Chile Vencerá

Raúl Roa

CHILE EN EL PANORAMA INTERNACIONAL

Señor presidente, señores delegados: (1)

Aún no hace un año levantó en este recinto su palabra veraz, enérgica y esperanzada un hombre que acaba de ofrendar la vida en aras de la voluntad democrática de su pueblo, de la causa del socialismo y del decoro humano. Un hombre cuya voz erguida, aleccionante y sobrecogedora resuena multiplicada después de haberse apagado tras titánico combate. Me refiero -lo sabéis todos- a Salvador Allende, presidente constitucional de Chile. Ese hombre y ese nombre, ya ungidos por la inmortalidad -que comparte con los más grandes héroes y mártires de nuestra América- no pueden pasar de soslayo en esta Asamblea. Por lo que simbolizan para la decencia humana, la lealtad a los principios, la nobleza de propósitos, la entrega a la patria y la fe en la humanidad, ese hombre y ese nombre demandan el homenaje de un instante de silencio, la rendición viril de nuestros espíritus a la grandeza del suyo que, en el trance supremo, se alzó a alturas inconmensurables.

[....]

Proyectaré ahora la cruda luz de la verdad sobre lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Chile. Es un deber que cumplo como ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, como revolucionario marxista-leninista, como compañero de Salvador Allende y como simple ser humano. Puntualizo esto último porque quiero diferenciarme de los que aquí representan el bestiario y la selva.

Los junteros del fascismo colonial y la propaganda imperialista han pretendido tender una cortina de imposturas, falacias, calumnias, impudicias adulteraciones y vilezas para ocultar sus maquinaciones, felonías, pillajes, infamias, crímenes y responsabilidades. Esa ha sido también la burda intención del ridículo, mentiroso, resentido, cobarde y canallesco "yo acuso" del ex ministro del gobierno de la Unidad Popular y vicealmirante de alquiler que deshonra esta Asamblea con su estigma de traidor en la frente y la charretera tinta en sangre de los asesinatos de miles de chilenos. La mano tarifada de Enrique Bernstein, ex director de Relaciones Internacionales del gobierno del Presidente Allende y demócrata-cristiano confeso, no es ajeno a ese sucio, bajuno, primitivo y repelente libelo.

Pero serán los hechos los que sienten al presunto acusador en el banquillo de los acusados.

Salvador Allende asumió la Presidencia de la República de Chile, por la voluntad del pueblo expresada en las urnas, el 4 de noviembre de 1970. Entre los comicios en que resultó triunfante y ese acto, se sucedieron una serie de maniobras urdidas por la Embajada norteamericana y las empresas transnacionales como la ITT, enderezadas a cerrarle el camino a la presidencia mediante una explosión de ciega, exasperada y cavernaria violencia La escalada fascista de la reacción y el imperialismo, que culminó con su heroica caída el pasado 11 de septiembre y el desencadenamiento del terror más desenfrenado, se inició al día siguiente de las elecciones. El asesinato del jefe del Ejército, general Rene Schneider, por su posición leal y consecuente, fue la trágica señal que convocó a la guerra fascista contra el gobierno, los partidos de la Unidad Popular, los movimientos de izquierda, las clases trabajadoras y las capas progresistas de la población. Algo similar al incendio del Reichstag por los nazis, que desató la cacería humana de comunistas, socialistas, antifascistas, judíos y extranjeros, que ya está hoy aventajando, por su ferocidad inaudita, la Junta golpista.

Esta "demencia de los desesperados", como la calificó el presidente Allende, era claro indicio de la aparición del fascismo en Chile, aunque todavía enarbolando hipócritamente lemas democráticos. Sus centros principales eran el cerril Partido Nacional y el grupo lombrosiano Patria y Libertad, secundados a la sazón, y siempre con miras y ambiciones propias, por la dirección derechista del titulado Partido Demócrata Cristiano y, sobre todo, por su máximo conductor, el ex presidente Eduardo Frei, en quien, como diría Maquiavelo, se funden la astucia del zorro, la alevosía de la pantera y el apetito de la hiena. Y, escondiendo la cara a veces, otras dándola con su habitual descoco, presente en las manifestaciones de esa trama inmunda y manejando sus hilos, el imperialismo norteamericano. Las Fuerzas Armadas, bajo la jefatura entonces de un hombre fiel a sus obligaciones constitucionales, permanecían aparentemente en sus cuarteles, sin perder ocasión sus más altos mandos de hacer gala de su lealtad, profesionalismo y apoliticismo. Y, desde luego, entre los más obsecuentes y parleros, figuraba el cabecilla de la Junta golpista, general Augusto Pinochet, nazi convicto y ruidoso ejecutor de masacres obreras, como la que dirigió, por citar un ejemplo, durante el gobierno de Frei.

