Chile Vencerá

Manuel Galich

ALGUNOS PRECEDENTES OLIGÁRQUICO-CASTRENSES AL 11 DE SEPTIEMBRE DE 1973

Descubriendo una táctica "imprevista":
"¡En Chile hay un peligro comunista!"

E intercambiando besos espantosos
momiocristianos y momios furiosos,

con la complicidad de la pistola,
contra Allende y el pueblo congregado,
llevan la sedición ola por ola
momios tibios y momios congelados.

Pablo Neruda

La trágica y decisiva lección de Chile
ha terminado para siempre con el mito
y la trampa del constitucionalismo y el
apoliticismo de las Fuerzas Armadas de la traición.

Gonzalo Rojas

MOMIAS EN LA CATEDRAL

"El 18 de septiembre es el día más grande de Chile", escribió en 1810 la Junta de Gobierno creada en Santiago en esa fecha, a su análoga de Buenos Aires. En efecto, entonces concluyó de hecho la dominación española y surgió el primer gobierno nacional chileno. Pero lo que pudo decir la Junta que dio vida a la nueva república austral no pudo ser repetido, ciento sesentitrés años después, por la Junta Militar que asesinó a esa misma República. El 18 de septiembre de 1973 fue el más lúgubre, el más doloroso, el más cargado de ignominia de cuantos aniversarios de su independencia había visto hasta entonces el pueblo de Chile.

Ese día humeaban todavía los muros de La Moneda, donde había caído, resistiendo heroicamente a la bestialidad fascista, el presidente Salvador Allende, asesinado pero vencedor, moralmente invicto, elevado al rango de los más grandes y perdurables ejemplos en la historia de la dignidad. En las calles y en el Estadio Nacional, estúpidos instrumentos de la Junta cuadrumana (Ejército, Aviación, Marina y Gendarmería) fusilaban a discreción a chilenos de coraje que siguiendo la ruta de honor marcada por su presidente no se plegaban al zarpazo reaccionario. Era el ciento sesentitrés aniversario de la independencia.

Hay palabras que suenan mal por el abuso que de ellas se ha hecho: sarcasmo, ludibrio, bochorno, escarnio. Pero es difícil hallar otras para calificar lo que acontecía en la Catedral de Santiago ese 18 de septiembre, mientras el pueblo era masacrado. Era algo que esas palabras expresan y más, que venía a sumarse a lo que había pasado sólo una semana antes, el 11 de septiembre. Allí, dentro del templo católico, se decía una "misa ecuménica" en conmemoración del día de la patria chilena, de aquel "día más grande de Chile". Presidían la ceremonia los cuatro jefes máximos de la traición y la carnicería, tres generales (Pinochet, Leigh y Mendoza) y un almirante (Merino), integrantes de la Junta. Pero eso no era todo. En reclinatorio forrado con terciopelo rojo se arrodillaban con aire beato tres momias oligárquicas, especímenes de distinto pelaje político, pero pertenecientes al mismo género reaccionario: los ex presidentes Gabriel González Videla, Jorge Alessandri y Eduardo Frei Montalva, en orden cronológico. Con su presencia avalaban. aquel acto de colosal cinismo, protagonizado por los enterradores definitivos de las esperanzas de un pueblo que anhelaba ver realizados los sueños de los hombres de la independencia. Más que la misa, en ese momento lo ecuménico era la indignación universal contra los ejecutores materiales y los grandes instigadores del crimen perpetrado contra Chile.

En la Catedral de Santiago se objetivaba, se sintetizaba, la verdadera historia de la oligarquía chilena y de su brazo armado, servidor obsecuente de sus intereses y de los intereses antinacionales, por lo menos desde unos ochenta años antes: desde que las masas fueron tomando conciencia de clase y organizándose, y desde que alguien quiso interpretarlas, reaccionar con coraje chileno y rescatar lo que sus antecesores oligarcas habían enajenado al extranjero.

Porque esa verdadera historia no corresponde a la versión ofrecida por la literatura demagógica de la oligarquía chilena, en la cual ésta y su agente represor, o sus agentes represores, militares y gendarmes, sólo aparecen, como quien dice de perfil, es decir, desde el ángulo y con las luces que les favorecen, que les ocultan el lado feo. Así se forjaron dos mitos para enervar toda voluntad de verdadera y tajante lucha revolucionaria en el pueblo, para hacerle creer que la vida política y social de Chile ha sido una excepción en la América Latina, por su normalidad institucional, por el respeto de los partidos al orden democrático y por su acatamiento a los preceptos constitucionales. Este es el primer mito; el segundo lo complementa. Según él, la Fuerza Armada, marginada de la política por su alta conciencia profesional, sólo ha sido el garante de la constitucionalidad, respetuosa de la voluntad mayoritaria libremente expresada en las urnas.

Hay que convenir en que esa versión oligárquica expresa algo de verdad en lo que dice, aunque miente en lo que calla. En efecto, durante el turbulento pasado de nuestros países, en el siglo XX y parte del XX, los grupos oligárquicos chilenos se desangraron entre sí algo menos que sus similares latinoamericanos, más aficionados al manotazo y a la dentellada recíprocos. En Chile, esos grupos han sabido mantener un status quo mutuo y elaborar una imagen de asepsia política útil para la exportación y el contrabando, bajo la supervigilancia de las Fuerzas Armadas, las cuales han convenido en permanecer fuera del juego, con dos condiciones tácitas: que de ninguna manera el ejercicio electoral regular puede suponer transferencia del poder a las masas, y que los políticos civiles en el gobierno se abstengan de lesionar en lo más mínimo los intereses del capital internacional o de las clases privilegiadas.

La verdadera historia a que me refiero arriba dice que ese menester ha sido cumplido por las Fuerzas Armadas chilenas con la misma sádica eficiencia de sus más feroces congéneres latinoamericanos, en defensa de la libra esterlina o del dólar, según el signo de los tiempos, con la complicidad del grupo oligárquico mandante, y siempre contra las masas obreras y campesinas. La acción abominable del 11 de septiembre de 1973 lo demuestra con aplastante evidencia, y no es un hecho sin precedentes. Es sólo el último acto de un largo y casi ininterrumpido pasado de odio y muerte contra el pueblo, contra sus organizaciones, contra sus dirigentes, contra sus gobernantes leales, nada diferente en lo esencial, al de casi toda la América Latina. En lo esencial, porque si bien no cuenta con el clásico estilo latinoamericano de anarquía y caudillismo endémicos en el siglo XX, ni de gorilismo sayón, autocrático, desembozado y perpetuo, en el siglo XX, ha sido una forma de gorilismo colectivo, de clase, enmascarado de civilismo y apoliticismo castrense.

Fue a ese tenebroso pasado, que él conocía muy bien, al que se refirió el presidente Allende en su discurso del 5 de septiembre de 1970, al día siguiente de su triunfo electoral, cuando dijo a la multitud que lo aclamaba: "Yo sólo tomo en mis manos la antorcha que encendieron otros junto al pueblo, con el pueblo. Este triunfo debemos dárselo en homenaje a los que cayeron en las luchas sociales y regaron con su sangre la fértil semilla de la revolución chilena que vamos a realizar".

Ese pasado de masacres y entrega de las riquezas nacionales, de golpes de cuartel y de traiciones, de terror físico e ideológico, de fascismo, en una palabra, es el que simbolizaban en la Catedral de Santiago, el 18 de septiembre de 1973, los cuatro militares y las tres momias. No era la primera vez que golpistas genocidas y políticos oligarcas se encontraban juntos, bajo el mismo palio. Así lo han estado por lo menos desde hace casi un siglo: desde Balmaceda hasta Allende. Hay mucha documentación sobre esa larga historia escrita con dolor y coraje por el pueblo. Pero en estas páginas sólo caben, a título de ejemplo, algunos precedentes al 11 de septiembre de 1973 y a su ancha cauda sangrienta.

¿PUEDE UN GOBIERNO BUSCAR ARREGLOS CON TRAIDORES?

El partido opuesto a Balmaceda envió a Europa emisarios, quienes nos aseguraron, con dulces palabras, que Chile volvería a los buenos tiempos pasados, durante los cuales el capital extranjero -fuera en ferrocarriles, bancos o propiedades salitreras- sería considerado sagrado.

The South American Journal, Londres, 30 de septiembre de 1893

La Junta Militar chilena anunció el inicio oficial de conversaciones con las empresas cupreras norteamericanas, Anaconda Co. y Kennecot Cooper, con objeto de indemnizarlas. El ministro de Economía dijo que "se han estado estudiando las posibles revisiones de pago de compensación a las compañías del cobre por la nacionalización que hizo el gobierno de Allende".

Cable emitido desde Mendoza, Argentina, el 14 de diciembre de 1973

El 18 de septiembre de 1886 fue día de optimistas augurios para Chile, en tanto que el 18 de septiembre de 1891 lo fue de muerte de las mejores esperanzas para el futuro de aquella República. Ambas fechas encierran el periodo de Juan Manuel Balmaceda, el presidente progresista y patriota, y la sórdida conjura de que fue víctima por parte del imperialismo salitrero británico, de la oligarquía enajenada a ese imperialismo y de los jefes de la Marina y otros militares traidores, confabulados todos para derrocar un gobierno de avance material y social y de recuperación de la riqueza y la soberanía chilenas. El haber herido los intereses oligárquicos con lo primero y los del imperialismo de su tiempo con lo segundo costó la vida a aquel gobernante. Abrumado por la superioridad de recursos del enemigo, traicionado por sus propios colaboradores, sólo en la derrota, a expensas del furor implacable del adversario y aplastada la obra de reafirmación nacional que había emprendido, optó por la única solución que consideró compatible con su honor: el suicidio. El 18 de septiembre de 18&1 escribió su "testamento político" y al día siguiente consumó su sacrificio.

Balmaceda era de origen aristocrático, y en su juventud quiso ser cura. Pero su clara comprensión del proceso político y social de su patria y de su tiempo, su sensibilidad social y su celo por la soberanía chilena lo alejaron de su formación católica y de sus vínculos aristocráticos para ubicarlo en el ala más radical del liberalismo, que en el siglo pasado era anticlerical y revolucionaria como en el resto de la América Latina. Como ministro de su antecesor en la presidencia, Domingo Santa María, fue autor de las leyes laicas que cercenaron antiguos privilegios de la Iglesia. Naturalmente, ésta lo detestaba.

A partir de la terminación de la Guerra del Pacífico (1879-83), se inició un cambio económico, social y político que cobró, durante el quinquenio de Balmaceda, mucho más dinamismo y profundidad. El viejo orden social se desquiciaba con el ingreso a la vida política de nuevas fuerzas. Un nuevo tipo de agricultor con mentalidad moderna, capitalista; una burguesía industrial, una clase media en rápido ascenso, un artesanado y una clase obrera en incremento numérico, con el campesinado atraído por las salitreras y las obras públicas, alteraban el cuadro tradicional. Fue así como los latifundistas semi-feudales de la zona central dejaron de ser el factor agropecuario predominante, y como la alta burguesía comercial y bancaria fue tocada en sus intereses.

Naturalmente, los partidos de la oligarquía reaccionaron contra el presidente con la ferocidad que les es característica en todo tiempo y lugar. Esos partidos eran: el Nacional, cónclave de plutócratas y superburócratas; el Conservador, alianza clásica de alto clero y latifundismo; el Radical, manipulado en la cúspide por mineros, comerciantes y banqueros de apellido ilustre; y, finalmente, grupos varios del multidividido Partido Liberal, algunos de los cuales acompañaron a Balmaceda, al principio, para volverle la espalda, o, mejor dicho, para hacerle frente con toda la reacción, cuando consideraron que su gobierno no servía los intereses de sus más encumbrados capitostes.

Toda esa amalgama oligárquica se concentraba en el Congreso, manipulaba gran parte de la prensa y era instrumento sobornado con largueza por el imperialismo salitrero británico, cuya encarnación, símbolo y cabeza mayor, era el llamado coronel John Thomas North, una especie de Anaconda, Kennecot o ITT de la época. Desde su cuartel general, la coalición reaccionaria hostilizaba al presidente, contra quien concentraba su odio de clase, deponiendo momentáneamente sus diferencias de credo, de casta y hasta de intereses, para destruir, por cualquier medio, a quien consideraban, incluso, como un tránsfuga de sus filas, por su origen y por su manifiesta preferencia por las clases populares. Repetidas veces, Balmaceda se había colocado de parte del campesino y del obrero o sencillamente no se había plegado a las exigencias patronales.

La virulencia fue creciendo a partir de 1889 hasta alcanzar su clímax en enero de 1891. No era una oposición política, sino una histeria colectiva, de clase, un furor insano que, en los periódicos reaccionarios, agotaba el arsenal del vituperio y en las cámaras se cubría con vellocinos democráticos, diciéndose los voceros de los privilegios defensores del parlamentarismo, del constitucionalismo y del honor nacional. Acusaban al presidente de autócrata, de violador de los fueros parlamentarios, de querer imponer a su sucesor en la presidencia, de abusivas ingerencias y de mil atropellos más y llegaron hasta negarle la autorización legal del presupuesto de gastos de la Nación, para 1891. Así bloqueaban su obra constructiva y creaban un círculo vicioso: colocaban al gobernante en posición defensiva, y de ahí sacaban nuevos argumentos para arreciar el ataque.

Balmaceda los conocía muy bien y no se engañaba ni un ápice sobre las verdaderas motivaciones de aquella grosera y desenfrenada campaña. En enero de 1891, los definió lapidariamente en carta a su amigo Joaquín Villarino: "el Congreso es un haz de corrompidos. Hay un grupo a quien trabaja el oro extranjero y que ha corrompido a muchas personas. Hay un hombre acaudalado que ha envilecido la prensa y ha envilecido los hombres".

