izquierda está forjando su unidad en torno a un programa común: la vía chilena al socialismo. Cada uno de los partidos presenta un candidato para encabezar la coalición. Neruda es propuesto por el Partido Comunista. Recorre todo el país haciendo campaña, hasta que surge el candidato único de la Unidad Popular, Salvador Allende, y el poeta se retira. Pero pronto ha de volver a la política pública: al asumir la presidencia. Allende le designa embajador en Francia. Neruda se traslada a París, y entonces recibe el premio Nobel de literatura, siendo el sexto escritor de lengua castellana y el tercer latinoamericano que obtiene esta distinción. La jornada memorable fue el 21 de octubre de 1971.

En noviembre del siguiente año renuncia al cargo de embajador, por sentirse enfermo, y regresa a Chile. El gobierno y el pueblo le reciben con un acto grandioso en el Estadio Nacional de Santiago.

Comienza a redactar sus Memorias, de exquisita belleza, páginas por las que discurre el curso transparente de la vida y el devenir del poeta. Su único pecado es haber vivido la vida en totalidad. Por eso cree que ha de confesarlo: Confieso que he vivido.

De cuanto he dejado escrito en estas páginas se desprenderán siempre --como en las arboledas de otoño y como en el tiempo de las uvas-- las hojas amarillas que van a morir y las uvas que revivirán en el vino sagrado.

Mi vida es una vida hecha de todas las vidas: las vidas del poeta. (14)

El 11 de septiembre de 1973 le sorprende en Isla Negra, «una casa de piedra frente al océano, en un lugar desconocido para todo el mundo» (15). Su viuda, Matilde Urrutia, que nos he hecho el obsequio de la publicación de sus Memorias, nos relata así lo que sucedió:

Se podía decir que Pablo era un hombre feliz, eso se veía en todas las cosas que escribía, aunque el último tiempo estaba en cama. Había logrado recuperarse un poco de su enfermedad, pero el día siguiente del golpe fue muy duro para él. El médico, cuando supo la muerte de Salvador, me llamó inmediatamente y me dijo: «Escóndale todas las noticias a Pablo, porque esto puede echar abajo al enfermo». Claro, era imposible ocultar las cosas. Pablo tenía un televisor frente a su cama, mandaba al chófer a buscar todos los periódicos y además tenía una radio que captaba todo. A las dos horas supimos la muerte de Allende, por una emisora de Mendoza (Argentina), y esta noticia lo aniquiló.

Al día siguiente de la muerte de Salvador, Pablo amaneció con fiebre y sin poder ser atendido por los médicos, porque al de cabecera lo hicieron preso y el otro médico que lo asistía no se atrevía a ir a Isla Negra. Así es que quedamos aislados, sin atención médica. Cuando pasaron cinco días. Pablo se agravaba. Llamé entonces al médico y le dije:

«Tengo que llevarlo a una clínica, está muy grave». Todo el día pegado a la radio, pendiente de las emisoras de Venezuela, de la Argentina, de Rusia, y nos enterábamos de todo. Pablo estaba lúcido, absolutamente lúcido, hasta que se durmió.

Nunca supo que iba a morir, porque se logró ocultarle su enfermedad. Siempre se le dijo que era reumatismo. De reumatismo no se muere nadie, le decía yo, y él estaba convencido de eso. Así que no lo supo nunca.

A los cinco días pedí una ambulancia para llevarlo a una clínica particular de Santiago. En el trayecto registraron la ambulancia, y eso le afectó mucho. Lo hicieron con mucha brusquedad. Me sacaron del lado de él y me registraron y hurgaron por debajo de la camilla: todo eso fue terrible para él. Yo les decía: «Es Pablo Neruda, que va muy grave, déjenos pasar rápido». Pero todo fue terrible y llegó muy mal a la clínica. El momento final fue de gran tristeza. Murió a las diez y media de la noche y nadie pudo llegar a la clínica, porque había toque de queda.

Yo le llevé a velar a su casa de Santiago, casi destruida, sin libros, sin nada. Allí lo velamos. De allí salió. Fueron embajadores, bastante gente, bastante para el momento. Cuando llegó el cortejo al Cerro San Cristóbal, entonces comenzó a salir gente por todas partes, obreros, obreros todos y todos con unos rostros serios, recios. Se nos sumaban y aquello aumentaba. Luego, al ir llegando al cementerio, la mitad del pueblo gritaba: «Pablo Neruda», y la otra mitad respondía: «Presente... Pablo Neruda... Presente».