En ese adverso contorno comenzó su gestión democrática, removedora y socialista, el presidente Allende, sinceramente convencido de poder cumplir su programa de echar los cimientos de una sociedad más justa y humana en Chile, como lo recalcara en su primer discurso al pueblo después de su toma de posesión.

La elección de un dirigente marxista a la presidencia de una república burguesa en un país dependiente y subdesarrollado era un hecho excepcional en la historia y, a la par, preñado de incógnitas. No se le escaparía al presidente Allende esta otra dimensión del proceso que encabezaba. A toda hora la tuvo presente. Pero sin dejar, hasta que estalló la sublevación fascista, de acudir a todos los recursos y medios constitucionales y legales para transitar el camino que se había propuesto. Era, a todas luces, una experiencia de extraordinaria importancia para todos los pueblos. Y fue, por eso, que desde el primer instante ese empeño se granjeó la simpatía y el apoyo de todas las fuerzas progresistas, antimperialistas y revolucionarias del mundo.

La herencia que recibía el presidente Allende era un gigantesco farallón que precisaba trasponer para cumplir ese programa: un país pobre, el desempleo altísimo, la sociedad plagada de desigualdades, las clases dominantes parapetadas en sus privilegios, la inflación a todo vuelo, la economía en bancarrota y el Estado endeudado en cuatro mil millones de dólares, pesado fardo de la política rumbosa y entreguista de Frei. Y, conjuntamente con eso, un Parlamento con la votación en manos de las clases dominantes, un poder judicial enfeudado a los intereses del status quo, una burocracia penetrada por la reacción y unas Fuerzas Armadas que se antotitulaban constitucionales. Este conjunto de realidades y dispositivos coincidía, además, con una reducción del precio del cobre -cardinal producto de exportación- de setenticinco centavos a cuarenta centavos la libra.

Era tan urgente como necesario satisfacer las apremiantes necesidades del pueblo y, por consiguiente, emprender las transformaciones estructurales que podían contribuir a ello. Pero apenas se puso en efectiva ejecución la reforma agraria, surgió el acaparamiento de mercancías y el sabotaje a la producción agrícola. Apenas se aprobó la nacionalización de la gran minería del cobre, en poder de empresas norteamericanas, el gobierno de los Estados Unidos congeló todos los créditos internacionales a que Chile tenía derecho y organizó una operación en gran escala destinada a provocar la ruina de la economía y un golpe de Estado. Los partidos burgueses y los grupos fascistas coordinarían sus actividades en la misma dirección, y los medios masivos de comunicación -propiedad de momios y magnates- darían comienzo a la campaña más difamatoria, violenta y cobarde que se recuerde. Hay que haber estado en Chile para poder evaluar, justamente, la abyecta magnitud de este consorcio de intereses parejamente avorazados de mando y riqueza.

De la propaganda se pasó muy pronto a la acción dentro y fuera del Parlamento, mediante leyes reaccionarias, huelgas sediciosas de los gremios empresariales, atentados a los dirigentes de la Unidad Popular, actos de calle en los barrios aristocráticos, exhortaciones a las Fuerzas Armadas para derribar el gobierno constitucional, y conspiraciones en las que participaban, bajo la jefatura de la CIA, la alta dirección del Partido Demócrata Cristiano, el Partido Nacional, el grupo Patria y Libertad, los capitostes de las clases dominantes, los profesionales de elevados ingresos, el periódico El Mercurio y los agazapados oficiales golpistas, que proliferaban a diario, sobre todo en la Marina y en la Fuerza Aérea.