No cabía duda. El gran corruptor era el "rey del salitre", John Thomas North. Poco más de un lustro después de la caída y muerte de Balmaceda, los mismos que la habían instigado y financiado proporcionaron la prueba irrefutable de sus palabras. El Railways Times, de Londres, publicó las declaraciones de los directores de la Compañía del Ferrocarril Salitrero, prestadas ante un comité de accionistas, sobre el sospechoso destino de cien mil libras esterlinas gastadas, sin comprobación, en Chile, en 1891. El editorial del citado periódico, cuando informó de la investigación decía: "El fondo de soborno y corrupción de los ferrocarriles salitreros". Las pruebas alcanzaron un cúmulo imponente y por ellas se conoció que las otras empresas británicas con negocios en el Norte en número de catorce, entre salitreras, bancarias, ferrocarriles, especuladoras y de servicios, también habían sobornado. Un ex ministro de Balmaceda dio a conocer, en el misma año y desde su exilio en Francia, la nómina de quince políticos prominentes y nobles a sueldo de North, con la ficha profesional de cada uno.

Hay que echar una rapidísima mirada retrospectiva para ubicarnos mejor en la situación. Al nacer a la vida independiente, Chile no pudo escapar al destino de las nuevas repúblicas latinoamericanas. Nació atrapada por la usura y el mercantilismo británicos y pasó de colonia española a neocolonia inglesa. La gran hemorragia que bañó el Océano Pacífico, las pampas salitreras y las cumbres andinas en la Guerra del Caliche (entre Chile, Perú y Bolivia) no benefició en nada al país triunfador ni a su pueblo de rotos. Estos murieron por miríadas, de bala, sed o insolación, y mataron a cholos e indios, como muchos de ellos, para convertir al ex calderero North en el todopoderoso amo del salitre. .. y de su patria. En menos de diez años, este típico Victoriano se adueñó de Tarapacá y levantó grandes compañías que henchían de libras esterlinas los bolsillos de accionistas londinenses, en cuyos oídos Tarapacá y Kapurthala sonarían igual: dos puntos remotos de su imperio colonial, a lo mejor limítrofes.

Esta historia la conocía Balmaceda como nadie, y se dispuso a cambiarla. Si Chile se había proclamado independiente en 1811, debía serlo también de los salitreros ingleses. Tan sencilla, clara y lógica como es esta fórmula, originó, no obstante, la guerra civil de 1891. Un capítulo más y del mismo carácter que otros muchos en la dura historia moderna de nuestra América, reeditado en septiembre de 1973 a escala monstruosa y en el mismo Chile.

En 1889, Balmaceda hizo un recorrido por el norte. Sobre el terreno, enunció en vigorosos discursos su doctrina reivindicadora, que, por otra parte, venía siendo aplicada, como línea política definida y por medio de diversas medidas, desde 1887. A su regreso de Iquique, de las salitreras de Tarapacá y Antofagasta y de las provincias de Atacama y Coquimbo, Balmaceda ratificó sus principios y planteó categóricamente el único curso por seguir, compatible con los intereses y la dignidad del pueblo chileno. Su discurso del primero de junio, ante el Congreso Pleno, el cuerpo diplomático y los altos funcionarios públicos, tiene resonancias históricas:

"Es verdad que no debemos cerrar la puerta a la libre concurrencia y producción de salitre de Tarapacá, pero tampoco debemos consentir que aquellas vasta y rica región sea convertida en una simple factoría extranjera. No podrá desconocerse el hecho muy grave y muy real de que la singularidad de la industria, la manera como se ha producido la constitución de la propiedad salitrera, la absorción del pequeño capital por el capital extranjero y hasta la índole de las razas que se disputarán el imperio de aquella vastísima y fecunda explotación, imponen una legislación especial basada en la naturaleza de las cosas y en las necesidades especiales de nuestra existencia económica e industrial."

Aunque esas palabras ya estaban abonadas con hechos anteriores, Balmaceda avanzó con pasos mayores por la vía de la recuperación nacional: atacó con medidas concretas el monopolio del Ferrocarril Salitrero, proyectó la expropiación de los ferrocarriles del Norte Chico, contrató empréstitos, construcción de obras, barcos y adquisición de armamento en Alemania, Francia y los Estados Unidos. Con todo ello, el presidente no hacía sino interpretar y obedecer un claro sentimiento antiimperialista, en aquel entonces antibritánico, que la mayoría de la nación expresaba por diversos medios. Desgraciadamente, contra y sobre esa mayoría, se situaba la minoría antinacional que ya conocemos, no sólo con el poder económico y el respaldo exterior de los salitreros de Su Majestad, sino con la complicidad financiada de los jefes de la Escuadra, en aquel entonces la fuerza armada decisiva en Chile, "dominados por elementos provenientes de la oligarquía y las capas elevadas de los sectores burgueses".

Parte integrante y virulenta de esa minoría era la infaltable prensa, igualmente pagada por los monarcas del salitre, que, como todas sus similares de ayer y de hoy, se amparaba en su particular interpretación de la "libre emisión del pensamiento". La misma que hoy tremola la SIP. Igual que el blindado Cochrane, el crucero acorazado Esmeralda, el monitor Huáscar y las corbetas 0'Higgins y Magallanes, disparaban sus baterías, mejor dicho vomitaban, no obuses, sino injurias y falsedades, los periódicos El Heraldo y La Unión de Valparaíso, y La Libertad Electoral, El Mercurio, La Época, La Patria, El Estandarte Católico, El Independiente y otros menores, de Santiago, órganos de conservadores, nacionales, liberales-nacionales o mocetones y radicales. Era una ofensiva bien concertada, en la cual hacía sus primeras armas el bibliotecario de la Cámara de Diputados, de veintitrés años, que luego sería "primera figura en la escena política de su país", símil teatral y lugar común que es completamente intencionado de mi parte por lo que diré después. Este faldero de la gran jauría era el vástago oligarca Arturo Alessandri, quien escribía cosas de este tenor:

"La existencia depravada del gran monstruo de la humanidad, Iván IV o El Terrible, es una pálida sombra del miserable dictador" (Balmaceda).

Estremécete, tirano, porque Dios y los hombres te han de juzgar; la misericordia del ser supremo no es para ti, y la justicia humana cerrará los ojos para aplicar en tu lóbrega conciencia el castigo que claman tus víctimas." La Justicia, 13 de julio de 1891.)

El 7 de enero de 1891 estalló la rebelión, en Valparaíso, como el 11 de septiembre de 1973. Antes de aquel día, los congresistas habían tomado sus precauciones: unos se escondieron en Santiago y otros se trasladaron a aquel puerto y se embarcaron en el acorazado Blanco Encalada. El jefe de la traición armada fue el marino Jorge Montt, y a él se sumaron jefes del ejército de tierra como el coronel del Canto y el mercenario Korner, contratado en calidad de instructor desde 1885. Como en la mayoría de las veces, hubo soldados de excepción que rehusaron comprometerse con la traición a su patria y prefirieron la vía del honor y del sacrificio. Entre éstos, estaban el coronel Robles, bárbaramente despedazado por los soldados congresistas, en Pozo Almonte, y los generales Alcérreca y Barbosa, muerto el primero en la batalla de La Placilla y asesinado el segundo después de la misma, el 28 de agosto.

Balmaceda resistió todas las presiones y violencias ejercidas sobre él para que renunciara, con un lenguaje y una entereza que la Historia vería reiterados ochentidos años después: "nadie tiene el derecho de exigirme el sacrificio de mis prerrogativas como Jefe de Estado en Chile. Os lo declaro con toda convicción; no abatiré mis atribuciones, no haré en caso alguno el papel de víctima". No renunció. En medio de la guerra, convocó a elecciones, como correspondía conforme al calendario legal, y esperó la de su sucesor. Al día siguiente de terminar su periodo presidencial (18 de septiembre de 1891), se suicidó, en dramáticas circunstancias. Prefirió esto a la claudicación. Cuando se le propuso buscar un arreglo con los traidores del Congreso y de la Escuadra, ya vencido irremediablemente, replicó altivo: "¿Arreglos? Pero, señores, ¿acaso puede un gobierno legítimo buscar un arreglo con traidores, con marinos que enarbolan en sus barcos la bandera de los piratas?" Palabras que tienen un impresionante parecido con las que Allende contestó a los indignos jefes militares del 11 de septiembre: "El presidente les respondió que como generales traidores no podían conocer lo que era un hombre de honor", refirió Beatriz Allende, el 28 de septiembre de 1973.

IQUIQUE: UN RESULTADO EFICAZ Y ORDENADO

Pasó en el Norte Grande
fue Iquique la ciudad.
Mil novecientos siete
marcó fatalidad.
Allí al pampino pobre
mataron por matar
Allí al pampino pobre
mataron por matar.

.............................
Murieron tres mil seiscientos
uno tras otro.
Tres mil seiscientos mataron
uno tras otro.
La escuela Santa María
vio sangre obrera.
La sangre que conocía
sólo miseria.

Luis Advis (Cantata Santa María de Iquique)

Casi todos los pueblos latinoamericanos tenemos en nuestra memoria amarga el recuerdo, a veces el trauma, de una matanza de obreros o campesinos. Matanzas hay muchas, son casi continuadas, pero hay algunas que ya forman parte, incluso, de nuestro folclor. No hablo de las víctimas de la represión política, que sobrepasan los límites de cualquier estadística. Hablo de los mártires, anónimos casi siempre, de las luchas sociales, en lo que va de siglo. Desde luego, nada es más horrendo que la matanza de campesinos perpetrada casi ininterrumpidamente desde hace tres décadas, por cuenta de las oligarquías liberal y conservadora de Colombia y a cargo de las Fuerzas Armadas. Pero todos nuestros pueblos tienen, por lo menos, una página cruenta, un recuerdo de pesadilla. Por ejemplo: Cananea, en México, en 1906; Contestado, en el Brasil, en 1916; la Patagonia, en la Argentina, en 1920; Santa Marta, en la misma Colombia, en 1928; Izalco y Nahuizalco, en El Salvador, en 1932; y así, interminablemente. Chile cuenta no una, sino más de veinte matanzas así.

Pero es, por algo, la de la escuela Domingo Santa María, de Iquique, la que más sangra todavía en el alma de aquel pueblo. Quizá porque pocas veces, como entonces, tanta sangre obrera fue derramada, con tal exceso de sevicia, con tanto cinismo., tan cobarde y fríamente, y porque de esa masacre ha quedado un documento desvergonzado, siniestro, reflejo único del odio clasista, en el informe rendido por el principal asesino de varios miles de trabajadores: el general Roberto Silva Renard.

Pero este militar, como su subordinado Sinforoso Ledesma y todos los soldados y marinos que dispararon sobre la masa obrera inerme, no fueron más que perros, al mismo tiempo amaestrados y feroces, azuzados contra aquella masa. La alta responsabilidad, por su mayor jerarquía política, correspondió al presidente Pedro Montt y a su ministro del Interior, Rafael Sotomayor. Son estos los magnos capangas de los accionistas ingleses del salitre, los pontificales capataces encargados de cuidar los dividendos de aquellos accionistas. Montt estaba bien escogido para esa tarea. Su gusto por la violencia era conocido, al grado que el símbolo de su gobierno era el garrote policial, llamado por el pueblo Pedromón. Su mejor hoja de servicios a la oligarquía y a los señores del nitrato consistió en la implacable persecución a los derrotados balmacedistas de 1891. La oligarquía tenía en él a un peón bien tallado, adecuado para suceder a Germán Riesco, bajo cuyo gobierno las tropas, la marinería del Blanco Encalada y "guardias particulares" perpetraron la represión de Antofagasta, en 1906. Era, pues, Montt, el indicado para nominarse candidato de los liberales, los radicales, los nacionales y un sector de los conservadores, ese mismo año de 1906.

Corría a cargo de Montt el mantener el orden establecido en las plantas salitreras de Tarapacá y Antofagasta. El "orden establecido" quería decir cepo, pulperías, fichas, cachuchos, viviendas miserables y salarios exiguos. El cepo tenía claras remembranzas esclavistas. El salario pagado en fichas, válidas sólo en la pulpería de cada oficina, obligaba al trabajador a dejarlo allí, pagando los precios que se le quisieran imponer y estafado en los pesos y medidas de sus exiguas compras. El cachucho era la muerte acechante en todo momento, el riesgo de caer al gigantesco caldero donde hervía el salitre. Eso y más constituía el "orden establecido" que sufrían obreros pampinos o contratados en el centro y sur del país o, en fin, trabajadores peruanos, bolivianos y argentinos, y que guardaban celosamente los políticos, los generales y los almirantes.

En octubre de 1907, los explotadores urdieron un plan para bajar aún más los salarios: llevaron a más de mil desocupados del sur a las provincias de Antofagasta y Tarapacá. El plan era tan sencillo como diabólico y casi no requiere explicarlo. Con esos desocupados dispuestos a vender su trabajo al más bajo precio, podía despedirse a cualquier trabajador, rechazar la más modesta petición, acallar la menor protesta. Así fue. El descontento corrió por toda la pampa del Tamarugal. A la negativa de aumentar los salarios, respondieron, primero, los trabajadores de la Maestranza del Ferrocarril Salitrero, el 4 de diciembre; luego siguieron los de las plantas de la pampa, y finalmente, otros de la propia ciudad de Iquique declararon la huelga el 13 de diciembre.

Los pampinos resolvieron trasladarse en masa a Iquique para formular allí sus demandas elementalmente justas. Los gerentes de las plantas negaron, naturalmente, los trenes salitreros. La marcha de hombres, mujeres y niños en brazos, se hizo a pie, por días y noches, a través de la pampa desértica, bajo un calor asfixiante de hasta cuarenta grados. Debió ser imponente aquella columna que avanzaba silenciosa, que crecía a medida que más gente, de otras oficinas, se sumaba para engrosarla, como afluentes de una corriente ya amazónica. Podía leerse en cartones mal pintados la procedencia: San Jorge, San Donato, Carmen Abajo, San Lorenzo, Santa Lucía, La Gloria, San Agustín, Iquique, La Perla, Esmeralda... Desde el 14 de diciembre, empezaron a desembocar las oleadas tranquilas, hambreadas, derrengadas en las calles de Iquique: ocho mil pampinos; el 16 entraron mil quinientos más de Lagunas, y tras ellos otros mil trescientos de Donato.