La columna de gente entró al cementerio cantando La Internacional. Encuentro que cada persona que acompañó en esa forma y que cantó en el entierro era suicida. Pero hubo respeto. No pasó nada. (16)

Pablo Neruda murió el 13 de septiembre de 1973 en su «dulce y dura patria». Su casa de Santiago fue saqueada, sus libros destruidos. Y, si un día fue él quien alertó a la opinión pública mundial al gritar desde Madrid, el año 1938: «j Venid a ver la sangre por las calles, venid a ver la sangre por las calles, venid a ver la sangre por las calles!», ahora es otro gran poeta, amigo personal suyo, Rafael Alberti, quien, devolviéndole la mano, le dice a él y a todos nosotros:

Tú, Pablo, hermano profundo de la paz,
del bien para los hombres,
de la palabra desencadenada
por encima del mar y de las cordilleras,
...te morías
de dolor, rodeado de asesinos,
mientras corría en Chile la sangre por las calles.
Venid a ver ahora su casa violada,
sus puertas y cristales destrozados,
venid a ver sus libros ya cenizas,
a ver sus colecciones reducidas a polvo,
venid a ver su cuerpo allí caído,
su inmenso corazón allí volcado
sobre la escoria de sus sueños rotos,
mientras sigue corriendo la sangre por las calles... (17)

Así queda inacabado el Canto general de la liberación latinoamericana del más grande de los poetas contemporáneos de la lengua castellana. Desde su sepulcro sentimos como si dijera a sus compañeros caídos:

Mil noches caerán con sus alas oscuras,
sin destruir el día que esperan estos muertos.
El día que esperamos a lo largo del mundo
tantos hombres: el día final del sufrimiento.
Un día de justicia conquistada en la lucha,
y vosotros, hermanos caídos, en silencio,
estaréis con nosotros en ese vasto día
de la lucha final, en ese día inmenso.


Notas:

1. El general Schneider, comandante en jefe de las fuerzas armadas, fue asesinado el 22 de octubre de 1970 por un grupo de ultraderecha que quería secuestrarlo para provocar una intervención militar e impedir así el acceso de Allende a la presidencia. El comandante Araya, edecán naval de la presidencia, fue igualmente acribillado a balazos el 27 de julio de 1973 porque se había destacado en el aborto de un intento de golpe de estado dirigido por el coronel Souper el 29 de junio de 1973.

2. Discurso pronunciado por Beatriz Allende el 28 de septiembre de 1973 en La Habana, en el acto de homenaje del pueblo cubano al presidente Allende: El más alto ejemplo de heroísmo. La Habana 1973, 17.

3. Para la redacción de este apartado hemos utilizado principalmente el siguiente material de libros y revistas: Fl. Varas-J. M. Vergara, Operación Chile, Buenos Aires 1973; A. Touraine, Vida y muerte del Chile popular, 1974; G. Arroyo, Golpe de estado en Chile, Salamanca 1974; Las últimas horas de Allende en La Moneda contadas hoy por su secretaria: índice (1974) 43-49; Chile: es preciso recordar: Mundo social 224, 17-19; J. E. Garcés, Allende y la experiencia chilena. París; El más alto ejemplo de heroísmo. La Habana, 1973.

4. Víctor Jara, su pensamiento, sus canciones: Boletín de música de Casa de las Américas 40.

5. Morgue; Instituto Médico-Legal.

6. La muerte de Víctor Jara: Triunfo 625 (1974) Madrid.

7. M. Vázquez Montalbán: Triunfo 575 (1973) 16.

8. Oda al hombre sencillo, en Odas elementales. Buenos Aires 1970, 91-93.

9. Confieso que he vivido, Barcelona 1974, 209.

10. Ibid., 191-193.

11. Ibid., 196

12. Ibid., 235

13. Canto general, en Obras completas I, Buenos Aires 1967, 345.

14. Confieso que he vivido, 9.

15. Ibid., 197.

16. Alerta (Quito) 22 (julio 1975).

17. Roma, octubre 1973. Chile en el corazón, Barcelona 1975, 20-21.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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