En estas complejas y hostiles circunstancias, desenvolvió sus actividades y luchó por cumplir su programa, durante tres años angustiosos, el gobierno de la Unidad Popular, que hizo cuanto pudo, y aún más de lo que pudo, en favor del pueblo chileno. Pero como ha dicho el Primer Ministro del Gobierno Revolucionario de Cuba, en el discurso pronunciado en el multitudinario homenaje rendido en nuestro país al presidente Salvador Allende y en solidaridad con el pueblo chileno.

"al menos en estos tres años éste, y en especial sus obreros y campesinos, comprendieron que allí, en la Presidencia de la República, no estaba un representante de los oligarcas, de los terratenientes y de los burgueses, sino un representante de los humildes y de los trabajadores; un verdadero representante del pueblo, que luchaba por él, a pesar de las enormes dificultades que tenía delante. El presidente Allende comprendía las dificultades y vislumbraba los peligros: veía renacer el fascismo, veía sucederse las conspiraciones unas tras otras. Y frente a aquel conjunto de fuerzas creadas y alentadas por el imperialismo, sólo le quedaba aquella disposición de ánimo, aquella decisión de defender el proceso al precio de su propia vida."

Oigamos lo que dijo en Santiago, el 4 de diciembre de 1971, en el discurso de despedida al primer ministro, comandante Fidel Castro, y su sangre generosa consagró hace unos días

"Se los digo con calma, con absoluta tranquilidad: yo no tengo pasta de apóstol ni tengo pasta de Mesías No tengo condiciones de mártir. Soy un luchador social que cumple una tarea, la tarea eme el pueblo me ha dado. Pero eme lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile: sin tener carne de mártir no daré un paso atrás. Que lo sepan: dejaré La Moneda cuando cumpla el mandato que el pueblo me diera. Que lo sepan, que lo oigan, que se les grabe profundamente: defenderé esta revolución chilena y defenderé el gobierno porque es el mandato que el pueblo me ha entregado. No tengo otra alternativa. Sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad que es hacer cumplir el programa del pueblo."

Y esas mismas palabras las repitió después a otros y a mí mismo, delante de su excontrincante a la presidencia, Radomiro Tomic, y de nuestro embajador en Chile, Mario García Incháustegui.

El Presidente de Chile murió combatiendo No dejó de disparar su rifle hasta que los balazos le segaron la vida. Las últimas horas de este egregio luchador las conocimos por su hija Beatriz, que estuvo junto a él hasta que le ordenó salir, con otras heroicas mujeres que lo acompañaban, por considerar preciosas sus vidas para la lucha futura, y de algunos sobrevivientes, testimonios irrecusables expuestos recientemente por el Primer Ministro de Cuba en el discurso a que hice referencia. Aunque traten de ocultarlo, los junteros fascistas saben muy bien que el presidente Allende cayó peleando frente a su jauría uniformada de criminales comunes.

Pero antes de evocar rápidamente esas horas estremecidas y estremecedoras, estimo oportuno esbozar siquiera los antecedentes del 11 de septiembre.

Se miente a sabiendas cuando se dice, en incalificable intento de justificar el derrocamiento del régimen constitucional y la pesadilla de masacres, asesinatos, torturas, delaciones, rapiñas y, persecuciones que vive hoy Chile, que el gobierno de la Unidad Popular estaba preparando una acción de exterminio contra la alta oficialidad de las fuerzas armadas. Lo que se fraguaba era, precisamente, al revés: el dantesco espectáculo que tiene conmovido al mundo.

Nunca, antes del gobierno derribado, a las Fuerzas Armadas se les llamó, como hizo el presidente Allende, a incorporarse a las faenas del desarrollo nacional y compartir las responsabilidades del gobierno. Tres altos representantes de las Fuerzas Armadas integran el Consejo de Ministros desde octubre de 1972 hasta mayo de 1973. Incluso cuando Salvador Allende visitó las Naciones Unidas, designó como vicepresidente de la República al comandante en jefe del Ejército, general Carlos Prats. Esta confianza y colaboración entre el gobierno de la Unidad Popular y las Fuerzas Armadas reposaba en el entendimiento entre aquél con el sector constitucionalista de éstas, y se produjo, significativamente, en forma simultánea con los intentos golpistas del sector fascista del Ejército, la Marina y la Aviación.