No cabían en Iquique tantos hombres y mujeres del pueblo. Ocuparon el Club Hípico, el velódromo, los regimientos, las calles, las plazas. Nadie les vendía nada o si les vendía era a precios de especulación desorbitada. Comerciantes, burócratas, ricos, la "gente bien", en general, corrieron a armarse.

¿Dónde? Quién sabe pero las fotografías de la época los muestran con sus largos fusiles. Quizá fueran también "guardias particulares" como los que participaron en la masacre de Antofagasta, un año antes. Tropas de caballería vigilaban a los que se alojaron en el Club Hípico, como si fueran prisioneros. Varios miles obtuvieron licencia para ocupar la escuela Santa María y allí, en la .azotea, en un pequeño cobertizo, visible desde la calle y la plaza Manuel Montt, quedó instalado el Comité de Huelga. Un blanco perfecto para los masacradores. De un borroso recorte de El Mercurio, de Antofagasta, del 22 de diciembre de 1907, tomo los nombres de los primeros que cayeron el 21: Jorge Briggs, presidente; Manuel Altamirano, vicepresidente; José Santos Morales, tesorero; Nicanor Rodríguez, secretario, y los delegados José Santos Paz, Ignacio (ilegible), Pedro Sotomayor, (ilegible), Juan Ordóñez, Francisco Sánchez, Luis Muñoz, J. M. Cáceres, J. F. Corpo, Manuel Toro, Manuel González y Luis Córdova. A ellos se sumó el dirigente obrero de Iquique Luis Olea.

En el contexto de aquellos días crueles, ciertas informaciones de prensa, de la propia prensa comprometida con los intereses salitreros, cobran, a la distancia del tiempo, carácter de documentos acusatorios contra esos mismos intereses y sus gendarmes políticos y militares. Por eso reproduciré el texto simple pero revelador de un cable fechado en Iquique el 16 de diciembre, y publicado en El Mercurio de Antofagasta:

"Iquique 16 (Depositado en la oficina del Cable West Coast, a las 11:10 a.m.) La huelga se ha hecho general en la mayor parte de la zona salitrera. Treinta plantas están absolutamente paralizadas y el movimiento amenaza comprometer también a las que aún siguen funcionando. Los huelguistas que habían emprendido el sábado en San Antonio el peregrinaje a pie a este puerto, llegaron ayer a primera hora, dirigiéndose, formados en medio del mayor orden, al hipódromo de Cavan-cha, escoltados por fuerzas de línea. Por la tarde llegaron nuevas patrullas de pampinos, con los cuales el número total de éstos subió a cuatro mil.

Desde el primer momento pudo notarse que su actitud era perfectamente tranquila y que sus propósitos no eran otros que discutir su situación con los patronos comprometiendo a éstos a acceder a sus peticiones. Lo que han pedido concretamente es lo que sigue:

1. Pago de jornales a oro de 18 peniques.

2. Que se establezca el libre comercio en las oficinas, cesando el privilegio de las pulperías.

3. Abolición de las fichas.

4. Que se establezcan balanzas en las pulperías para confrontar las compras y evitar que se les defraude en el peso.

5. Que en caso de que los administradores se negaren a pagar una carreta de caliche por ser de ley inferior a la establecida, no la aprovechen en seguida como ocurre actualmente.

6. Que no se despida a los obreros que han tomado parte en la huelga y en caso contrario se les indemnice cumplidamente.

7. Que estos acuerdos sean reducidos a escritura pública suscrita por delegados de los patronos y los obreros."

Cualquiera advierte que aquellas demandas planteadas en forma pacífica como lo dice El Mercurio, ¡El Mercurio!, eran el reflejo de una situación de incalificable explotación, preexistente desde mucho tiempo atrás, y que constituían lo mínimo que tenían derecho a reclamar los explotados. Pero la respuesta oligárquica y militar al celoso cuidado de los dividendos de accionistas ingleses fue espantosamente desproporcionada a la actitud no violenta de los trabajadores.

"Los cañones de tres grandes barcos de guerra de la Armada Nacional apuntaban hacia la ciudad; eran el Zenteno, el Chacabuco y el Esmeralda; los transportes Maipo y Rancagua, listos para desembarcar o embarcar la gente, según fuera el caso; la ciudad era patrullada día y noche por personal del Ejército y la Marina.

Los regimientos Granaderos y Carampangue, habían sido reforzados por el O'Higgins, de Copiapó; el Esmeralda, de Antofagasta; el grupo de ingenieros y pontoneros Atacama, de Tacna; de Talca vino el Rancagua. También fue trasladada a Iquique la artillería de Valparaíso, más el personal de tropa y oficiales de carabineros llegados desde el sur del país."

Parecería que un importante ejército y una poderosa escuadra de peruanos y bolivianos amenazaban invadir Tarapacá, para reivindicar los territorios conquistados en la Guerra del Pacífico, con el heroísmo, el sudor y la sangre de muchos de los pampinos que ahora formaban parte de la columna huelguista, de los explotados por los beneficiarios de aquella conquista, precisamente junto a bolivianos y peruanos, rotos como ellos, siervos del caliche para poder sobrevivir. El 19 de diciembre llegaron a Iquique, después de recibir instrucciones en Santiago, del presidente Montt y su ministro Sotomayor, el intendente de Tarapacá, Carlos Eastman, y el general Silva Renard, con su segundo, el coronel Sinforoso Ledesma. Las instrucciones del ministro, en mensajes del 14 al 16 de diciembre, suenan a tableteo de ametralladora: "prestar amparo a personas y propiedades [...] reprimir con firmeza [...] cualquiera que sea el sacrificio que imponga. La fuerza pública debe hacer respetar el orden cueste lo que cueste [...[". Lenguaje feroz, inconcebible, pero no por eso abandonado por los masacradores de Chile. Pinochet y los suyos lo han reeditado una vez más.

De la forma como Silva Renard cumplió las instrucciones de Sotomayor, hay un relato insustituible, superior a cualquiera versión literaria, porque revela la irresponsabilidad fría y lombrosiana del mismo verdugo, quien confiesa con no disimulada morbosidad, descarnadamente, su crimen gigantesco, presentado por él como una hazaña, como un inapreciable servicio prestado a sus amos. Por eso copio intactos, textuales, los párrafos más espeluznantes del informe de Silva Renard a Eastman, retransmitido de este a Sotomayor, y de éste, lógicamente a Montt, y publicado por El Mercurio, de Antofagasta, el 22 de diciembre, día siguiente al de la hecatombe:

"Calculé que en el interior de la escuela había cinco mil individuos. Afuera, dos mil constituían claramente la parte más decidida y más exaltada de los aglomerados [...].

Como usted comprenderá, los oradores no hacían otra cosa que repetir aquellas frases comunes de guerra al capital y al orden social existente [...].

Reuní a los jefes que me acompañaban y estudié con ellos la posibilidad de obtener la sumisión con las armas blancas, introduciendo a la Infantería con la bayoneta calada que con ataque vigoroso hacia el interior aprehendiese a todo el Comité y haciéndole cargar a la Caballería sobre la turba aglomerada en el exterior; se comprobó que esta operación no daría resultados por lo apretada y compacta que se mantenía la muchedumbre exterior, para cargarla con éxito, y se vio, por el contrario, que un ataque con arma blanca o caballería podría dejar a la Infantería y los jinetes en peligro de ser tomados por los huelguistas, complicándose la situación para las operaciones siguientes. Se vio, por tanto, que no había más recurso que el empleo de las armas para obtener resultado eficaz y ordenado [...]

Convencido que no era posible esperar más tiempo sin comprometer el respeto y el prestigio de las autoridades y de la fuerza pública, penetrado también de la necesidad de dominar la rebelión antes que terminase el día, ordené a las 3:45 p.m., una descarga por un piquete del Regimiento 0'Higgins hacia la azotea mencionada y por un piquete de marineros situado en la calle Lautaro hacia la puerta de la escuela, donde estaban los huelguistas más rebeldes y exaltados.

A esta descarga se respondió con tiros de revólver y aún de rifles, que hirieron a tres soldados, y a dos marineros y mataron dos caballos de granaderos. Entonces ordené dos descargas más y fuego de ametralladoras con puntería fija hacia la azotea donde vociferaba el Comité entre banderas y toques de corneta. Hechas las descargas, y a ese fuego de ametralladoras que no duraría sino treinta segundos, la muchedumbre se rindió."

Resultado más "eficaz" y más "ordenado", como lo deseaba el entorchado energúmeno, no podía esperarse; treinta segundos para matar a más de tres mil quinientos trabajadores, hasta donde se pudo calcular, sin contar los numerosos heridos que yacían en las afueras, en las aulas, en el patio y en la azotea de la escuela Santa María. En los carretones recolectores de la basura se llevaron los cadáveres al cementerio y los heridos al hospital.

"Llegó la noche, se ordenó apagar las luces de la plaza y sus alrededores; los bomberos, a la luz funeral de chonchones a parafina y velas, prosiguieron su macabra labor. Llegó el nuevo día y la tarea de carga y descarga, aún seguía [...] Diez mil obreros fueron llevados nuevamente a las oficinas salitreras, prácticamente condenados a trabajos forzados."

Revueltos en los Carretones, iban cadáveres de obreros chilenos, peruanos, bolivianos y argentinos. Las oligarquías tiemblan ante la suprema consigna del marxismo-leninismo: "trabajadores del mundo, uníos". Por eso tratan de dividirlos con chovinismos y otras fórmulas. Pero cuando se trata de exterminarlos, no establecen distingos. En la azotea de la escuela Santa María, junto al Comité de Huelga, flameaban las banderas de Chile, Argentina, Perú y Bolivia. Ellas también fueron abatidas con los heroicos obreros, la tarde de la espantosa masacre.

Sesentisiete años después, todavía vive un testigo presencial de aquella verdadera hecatombe. Germán Suárez Vértiz, peruano, tenía diez años entonces y no pudo nunca olvidar los detalles de aquel horrendo infierno en el que estrenó su infancia. En los días aciagos de septiembre de 1973, en que nuevas versiones de Silva Renard reeditaban las escenas de la escuela Santa María en todo el territorio chileno, aquel testigo evocó las pavorosas escenas, aún candentes en su memoria. Las contó a un periodista de la revista peruana Caretas y ésta las publicó el 4 de octubre del año pasado (n. 484). Arrancaré un solo trozo de esos recuerdos porque me obliga a ello el espacio. Será largo, pero, al mismo tiempo, sólo una ínfima parte del fresco macabro en que lo goyesco se multiplica como en una sala de interminables espejos:

"La gente que estaba en la escuela salía como loca. Rompía con la cabeza las calaminas. Los granaderos la peloteaban con lanzas. Los obreros quedaban como colgados, como esas vistas que se ven de los combates del Mame, en la Primera Guerra Mundial. Colgados del alambrado, el saco quedaba colgado también, como un solo rollo, el sombrero también colgado. Al día siguiente temprano nos escapamos yo y mi primo. Eramos muchachos, ¡qué nos importaba el guardia ni nada! Me acuerdo haber visto sombreros llenos de sesos como los que venden en el mercado. Muchos de esos sacos de bayeta gris que usan los púnenos colgados. Ya no eran cadáveres, eran restos humanos, entrañas. Una cosa horrorosa [... ] Pasaron los caballos y machetearon. Gente que caía en una postura como de araña. Se enroscaban como las arañas cuando las queman [... ] Después pasaron las camillas de muertos. Después las carretas botelleras llenas de cadáveres. Después las carretas basureras, de dos tapas, con la tapa abierta, llena de cadáveres, con sangre chorreante, medio congelada, como hilachas. Había muchos buques en la bahía que no habían cargado salitre por motivo de la huelga. Era una maravilla, usted veía unos veleros preciosos, blancos buques japoneses, ingleses, franceses, de todo el mundo, que venían a buscar salitre a Iquique. Todos esos marineros colaboraron. Veía usted marineros con castales acarreando cadáveres [... ] Colocaron los restos en el atrio del hospital. Y, es la verdad, mucha de esa gente tenía sus relojes, sus anillos [...]."

Si fuera necesario un epílogo, tendríamos el más bochornoso: Pedro Montt, el presidente genocida, fue paseado tiempo después por la zona salitrera y homenajeado con banquetes, en cada una de las oficinas, por los testaferros de los ingleses. Me pregunto cómo Pinochet y demás epígonos de Silva Renard no escogieron este nombre, en vez del de Diego Portales, para el edificio de la UNCTAD y en sustitución del de Gabriela Mistral. Era lógico.

NI EL LEÓN ES COMO LO PINTAN, NI ES CIERTO QUE NO ATAQUE AL HOMBRE.

En la sesión del lunes por la tarde, aparece Alessandri haciendo alarde de justicia, honradez y patriotismo e injuriando a medida que improvisa. Dice tantas mentiras, que hasta él mismo no aguanta más la risa.

Zin Zal (periódico humorístico), enero de 1907.

Su patrocinio de la legislación social le da un lugar en la historia de Chile [...] Su notable popularidad entre las masas se debía en gran parte a las batallas que había dado en pro de la justicia social.

Claude G. Bowers (Misión en Chile, 1939-53).

Todo Chile desde el jueves es feliz, porque ha fallecido el expresidente de la República, don Arturo Alessandri Palma.

Nota necrológica de El Intransigente, Viña del Mar, 26 de agosto de 1950.

Si se dice que en Chile hubo dos Alessandri, se dice la verdad y se piensa, naturalmente, en Arturo y en su hijo Jorge, que también fue presidente, inmediatamente antes de Frei (1958-64). Y si se dice que hubo dos Arturos Alessandri, también se dice la verdad, aunque ésta ya no es tan simple como la otra. El Arturo Alesandri más divulgado es el conocido como el león de Tarapacá, imagen creada y exportada por la literatura de sus adictos y descendientes, según la cual aquel habría sido tribuno, estadista y reformador social de imponente melena y estremecedor rugido. Esta es la pictografía, por ejemplo, del ex embajador yanqui en Chile, Claude G. Bowers, que cito arriba. En cambio, el Arturo Alessandri que surge del testimonio de sus contemporáneos ajenos a la consabida claque y, sobre todo, de los hechos desnudos de partidismo, es muy distinto: demagogo, inconsecuente, simulador y deshonesto. Un león teatral, distinto del que pintan sus amigos. De allí mi alusión a la "escena política" en páginas anteriores.

La vida política de este Alessandri abarca exactamente la primera mitad de nuestro siglo (1900-50), y lo más destacado de ella son sus dos accidentadas presidencias: de 1920 a 1925 y de 1932 a 1938. El más documentado de sus biógrafos, Ricardo Donoso, narra esa vida en dos gruesos volúmenes, pero la sintetiza en un mínimo párrafo, a propósito de alguna de sus mil y tantas globulosas frases: "el humorista más sutil no habría estampado afirmación más regocijada, reveladora del histrionismo más arraigado e incurable".

Lo grave para el pueblo chileno es que ese histrionismo no quedó sólo en afirmaciones regocijadas, sino que trascendió a hechos que costaron mucha sangre obrera, campesina y estudiantil, en masacres con nombres y cifras cuyos detalles, aunque escamoteados en su momento por los máximos responsables, han salido a la superficie, como salieron los cadáveres de las propias víctimas, mal enterrados en la pampa salitrera o arrojados a las aguas del Bío-Bío. Porque los nombres de los lugares ensangrentados por los criminales armados, con uniforme o sin él, pacos o "guardias blancas", han permanecido vigentes, insepultos en la memoria popular, y forman parte ya de una estremecedora literatura testimonial, recogidos por la crónica, la novela o el teatro. Hay topónimos cuya sola mención sobrecoge el ánimo, porque la furia genocida y bestial los dejó marcados para siempre con halo de sangre; Guernica, Lídice, Son My, por ejemplo, están grabados indeleblemente en la memoria de los hombres de mi tiempo. Así están en la del pueblo chileno los nombres de San Gregorio, Pontevedra y Coruña, Bío-Bío, Ranquil y Lonquimay, que enlutaron a las masas obreras y campesinas de Chile en los años 1921, 1925 y 1934, bajo el signo del patrocinador de las leyes y de la justicia sociales, según mister Bowers. Son episodios que no pueden faltar en este recuento de la tradición cruenta, oligárquica y castrense, escamoteada por la historiografía convencional. Sintetizaré lo que narran chilenos no inscritos en esa historiografía.

PRIMERA MASACRE: SAN GREGORIO, 1921

Durante la campaña electoral para presidente, en 1920, Alessandri candidato debutó con éxito estruendoso en su papel de reformador social. Engañó a las masas populares y capitalizó para sí los defraudados anhelos de esas masas. Pero también engañó al sector de cuyas filas salía: su misma clase oligárquica, aristocrática y retrógrada. Un admirador suyo, Vicuña, dice que se apartó de ella "para abrazar el partido del pueblo, como César y como Alcibíades". Cuando la Alianza Liberal lo proclamó candidato, el 26 de abril de 1920, los asustados oligarcas de la Unión Liberal hicieron publicar un comunicado palpitante de cómica consternación, bajo un título muy divertido: ¡Hannibal ad portas!, que traducido no literalmente, sino según el estado de ánimo de sus autores, quería decir: ¡Sálvese quien pueda! Según ese comunicado, Alessandri era "el programa viviente de las envidias regionales, de los odios de clases y de las más avanzadas tendencias comunistas". Por ello, llamaba "a los hombres de bien de todos los credos políticos" para "dominar la roja marea de la anarquía y el maximalismo". Desde luego, bajo la batuta y en provecho de la propia Unión Liberal.

Ciertamente, como dice su mencionado biógrafo, Alessandri había sacudido la sensibilidad de las clases desvalidas con promesas mesiánicas y prometido la destrucción del capitalismo y la satisfacción de todas las necesidades de los trabajadores. Sin embargo, no por esos recitados era tan comunista, ni tan maximalista como lo veían sus congéneres de clase, ni mucho menos. No podía serlo quien había firmado, como senador, la ley de residencia del 12 de diciembre de 1918, una de las primeras leyes represivas chilenas, en la cual se prohibía la entrada al país tanto .a los extranjeros condenados o procesados por delitos comunes y a los portadores de enfermedades contagiosas, como a "los propagadores de ideas subversivas contra el orden político o social". Tampoco podía ser comunista, ni maximalista, quien le había ganado un monumental pleito al Banco de Chile: le fue rescindida la hipoteca sobre su residencia de la Avenida de las Delicias, se le pagó la suma de un millón cinco mil pesos y se le reintegraron cuarenta mil acciones de la Compañía Salitrera María Teresa, de Aguas Blancas, y mil ochocientas sesenta de la Compañía Salitrera Progreso, ambas de Antofagasta. Menos podía ser aquellas cosas, quien simpatizaría con la falange española y conceptuaría al embajador Bowers "una especie de comunista" por su simpatía hacia el gobierno legal de la República Española, según él mismo Bowers cuenta.

Pese a los frenos de sus primos de clase y rivales políticos, y en andas de su "querida chusma" que expresaba su alegría con música de "cielito lindo", Alessandri llegó a la presidencia. El tatachintatachín de su demagogia atronaba el espacio. El León rugía las grandes frases que rentaban votos: "seré presidente por la voluntad del pueblo, pese a quien pese"; "preferiría caer yo antes de que se derrame una gota de sangre de un hijo del pueblo"; "en mi gobierno no se perseguirá a nadie por ideas, por descabelladas que sean"; "¡Alessandri o la revolución!". Era el 23 de diciembre de 1920 y el pueblo, hasta allí, le creía y lo aclamaba; sólo cuarentitrés días después empezaría a saber que todo aquello no era más que demagogia electorera.

Como político, candidato y presidente, Alessandri debía conocer muy bien la situación general de Chile y en particular la de las provincias salitreras de Tarapacá y Antofagasta. Terminada la Primera Guerra Mundial, el mercado internacional del salitre se había contraído y la crisis se hacía sentir a finales de 1920. Las empresas salitreras extranjeras, naturalmente, descargaban esa crisis sobre la clase trabajadora. Los paros patronales abatieron a los obreros en las provincias del norte: en Antofogasta había, a mediados de enero del 1921, siete u ocho mil cesantes. La intemperie y la mendicidad eran los efectos inevitables de la cesantía. Las compañías no querían perder dinero. Y Alessandri, como accionista de esas compañías, era de la misma opinión.

Seicientos obreros y sus familias, unas dos mil quinientas o dos mil ochocientas personas, vivían del trabajo en la planta salitrera de San Gregorio, de la empresa El Peñón, perteneciente a la firma Gibbs y Cia-, de puro cuño inglés. Quedaba San Gregorio -porque hasta el nombre desapareció del mapa- a doscientos kilómetros al sudeste de Antofagasta, donde después estuvo Renacimiento, otra planta salitrera. Allí fue la matanza. Escuetamente, las cosas ocurrieron así:

El 20 de enero de 1921, la empresa comunicó la paralización de las faenas. Los obreros pidieron desahucio, o sea, indemnización por despido, pasajes al sur para volver a sus hogares y reapertura de las pulperías, para poder comer. La Federación Obrera de Chile (FOCH), por medio de sus filiales, respaldó las modestas demandas de aquellos trabajadores, y sus dirigentes, en Santiago, hicieron ver a Alessandri la situación angustiosa de treinta mil posibles cesantes en la región salitrera. También le solicitaron medidas de orden público ante la emergencia previsible, es decir, protección para los obreros contra la conocida ferocidad de la tropa. Pero el de Tarapacá dormitaba o hacía que dormitaba como los leones de verdad, en "la casa donde tanto se sufre", como él mismo llamaba a La Moneda.

Dormitaba para oír a los obreros, pero no para leer los informes del intendente Luciano Hiriart Corvalán, de Antofagasta, que no hacían sino transmitir lo que le dictaban los agentes de las compañías, dando como reales presuntas intenciones de los trabajadores: en este caso, tomarse las pulperías, saquearlas, cortar las vías férreas y las líneas telegráficas y en fin, cometer toda clase de desmanes. Se trataba, como siempre, de crear un clima propio para la represión. Equivalía a poner en estado de alerta a la Fuerza Armada. "El presidente Alessandri respaldó las decisiones de Hiriart dándole plenas facultades para que actuara a su antojo", dice un documentado reportaje. Hiriart envió a San Gregorio al teniente de carabineros Lisandro Gaínza, con veinte hombres, y al teniente Buenaventura Argandoña, con treinta del Regimiento Esmeralda.

El administrador Daniel Jones, de la planta de San Gregorio, pudo haber tenido buenas intenciones, no obstante ser inglés al servicio de los amos salitreros. Pero los obreros de todos modos fueron burlados cuando se les dio sólo cinco pesos a los solteros y diez a los casados, para viajar a Antofagasta, en vez del desahucio por quince días como se les había prometido. Esto ocurrió el 2 de febrero y, pese a todo, las tratativas entre el rubio administrador y los cobrizos trabajadores no presagiaban violencia de ninguna clase. Pero en la madrugada del 3, aparecieron los hombres armados de Gainza y Argandoña. Con mujeres y niños a la cabeza, los obreros comparecieron pacífica, aunque masivamente, ante Jones, a la una de la tarde, para pedir una solución satisfactoria al problema del desahucio. Jones pidió una nueva tregua para consultar a sus jefes de Antofagasta, hasta las ocho de la noche. Los obreros aceptaron el plazo y volvieron a esa hora. Mas ya entonces Argandoña estaba poseído por el demonio de la masacre. En estos casos, en vez de adjetivar los hechos, que no lo necesitan porque se califican solos, es mejor dejar que hablen fríamente los papeles de la época. En la perspectiva del tiempo, esos documentos cobran un dramatismo superior a cualquier literatura. Uno de ellos es este telegrama recibido por la FOCH, en Santiago, el 3 de febrero de 1921:

"Primero hizo fuego Gainza. Luego Argandoña ordenó hacer fuego. Sólo dos policías muertos, y más de cien muertos y otros tantos heridos entre los obreros, prueba de que éstos no han atacado. Producida la tranquilidad, los detenidos fueron flagelados y vejados. Pedimos garantías y humanidad. Los obreros exigían respeto a su derecho a deshaucio. Hoy subió secretario de la junta provincial para impedir huelga general. Diga al presidente de la República que los federados hemos sido leales al principio del orden social, pero el desprecio de la autoridad provoca esto. La prensa se ensaña diariamente con nosotros y el intendente ha repartido armas a bomberos y particulares (en Antofagasta). Es inaceptable haber victimado a más de cien y someter (a otros) a proceso. Si el gobierno quiere tranquilidad, su deber es proceder razonable y justicieramente.-Carmona, director de El Socialista.

El furioso ejecutor de las instrucciones superiores, Argandoña, murió en la refriega, cuando los obreros baleados sorpresivamente respondieron con sus herramientas y con dinamita, parte también de su equipo de trabajo. Argandoña murió a barretazos. Jones alcanzó una puñalada y también murió. Gainza huyó y llegó la misma noche a la planta de Cota, desde donde transmitió su versión de los hechos.

Fue una nueva incitación al asesinato colectivo. Al día siguiente, todo el Regimiento Esmeralda cayó sobre San Gregorio y masacró sin freno.

He aquí otro testimonio:

Al grito de vengar al teniente Argandoña, la tropa penetró en la sala donde estaban los obreros heridos y a culatazos les destrozaron las cabezas. Realizada esta "humanitaria" labor, hicieron irrupción en el campamento, dedicándose a cazar obreros, hasta el punto de que los asesinatos cometidos en este día fueron casi el doble de los que hubo el día de la refriega.

De los oficiales que se caracterizaron por su brutalidad contra los obreros debe citarse al teniente Troncoso, que deseaba a toda costa exterminar totalmente a los obreros, y que no pudo realizar su obra debido a la actitud del mayor Rodríguez.

Lo que después siguió es inenarrable. Los sobrevivientes fueron despiadadamente flagelados y conducidos a Antofagasta, amarrados con alambre, para ser torturados nuevamente en el Regimiento Esmeralda, con sádico regocijo de los "guardias blancas" armados por el intendente Hiriart. Entre tanto, la prensa oligárquica y el gobierno, haciéndose ciegos, sordos y mudos ante la barbarie de San Gregorio, le daban su aprobación tácita. Sólo La Antorcha, de Santiago, denunciaba los hechos, el 12 de febrero, con estos titulares: "La matanza obrera en la oficina salitrera San Gregorio en Antofagasta." "Los grandes rotativos ocultan las proporciones de la catástrofe." "Las autoridades radicales de la provincia dan muerte a un centenar de obreros sin trabajo." "Su Excelencia y los ministros ocultan la verdad de los hechos."

Sin embargo, Su Excelencia declamaba, el 15 de septiembre de 1922, desde un balcón de La Moneda: "dije que viviría siempre en contacto con vosotros, así, de corazón a corazón, de espíritu a espíritu, para poder sentir de cerca las palpitaciones del corazón del pueblo, para conocer sus pensamientos, para escuchar sus ideas evolucionistas y para dirigir sus destinos en conformidad a sus deseos y aspiraciones". Se supone que, por dentro, estaría muerto de risa, según el poeta sicólogo de Zin Zal.