Este sector conspiró, solapada o abiertamente, desde que Allende ocupó la presidencia. Pero no lo hacía solo. Conspiraba en confabulación con los partidos reaccionarios y el imperialismo norteamericano, verdadero conductor e ideólogo del golpe fascista, que organizó ocho operaciones especiales cuyas actividades eran de inteligencia, subversión y contrainteligencia, bajo la dirección del Pentágono, el Departamento de Estado, la Agencia Central de Inteligencia y las empresas transnacionales, en concierto, entre otros capitalistas chilenos, con Matte, Alessandri, Bulnes y Edwards, y con los partidos reaccionarios y los grupos fascistas. De esto se poseen pruebas irrefutables, y pruebas irrefutables también de que la alta dirección del Partido Demócrata Cristiano asignó su representación en esas actividades antinacionales a Felipe Amunátegui y Andrés Donoso. Citaré, a título ilustrativo, el sobrenombre de tres de esas operaciones sediciosas: Centauro, Yellow Star y Marty.

Los institutos armados, por otra parte, mantenían excelentes relaciones con el Pentágono, y mientras al gobierno de la Unidad Popular se le bloqueaban los créditos internacionales, recibían del gobierno de los Estados Unidos millones de dólares y equipos militares.

Según testimonios fidedignos, los objetivos fundamentales que perseguía la CIA con el derrocamiento de Allende son los siguientes: restaurar el dominio económico y político de los Estados Unidos en Chile, liquidar las relaciones de amistad y cooperación con Cuba y los países socialistas, provocar el colapso económico y financiero para crear las condiciones apropiadas para el golpe fascista, comprometer la participación de las Fuerzas Armadas, asegurar el derrocamiento del presidente Allende antes del 13 de noviembre, y establecer un gobierno dependiente que adoptara la filosofía económica imperialista y se pusiera al servicio de los objetivos de los Estados Unidos en ese país.

Los abortados golpes militares de marzo y septiembre de 1972 denotaron la pugna interna, en las Fuerzas Armadas, entre el sector golpista y el respetuoso de la ley, encabezados por los generales Prats, Pickering y Sepúlveda. Pero cuando se advirtió claramente el deterioro de las Fuerzas Armadas fue en el frustrado ataque de una unidad blindada al Palacio de La Moneda, ocurrido el 29 de junio de este año. Los mencionados generales, al frente de sus tropas, aplastaron la asonada golpista. A partir de ese instante, fue ostensible para el sector constitucionalista de las Fuerzas Armadas que su capacidad para mantener su unidad interna y contener a los oficiales fascistas estaba siendo seriamente desafiada.

Lo que vino después fue la acción múltiple, política, militar y popular, del presidente Allende para preservar el régimen constitucional y evitar el enfrentamiento armado, aunque dispuesto a presentarle combate. Entre crecientes rumores de inminentes alzamientos castrenses surgió, en agosto, organizada, dirigida y financiada por el imperialismo norteamericano, la huelga insurreccional de los transportistas empresariales -manipulada en 1972 en una operación de tanteo refaccionada por los mismos promotores- a la cual se sumarían los profesionales de altos ingresos y sectores cada vez más amplios del comercio. El golpismo se crece y envalentona. Los partidos reaccionarios -el Demócrata Cristiano en la vanguardia- rompen el diálogo propuesto por el presidente Allende, y la Cámara de Diputados, por los votos de una mayoría mecánica, incita al golpe militar fascista que apadrinaba mediante un acuerdo de nulo valor jurídico en que se declaraba que el gobierno de la Unidad Popular había quebrantado el orden constitucional.

Los atentados terroristas a personas y servicios públicos hacen de las suyas. Los edificios de Santiago se embadurnan con este siniestro aviso: "Yakarta se acerca". Pero las Fuerzas Armadas -las mismas que antaño pasaban a cuchillo a la población inerme de Lima, más tarde masacraban a los trabajadores, y hoy, en nombre del orden y de la autoridad, fatigan el crimen y la tortura- no hicieron el más leve ademán para impedir la escala sediciosa.