SEGUNDA MASACRE: OTRA VEZ IQUIQUE, 1925

Al maximalista del cuento lo echaron los militares de La Moneda con sólo una mala mirada, irritados por sus desorbitadas truculencias, el 5 de septiembre de 1924. Su biógrafo comenta el hecho así: "¿Qué temores, qué angustias movieron a Alessandri a huir en forma tan indigna? Balmaceda había llamado a Baquedano y salido por la puerta ancha de La Moneda. ¡Qué amargo contraste y qué diferencia de temple moral!" Pero el León no paró allí. Corrió a buscar refugio a la embajada yanqui. Bowers cuenta que quince años después, la primera vez que el rey de la selva estuvo en la embajada, como invitado suyo, puso la garra sobre una mesa y dijo: "fue sobre esta mesa sobre la que firmé mi abdicación". Lo subrayado es textual: los presidentes renuncian, los reyes abdican. Aunque uno no quiera, asocia, por contraste, la pequeñez de este episodio, con la grandeza ejemplar de Allende.

Pero un contragolpe, también militar, con la hábil participación de alessandristas, barrió por sorpresa de La Moneda a la primera Junta de Gobierno, el 23 de enero de 1925 e instauró una segunda, con un gabinete alessandrista en su totalidad. El León fue invitado a volver, desde su exilio en Roma y volvió interpretando al personaje de Napoleón. "Eligió para llegar a Santiago el 20 de marzo", escribe Donoso, "el mismo día en que el corso entró a las Tullerías de regreso de la isla de Elba. La recepción popular fue grandiosa y conmovedora, pero era una hojarasca que se encendió con la misma facilidad con que se disipó. Como dice Carlos Vicuña, era un prisionero de guerra disfrazado de triunfador romano." Así lo caricaturizó La Hora del 20 de agosto de 1925: en actitud napoleónica, con bicornio y uniforme de rayas de presidiario. Su carcelero también sería famoso: Carlos Ibáñez, entonces coronel y ministro de la Guerra, y años después (1957) gran masacrador en Santiago.

Alessandri reincidió en todo: en la truculencia, en la pomposidad, en la masacre y en la indignidad de la caída. Aquí interesa solamente la tercera reincidencia, la de la masacre. Otra vez nos viene a la memoria uno de aquellos topónimos de connotación trágica: Iquique, el de la matanza de la escuela Domingo Santa María, dieciocho años antes. La de 1925 fue en las afueras de la ciudad, en las oficinas salitreras de Pontevedra y Coruña, con orden expresa de Ibáñez y congratulación, igualmente expresa, de Alessandri. Fue una agresión indisimulada contra el movimiento obrero, cuyas ideas de justicia social se difundían a través de los periódicos El Despertar de los Trabajadores, El Surco y El Labrador. Las ideas se extendían a todas partes: a la zona del carbón, a la pampa salitrera, a los tripulantes de los barcos mercantes. La oligarquía estaba alarmada y su brazo fuerte, que era Ibáñez, dio instrucciones terminantes al intendente de Tarapacá, Recaredo Amengual, y al jefe de la división, general Florentino de la Guardia, para "reprimir cualquier intento de subversión con la mayor energía".

Decir eso a un energúmeno uniformado, como los que hemos conocido, es encenderle el fuego de sus impulsos carniceros; ellos no se hacen repetir tales órdenes; al contrario, las ejecutan con fruición y demasía, sobrepasando hasta la misma intención represiva de sus jefes, ya de suyo criminal. Estos últimos meses de 1973, a partir del 11 de septiembre, en el mismo atribulado Chile, lo evidencian, cuando un Pinochet, un Leigh, un Mendoza y un Merino aventajan a sus maestros Silva Renard, Argandoña, Troncoso y de la Guardia.

En general, las condiciones de vida o de no vida de los trabajadores salitreros no habían cambiado nada sustancialmente, respecto de las que originaron la masacre de 1907. Las demandas de 1925, en la Pampa del Tamarugal, casi eran una reiteración de las de aquel entonces. Había cambiado, sí, la conciencia de clase de los trabajadores, ahora organizados sindicalmente y con un más alto nivel ideológico, gracias, sobre todo, a la incansable labor de Luis Emilio Recabarren, muerto en la misma forma que Balmaceda, pocos meses antes. La despiadada violencia oligárquico-castrense contra el pueblo trabajador, en cambio, no había cambiado nada.

Después de cuatro meses de repetidas huelgas, los personeros de los magnates salitreros, ahora ya anglo-yanquis, lograron una tregua de un mes "para consultar a los respectivos directorios". Pero era una emboscada. No había tales consultas, sino preparativos para movilizar los efectivos políticos y militares de la represión, desde Alessandri e Ibáñez hasta Amengual y de la Guardia. Así fue como al expirar el mes de tregua, en junio, empezó la ofensiva antiobrera: fue clausurado El Despertar de los Trabajadores; suprimido el derecho de reunión; allanados los domicilios de los dirigentes; apresados muchos de ellos y embarcados en el Chiloé con destino desconocido. Los obreros se movilizaron hacia la pampa y respondieron con un paro de veinticuatro horas en las oficinas salitreras, que eran numerosas, casi un centenar.

Fue el momento esperado. El crucero 0'Higgins y el destructor Lynch desembarcaron tropas, ametralladoras, cañones y abundante parque en Iquique, con destino a la pampa. La mayor fuerza, incluyendo al grupo de artillería general Salvo, fue concentrada en el Alto de San Antonio, donde estaban las plantas La Coruña, Pontevedra, Argentina, Galicia y otras. El 4 de junio algunos obreros, en el local de la FOCH, se resistieron a ser detenidos por policías para no ser enviados al crucero Zenteno. Murieron dos policías y un obrero, e inmediatamente la noticia se extendió por la pampa: el paro fue general en la Maestranza y demás secciones del ferrocarril salitrero, en los trenes de carga y de pasajeros y hasta en los muelles de Iquique.

En las oficinas Marousia, Tres Marías, Pontevedra, Felisa, Santa Lucía, San Pablo y otras del Alto San Antonio empezó la matanza. El comandante Ascasio Rodríguez ordenó a las tropas llevadas desde Iquique disparar contra los trabajadores y sus familias. La masa inerme huyó hacia La Coruña, dejando muertos y heridos en el camino. El 5 de junio, el comandante Rodríguez masacró a los obreros en la oficina Pontevedra. Cinco de éstos tenían armas y disponían de dinamita; pero de nada servían frente a las ametralladoras del Ejército.

Entre tanto, el grupo de artillería general Salvo hacía lo mismo en la planta La Coruña. Aquí había sesenta trabajadores armados, mal armados, y alguna dotación de dinamita, pero tenían que enfrentar a las ametralladoras y a la artillería de los soldados, del batallón Rancagua y de la marinería del crucero 0'Higgins. El general Florentino de la Guardia ordenó a la artillería pesada disparar contra los edificios de la planta, donde estaban los obreros. Nada pudieron éstos contra el bombardeo brutal. Más de seiscientos murieron y el resto optó por rendirse, bajo promesa de la Guardia de respetarles la vida. Pero no fue así. La mayor parte fue inicuamente masacrada en la pampa.

La crueldad desplegada por la oficialidad y tropa en esta masacre es inaudita; la cantidad de víctimas incontable. Fue una diversión matar hombres indefensos, prisioneros. Un monstruoso placer: obligarlos a cavar su propia fosa y luego asesinarlos por la espalda. "El roto, describiendo una media vuelta en el aire, en palomita, quedaba justo, adentro de la tumba que recién había cavado", señala Kaempffer. Los sádicos que se divertían con este macabro ejercicio le dieron un nombre: "palomear rotos". Pero también había otro método: el de "fondear" prisioneros, cada vez que el crucero 0'Higgins se internaba de noche, en el mar.

Desde Santiago, el general Ibáñez felicitó al general de la Guardia. Alessandri no quiso ser menos. En rimbombante mensaje, agradeció a los soldados "los dolorosos esfuerzos y sacrificios patrióticamente gastados para restaurar el orden público y para defender la propiedad y la vida injustamente atacadas por instigaciones de espíritus extraviados o perversos". Pero estos méritos no le valieron de nada a los ojos de Ibáñez, verdadero poder durante los ciento ochenta días en que el León estuvo prácticamente enjaulado. No se puede hablar de ningún Waterloo que epilogara esos días. Con un papel lo arrojó Ibáñez de La Moneda: fue la carta que le dirigió el primero de octubre de 1925. Un político mordaz comentó: "el señor Alessandri es un ciudadano que ejerce la presidencia de la República con ciertas intermitencias". En vez de pensar en Bonaparte, uno piensa en el león del Mago de Oz.

TERCERA MASACRE: ALTO BIO-BIO, RANQUIL Y LONQUIMAY, 1934

En 1932, Alessandri volvió a ser elegido presidente. Fue un caso típico de cómo el pescador saca ventaja del río revuelto. Desde julio de 1931, en que se derrumbó el gobierno de Ibáñez, agravada su impopularidad con los efectos de la crisis económica de 1929, hasta octubre de 1932, en que fue elegido Alessandri, la vida pública chilena fue sumamente agitada. Basta recordar la sublevación de la Escuadra, sofocada por la Aviación en 1931, y la efímera República Socialista de Marmaduke Grove, seguida de la dictadura de dos meses y medio de Carlos Dávila. Alessandri volvió a La Moneda proclamando que era el mismo de 1920. Aunque Donoso dice que esa afirmación sólo era una "añagaza para conservar las simpatías de su clientela política", la oligarquía, cuya influencia política estaba un tanto quebrantada, clamó a los cielos como en 1920, y afirmó, en 1933, que "se iniciaba la masiva parcelación de las tierras".

No había tal. El gobierno no dio indicios de querer dar vigencia real a las leyes sociales, incluso las promulgadas por el propio Alessandri en su anterior administración, como la 2 054 (de seguro obrero) , ni menos de afectar la estructura de la propiedad agraria, ni de aplicar la Ley de Colonización de 1928. Los hechos demostraron, a corto plazo, que compartía los criterios de los terratenientes, expuestos en su memorial o declaración de 1934, en el sentido de que la "estabilidad del régimen de la propiedad de la tierra" era indispensable para el progreso del país; de que debía ejercerse una "severa fiscalización sobre la población de los campos" y eliminarse "sin contemplaciones", como al "elemento más peligroso", a los maestros rurales que convirtieran "su apostolado en profesión de propaganda disolvente para destruir a la sociedad". Esta era clara alusión al hecho de que, desde la década de los años veinte, la consigna de unidad y organización trascendía de los obreros y los mineros a los campesinos y, en ello, los maestros eran un abnegado vehículo de redención y de divulgación ideológica. Símbolo de ese reforzado magisterio sería el mártir de Ranquil, Juan Segundo Leiva Tapia.

Dice Patricio Manns, que "junto a la masacre de la escuela Santa María, la que ocurrió en Alto Bío-Bío es tal vez la más estremecedora". Aunque este escritor y los hechos mismos responsabilizan de dicha masacre a Alessandri, los antecedentes de la misma se remontan a un poco más allá de 1934. Claro está que la causa última es obvia: la injusta distribución de la tierra, el despojo de los mapuches, propietarios originales, y de los colonos largamente afincados en ella, por parte de los poderosos privilegiados. Esa causa pertenece a la historia universal del drama agrario y de la explotación del campesinado. En el caso concreto del Alto Bío-Bío, los hechos empezaron a encadenarse cinco años antes, por lo menos.

"En 1929", refieren Reiman y Rivas, "el gobierno había confirmado a un hacendado los derechos de propiedad sobre 175 000 hectáreas de terrenos en el Alto Bío-Bío. El decreto debió suspenderse poco después, cuando centenares de colonos comprobaron que ocupaban hacía tiempo esas tierras, y que muchos, incluso, habían recibido sus parcelas del propio gobierno." Pero llegó el año 1934 y con él la contraofensiva reaccionaria de los latifundistas asociados en la SNA (Sociedad Nacional de Agricultores). Aquel hacendado contó con la fuerza pública para hacer efectivo el decreto de 1929 y los colonos fueron expulsados a sangre y fuego de sus tierras. Resistieron desesperadamente, aferrándose a sus parcelas, pero, desde luego, poco pudieron sus dos o tres anticuadas escopetas contra las ametralladoras de los verdes. Los diezmó la violencia reaccionaria y el Bío-Bío arrastró en sus aguas muchos cadáveres de hombres, mujeres y niños.

No se trató sólo del despojo al servicio de un hacendado. El problema era más complejo. Los colonos, a quienes antes se había dejado un terreno de invernada de siete a ocho mil hectáreas, fueron trasladados a terrenos cordilleranos, para instalar lavaderos de oro en los que antes ocupaban. Con las familias, la población ascendía a unas diez mil personas. Allí, en tierras difíciles, sembraron trigo, pero el invierno, la nieve y el puelche, viento arrasador de la cordillera, les arruinaron la cosecha. Acudieron entonces a la gran reserva de la naturaleza, a los piñones, único alimento posible en esas horribles condiciones. Pero los hacendados metieron a los puercos a engordar con esos piñones y privaron a las familias de su último recurso para sobrevivir. Era la muerte en masa por hambre. En esas condiciones, se produjo el despojo. La rebelión empezó por expropiar a los pulperos, los que se enriquecían con la especulación a costa del trabajador. El Ejército entró en acción. Surgieron entonces las guerrillas campesinas, las "zonas de autodefensa". Manns ve en ellas las precursoras de "la República de Marquetalia", en Colombia, tres décadas más tarde. Todo el Alto Bío-Bío, las tierras de Ranquil y Lonquimay, en un radio aproximado de ciento cincuenta kilómetros, fue regado con sangre campesina. Juan Segundo Leiva, maestro de veinticinco años, entregado a la causa de los despojados, fue muerto: su cadáver tenía veinte balazos de carabina. Los sobrevivientes fueron llevados a Temuco y a Concepción, atados a las cinchas de los caballos de los soldados. No se sabe cuántos de ellos murieron. Pero el senador Praderas, consigna Donoso, "se refirió a las características que había tenido la represión de los carabineros y al hecho de que de los quinientos prisioneros, sólo veintitres llegaron detenidos a Temuco".

El mismo biógrafo de Alessandri dice que éste trató de restar importancia al levantamiento, atribuyéndolo a la obra de los agitadores. No impidió esto que las cámaras se ocuparan de esos hechos. Y fue en esa oportunidad, cuando el vocero de aquel gobierno, el propio ministro del Interior, Salas Romo, asumió, sin quererlo, la responsabilidad histórica de este otro crimen oligárquico-castrense contra el pueblo chileno. La tesis del Ejecutivo fue la de que la raíz del mal estaba en la labor disolvente de la oposición. El vocero de ese Ejecutivo habló de una gran conspiración para levantar a las masas, que se extendía también a Valdivia, Osorno, la región del carbón, Talcahuano, San Antonio, Valparaíso, la región norte de Santiago y Andacollo, y, en justificación de la masacre, sentó esta tesis que equivalía a una condena a muerte de toda la "chusma querida", la "canalla dorada", a la que Alessandri decía amar tanto: "¿Podría quedarse indiferente el gobierno en presencia de estas actividades?" Los partidos de la oligarquía dejaron constancia de su solidaridad con los masacradores: los liberales llamaron a los radicales para luchar juntos por la conservación "de la estructura social y política del país", y el Comité Liberal de la Cámara de Diputados condenó, mediante un voto, "la propagación de ideas disolventes y los esfuerzos tendientes a derribar el régimen republicano" y reafirmó "el deber inherente a los poderes públicos de defender la República y sus instituciones".

Cuatro años después de Ranquil, Alessandri rubricó este aspecto de su vida pública con la masacre del Seguro Obrero, el 5 de septiembre de 1938. Murieron allí setenta jóvenes militantes del partido nazi-chileno, encabezado por el führer criollo Jorge González von Marees. Murieron también obreros que no tenían nada que ver con los sucesos. La masacre estuvo a cargo del general Humberto Amagada Valdivieso, jefe de carabineros, por órdenes directas de Alessandri. Un volante anónimo, titulado El Masacrador, cuando el León intentó su candidatura presidencial en 1946, recordó el hecho en estos términos: "para llegar, por último, a su obra maestra, a la cúspide de su carrera de carnicero, el suceso más abominable y horrendo que registra la historia de los grandes crímenes de la humanidad: la masacre del Seguro Obrero. El asesinato frío y meditado de cien obreros y estudiantes, rendidos y entregados, acribillados a balazos y repasados cinco veces, por orden del César de Opereta". Cierto que es un papel anónimo. Pero es Donoso quien lo cita y quien lo avala así: "¡Otro 5 de septiembre! El espectro de sus dos caídas anteriores, las de 1924 y 1925, apareció nítidamente en Alessandri, y ante esa posibilidad aterradora, que lo cubriría de eterno ridículo, no vaciló un instante en utilizar todos los medios para reprimir el movimiento". Lo más grave es que él no era antinazi: el fascismo le gustaba. (Remember Bowers.) Masacró por miedo.

COMO SE APLICA LA LEY DE DEFENSA DE LA DEMOCRACIA

Así ha sido. La traición fue Gobierno de Chile.
Un traidor ha dejado su nombre en
nuestra historia.
Judas enarbolando dientes de calavera,
vendió a su hermano,
dio veneno a mi patria,
fundó Pisagua, demolió nuestra estrella,
escupió los colores de una bandera pura.

Pablo Neruda ("González Videla el traidor de Chile", Canto general)

Firmes, firmes hermanos,
firmes cuando en camiones,
agredidos de noche en las cabañas,
empujados, amarrados los brazos con alambre,
sin despertar, apenas sorprendidos y atropellados,
fuisteis a Pisagua,
llevados por armados carceleros.

Pablo Neruda ("Los hombres de Pisagua", Canto general)

Gabriel González Videla, prohombre del radicalismo, fue elegido presidente el 4 de septiembre de 1946 por un Frente Popular de radicales y comunistas, y ratificado el 24 de octubre por el Congreso en segunda elección, ya con apoyo de los liberales, sus derechistas adversarios del día anterior. Durante su campaña, el electo prometió seguir la política progresista de Pedro Aguirre Cerda y retomar la línea radical ("más radical en el nombre que en la realidad", apunta Bowers), desviada por su antecesor Juan Antonio Ríos, "en su afán de contemporizar con las derechas", según el propio González Videla. Esto, junto a los programas de justicia social; reforma agraria, nacionalización de seguros, petróleo, gas, energía eléctrica, etc.; sindicalización en el campo; derogación de leyes represivas; disolución de la policía política, y otros puntos igualmente positivos, le ganó el decidido y decisivo apoyo comunista. ("La elección fue ordenada. González Videla ganó por mayoría relativa, y ésta correspondió exactamente a los votos comunistas", vuelve a apuntar Bowers.) Pero por otra parte, "tiñó su candidatura, para los elementos pacatos, con los caracteres del más peligroso extremismo", apunta ahora Donoso.

Sin embargo, ese susto de los "pacatos" que serían los oligarcas de siempre, era tan gratuito en 1946 como lo había sido en 1920 y 1932. Sencillamente, porque González Videla era una buena réplica moral y política de Alessandri. El siguiente paralelo, de carácter testimonial, es de Donoso:

"Con ningún hombre público chileno ofrece Alessandri afinidades sicológicas más acentuadas que con González Videla: la misma pasión por el poder, la misma tendencia demagógica y la misma versatilidad de ideas los unen con vínculos inconfundibles. Mientras el primero, en su afán de dominio, no repudiaba aliarse con sus adversarios de la víspera, el último veía en el anciano político un ejemplo digno de imitarse, cuyos pasos seguiría con devoción. En un aspecto sí que estuvieron en puntos de vista irreconciliables: en el del fascismo, que Alessandri no rechazó por motivos políticos y que González Videla repudió siempre con decisión y energía."

Podría agregarse a ese paralelo que tal rechazo al fascismo sólo era oral en González Videla, pues éste no desdeñó aplicar en los hechos, los procedimientos de ese sistema. También podría agregarse que obedeció a un oportunismo político, determinado por las circunstancias mundiales de posguerra y particulares del Chile de entonces, que, eran, a grandes rasgos, las siguientes:

Todopoderoso en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos monopolizaban no sólo las materias primas, los transportes, las finanzas y el comercio, sino también la bomba atómica. Acreedores únicos del mundo capitalista, estaban a la cabeza de él y se consideraban omnipotentes. Apenas derrotada Alemania, gracias al ingente y heroico esfuerzo de la Unión Soviética, el imperialismo yanqui volvía contra ésta todo el gigantesco dispositivo que había armado durante la contienda contra el nazi-fascismo y abría la funesta "guerra fría", en su más descarnada expresión: el macartismo. El mismo año que Truman declaró expresamente esta "guerra", el imperialismo hizo del llamado "sistema interamericano" un instrumento de ella, mediante el denominado Tratado de Asistencia Recíproca (puro eufemismo), firmado en Río de Janeiro. Ese mismo año de 1947, curiosamente, se operó la voltereta de González Videla, de la izquierda a la ultraderecha.

En Chile, por otra parte, el capitalismo yanqui había logrado realizar su viejo anhelo de desplazar al centenario rival británico. La pugna comenzó en los lejanos días de José Miguel Carrera y de Joel Roberts Poinsett, pero los norteamericanos tuvieron que esperar un siglo, antes de que las circunstancias les fueran propicias. Esto comenzó en los inicios del siglo xX, cuando el cobre surgió como competidor del salitre en la economía y en las exportaciones chilenas. En 1904, apareció la Braden Cooper, y un decenio después la Kennecot y la Anaconda. Hacia 1925, la Cerro Corp. integraba una poderosa trilogía con esas dos empresas. En su primer gobierno, Ibáñez abrió las puertas a los empréstitos en dólares y las manos para otorgar concesiones, especialmente en electricidad y teléfonos. La Guggenheim hizo su ingreso en Chile por la puerta grande, acaparó el salitre y fue dueña y señora bajo Alessandri. A través de la Corporación de Ventas de Salitre y Yodo, tres empresas de capital anglo-yanqui, propiedad de la Guggenheim, se llevaban la parte del león. Pero, ojo, no del de Tarapacá, cuyo gobierno apenas si alcanzaba la cuarta parte de los ingresos, sino del fiero y voraz león imperialista, que devoraba el setenticinco por ciento. Como remate, durante la guerra, Chile había firmado un convenio con Estados Unidos, en virtud del cual éstos monopolizaron, prácticamente, las exportaciones del cobre.

Por todo ello, el "izquierdista" que tanto alarmara a los "pacatos" ya había dejado de serlo antes de ocupar la presidencia. Lo que cuenta el entonces embajador yanqui, nuestro conocido Claude G. Bowers, es revelador:

"Puedo dar testimonio personal de su sincera admiración y respeto por los Estados Unidos. Con la impresión errada de que yo lo consideraba inamistoso, me invitó a su departamento entre el día de su elección, y el de asunción al poder.

«Yo sé», afirmó, «que el futuro de Chile, su desarrollo industrial, su bienestar económico, dependen en gran parte de la amistad y colaboración de los Estados Unidos. Chile necesita capital y desea capitales norteamericanos, a los que puede garantizar un trato justo.»

Dio prueba muchas veces de que ésta era su manera de pensar, aunque a veces se interponía la presión de la política interna. Encontré casi invariablemente a su gobierno bien dispuesto hacia el mío." '

Y más todavía:

"En dos prolongadas entrevistas con González Videla antes de la transmisión del mando, una en su departamento en la Plaza Bulnes y la otra en mi casa, me dijo que puesto que los comunistas le habían dado la ventaja, estaría obligado a colocar a tres ministros de ese partido en su gabinete. Me dio la impresión de que no creía que fueran a durar mucho."

La premeditada voltereta se produjo en hora temprana. A los seis meses de aquellas confidencias a mister Bowers, el respetuoso .admirador de los Estados Unidos destituyó a los tres ministros comunistas. Fue el inicio de la escalada macartista.

En agosto del mismo año, pidió y obtuvo del Congreso una ley de facultades extraordinarias, que no fue sino la implantación de la dictadura reaccionaria. Luego sobrevinieron la ruptura, bajo cualquier pretexto, con la Unión Soviética, Checoslovaquia y Yugoslavia, y la Ley 8987 de Defensa de la Democracia en 1948, que el nada izquierdista Donoso considera como "el código más draconiano dictado hasta entonces en la República". Cinco veces se hizo otorgar González Videla facultades extraordinarias del Congreso, lo cual quiere decir que su gobierno fue una ininterrumpida dictadura legal de corte fascista.

Lo supieron muy bien los trabajadores de la zona del carbón y los confinados al campo de concentración de Pisagua. El centro de la zona del carbón es Lota, a cuarenta kilómetros al sudeste de Concepción y a seiscientos de Santiago. En octubre de 1947, los mineros se declararon en huelga, impulsados por las miserables condiciones, sobre todo de salario y vivienda, de ellos y sus familias. Muchos de esos obreros trabajaban a quinientos y ochocientos metros de profundidad, en galerías que penetraban hasta ocho kilómetros bajo las aguas del Pacífico. Hasta Bowers reconoce la justicia de la huelga: "estos mineros mal pagados y con habitaciones deficientes, tenían buenas razones para quejarse, y al principio, se ganaron las simpatías de muchos de los ciudadanos más conservadores".

Pero entre esos ciudadanos no estaba González Videla, elegido un año antes con el voto de los mineros de la zona del carbón. Lo que éste hizo fue enviar a la Fuerza Armada, al mando del almirante Hoffman. Debieron haber trascendido mucho las atrocidades cometidas por esa tropa, cuando hasta diarios de Nueva York y Washington escribieron editoriales contra la represión y el New York Times provocó la ira del canciller Vergara Donoso, quien increpó al embajador yanqui: "¿Era imposible convencer al pueblo norteamericano de que Chile no era un Estado fascista, sino uno de los bastiones de la democracia en Sudamérica" "Le contesté que yo mismo había dudado, a menudo, de esa posibilidad", refiere el mismo embajador.

En el testimonio chileno, desde luego, palpita la indignación mayor. Para Alfonso Alcalde, fue la de 1947 "una de las represiones más brutales que se conocen en la historia de nuestro país. El mineral fue cercado por tropas de soldados y carabineros." Los mineros fueron cazados y arrojados al fondo de la mina para que reanudaran el trabajo, por decreto de González Videla. Como se resistieran aún así, llevaron campesinos que no sabían lo que era un pique, en carácter de rompehuelgas, mientras familias enteras eran arrancadas de sus barracas y transportadas, como ganado, hasta el campo de concentración de Pisagua. Alcalde documenta los hechos con testimonios de primera mano.

Otro documento describe las condiciones de vida de Pisagua, la "pampa muerta", al extremo norte del país, en la provincia de Tarapacá. "El descenso hacia Pisagua hace pensar en que el régimen que hoy oprime a Chile usó de toda su degenerada inteligencia para elegir este lugar como campo de concentración [...], infeliz puerto abandonado, estrecho, sucio, ruinoso, muerto, sin porvenir desde que el salitre se embarca de preferencia en Antofagasta, Tocopilla e Iquique". La desolación y el aislamiento de Pisagua no precisaba de alambradas, de cercas electrificadas. El campo era un estrecho corredor de seis cuadras de largo y menos de una de ancho, enmarcado por el mar y los altos cerros de la Pampa del Tamarugal. Cien hombres del Ejército, Carabineros, Aviación y Defensa de Costa, eran suficientes para cerrar toda posible salida, por el sur y por el norte, a los trecientos veinte relegados y a sus familias. Un facineroso "que merece ser expulsado del ejército por nazi, incapaz, inmoral y corrompido", según el documento que cito, el mayor Luis Salde Walker, era el jefe militar de Pisagua. Un cuarto de siglo después, una cuadrilla de bandoleros con grado militar, descendientes directos de Saldes Walker, ha rehabilitado el campo de concentración de Pisagua, junto con los de Quiriquina, Chacabuco y el Estadio Nacional de Santiago; las islas Dawson y Santa María y las naves de la Marina de Guerra transformadas en presidios flotantes. El lector sabe que me refiero al gang encabezado por Pinochet.