El presidente Allende convoca a los dirigentes de la Unidad Popular y de la Central Única de Trabajadores, y les comunica que, ante la gravedad de la situación militar, ha decidido, de acuerdo con los altos mandos del ejército, llamar a retiro a los generales complicados en el golpe fascista a punto de producirse. El presidente Allende articula con los presentes y el general Pinochet, en ese momento comandante en jefe ad interim del Ejército, el plan antigolpe de defensa.

Más de la mitad de los componentes de la Junta de generales se niega al día siguiente, ante el ministro de Defensa, a condenar los vejámenes y ataques de que ha sido objeto el general Prats por sus propias esposas, acaudilladas por señoritos degenerados. Entre los generales que respaldan al ministro de Defensa, aparece Pinochet.

El general Prats presenta su renuncia irrevocable al presidente. Pinochet le aconseja a éste, como nuevo brujo de Macbeth, la conveniencia de aceptarla para apaciguar a los altos oficiales de la Marina y la Aviación y, desde luego, se compromete a asumir la comandancia del Ejército y llamar a retiro a los generales conspiradores. Pero los únicos retiros que cursa son los de Prats y los de Pickering y Sepúlveda, ambos leales y con tropas a su mando en la capital

El 24 de agosto se reúnen los altos oficiales de la Marina en Valparaíso, y cuando llegó su comandante en jefe, almirante Montero -verdadero hombre de honor-, se le planteó que presentara la renuncia de su cargo. Este repuso que sólo podría hacerlo ante el presidente Allende. Mientras el vicealmirante que representa el deshonor, el crimen y el fascismo está aquí impunemente chorreando sangre y exhibiendo su estulticia, el mismo 11 de septiembre el almirante Montero fue arrestado y remplazado por un gorila hidrófobo que es miembro de los junteros fascistas. Oficiales y suboficiales opuestos al golpe han sido detenidos o asesinados. Los generales Guillermo Pickering, Germán Sepúlveda, Alberto Bachelet y José María Sepúlveda -director de Carabineros hasta el 11 de septiembre- están arrestados.

El embajador norteamericano, Nathaniel P. Davis -a cargo de los asuntos soviéticos durante el clímax de la guerra fría y estrechamente vinculado a Howard Hunt, envuelto en el lodo de Watergate-, viaja a Washington una semana antes del golpe y retorna en las vísperas. El Departamento de Estado admitirá luego, sin rubores ni escrúpulos, que conocía de antemano la fecha.

Estos son hechos como puños. Pueden torcerse o desmentirse. Pero esos hechos siguen en pie.

Al amanecer del 11 de septiembre, se rebeló la Marina en Valparaíso. Sus naves habían zarpado la noche anterior supuestamente a participar en la Operación Unitas; pero regresaron a puerto a hurtadillas, como los forajidos, escoltados por buques norteamericanos en zafarrancho de combate. El presidente Allende, apenas lo supo, se dirigió a su despacho, después de disponer la protección de su casa, donde quedaba su esposa. En Palacio supo también que Pinochet era un falsario, un miserable, un traidor. El Ejército y la Fuerza Aérea se habían sumado al golpe fascista. La hora del enfrentamiento armado ha llegado.

Pero el presidente Allende, con un exiguo número de ministros, colaboradores, compañeros y amigos, se aprestó a resistir. Aquel hombre que se cansó de predicar la tolerancia, el respeto a la ley, la vía pacífica y el imperio de la Constitución, se crecerá hasta alcanzar estatura de héroe. Respondería a las balas con las balas. Pondrá a raya, durante varias horas, a los agresores. Inutilizó un tanque con un disparo de bazooka. Resistiría, a pie firme, el fuego de la artillería, la embestida de los tanques, el bombardeo de los aviones, el peligro de las llamas. Varias veces lo intiman a rendirse. Se le brinda un avión para trasladarse a otro país con su familia y las personas que escogiera. Su respuesta fue invariable: "Los generales traidores desconocen lo que es un hombre de honor". Permaneció sereno, firme, audaz, en su puesto de combate. "Así", diría con sobriedad lapidaria, "se escribe la primera página de esta historia. Mi pueblo y América escribirán el resto." Muchos de sus compañeros caen ante sus ojos, entre ellos su entrañable amigo, el periodista Augusto Olivares, cuyo temple sobresalió en aquellas horas épicas. Mientras esto acontecía, la Fuerza Aérea atacaba con saña propia de cobardes sedientos de sangre y destrucción su casa particular, devastada, incendiada y saqueada. Su esposa salvó la vida casi por obra del acaso.

Los fascistas logran adueñarse de la planta baja del Palacio y, tras fiero combate, ocupan parte de la planta alta. En el Salón Rojo, rodeado de una mano de valientes, los aguardaba el Presidente con el rifle humeante. Avanza resueltamente sobre los fascistas y un disparo le horada el estómago, pero continúa ripostando a los asesinos apoyándose en un mueble, hasta que un segundo disparo en el pecho lo desploma. Al caer, su cuerpo ensangrentado es acribillado a balazos.

Los sobrevivientes de esta escena legendaria se reagrupan, contratacan y desalojan a los fascistas de la planta alta. Miembros de su guardia personal conducen el cuerpo inerte de Salvador Allende hasta su oficina, lo sientan en la silla presidencial, le colocan su banda de Presidente y lo amortajan con la bandera chilena.

Como ha expresado el Primer Ministro, comandante Fidel Castro,

"pocas veces en la historia se escribió semejante página de heroísmo. Nunca en este Continente ningún presidente protagonizó tan dramática hazaña. Salvador Allende demostró más dignidad, más honor, más valor y más heroísmo que todos los militares fascistas juntos. Su gesto de grandeza incomparable hundió para siempre en la ignominia a Pinochet y sus cómplices. Su conducta ejemplar destruyó moralmente el fascismo en Chile. Muchas veces el pensamiento inerme quedó abatido por la fuerza bruta. Pero ahora puede decirse que nunca la fuerza bruta conoció semejante resistencia realizada en el terreno militar por un hombre de ideas, cuyas armas fueron siempre la palabra y la pluma".

Durante más de veinticuatro horas los fascistas silencian la muerte del presidente Allende. Su sepelio se efectuó en hermético secreto. Ni a su esposa y hermana, que acompañaron su ataúd de pino en un avión de la fuerza aérea, entre oficiales insensibles y zafios, les dejaron ver su cadáver.

Pero sus postreras palabras seguirían vibrando en el aire como un mandato ineludible:

"Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y en su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse. Sigan usted sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor. ˇViva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que el sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición".

Los fascistas atacaron también nuestra Embajada, pisoteando la Convención de Viena, el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas. Hirieron a nuestro embajador, aquí presente, y a un funcionario. Pero a sus bravatas y amenazas se le respondió siempre igual: "Defenderemos la Embajada, que es territorio cubano, hasta el último hombre". La denuncia formulada por Cuba al respecto aún está en consideración por el Consejo de Seguridad.

Los fascistas, además, no escatimaron atropellos y vejámenes a funcionarios diplomáticos y técnicos de países socialistas, y a funcionarios diplomáticos de países capitalistas. Hicieron una demostración, en suma, de su bárbaro desprecio a la civilización.

El primer acto de la Cancillería fascista fue romper relaciones diplomáticas con Cuba. Eso nos honra, reconforta y fortalece. Con asesinos, torturadores y antropoides no queremos vínculos de ninguna clase.

Al salir del país el personal diplomático cubano, el gobierno de Suecia se hizo cargo de la representación de nuestros intereses. Su embajador, Harald Edelstam, se ha comportado, en esos sombríos y riesgosos días, con una entereza y una solicitud que hacen honor a la diplomacia sueca y a su gobierno.

Cuatro cubanos de los muy contados que permanecían en Chile se pudieron adentrar en Argentina después de haber sido abandonados en la cordillera de los Andes, sin ropa adecuada ni alimentos, a una temperatura de veinte grados bajo cero. Una patrulla argentina los descubrió y llevó a su unidad, prodigándoles cuidados y atenciones. Ignoramos la suerte corrida por otros dos que fueron detenidos. Cualquier cosa puede pasarles.