En su Breve biografía de un traidor, que es la de González Videla, Pablo Neruda vaticinó: "La sangre derramada por el abyecto traidor no se borrará de las calles de Santiago. Se reflejará eternamente en la blancura de la orgullosa cordillera nevada y arderá como una lámpara inextinguible". Ahora que Neruda está físicamente muerto, su palabra vive y cae sobre los traidores que angustian, pasajeramente, al pueblo chileno. Comprenderá el lector por qué González Videla se arrodillaba en el reclinatorio de terciopelo rojo, en la Catedral de Santiago, el 18 de septiembre de 1973, para oír una "misa ecuménica" junto a Pinochet y compañía.

ALESSANDRI II: EL MAGO DE LA ALIANZA PARA EL PROGRESO

No sirve la Reforma
que inventó el Paleta;
el pueblo no comulga
con ruedas de carreta.

No admitimos engaños
ni aceptamos migajas,
exigimos la tierra
para el que la trabaja.

El pueblo está cansado
de tanta explotación,
y el campesino sueña con la Revolución...

Cantar anónimo popular. (Sátira contra la ley 15020, de 1962)

En el mismo reclinatorio, codo con codo a González Videla, oía la ''misa ecuménica" el cachorro, Jorge Alessandri Rodríguez, antepenúltimo presidente de Chile. Es claro que si ocupaba ese puesto era porque tenía ejecutorias para ello, si no tan espectaculares como las del León, suficientes, por lo menos para poder arrodillarse al lado del aventajado discípulo de aquel. Al fin y al cabo, él también lo era, además de aprovechado vástago. Pero lo que más acercaba a ambas momias en la Catedral no era tanto su común unción religiosa cuanto la estrecha colaboración de ambos, entre 1947 y 1950, cuando Alessandri fue ministro de Hacienda de González Videla y, en tal carácter, coautor de leyes represivas como la de Facultades Extraordinarias y la de Defensa de la Democracia, más propiamente llamada, por los trabajadores chilenos, Ley Maldita.

Ingeniero muy competente, lo fue mucho más como hombre de empresa. Se inició, bajo los siempre endogámicos y eficaces auspicios de su padre (lo que, en otros términos, se llama nepotismo), como presidente de la Caja de Crédito Hipotecario en 1932, y, después, como accionista e igualmente presidente de la Manufacturera de Papeles y Cartones de Puente Alto. Esta empresa llegó a tener el monopolio de papel y, por tanto, a dirigir una política publicitaria cuyos controles estaban en manos del próspero clan político-económico Alessandri. En otros términos, ese control colocaba a la familia en una privilegiada posición ofensiva y defensiva, en orden a los medios masivos de comunicación impresos. En 1947, la Manufacturera tenía un capital de ciento sesenticinco millones de pesos y, señala Donoso, "no hubo desde entonces semanario u hoja diaria que se atreviera a mencionar a la familia sin colmarla de elogios, ante el temor de las represalias o suspensión automática de los suministros de papel". El hombre de empresa amplió su influencia a la Confederación de la Producción y del Comercio y al Banco Sud Americano. En 1958, cuando fue elegido presidente, Alessandri II era, según el reporte de un siempre bien informado periodista francés, "propietario de un racimo de grandes empresas papeleras, metalúrgicas y textiles, principal accionista de instituciones bancarias y de seguros". Era, pues, por excelencia, el representante empresarial de la más rancia oligarquía.

Tenía que ser el candidato lógico de una derecha que buscaba, como obtuvo, la recuperación plena del poder. "La derecha, desde luego, consiguió imponer su candidato, quien aparte de esas fuerzas, atrajo a una buena fracción del electorado independiente, sobre todo femenino, con su reputación de austeridad y de competencia." En efecto, Alessandri obtuvo 387 297 votos. Salvador Allende ocupó el segundo lugar, con 352 915 y Frei el tercero, con 252 168. El lema del candidato triunfador era: "el país no necesita de revoluciones ni de fórmulas mágicas o demagógicas. Lo que hace falta es que sea bien administrado". No era esto muy moderno, por cierto, ni muy original Más de medio siglo antes, don Porfirio Díaz había enunciado, en México, una fórmula muy parecida: "menos política y más administración". ,

Era, naturalmente, el punto de vista de un representante de los intereses empresariales chilenos, pero también, como don Porfirio, de un guardián de los colosales intereses extranjeros, como lo demuestra una simple estadística: la Kennecot y la Anaconda, en 1963, penúltimo año de Alessandri, había sacado de Chile, desde su instalación en el país, cincuenta años antes, cuatro mil ciento seis millones de dólares por la explotación del cobre. En el mismo tiempo, la Guggenheim había sacado novecientos setenta millones de dólares por los minerales de hierro. Sumadas a esas "utilidades" las obtenidas por empresas imperialistas en ochenta años de expoliación salitrera, el saqueo arrojaba un total de nueve mil trece millones de dólares, en 1963. Las inversiones directas de los consorcios extranjeros sumaban novecientos millones de dólares y los préstamos y créditos externos mil ochocientos millones.

Las demandas populares en 1958 eran muy concretas: defensa de las libertades públicas y de las conquistas sociales; defensa de los derechos de los trabajadores y mejoramiento de sus condiciones de vida; nuevas fuentes de trabajo para combatir la cesantía; cumplimiento de los salarios mínimos en el campo y restablecimiento del derecho de sindicación campesina; defensa del petróleo y demás riquezas nacionales. Pero esas demandas no podían encontrar eco en los oídos del representante de la oligarquía, cuyo programa era diametralmente opuesto: defensa de la libre empresa, no intervención en la economía, anticomunismo en el interior y política resueltamente pronorteamericana en el exterior.

Lo que el campesinado quería era una ley que verdaderamente le permitiera sindicalizarse, modificando la de González Videla, que era una burla. En el año de la represión en la zona carbonífera de Lota y Schwager (1947), qué emitió la que se llamó Ley de Sindicación Campesina, cuya esencia sintetiza alguien tan autorizado como Jacques Chonchol:

"ella emanó de un Parlamento en el que dominaban o primaban los elementos latifundistas. Así, la ley prácticamente impedía de un modo muy inteligente la sindicación campesina. Desde luego, emitió la sindicación industrial. Sólo se aceptaban sindicatos fundo por fundo, tal como existían sindicatos de empresa por empresa. La exigencia parecía razonable, pero también era necesario un número mínimo de trabajadores permanentes, lo que automáticamente impedía la sindicación del 38% de los trabajadores que laboraban en predios con un número inferior de los trabajadores permanentes."

Alessandri no modificó esa situación. Al contrario, aplicó el modelo burlesco de González Videla para otra ley largamente reclamada por los campesinos: la de reforma agraria. En 1962, fue emitida la Ley 15 020, otro modelo de truculencia del más clásico estilo alessandrino. "Esa ley -análogamente a lo que acontecía con la Ley de Sindicación Campesina-, estaba calculada para que hubiera ley y no hubiera expropiaciones [...] Era una ley muy curiosa. Se podía expropiar en principio cualquier predio [...] Había que fijar el valor y esto se discutía en los tribunales [...] La fijación del precio se podía pleitear cinco o seis años [...] Ahora bien, como el principio constitucional establecía que mientras no se pagara el valor no se podía tomar posesión material de la tierra, podía darse el caso de tener expropiadas todas las tierras y no poder tomar posesión física de ninguna." Los refinados políticos de la oligarquía dominaban el malabarismo legalista: "hecha la ley, hecha la trampa". El pueblo siempre quedaba defraudado y por eso la llamó Reforma de Macetero.

Lo demostraron los hechos: de las 1 210 familias que recibieron pequeñas parcelas, entre 1958 y 1965, casi ninguna era de origen campesino. Reiman y Rivas destacan que "las tierras que se les dieron eran todas de procedencia fiscal. La gran propiedad agraria seguía intacta. Por otra parte, la ley sirvió para que algunos grandes hacendados, como Jaime Larraín García Moreno o Salvador Correa Larraín, vendieran a la Caja de Colonización o a la recién creada Corporación de la Reforma Agraria (CORA) sus latifundios, en precios que a veces alcanzaron hasta el séxtuplo del valor comercial". Pero, en Washington, el presidente Kennedy estaba satisfecho de Alessandri. Con la reforma agraria cumplía uno de los postulados de la Alianza para el Progreso: "sin reformas estructurales, era imposible perfeccionar la democracia".

Sin embargo, la realidad era muy diferente. No sólo se defraudaba al pueblo. También se le mataba por hambre o a balazos. Lo primero aconteció otra vez en Lota, en 1960, y lo segundo en la población José María Caro, en 1962. En Lota, los mineros del carbón declararon una huelga que duró noventiséis días. La naturaleza se encargó aquí de la masacre: en mayo de 1960, un terremoto y maremoto arrasó el sur de Chile, causó daños por cuatrocientos millones de dólares, dejó sin hogar a trescientas cincuenta mil personas y mató a otras cinco mil. El cataclismo se confabuló con el invierno. Los trabajado- res de Lota sufrieron sus violentos efectos. Quiso el gobierno de Alessandri aprovecharse de ello para hacer cesar la huelga, pero los trabajadores no cedieron. Entonces aquél, en vez de acudir en socorro de las víctimas, golpeó a los huelguistas con extrema perfidia. Según Omar Sanhueza:

"Hubo represión que no fue física, que fue de otra naturaleza y que es peor. Porque cuando a uno lo atacan físicamente uno se puede defender. Pero a mí me parece que es peor la represión si vienen camiones con víveres y que valen en plata una cantidad no determinada, pero que en lo que representan valen mucho más que esa cantidad porque viene reflejada la solidaridad de los trabajadores. Y ahí en Concepción los desviaban para otras provincias y a nosotros nos dejaban sin comer. Esa es una represión peor porque aquí murieron muchos niños, murieron de hambre porque no había leche, no había pan."

Tres años después, en José María Caro, la Aviación baleó la muchedumbre pacífica, con un saldo de ocho muertos y más de cuarenta heridos. "Este es uno de los crímenes más inexplicables de toda la historia delictual -constitucional de Chile", escribe Manss. "Jorge Alessandri jamás dio explicaciones al pueblo. La población entera había iniciado la marcha hacia el centro para cobrar revancha a mano limpia, cuando Salvador Allende -entonces senador- logró detenerla."

Casi en vísperas electorales, el 11 de agosto de 1964, Alessandri rompió relaciones diplomáticas con Cuba, en obediencia a las órdenes del Departamento de Estado, impartidas por intermedio de la OEA. Fue su último servicio al imperialismo. Ultimo como presidente de Chile, mas no como adicto fidelísimo. En este carácter, su último servicio, hasta hoy, ha sido el de representante del comando fascista en las conversaciones con la Anaconda y la Kennecot, para indemnizar a éstas por la nacionalización de Allende. Así dijo la información del 18 de diciembre de 1973. Pero la verdad de fondo es a la inversa: Alessandri es el representante de las empresas, ante los integrantes del gong que se dice Junta.

"UNA MASCARA EN VEZ DE LA CARA AUTENTICA" (FREI)

Pedro. También hay obreros despistados en la democracia cristiana.

Juan. (Afirmándose en la mesa, agresivo.) No nos compare con esos masacradores. Nosotros estamos junto al pueblo.

Víctor Torre: (Una casa en Lota Alto)

Reconstruir ciertos importantes elementos de la sociedad sin verse obligado a disparar un solo tiro ni a tocar un solo cabello de un niño

Frase democratacristiana citada por John Gunther en Sudamérica por dentro.

La tercera momia arrodillada en la Catedral de Santiago, durante la "misa ecuménica", junto a González Videla y a Jorge Alessandri, el 18 de septiembre de 1973, era Eduardo Frei, penúltimo presidente de Chile y último de la oligarquía. Porque Frei es oligarca, por origen y por ideología. Católico de nacimiento y militante del Partido Conservador, en sus primeros años de vida política, abandonó esa filiación hacia la década del treinta y, bajo la tutela de un cura, Vives, formó parte del grupo fundador de la Falange Nacional. Evidentemente, este núcleo original de la después democracia cristiana era de derecha, tuviera o no ribetes fascistas. En 1944, Frei fue llamado al Gabinete por el presidente Ríos y, después, elegido senador dos veces, en 1946 y en 1957. Lo hemos encontrado páginas atrás como candidato en las elecciones presidenciales de 1958, perdiendo, no por una nariz, como se dice en los hipódromos, porque en tal competencia es imbatible, sino por abrumadora diferencia de votos frente al candidato de la ultraderecha, Alessandri, y al de la izquierda, Allende.

Su suerte fue otra en 1964, gracias a la Revolución Cubana que, en cierta forma, lo hizo presidente, aunque de ello se jactase el jesuíta belga Roger Edouard Vekemans von Canvalaert y aunque los votos fueran suministrados por radicales, liberales y conservadores, unidos en un temblor común ante el inminente triunfo de Allende. Esto debe explicarse, pues en último análisis, lo que hizo presidente a Frei fue el miedo imperialista a la Revolución Cubana y a su poderosa e inevitable proyección en las grandes mayorías latinoamericanas. Inoperante la Alianza para el Progreso, como alternativa seductora y "pacífica" a la revolución (a los ojos de las masas) , por una parte, e incapaces por sí solas las otras fuerzas electorales chilenas para oponer un dique, aunque fuera fraudulento, al impetuoso avance de las izquierdas encabezadas por Allende y su aplastante prestigio, por la otra, el imperialismo echó cuentas: escogió, entre las fuerzas electorales oligárquicas a la democracia cristiana, que consideró la menos desprestigiada y la menos erosionada, por más reciente para canalizar hacia ella todo su apoyo y su omnipotente influencia sobre el resto de la derecha, y para formar así un solo bloque frente al FRAP. El agente ejecutor de esa suprema voluntad y de esa estrategia fue Joseph Jova, consejero y factótum de la embajada yanqui en Santiago y ex-cómitre de la United Fruit Company.