Un barco mercante cubano, el Playa Larga, fue también cobardemente cañoneado y bombardeado en aguas internacionales. Su capitán decidió zarpar de Valparaíso ante la absoluta carencia de garantías para el buque y sus tripulantes. Uno de éstos había sido arrestado y maltratado en tierra por los fascistas sublevados. El Playa Larga fue perseguido y cañoneado por el destructor Blanco Escalada y bombardeado por aviones y helicópteros, hasta sufrir tan graves averías que estuvo a punto de naufragar. Exhortado varias veces a rendirse y retornar a Valparaíso, la respuesta de su capitán y tripulantes fue que preferían antes hundirse que entregarse a las autoridades fascistas. El Playa Larga pudo escapar al cabo de la criminal persecución y poner proa a El Callao, a donde arribó escoltado por la nave mercante cubana Marbie Island, que, por idénticos motivos, desistió de continuar su viaje a Chile. Esta grosera violación de la libertad de navegación y de las leyes internacionales está también en consideración por el Consejo de Seguridad.

El apoyo inescrupuloso del imperialismo norteamericano a los junteros fascistas se pone aún más de relieve en su cínica complicidad con los hostigamientos y provocaciones a los buques mercantes cubanos fuera de las fronteras de Chile. Al disponerse a cruzar el Canal de Panamá, en viaje a La Habana, el buque mercante Marbie Island, de bandera somalí, arrendado por la Empresa de Navegación Mambisa y en trámite de adquisición, se presentó un funcionario norteamericano del Canal informándole al capitán, de nacionalidad cubana como todos los tripulantes, que se había dictado orden de arrestar la nave por una acción in rem a instancia de la Industria Azucarera Nacional, S. A. de Chile, que reclamaba un pago de 4 235 298 dólares. Este concierto entre las autoridades norteamericanas del Canal y la empresa chilena es una represalia política que viola los derecho de libre navegación en esa vía transoceánica. El capitán y los tripulantes del Marbie Island rechazaron la orden de arresto, se negaron a bajar a tierra y levaron anclas, internándose en el Océano Pacífico.

Hace muy pocos días, el buque mercante cubano Imías, que procedía del Japón con destino a nuestro país, fue apresado en el Canal de Panamá, en la zona del Lago Gatún, y está virtualmente secuestrado por las autoridades norteamericanas en connivencia con la Junta fascista de Chile.

Este apresamiento y secuestro de un buque propiedad del Estado cubano constituye una acción ilegal que reviste graves implicaciones, incluso para terceros. La violación de las normas de derecho internacional público, que reconocen y amparan la inmunidad soberana de los buques propiedad del Estado, constituye una seria amenaza para los usuarios del Canal de Panamá, a merced de idénticas decisiones por quienes están obligados, de acuerdo con el régimen internacional pactado, a garantizar la libre navegación, la seguridad y la neutralidad en sus aguas. El capitán y los tripulantes del Imías están prestos, en consonancia con las tradiciones heroicas de nuestros marinos mercantes, a resistir cualquier acción de fuerza para confiscar el buque.

La declaración de la Cancillería panameña sobre esta situación que puede entrañar serios riesgos para la paz y la seguridad internacionales, plantea el problema en términos muy claros y precisos.

Denunciamos ante la Asamblea General este nuevo acto de piratería del imperialismo norteamericano y le advertimos de que si los secuestradores no liberan al Imías, el Gobierno Revolucionario de Cuba tomará las resoluciones y medidas que estime procedentes para conseguirlo, dentro y fuera de las Naciones Unidas.

La sanguinaria e insaciable represión desatada por los junteros fascistas sólo puede compararse a la de los nazis en los países ocupados: ejecuciones sumarias, masacres organizadas, destrucción de pueblos, bombardeos de universidades, torturas horripilantes, campos de concentración, entrega a sus verdugos de exiliados latinoamericanos, pillajes nocturnos, quemas de libros, ˇlegalización de partidos políticos, supresión de sindicatos obreros, clausura del Parlamento, agresiones a embajadas, ataques a buques mercantes, persecución a extranjeros, violación de las leyes internacionales, estado de sitio. En una palabra: la resurrección del tenebroso espíritu del Medioevo en pleno siglo XX.