Cuenta Eduardo Labarca Goddard que en alguna escaramuza verbal entre Vekemans y Frei, éste le dijo: "No olvide usted que el presidente soy yo"; a lo que el jesuíta replicó: "Recuerde, presidente, que yo lo elegí. Creo un poco exagerada la jactancia de este eficiente soldado de la Compañía de Jesús. El gran elector de Frei no estaba en Santiago y ni siquiera tenía figura humana, mucho menos sotana. Era ecuménico, como la misa del 18 de septiembre: como el Dios de Vekemans, estaba en todas partes y nadie lo podía ver... aunque se hacía sentir: era el imperialismo. Pero Vekemans, si incurría en el feo pecado de vanidad, el mismo que perdió a Luzbel, no mentía del todo: él no hizo al presidente Frei, pero sí al candidato de la reacción chilena e internacional.

A raíz de la derrota de 1958, Vekemans emprendió la tarea de modelar al candidato, como Yahvé a Adán con un poco de barro. En 1964 "vio que su obra era buena" y la puso en manos de Jova: había elaborado una doctrina social para oponerla al marxismo; establecido un compromiso militante entre la Iglesia Católica chilena y la democracia cristiana, y obtenido el apoyo político y económico de los gobiernos y partidos democratacristianos de la Europa occidental, del gobierno de los Estados Unidos y del Vaticano (Labarca Goddard). A John Gunther, que conoció esta eminencia gris con sotana negra en el ejercicio pleno de su tutoría política, le pareció "un hombre notable, una de las personalidades más impresionantes que he conocido en Sudamérica". No podía ser de otro modo. "Muchas veces escuchamos a otro proclamar ideas lanzadas por él y muchas veces la gente no sabe el origen de esas ideas", dice también Gunther. Pero no dice que Frei estuviera entre esos otros.

"Por misteriosos caminos de lo que no se habla, y siempre oficialmente negados, la campaña de Frei fue sostenida por dólares yanquis y pilas de pesos chilenos [... ] Un cálculo razonable indica que los democratacristianos obtuvieron alrededor de un millón de dólares mensuales, durante muchos meses, de fuentes norteamericanas, y de dieciocho a veinte millones de dólares más provenientes de democratacristianos de Alemania occidental, Italia y Bélgica", reveló Bernad Colliers, en febrero de 1967, en la revista dominical de The New York Times. Revelaciones similares había hecho en la RFA la revista Der Spiegel, dos semanas después de las elecciones de 1964. De allí que El Mercurio de los Edwards, "socios menores del todopoderoso grupo Rockefeller", rompiera la marcha en la ruidosa publicidad de la campaña de Frei, dentro de Chile. La ayuda comprendió, además, el envío de mil ochocientos promotores, disfrazados de "activistas apostólicos", integrados al trabajo de promoción social, según los pintó el cardenal Silva Henríquez. Las "donaciones del pueblo de los Estados Unidos", como rezaban los paquetitos distribuidos por la organización Caritas, llovieron sobre campos y ciudades: utensilios y alimentos. Vehículos y equipos de proyección, grabación y transmisión ingresaron sin pagar impuestos, porque, desde luego, el gobierno de Jorge Alessandri estaba dentro del juego.

Frei presentó un programa progresista, calculado para captar la adhesión de las masas, las cuales, naturalmente, no tenían por qué conocer la inmensa tela de araña que se tejía, en la oscuridad, en el misterio, para envolverlas oportunamente. Ese programa prometía, entre otras cosas, reforma agraria, chilenización del cobre, fortalecimiento del Ejecutivo, reforma fiscal, lucha contra la pobreza y participación de los obreros en los beneficios de las empresas. Hay que admitir que, como en 1920, en 1932 y en 1946, con Arturo Alessandri y con González Videla, muchos sectores populares se engañaron, se dejaron atrapar en aquella red. Las mujeres fueron más sensibles a la hipnosis de las dádivas y del terror: por Allende votaron casi tantos hombres como por Frei (606 356 y 673 678, respectivamente). Era comprensible: se les decía que sus hijos serían "enviados a Rusia, como en Cuba".

Claro está que el gran elector había puesto su OK al programa de Frei, porque, como dice el citado Bernard Collier, Frei

"en Washington convenció a la Casa Blanca y al Departamento de Estado de que los Estados Unidos debían respaldarlo. En Wall Street convenció a los hombres de negocios. "No, no nacionalizaré las minas de cobre", se cuidó de argumentar, "pero sí las queremos en asociación. No, no expropiaremos toda la tierra, pero tomaremos y distribuiremos la que está abandonada; nos preocuparemos de no tomar la que produce alimentos"."

Todo el mundo sabe que, en el sexenio democratacristiano, el pueblo fue nuevamente burlado. Se cumplió el pronóstico de un político chileno, hecho en la década anterior. En 1955, circuló un pequeño libro titulado La verdad tiene su hora, que contenía cuatro ensayos ("Intervención y libre empresa, socialismo burocrático"; "La crisis de la democracia"; "Existe un camino" y "América tiene un destino").

El librito tuvo fortuna: cuatro ediciones, entre agosto y noviembre de 1955. El pronóstico que se cumpliría era éste:

"es posible que la faz de democracia, libertad y convivencia vaya perdiendo su substancia y así en vez de ser la cara auténtica, termine por convertirse en una máscara que cualquiera puede arrojar [...] Una vez y otra el pueblo ha sido defraudado, porque se le ha ofrecido más de lo que un gobierno estaba en situación de dar, y se le han hecho promesas sin relación con los recursos reales del país [...]"

Ruego al estimado lector que me excuse por haber dejado en el tintero el nombre del autor de La verdad tiene su hora: Eduardo Frei M. (Editorial del Pacífico, S. A.)

Si bien la máscara a la cual se refiere Frei en su opúsculo fue arrancada violentamente, con toda la piel y la carne de la cara oligárquica, para que chorreara su sangre sobre todo Chile, en septiembre de 1973, ya había empezado a deteriorarse y a caerse a pedazos desde mucho antes. Lo más doloroso de esos pedazos fueron las masacres que sufrió el pueblo a manos de la tradicional delincuencia castrense y de la también tradicional complacencia oligárquica. El ya conocido chicaneo de los políticos fue hábilmente manejado por Frei, de modo que ni la reforma agraria ni la chilenización del cobre existieron realmente.

Del seno mismo de la democracia cristiana en el poder, salieron las evidencias de que el yeso de la mascarilla se quebraba, se le caían costras. Quien presidiera el partido en el poder hasta 1968, Rafael Gumucio, encabezó la rebelión con un definitorio emplazamiento: "¿Dónde está la revolución prometida " Es decir, la "revolución en libertad", la "revolución sin sangre" de la propaganda freísta. La democracia cristiana también se quebró, se escindió.

Por otro lado, el proyecto de reforma agraria salió del Congreso hecho ley, en junio de 1967, mediatizado, sucio después de haber entrado limpio, como sale un espeleólogo de la caverna. El autor del proyecto, Jacques Chonchol, experto de la CEPAL antes de ocupar la dirección del INDAP, abandonó este organismo ante el "desplazamiento de la reforma hacia la derecha". El mismo situó el problema con el lenguaje del técnico economista, totalmente aséptico de adjetivación emocional: la reforma agraria se había ubicado "en el tipo de reformas no incluidas en un contexto global revolucionario [. ..] No es de extrañar, pues, que el programa de reforma agraria resultara un proceso bastante difícil de negociación política y social: por un lado, había que concretar suficientes realizaciones como para responder a las aspiraciones que existían y que se habían creado; por otro, se procuraba conciliar al grupo empresarial existente con el programa de cambios sociales". Traducido al lenguaje común y corriente del hombre de la calle, todo eso quiere decir, liso y llano, que no hubo tal reforma agraria.

En cuanto a la chilenización, no fue otra cosa que la asociación con las empresas explotadoras del cobre mediante la adquisición por el Estado de un 51% de las acciones. Pero esto se hizo de tal manera, que fue un excelente negocio para las empresas y un sacrificio más para el fisco y pueblo chilenos. En su histórico discurso de Rancagua -que recuerda al de Balmaceda, en 1886, citado al principio-, cuando Allende anunció el 11 de julio de 1971 al pueblo chileno la nacionalización integral del cobre, demostró aquel hecho con cifras tan certeras como disparadas por mano araucana. De ellas recojo sólo una, global y contundente, sobre las utilidades de las empresas, antes y después de la chileniza-ción, sumadas las de las tres grandes minas: El Teniente, El Salvador y Chuquicamata: 213 000 000 de dólares, entre 1960 y 1964, contra 552 000 000, de 1965 a 1970...

No se pagaron sólo en dólares. Se pagaron también con sangre del pueblo. El primero que dio la voz de fuego, contra los trabajadores de El Salvador, en 1966, fue el ministro de Defensa, Juan de Dios Camión a, un eslabón más entre el general José Manuel Ortúzar, asesino de treinta obreros en Valparaíso en 1903, y Pinochet y su banda, cuyo pasivo rojo cuenta ya más víctimas que las del masacrador mayor de Chile, Roberto Silva Renard. Cristiana y democráticamente, Carmena envió efectivos militares a Atacama, contra los obreros de El Salvador, con instrucciones de reprimir la huelga como los militares saben hacerlo. El 11 de marzo, relata Manss, se escuchó por teléfono esa voz de fuego y los obreros que estaban, con mujeres y niños, en su local sindical, fueron acribillados con metralletas, carabinas ametralladoras y armas cortas. Dos mujeres y seis obreros murieron en el acto; treintisiete fueron heridos y algunos quedaron inutilizados para toda su vida.

En 1967, Frei intentó hacer pasar en el Congreso una ley por la cual, entre otras cosas, serían disminuidos los salarios y prohibidas las huelgas. La Central Única de Trabajadores (CUT) convocó a un paro general, que se realizó el 23 de noviembre. Frei lanzó contra el pueblo los cuerpos armados, entrenados en la represión. Esta fue particularmente violenta en Santiago, en el distrito de Quinta Normal, en el barrio de San Miguel y en la comuna Barranca, entre la ciudad y el aeropuerto. Siete muertos, más de sesenta heridos, doce de ellos graves, y alrededor de mil intoxicados con los gases lacrimógenos y vomitivos, fue el saldo de ese día. Entre los muertos hubo un niño, y entre los heridos otros niños y varias mujeres.

Dos años después, el Ministerio del Interior estaba en manos de un individuo que se preciaba de ser "duro": Edmundo Pérez Zujovic. Fue él quien quitó los collares a la jauría y la azuzó contra los pobladores de los terrenos conocidos como Pampa Irigoin, en Puerto Montt, en otro marzo sangriento: el de 1969. Nueve pobladores murieron y más de treinta quedaron heridos.

Los atropellos de Frei contra el pueblo son muchos más. Los carabineros fueron lanzados contra otros pobladores en marzo de 1967, en un terreno colindante con la Carretera Panamericana que va al aeropuerto de Pudahuel. El diario El Siglo, el 17 de marzo de 1967, informó con estos titulares: "Acción militar contra 800 familias. Así actuó Carabineros contra mujeres y niños". En 1968, la senadora socialista María Elena Carrera fue apresada en el fundo San Esteban, a cinco kilómetros de Los Andes, cuando chocaron doscientos campesinos contra los carabineros. Los campesinos fueron desalojados por orden de Pérez Zujovic, "haciendo el juego a los momios", dijo el diario Clarín. Esas escenas de desesperación ante el engaño de una prometida e incumplida reforma agraria, se reprodujeron numerosas veces: en ese mismo año, en Coquimbo, Talca, Bío-Bío, y otros lugares. En Bío-Bío, la causa de la rebelión campesina es reveladora: la compañía manufacturera de papel cartón, de la familia Alessandri, intentó convertir los cultivos agrícolas de la hacienda el Desagüe en zona forestal, para la industria papelera. Reveladora es también la causa de la rebelión de 1969, en Ranquil y Libertad: 150 000 trabajadores fueron despedidos por los terratenientes, pretextando la sequía.

La denuncia de este monstruoso atropello partió de la federación, El Triunfo Campesino. No era ésta marxista, no estaba dentro del FRAP: pertenecía a la democracia cristiana.

Pero Frei siempre dijo que la culpa de todo era de los "agitadores comunistas". Era el eco de las voces de Riesco, de Montt, de Alessandri, de Duhalde, de González Videla, de Ibáñez y de Alessandri II.

* * *

Y ahora, para concluir, después de este recorrido por la entraña lacerada de esa historia, una reflexión final, en medio del dolor que nos es común a todos los pueblos de la América Latina, ante el de uno de nosotros. Si hubiera sido verdadera la historia convencional elaborada por la oligarquía chilena, para ofrecer de sí misma una imagen modelo ante el mundo, cabría el peligro de que el pueblo, hecho a una supuesta vida muelle, sin tiranos ni sangrías, no tuviera energías para la lucha, ahora, bajo el terrible golpe que descargaron sobre él sus enemigos de siempre. Pero no es así.

Para que estemos seguros de que así será, he escrito esto. Y lo termino, precisamente, cuando un cablegrama de la Asociated Press, del 25 de diciembre, viene a confirmarlo. Informa ese cablegrama que Pinochet, "en su primer mensaje de navidad a la nación, dijo que la Junta Militar mantendrá sus severas medidas de seguridad ante la porfía de chilenos equivocados, guiados por mercenarios extranjeros que pretendieron y aún pretenden hacer de nuestra patria zona de cultivo de ideologías muy distintas a nuestra idiosincrasia democrática". Ya conocemos esta idiosincrasia. ¡Pueblo bravo el chileno!


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
Capitulo Anterior Proximo Capitulo Sube