Esta escalada interminable de terror mantiene crispada la conciencia de la humanidad. Desde todos los parajes del mundo, se han alzado, sin distinción de ideologías políticas, sociales o religiosas, voces horrorizadas por esta orgía de sangre, exigiendo un alto a la represión. "Matadero en Santiago", titula un artículo la revista Newsweek. Pero estos homicidas empedernidos prosiguen su horrenda faena, sordos y ciegos a todo clamor humano. Eso fue y es el fascismo.

Urge movilizar la conciencia internacional para exigir respeto a la vida de los dirigentes políticos y hombres y mujeres del pueblo hacinados en cárceles improvisadas o confinados en islas inhóspitas, con la cabeza en el filo de la bayoneta o el mentón a merced de la pistola. Luis Corvalán, secretario general del Partido Comunista de Chile, está preso y sometido a una corte marcial, acusado por el supuesto delito de "traición a la patria"; desfachatada invención de los que la han deshonrado, mancillado y vilipendiado con sus reales traiciones, crímenes y robos. Aún no lo han fusilado; pero pueden hacerlo en cualquier momento. żNo ascienden ya a más de diez mil los ejecutados y masacrados, incluyendo ancianos, mujeres y niños? Según el Washington Post, la CIA -que participa en el sangriento aquelarre- ha estimado en tres mil el número de muertos durante los primeros días después del golpe.

El pueblo chileno ha de emprender ahora la ardua y larga lucha armada contra el fascismo colonial, en la que encontrará eco y apoyo en los oficiales, clases y soldados que permanecen fieles al pueblo chileno y a sus compromisos constitucionales. Ya saben lo que eso cuesta, por propia experiencia, los pueblos de Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia, como lo supieron antes los países invadidos por los nazis. Los golpistas recibirán créditos, armas y asesores del imperialismo y sus satélites latinoamericanos. Mejor dicho: ya empiezan a recibirlos. El cuantioso crédito norteamericano para compra de trigo, y el arribo a Santiago de numerosos especialistas en contrainsurgencia es sólo el preludio. La CIA, con todos sus recursos, es y será el centro de la represión. Pero estamos convencidos de que el pueblo chileno emprenderá esa lucha hasta sus últimas consecuencias. Y, a la postre, su acción revolucionaria sepultará el fascismo entre sus propios detritus.

En esa nueva contienda, el pueblo chileno no estará solo. Contará con la solidaridad y el apoyo de Cuba y los países socialistas, de los países no alineados acorde con la resolución adoptada en la Conferencia de Argel, y de todos los pueblos revolucionarios y gobiernos progresistas del mundo. Esa solidaridad y ese apoyo no le fallará.

Pero el pueblo chileno cuenta también, y sobre todo, en esta batalla decisiva, como señalara el Primer Ministro de Cuba, con "la bandera y la figura inmortal del presidente Allende. El presidente Allende ha entregado a su pueblo el más alto ejemplo de heroísmo que se pueda ofrecer. El presidente Allende ha sintetizado lo mejor del patriotismo, del valor, del honor y del espíritu combativo del pueblo chileno".

La delegación cubana renueva su fe profunda en los destinos de Chile y recoge, para las actas de esta Asamblea, las palabras finales del panegírico revolucionario del compañero Fidel Castro:

"Gloria eterna a Salvador Allende junto al Che,

junto a Martí, Bolívar, Sucre, San Martín,

O' Higgins, Morelos, Hidalgo, Juárez

y todos los grandes hombres que consagraron sus vidas

a la libertad en nuestro Continente.

ˇEl pueblo chileno aplastará el fascismo!"

ˇPATRIA O MUERTE!. ˇVENCEREMOS!


Notas.

1. Del discurso pronunciado el 10 de octubre de 1973 en la Asamblea General de las Naciones Unidas.


Edición digital del Centro Documental Blest el 07feb02
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